El 7 de agosto de 1974, un acróbata francés conmocionó a la prensa internacional y colocó su nombre en los libros de historia. A solo una semana de su cumpleaños número 25, Phillipe Pettit caminó por una cuerda entre las Torres Gemelas, que para ese entonces estaban en construcción. Sin duda, una de las acciones más atrevidas jamás registradas. Este joven reunió a unos amigos y juntos llevaron a cabo esta hazaña. Pettit se expuso a la crítica pública, e incluso, resultó arrestado de aquel espectáculo. Su exhibición la hizo a plena luz del día, y repitió el recorrido varias veces. Desde entonces, Pettit ha compartido con el público muchas reflexiones y enseñanzas que ha ido extrayendo de su profesión y de aquella hazaña.

¿Dónde se cae la mayoría de los acróbatas?

Entre los acróbatas que entrenan para caminar sobre la cuerda floja, ocurre un fenómeno curioso. Estos artistas deben practicar cientos de veces para acostumbrarse a la altura y a mantener la concentración. Como es de esperarse, muchas veces sucede que estos acróbatas se caen, tanto en los entrenamientos como en las presentaciones públicas. Ahora bien, lo curioso es que esto no ocurre cuando el acróbata se encuentra en la primera mitad de la cuerda, sino en la segunda mitad. Y, por si fuera poco, la mayoría de esas caídas solo ocurren al final de la segunda mitad. Es decir, la gran mayoría de las caídas que sufren estos acróbatas, tanto en sus entrenamientos como en algunas presentaciones públicas, ocurren justamente al final del recorrido, cuando faltan solo unos pocos pasos para llegar a la meta.

¿Por qué no al principio?

A mí, me llama mucho la atención este hecho. ¿Por qué los acróbatas se caen más veces al final del recorrido que al principio? Después de que ya hicieron la mayoría del recorrido, ¿no deberían estar confiados y concentrados en culminar su proeza? Si ya caminaron más de la mitad de la cuerda, ¿qué problema hay en terminar otro pequeño tramo? Si uno ya sabe que puede hacer algo, ¿no debería ser más fácil continuar hasta el final?

El equilibrio es un arte que se nutre de constancia

La respuesta a estas preguntas es fascinante. Mantener el equilibrio es un trabajo constante. Mientras una persona está sobre la cuerda floja, hay fuerzas —como la gravedad— que actúan sobre el cuerpo y lo atraen al suelo. La cuerda es un filo muy pequeño y el acróbata debe poner toda su energía en lograr y mantener el equilibrio, anulando las fuerzas que lo llevan a caer de un lado o de otro.

El acróbata y los desafíos de la vida

La vida está llena de desafíos. Me atrevo a decir que mucho más complejos que lo que enfrenta un acróbata en la cuerda floja. Imagínense si ese acróbata, además de tener que mantener el equilibrio, tuviera que enfrentar duras críticas del público, que le lancen objetos o que le muevan la cuerda, ¡sería mucho más difícil!

Si lo pensamos bien, en la vida, uno debe lidiar constantemente con fuerzas opuestas: cuerpo y alma, razón y emoción, disciplina y espontaneidad, día y noche, calor y frío, masculinidad y feminidad. Por naturaleza, cada una de esas fuerzas tiende a gobernar y apoderarse del escenario. Es como si cada fuerza tuviera una especie de instinto de supervivencia que la lleva a imponerse sobre las demás. Es una guerra de fuerza y de sabiduría. La verdadera inteligencia de un hombre radica en lograr y mantener el equilibrio en su vida, haciendo que dichas fuerzas se anulen y cooperen con la verdadera estabilidad del hombre, quien es el centro de todo y quien está siempre en la cuerda floja.

Soldado en el frente

Nuestros Sabios (1) apuntan claramente a este asunto. El judaísmo enseña que el hombre fue puesto en un mundo donde los factores que lo alejan de su verdadera plenitud son muchos. De hecho, se dice que este mundo es una “batalla furiosa”, debido a que todos los asuntos del mundo son desafíos que uno debe superar. Significa que uno no debería extrañarse cuando se vea desafiado por todos sus flancos. Uno que está realmente vivo y consiente de ello, se verá enfrentado dificultades con frecuencia, ya sea en la salud, en la economía, en las relaciones o en sus aspiraciones personales.

Ahora, uno debe estar atento al desafío natural de la vida. Y enfatizo el término "natural", porque muchas veces uno sufre la dura decepción de una vida que no es del todo color rosa. No obstante, no hay por qué sentirse sorprendido. Es normal y es la receta con la que ha sido diseñada la vida, tal como nuestros sabios claramente señalan que esta vida tiene como propósito un arduo trabajo —sobre todo espiritual—. Eso sí, el trabajo paga dividendos, pues de acuerdo con la magnitud del desafío será la proporción de su placer y plenitud, tanto en este mundo como en el venidero.

Un hombre valiente que enfrenta sus desafíos con fe, serenidad y equilibrio, se puede considerar victorioso, y eso, según el judaísmo, es un “hombre completo”, que está unido con su Creador y que usará los recursos del mundo para entrar en la dimensión del brillo de la luz de la vida.


Dedicado por Alan (Moshé) Azulay para el crecimiento espiritual y personal de su querida esposa Pola bat Rajel. En memoria de Esther bat Sarah z"l.


Notas:

(1) R. Moshé Jaím Luzzato. La senda de los justos, cap. 1.