Dentro del supermercado del barrio, con una leche y pan en la mano, me encontré al final de una larga y lenta fila.

Mientras la fila avanzaba, el hombre que estaba dos personas adelante mío, finalmente puso sus cosas en la cinta transportadora. El final estaba cerca.

Cerré los ojos momentáneamente, pero la alterada voz del hombre interrumpió mi ensueño. “¡Hey, se supone que esos fideos están en oferta! ¡Me cobraste de más!”.

La cajera miró la caja registradora. “Ellos marcan el precio regular, Señor. No están en oferta”.

“ ¡Por eso te estoy diciendo que lo arregles, porque están en oferta!” él dijo, subiendo el tono.

“ Bueno, si hubieran estado en oferta habría aparecido en la computadora” ella explicó. ¿Tal vez un tipo diferente está en oferta?”.

“ ¡NO!” gritó él. “Yo que son estos. Están marcados. ¡Tienes que arreglarlo! ¡Ustedes están engañando a los clientes!”.

Para este momento él ya tenía la atención de toda la vecindad. La fila, creciendo más por minuto, se iba doblando hacia el frente de la tienda. Algunos clientes suspiraron, cambiando de pie y revisando sus relojes. Yo entendí el deseo del hombre de recibir un precio justo, pero ¿tratar a la cajera de esa manera? ¿Detener a toda la fila? Me pregunté cuánto era el ahorro de todas maneras.

“ No tengo autorización para cambiar precios” explicó la cajera, sacándose el pelo de la cara. “Tengo permitido vender las cosas únicamente al precio que aparece en el sistema. Si quiere que saque los ítems de su cuenta, lo puedo hacer. O si prefiere hablar con el gerente acerca de la diferencia en el precio de 50 centavos, tal vez él pueda resolver el problema”.

“ ¡¿El gerente?!” gritó él, con su cara encolerizada. “¡Es una gran idea. Creo que eso es lo que haré!”. En un arranque de ira se marchó a buscar al gerente, dejando a la cajera en la mitad de la compra y al resto de nosotros mirando, esperando y rezando para que todo este episodio terminara rápido para poder continuar con nuestras vidas.

Volvió con el gerente unos minutos después, gesticulando y contando en voz alta la historia. “Yo le dije que estaba con descuento y ella no me creyó. No me ayudó. ¡Ella se negó a hacer cualquier cosa!”.

Algunos de nosotros queríamos defenderla a ella, pero él agarró el brazo del gerente y lo llevo hacia la cajera, apuntándola con un dedo reprochador.

“ ¡No puedo creer el servicio que recibo aquí. Primero su tienda engaña a los clientes sobre los precios y luego sus cajeras tercas no escuchan ni ayudan. Esto es ridículo!”.

Era el nuevo gerente de la tienda – yo voy muy seguido y sé quien es quien. Tal vez sintió que tenía que probarse a sí mismo, tal vez tenía un mal día, o tenía alguna historia negativa con esta cajera, pero lo que prosiguió me escandalizó absolutamente.

“ ¡¿Cómo pudiste?!” le gritó el gerente a ella. “¡Tú tienes la obligación de servir a los clientes! ¡Si no puedes autorizar un cambio de precio deberías haber venido a mí! ¡En vez de eso has humillado a este hombre!”.

Su cara palideció de vergüenza, ella empezó a responderle. Sus palabras fueron duras. Su discusión se convirtió en un campo de tiros.

“ Bueno ya está”, dijo finalmente el gerente, una mano en su cadera y la otra apuntándola a ella. “¡Estás despedida! ¡Sal inmediatamente de mi tienda!”.

Yo murmuré. ¿¡Despedida?! ¿¡Por esto!? Simplemente no lo podía creer. Varias personas empezaron a reclamarle al gerente, pero él no los tomó en cuenta y volvió a su oficina.

La actual cajera “cesante”, una mujer mayor, metió su mano bajo el mostrador, agarró su bolso y salió corriendo de la tienda con lágrimas en su rostro.

¿Recibió el cliente lo que quería? ¿Vale el trabajo de alguien los 50 centavos que se ahorró por cada paquete?

Otra cajera vino a tomar su lugar, y de alguna manera llegué a la caja y salí al sol brillante de la tarde. Mientras repetía el incidente en mi mente, seguía pensando en el cliente enojado que lo había comenzado todo. ¿Recibió el cliente lo que quería? ¿Vale el trabajo de alguien los 50 centavos que se ahorró por cada paquete?

Más tarde, yo aún tenía el recibo de compra arrugado en la palma de mi mano. Lo miré. Pan y leche. Y un recordatorio sorprendente para pensar antes de hablar. Porque aquellas palabras que acabas de decir, pueden costar mucho más de lo que puedes imaginar.