La semana pasada, cuando comenzó el mes de elul, me sorprendí tanto que saqué mi calendario y lo observé confundida. Había estado tan ocupada con nuestros planes para el verano y las preguntas respecto a si cada uno de mis hijos comenzaría su año lectivo (y cuándo), que perdí por completo el registro del tiempo. Pensé que todo iba a estar resuelto a esta altura. No puedo creer que comenzamos de esta forma el año lectivo.

En vez de preguntar: "¿Cuándo va a terminar todo esto?", me pregunto: "¿Cómo puedo crecer a partir de esto?"

Durante la guerra de Vietnam, uno de los oficiales más importantes de la marina, James Stockdale, estuvo más de siete años como prisionero de guerra. Cuando le preguntaron cómo él y otros prisioneros de guerra sobrevivieron, él explicó lo que pasó a conocerse como la paradoja de Stockdale: los prisioneros de guerra a los que les fue peor de hecho eran los más optimistas. Ellos creían que iban a volver a casa para el día de acción de gracias, y cuando esta fecha pasó, dijeron que iban a regresar para navidad. Eventualmente, cuando seguían cautivos cuando llegaron estas fechas que se habían puesto como meta, ellos perdieron las esperanzas y murieron. Paradójicamente, los prisioneros a los que les fue mejor fueron aquellos que reconocieron la realidad de su situación y simultáneamente creyeron que finalmente todo se resolvería. Ellos no sabían cómo ni cuándo pasaría, pero sabían que algún día serían liberados. Tenían una fe que les permitió aceptar la realidad de la situación sin perder las esperanzas para el futuro.

Por lo tanto, este elul miro hacia atrás al último año y hacia los próximos meses con una nueva pregunta. En vez de preguntar: "¿Cuándo va a terminar todo esto?", me pregunto: "¿Cómo puedo crecer a partir de esto?". Porque ya no pienso que va a terminar para Rosh HaShaná, o para Sucot, ni siquiera para Jánuca. Un día esta pandemia global terminará y daremos un paso al costado para evaluar las lecciones cruciales que aprendimos y ver cómo cambiaron nuestras vidas.

He aquí tres lecciones que aprendí en el último año.

1. Decir gracias incluso cuando no me siento agradecida

En los últimos meses hubo muchos días en los que sólo deseaba quejarme. Múltiples cosas no funcionaban en mi vida. Las escuelas cerraron. Los niños se distraían durante sus interminables clases por Zoom. Los planes para las festividades se cancelaron. De repente había miedo y pánico por todas partes. Manifestaciones agresivas, tormentas y estresantes planes para el verano. Exactamente esta confluencia de circunstancias externas difíciles fue lo que me llevó a hacer un cambio interno radical.

Si comenzaba a quejarme no iba a parar nunca, así que aprendí que podía decir gracias incluso cuando me sentía frustrada y desilusionada.

Sabía que si comenzaba a quejarme no iba a parar nunca, así que aprendí que podía decir gracias incluso cuando me sentía frustrada y desilusionada. Incluso en los momentos más difíciles había mucho por lo que podía estar sinceramente agradecida. Me despertaba y le agradecía a Dios por el aire. Por la luz. Por la capacidad de ver, de oír, de sentir aromas. Gracias por este día. Por el regalo de la vida. Por darme la oportunidad de volver a empezar. Aunque fuera sólo por unos pocos instantes cada día, me sentía enormemente agradecida por los pequeños detalles a los que prestaba atención. Por tener un refugio. Por el alimento. Por la vestimenta. Por este día.

2. Aprendí que, si algo es importante, hay que hacerlo ahora mismo

Todos tenemos muchos planes y eventos que no podíamos imaginar que llegaran a cancelarse cuando comenzó el 2020. Estaba el viaje a Israel que hice en febrero por el bar mitzvá de mi hijo, con él, mi madre y dos de mis hijas, que nunca hubiera ocurrido de haber sido pospuesto. Yo no estaba segura de cuándo agendar el viaje para comprar los pasajes de avión. Pero mi madre dio un paso adelante y simplemente los compró para febrero. Gracias a la certeza de mi madre, vimos a mi hijo organizar un minián en una sala del aeropuerto, lo vimos ponerse tefilín en el Kótel y pasamos un hermoso Shabat en Jerusalem. De haber pospuesto el viaje incluso por unas pocas semanas, nada de lo que hicimos habría tenido lugar.

Este año me enseñó que, si algo es importante, hay que hacerlo ahora mismo. Hoy. Porque mañana no hay ninguna garantía de que sigas teniendo la oportunidad de hacerlo.

3. No dar por sentada a mi familia

Siempre fui la clase de persona que constantemente busca cuál es la siguiente gran cosa que puede lograr. Ya sea un nuevo objetivo en mi carrera o una maratón más difícil, tiendo a pensar en mi vida como en los peldaños de una escalera, y constantemente estoy tratando de encontrar la forma de subir al siguiente escalón. Pero a muchos de nosotros, este último año nos arrojó la escalera al suelo. Pensábamos que debíamos estar en la oficina, y la cerraron. Pensábamos que debíamos estar transformando nuestro cuerpo en el gimnasio y se cancelaron las clases. Yo estaba en un equipo destacado de corredores que ganó la primera competencia de la estación y de repente todas las carreras del año se suspendieron.

Mientras trataba de encontrar un nuevo escalón que pudiera subir, comprendí que quizás en ese mismo momento no era adecuado seguir subiendo. Quizás era un momento para observar a mi alrededor y valorar a las personas más importantes de mi vida. Quizás era el momento de hacer una pausa y comprender cuán afortunada soy de ser una madre y una esposa. ¿Cuán a menudo doy por sentadas a las personas que amo?

Este año me enseñó que la calidad de las relaciones en nuestra vida es lo que determina la calidad de nuestra vida.

El mes pasado, mi familia experimentó un milagro personal. Mi esposo y yo nos despertamos con una llamada de teléfono a las 4 de la madrugada. Esas llamadas a las 4 de la madrugada nunca son las que deseas recibir. Nos llamaban nuestras hijas. Las había agarrado una tormenta en medio de la ruta y el auto había volcado. El auto estaba destruido, pero milagrosamente ellas sólo sufrieron unos pocos raspones.

Cuando llegaron a casa, mi hija me abrazó y comenzó a llorar. "Es la primera vez en mi vida que comprendí que puedo morir", me dijo. En medio de mis propias lágrimas de gratitud, me pregunté cómo podemos olvidar esto tan fácilmente cada día. Olvidamos cuán valiosa es la vida. Olvidamos qué regalo enorme es cada día que recibimos. Pero, sobre todo, pienso que olvidamos los milagros que nos permitieron llegar casi hasta el fin de este año judío.

No sé cómo ni cuándo va a terminar la pandemia, pero sé que la vida es un milagro que tiene lugar en este mismo momento. Gracias por el regalo de la vida. Gracias por permitirnos a todos llegar a este día. El último Rosh HaShaná nadie hubiera podido imaginar el año que vivimos. Para muchos, es la primera vez que nos sentimos agradecidos simplemente por el hecho de estar vivos.