Me desperté con un dolor agudo en el lado izquierdo de mi cabeza. Miré alrededor y no reconocí lo que me rodeaba. Lo único que me resultaba familiar era mi madre, sentada sobre una silla de metal con sus piernas sobre mi cama. Pero incluso ella estaba casi irreconocible. Su cara estaba cubierta de miedo y tristeza. Sus labios agrietados estaban fuertemente apretados, como si estuviera tratando conscientemente de no llorar mientras dormía.

“¿Mamá?”, dije confundida. “¿En dónde estoy?”.

Sus ojos se abrieron, y por un momento ella también pareció perdida. “¿Quieres decir que no recuerdas?” preguntó ella, claramente sorprendida.

“No. ¿En dónde estoy?”.

Se levantó para acomodar mi manta. “Estás en el hospital, Cheryl. Fuiste atropellada por un auto”.

No tenía absolutamente ningún recuerdo de haber sido atropellada por un auto ni de haber sido llevada al hospital. Lo último que recordaba sobre aquel día (¿fue ese mismo día?) era estar sentada en la cafetería de la universidad tratando sin éxito de estudiar para un examen.

“¿Estoy bien?”, pregunté nerviosamente examinando rápidamente mi cuerpo.

Mi madre respiró profundamente y habló lentamente, como si cada palabra me protegería de la siguiente. “Cheryl, se desgarró una gran porción de piel de tu pierna y tu rótula fue destrozada”.

La fisioterapia fortalecería mi rodilla, pero no me haría superar los próximos meses de cuestionamientos.

Miré hacia abajo hasta mi pierna que estaba cubierta con una manta amarilla del hospital y levanté la cubierta. La pierna estaba envuelta en vendajes protegiéndome de lo que había debajo de ellos.

“¿Qué va a pasar?”, pregunté.

Te van a transferir a otro hospital para que te hagan una cirugía.

Fui transferida y tres semanas y media después recibí un injerto de piel. Mi rótula fue armada de nuevo con clavijas. Iba a salir del hospital con una pierna desfigurada y con una rodilla débil. La fisioterapia fortalecería mi rodilla en el futuro, pero no me haría superar los próximos meses de cuestionamientos.

Además de mis otras heridas, había sufrido una gran contusión. Más adelante estuve agradecida por los agudos dolores de cabeza y por la amnesia temporaria. Por lo menos posponían los grandes asuntos religiosos que eventualmente me mortificarían. Fue la boda de una amiga cercana lo que finalmente detonó las preguntas. Mis amigas se habían ido a bailar con la novia dejándome en la mesa con mi pierna, encajonada en un molde de fibra de vidrio, descansando en la silla que estaba junto a la mía. Me senté allí, escuchando la enérgica música, pero sobre todo sintiéndome completa y absolutamente sola. Y luego, en el clímax de mi depresión, me permití preguntar. ¿Por qué Dios me hizo ésto? ¿Hice algo mal?

Necesitaba algunas respuestas desesperadamente. Afortunadamente, por ser diplomada en filosofía tenía las herramientas con las que comenzar mi excavación. Escarbé en los escritos de Saadia Gaón, del Rambam y de otros, extrayendo una tremenda cantidad de información de sus trabajos, pero todavía faltaba algo. Aprendí mucho sobre fe y el problema filosófico del mal, sin embargo, todavía estaba absolutamente sola. Todos alrededor mío actuaban como si nada hubiera ocurrido… pero sin embargo algo había ocurrido. Y mis filósofos no podían hacer que el dolor desapareciera.

Tomé un pensador judío en particular para entender porqué mi búsqueda de respuestas me dejó sintiéndome fría y vacía. Necesitaba entender el concepto de que ninguna respuesta intelectual sería suficiente. Necesitaba internalizar el concepto de la aceptación, no de la satisfacción intelectual. Y necesitaba entender que estas situaciones deberían ser percibidas como mensajes de Dios; no como castigos. Son la manera que Dios tiene de decirnos algo.

En su ensayo Kol Dodi Dofek, el pensador judío del siglo XX, el rabino Yosef Soloveitchik, describe dos tipos diferentes de personas – el Hombre de Fe y el Hombre de Acción. El Hombre de Fe responde a la tragedia con cuestionamientos. Se pregunta cómo un Dios que es pura bondad puede causar maldad. Encuentra soluciones a sus preguntas, pero las soluciones filosóficas no abordan el problema real.

Si percibimos el sufrimiento como un mensaje de Dios, entonces, podemos preguntar: ¿Qué puedo hacer para responder?

El Hombre de Acción responde muy diferentemente. No pregunta: ¿Por qué? Pregunta: ¿Qué? No medita sobre las ramificaciones filosóficas del mal, lo cual no ayuda para nada. En lugar pregunta: ¿Qué puedo hacer para enfrentar este mal? ¿Cómo puedo responder ante él?

El Hombre de Acción crea una vida alterando la experiencia a partir de su sufrimiento; mientras que el Hombre de Fe se sienta en su sofá de cuero marrón y continúa meditando. Si percibimos el sufrimiento como un mensaje de Dios, entonces, podemos hacer la pregunta del Hombre de Acción: ¿Qué puedo hacer para responder? Sólo entonces podemos redimir la tragedia; sólo entonces podemos encontrar significado en el sufrimiento; y sólo entonces podemos comenzar a percibir la verdadera mano de Dios.

Entonces eso es lo que hice. Comencé a hacerme nuevas preguntas: ¿Qué puedo hacer con esta experiencia? ¿Cómo puedo transformarla en una fuerza positiva dentro de mí y dentro del mundo en general?

Las respuestas a estas preguntas no eran simples. Requirieron un profundo entendimiento de mí misma y de mi relación con Dios. Sin embargo, la diferencia entre esta búsqueda y la anterior, era que esta búsqueda trajo lo que yo realmente buscaba desde el comienzo: una conexión más profunda con Dios. Finalmente, ya no me sentí sola.