Después de viajar 60 minutos bajo una fuerte tormenta, llegué a la clínica para una prueba de esfuerzo de rutina. Llegué a tiempo y pensé que iba a entrar sin demoras y a salir rápidamente. Pero cuando le di la autorización del estudio a la recepcionista, de inmediato sentí que había un problema.

—Esta autorización es para otra sucursal. No puede hacer el estudio aquí —me dijo sin rodeos.

—Ustedes forman parte de una cadena de cuatro clínicas que operan con el mismo nombre y muy cerca una de la otra. Sin duda esta clínica no funciona independientemente de las demás —le dije apelando a la lógica.

—No puede usar aquí esta autorización —me repitió con su practicado discurso burocrático.

Cambié de táctica y acudí a un desesperado pedido de compasión:

—¡Pero en las otras sucursales no había turnos disponibles! ¡Viajé una hora para llegar! ¡En medio de la tormenta!

—Su médico puede enviarnos un nuevo formulario.

—¡Ahora mismo le pido que lo envíe por e-mail! —le respondí, feliz de esta puerta de esperanza.

—No tenemos e-mail. Sólo fax.

—Quiero entender esto. Estamos en el año 2020, son una gran compañía con múltiples sucursales en un país tecnológicamente desarrollado… ¿y no tienen e-mail? —le dije exasperado.

Ella encogió los hombros.

A regañadientes llamé al consultorio de mi médico, y de inmediato envió un fax desde su computadora con una nueva autorización.

Pasaron quince minutos y no llegó ningún fax.

Volví a llamar al consultorio del médico.

—No hay ningún problema. Ahora mismo voy y lo envío manualmente desde la máquina de fax. ¡Listo!

Esperé pacientemente 5 minutos, 20 minutos… No llegaba ningún fax. Y no tenía un plan B.

Para entonces había llegado una segunda recepcionista que oyó mi problema. Me dio su teléfono celular y me dijo:

—Que su médico lo envíe a mi e-mail.

—Pensé que la clínica no tiene e-mail.

—No, no tenemos. Pero puede usar mi cuenta personal.

Tras recuperarme del shock inicial, entré en acción. El método de e-mail funcionó sin problemas (¡imagínenlo!) y unos minutos más tarde ya estaba sobre el caminador haciendo mi prueba de esfuerzo.

El pequeño acto de bondad de la segunda recepcionista restauró mi creencia en la humanidad y me salvó de perder tiempo y energía. Vivir con generosidad es una maravillosa forma de enriquecer nuestra vida y en verdad no requiere demasiado esfuerzo, sólo un poco de consideración.

Para comenzar, aquí hay algunas herramientas:

Primera herramienta de generosidad – Volverlo un hábito:

Fija la alarma de tu teléfono para que suene a cada hora. Sin importar lo que estés haciendo en ese momento (manejando, socializando, trabajando, etc.), detente y pregúntate: “Ahora mismo, ¿qué acto pequeño puedo hacer para que la vida de otra persona sea más agradable?”

Segunda herramienta de generosidad – Ser proactivo:

No esperes a que te pidan algo ni “accedas a un pedido a regañadientes”. La generosidad se define como rodef jesed, literalmente “perseguir la bondad”, salir de tu zona de confort para ocuparte activamente del bienestar de otra persona.

Tercera herramienta de generosidad – Hacerlo con frecuencia:

Maimónides dice que un buen carácter se logra no por el tamaño de un buen acto sino más bien por la cantidad de actos que se realizan. Dar un donativo de caridad de mil dólares puede no influir en mí positivamente en la misma medida que miles de actos, es decir, dar un dólar mil veces.

Cada vez que encontramos a otra persona necesitada, podemos responder refugiándonos en nuestro espacio interno seguro o esforzándonos por salir en beneficio del otro. La segunda recepcionista entendió que al ofrecer ayuda creamos un ciclo perpetuo de conexión humana, donde la generosidad genera gratitud que a su vez alienta más generosidad.

¡Entra al ciclo hoy mismo!