No recuerdo a qué edad salieron por primera vez de mi boca las palabras me odio, pero para cuando fui lo suficientemente adulta como para expresar esos sentimientos, el odio a mí misma quemaba en mi interior con un fuego y pasión tan intensos que era casi aterrador.

No toleraba permanecer encerrada en mi propia piel, y cuanto más pensaba en mí misma, más enferma me sentía por dentro. Inundada de desprecio hacia mi persona, deseaba herirme en las peores formas imaginables o simplemente terminar con una vida que consideraba en todo aspecto carente de valor. Convencida de que no merecía ser parte de la especie humana, sentía que permanecer con vida y respirar el aire que sería mejor aprovechado por un individuo más digno era realmente pecaminoso.

Sin embargo, raramente me tomaba el tiempo para pensar en mí y con certeza jamás aminoré el ritmo de mi andar lo suficiente como para pasar tiempo a solas. Durante mi infancia bloqueé el dolor de no sentirme amada funcionando en piloto automático. Pero para cuando llegué a la adolescencia, esos mecanismos protectores ya no hacían efecto. El dolor de saber que yo era irremediablemente defectuosa de nacimiento era demasiado difícil de tolerar, por lo que pasé mis días (y muchos años que les siguieron) atrapada en un torbellino perpetuo de comportamientos adictivos y calmantes de ansiedad. Hice todo lo que pude para reprimir el oscuro abismo que había en mi corazón, incapaz de hacerle frente a la indescriptible miseria que emanaba del profundamente enraizado odio hacia mí misma.

¿De dónde viene una antipatía tan intensa como aquella? ¿Cómo evoluciona el odio hacia uno mismo hasta el punto en que piensas en formas de suicidarte o, al menos, te sientes tan deprimida e infeliz que no sabes qué dirección tomar ni cómo hacerle frente a la vida?

Muchas de las personas que tienen estos intensos sentimientos fueron criadas en un hogar carente de amor o por padres incapaces de tratarlas con cariño y respeto. Quizás fueron avergonzadas o rechazadas por miembros de su propia familia o evitadas y condenadas al ostracismo por sus pares. Puede que hayan sido víctimas de alguna clase de abuso físico, emocional o sicológico. Independientemente de cuál sea el precursor, hay algo que es seguro: una fuerte sensación de me odio hace que la persona sienta que no vale la pena vivir.

Quienes sufren un caso severo de baja autoestima recurren en ocasiones, con el objetivo de aliviar su dolor, a las drogas, el alcohol, las dietas excesivas, el ejercicio, las apuestas u otras formas de comportamiento que alteran el ánimo. Puede que trabajen horas extra en el trabajo para reprimir el horrendo vacío que pareciera no abandonar nunca su estómago. Quizás encuentran una forma para funcionar y continuar con la vida, pero tienen dificultad para lograr cercanía o intimidad en sus relaciones. Puede que se sientan tan indignos del éxito y la felicidad que obtengan escasa satisfacción de los más simples y maravillosos placeres de la vida.

La idea de haber sido creada a imagen de Dios sólo lograba reforzar mis sentimientos de ser un fracaso irreparable.

Si te identificas con cualquiera de las cosas recién mencionadas, entonces puede que —al igual que a mí— no te afecte cuando la gente te diga que fuiste creada betzélem Elokim, ‘a imagen de Dios’, o que todos los bebés nacen buenos. Yo rechazaba estas ideas de inmediato. Si existía algo de verdad en esas ideas, entonces claramente Dios había cometido un error cuando me creó. No había —y jamás podría haber— nada divino ni sagrado en mí. De hecho, la idea de haber sido creada a imagen de Dios sólo lograba reforzar mis sentimientos de ser un fracaso irreparable.

Camino a la curación

Actualmente, treinta años después de eso, trabajo como terapista ayudando a otras personas a superar luchas similares a la que yo sufrí durante tanto tiempo. Si me hubieras preguntado cuando pequeña si la imagen negativa de mí misma cambiaría algún día, te hubiera respondido con un rotundo no; yo pensaba que esa imagen era inalterable y bien merecida. Sin embargo, con el incansable apoyo y la experticia de mi terapeuta de primera línea, descubrí que incluso los sentimientos más rígidos pueden cambiar con el tiempo. El odio profundo hacia uno mismo puede ser curado.

¿Cómo puede pasar uno de tener un profundo sentimiento de me odio a cuidarse a uno mismo, considerarse valioso e incluso tener amor propio?

Por desgracia, no hay ninguna fórmula mágica. Si comienzas desde un lugar de antipatía, el camino hacia el amor propio, el auto respeto y el convencimiento de que eres importante es largo y difícil. La buena noticia es que con las herramientas indicadas y la persona adecuada a tu lado, puedes alcanzar la paz interior y la felicidad. Puedes arreglártelas con un poco de ayuda de tus amigos y, al final, hacerte amigo de la persona a la que más frecuentas: tú mismo.

