Me convertí al judaísmo cuando tenía 16 años. Amaba ser judía y quería ser tan judía como pudiera, por lo que seis meses después de mi conversión fui a Israel a estudiar Torá por un año. Mi familia pensó que estaba en una fase que pasaría; estaban siendo tolerantes. Mis amigos pensaron que me estaba buscando a mí misma y que pronto volvería a casa. Pero en Jerusalem, estudiando Torá, en el judaísmo, supe que ahí estaba en casa.

Incluso antes de convertirme, la primera mitzvá que respeté fue decir el Shemá. Aprendí sobre ella en un libro, memoricé la transliteración y la dije en hebreo y español todas las noches antes de ir a dormir junto al primer párrafo que le sigue. Incluso lo escribí en el marco de la puerta de mi dormitorio como dice que debemos hacer: "Y las escribirás en los marcos de tu casa…" (Deuteronomio 6:9). En ese entonces todavía no había visto una mezuzá, por lo que tomé las palabras de la Torá literalmente y utilicé un marcador negro para escribir directamente sobre el marco: "Escucha Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es Uno".

Desde el día que salí de la mikve y me convertí en judía, nunca me arrepentí ni miré hacia atrás. Amaba a Dios, amaba al pueblo judío, amaba la tierra de Israel y me emocionaba ser parte de todo esto.

Pero había una pequeña voz interior de duda que me preocupaba. ¿Y si yo era un fiasco? ¿Y si mi familia tenía razón? Después de todo yo era joven. ¿Y si efectivamente era una etapa pasadera?

Escuché historias descorazonadoras, como aquella del católico que se convirtió al judaísmo pero recitó el rosario en su lecho de muerte.

Yo pensaba que era íntegra y que mi compromiso era firme, pero había escuchado historias descorazonadoras de conversiones de otros en ambas direcciones, como aquella del judío que se convirtió al catolicismo e incluso se hizo cura, pero que quiso que se recitara kadish en su funeral, o aquella del católico que se hizo judío pero recitó el rosario en su lecho de muerte.

¿Y si yo, en el momento de la verdad, me daba cuenta que no había sido auténtica?

Era feliz viviendo como judía y quería morir como judía… pero aún no llevaba mucho tiempo sintiendo esto. ¿Cómo sabría si mi conversión realmente había sido honesta?

Continué estudiando y creciendo como judía; pasé un segundo año en Ieshivá, serví en el ejército israelí, me casé con un hombre maravilloso, cubrí mi cabeza, respetamos Shabat y cashrut, fuimos a Rusia a visitar judíos que no tenían permitido salir del país, me convertí en madre y continué estudiando. Mi vida era tan buena que no parecía real; pero yo seguía preguntándome: ¿Esta soy verdaderamente yo? ¿Estoy siendo auténtica?

Mi Prueba Definitiva

Una noche mi marido y yo salimos en una cita. Dejamos nuestra dormida ciudad y fuimos en búsqueda de un lugar que todavía estuviese despierto. Hablábamos amigablemente mientras nos uníamos a docenas de autos en la carretera, cuando de repente nuestro auto comenzó a dar vueltas incontrolablemente por los cuatro carriles. No sabíamos exactamente qué estaba pasando, pero sí sabíamos que probablemente íbamos a tener un accidente. Mientras me preparaba para que otro auto se estrellase contra nosotros, grité: "¡Shemá Israel, Ado-nai Elo-heinu, Ado-nai Ejad!".

Luego nuestro auto volvió a estar bajo control y, a pesar de haber tantos autos en la carretera, no fuimos golpeados por ninguno. Volvimos al carril derecho y continuamos nuestro camino sin haber sufrido daños, pero no sin haber sido afectados.

Mientras estábamos sentados allí, manejando tranquilos y a salvo, me di cuenta del regalo que Dios acababa de darme. Recién tenía poco más de veinte años y ya no tendría que esperar hasta mi lecho de muerte para averiguarlo. Con sólo unos trompos en la autopista ahora yo sabía que sí estaba siendo auténtica.

La autenticidad debería ser una pregunta regular.

Mirando hacia atrás esta historia, casi un cuarto de siglo después, ahora sé que la autenticidad debería ser una pregunta regular. Aunque nunca volví a preguntarme si era realmente judía, a menudo reflexiono sobre lo real que estoy siendo en mi travesía personal.

Soy muy impaciente y exigente. Quiero saber toda la Torá, quiero que mis rasgos personales sean refinados, quiero que mi lenguaje sea utilizado sólo para propósitos constructivos, quiero ser una esposa amorosa y servicial, quiero ser una madre presente, amorosa y sabia, quiero que mis hijos sean perfectos, quiero ser una maestra efectiva e inspiradora, quiero publicar libros, quiero crear revoluciones de pensamiento, quiero ser parte en el perfeccionamiento del mundo. Y lo quiero todo ahora.

Pero, sin embargo, no estudio tanto como debería, no hablo tan bien como debería, a veces me distraigo como madre y mis hijos son sólo parcialmente perfectos. Mis libros siguen sin ser publicados, mis revoluciones van demasiado lento como para hacer un gran impacto y, lamentablemente, el mundo todavía no es perfecto.

El tiempo es corto, el trabajo es mucho, las barricadas en el camino son abundantes. ¿Realmente quiero lo que digo querer? A veces me pregunto si soy lo suficientemente apasionada. A veces me pregunto si puedo ser lo suficientemente paciente.

Pasión y paciencia son dos opuestos.

La pasión dice: "¡Hazlo, hazlo todo, hazlo todo ahora!".

La paciencia dice: "Toma años, décadas, toda una vida lograr todo esto".

Es mediante el vivir en la tensión de estos opuestos que el crecimiento verdadero puede ocurrir. En las palabras de Rav Avi Fertig, es "tirar de la soga de los dos lados", y tirar fuerte.

Y si Dios quiere, la perseverancia es la tercera voz y dice: "Soy tu herramienta. Sigue conmigo y lo lograrás".

Durante la mayor parte del año peleo para lograr balance y lucho por perseverancia. Pero durante el mes de Elul, creo que la pasión debería tener el control.

Elul es el tiempo para los sueños, para las lluvias de ideas, para pensar en grande, para el discernimiento, para fijar objetivos, para crear potencial. Durante los últimos seis días del mes es cuando Dios creó el mundo. Creó una nueva realidad. Y durante esos días cada año, desde el 25 de Elul hasta Rosh HaShaná, la energía de crear una nueva realidad está disponible para cada uno de nosotros.

¿Qué quiero ser? ¿Qué tan real quiero que esto sea? ¿Qué objetivos quiero fijar? ¡Piensa en GRANDE! Nada se puede interponer en el camino del deseo. ¡Puedo lograr lo que me proponga! Con la ayuda de Dios, puedo ser lo que sea que yo elija ser.

Ahora es el tiempo para la pasión. La paciencia simplemente tendrá que esperar.