Si estás luchando con sentimientos de falta de valor, inferioridad u odio hacia ti mismo, entonces quisiera sugerirte un breve ejercicio que fue el punto de inflexión en mi travesía. No cambié mi vida de la noche a la mañana, pero cambié por completo mi paradigma existencial y mi perspectiva. Es una herramienta que uso con frecuencia para ayudar a otros en su camino hacia la aceptación de sí mismos y el crecimiento.

Si intentas con esta técnica y no te funciona o si debes luchar incluso para comenzar este ejercicio, ¡por favor no bajes los brazos! No es nada fácil cambiar las creencias que están bien enraizadas o cambiar emociones que van muy hondo en tu ser. Sé paciente contigo mismo e inténtalo en otra ocasión. O mejor aún, consigue la ayuda de un terapeuta para resolver tus asuntos.

Podemos decir que la personalidad humana está formada por muchas partes: partes de niño, de adulto, de padre, protectoras, críticas y más. Todos tenemos partes y, consciente o inconscientemente, son las voces internas que guían nuestros pensamientos y acciones en toda situación.

Volviendo al sentimiento de me odio, debes notar que esta es en realidad una declaración reflexiva, lo que significa que una parte está haciendo una acción sobre otra. Un ejemplo similar sería la declaración me veo a mí mismo, en donde me veo es una acción desarrollada sobre el objeto mí mismo.

La próxima vez que tengas ese consumidor sentimiento de me odio a mí mismo, imagina que hay dos sillas delante de ti. En una silla se sienta quien te odia, el perpetrador, la parte de ti que está lanzando los mensajes de desaprobación. En la otra silla está el objeto, o la parte de ti que recibe los insultos, que se siente odiada, rechazada, maltratada o no amada.

Alguien en tu vida te trató de una forma que causó que ahora te sientas así.

La realidad es que no naciste odiándote a ti mismo ni sintiéndote desagradable; alguien en tu vida te trató de una forma que causó que ahora te sientas así. Separar mi odio interior en dos partes, un perpetrador y una víctima, me abrió los ojos. Hasta ese momento sufría un odio consumidor, el cual yo asumía que operaba por sí mismo. Por primera vez entendí que esos sentimientos fueron aprendidos y que mi parte crítica estaba imitando mensajes que se originaron en una fuente anterior. Ya sea que conozcas al perpetrador o no, este cambio en la perspectiva puede ser un punto de inflexión en tu camino hacia la recuperación.

Al identificarte como la víctima del odio de otra persona, de la visión distorsionada de la realidad que tenía otra persona, puedes comenzar a ofrecerle a tus partes heridas un poco de compasión, entendimiento, y finalmente, amor incondicional y aceptación. La próxima vez que aparezca tu criticador interno, hazle saber que ya no es bienvenido y que ya no lo escuchas. En cambio, encuentra otra parte (o incluso otra persona en tu vida actual) para poner en su silla; una parte o persona que te envíe pensamientos y sentimientos cálidos y cariñosos, que te hable con amabilidad y respeto y que le pueda dar a tus partes lastimadas lo que sea que necesiten para sanar o sentirse mejor.

Como no hay una solución que sirva para todos cuando se trata de terapia o técnicas de autoayuda, aquí te ofrezco otras estrategias que quizás quieras explorar en tu búsqueda de formas para disolver los pensamientos negativos sobre ti mismo y deshacerte de esas creencias de autoflagelación para siempre.

  • Compra una copia del libro Hagamos un hombre, de Rav Abraham Twerski, donde el autor explica la importancia de tener una autoestima saludable para la perspectiva judía y explora la diferencia que hay entre una baja autoestima y el elevado objetivo de la humildad.

  • Rodéate de gente (incluso una sola persona) a la que le importes, que te respete, te escuche y te ame incondicionalmente. ¡Lo vales y no mereces menos que eso!

  • Haz algo lindo para alguien más: no hay nada que supere el buen sentimiento que se genera después de extenderle tu mano a alguien o de ser amable con otra persona. Ya sea que le envíes una carta a un amigo, que impulses a un niño en una hamaca, que hagas trabajo voluntario o le compres flores a tu pareja, ayudar a otros es una forma de construir tu autoestima y de aprovechar los buenos sentimientos que eso genera.

  • Únete a un grupo de apoyo: Hablar con personas que han tenido experiencias similares puede hacer maravillas cuando te sientes solo o deprimido. La opinión del grupo puede brindar una evaluación más realista sobre ti. A todos nos puede venir bien que un grupo de gente nos aliente y apoye, tanto durante los buenos tiempos como durante los malos.

  • Trabajo y pasatiempos: ocuparse de un trabajo significativo no es sólo una fuente de ingresos y de una rutina estable, sino que también puede brindar un sentimiento de identidad, amistad, confianza y buena autoestima. De la misma forma, los pasatiempos son una forma excelente de ponerse en contacto con tus habilidades naturales y de encontrar actividades que disfrutas y te hacen sentir bien contigo mismo.

Y para terminar, recuerda que la mejor y más efectiva manera de eliminar la oscuridad es traer luz.