Yo supervisé los escombros de lo que había sido su cuarto. Si hubiese pasado cinco minutos después, Sara, mi hija de cinco años, hubiese estado en la cama. Tan solo cinco minutos.

Nos habíamos mudado a nuestra casa recientemente, y decidimos que el cuarto más cercano al baño sería el de Sara. Lo decoramos con cortinas rosadas y con un colcha del mismo color, haciendo que el cuarto se viera tierno y propio de una niña. No sabíamos que la caldera estaba colocada en el cielorraso, directamente sobre su cama.

Debe haber sido en la mañana que estalló el sello de la caldera, dejando que el agua caliente comenzara a gotear lentamente sobre el grueso panel de yeso que estaba debajo de ella. Durante el curso del día el cielorraso fue saturándose, ablandándose poco a poco. Para la noche ya era como cartón empapado.

Cuando escuché el estruendo Sara ya estaba en pijamas y cepillándose los dientes.

Cuando escuché el estruendo Sara ya estaba en pijamas y cepillándose los dientes. Cuando entré a su cuarto, la imagen fue una moderada devastación. El cielorraso empapado, ya incapaz de soportar su propio peso, había colapsado. La hermosa cama rosada –la misma cama que en unos pocos momentos más hubiera tenido a mi hija acurrucada con su muñeca— estaba empapada con agua hirviendo y cubierta de pedazos inmensos de yeso. La alfombra estaba arruinada, empapada y embarrada con pedazos de yeso pulverizado. En el cielorraso había un hueco enorme con pequeños chorros de agua goteando por todos lados. Pedazos de material aislante rosado colgaban de la apertura, haciendo juego de manera grotesca con las cortinas rosadas, para entonces mugrientas.

Después de llamar al teléfono de emergencias de nuestra compañía aseguradora, colgué el teléfono y fui directamente a inspeccionar el daño. Mientras pensaba en lo que había pasado y, aún peor, en lo que podría haber pasado, experimenté algo completamente inesperado: una fuerte sensación de tranquilidad.

La Calma Durante la Tormenta

Basta decir que no soy conocido por mi tranquilidad. Tengo una personalidad tipo A, naturalmente organizado y eficiente. Planeo las cosas cuidadosamente y espero que funcionen sin problemas. “...¿Qué quieres decir con que perdiste mi orden de pizza? ¡Te llamé hace 30 minutos y tengo niños hambrientos en el auto!”, o “...¿Cómo puede haber desaparecido mi archivo? ¡Hice dos back-up en mi computadora!”.

Cuando las cosas no salen de acuerdo al plan, el sentimiento que experimento no es lo que yo describiría como una “calmada aceptación”. Fastidio, sí. Irritación, con seguridad. Molestia, definitivamente. ¿Serenidad?, nunca.

Durante los siguientes días frenéticos hubo muchas oportunidades para perder la calma. Traté con un flujo incesante de asesores, constructores, plomeros e instaladores de alfombras. Y sin embargo todo fue hecho, sorprendentemente, con el mismo sentimiento de serenidad.

Quizás fue simplemente una cuestión de perspectiva, una realineación repentina de mis prioridades. Mi consciencia del desastre que pudo haber ocurrido me permitió ver ciertas cosas con claridad. Un dormitorio, sin importar qué tan lindas sean las cortinas, es solamente un lugar para dormir. Las posesiones pueden ser reemplazadas y el dinero siempre se puede conseguir. ¿Pero cuánto pagarías por la vida de tu hija?

¿Acaso Dios fue responsable de lo que ocurrió con mi caldera pero se mantuvo completamente al margen de mi orden de pizza?

Todo esto es verdad, pero la sensación de calma que estaba sintiendo venía de algo más profundo. De alguna manera supe, con absoluta certeza, que esto provenía directamente de Dios. Él, en Su infinita sabiduría, había decretado que mi cielorraso colapsara. Y Él, en su gran misericordia, se había asegurado de que mi hija estuviera lavándose los dientes justo en ese momento. Fue todo parte de “El Plan”, una experiencia que yo necesitaba para crecer.

Una mañana, mientras esperaba a que llegara el instalador de alfombras, me vino un pensamiento. ¿Por qué era tan especial este acontecimiento? ¿Qué tenía esto de diferente con mi orden de pizza que se perdió? ¿Acaso Dios fue responsable de lo que ocurrió con mi caldera pero se mantuvo completamente al margen de mi orden de pizza?

La Creación y la Bombilla de Luz

Es fácil caer en la trampa de creer que el mundo es como un juguete que funciona a cuerda. Seguro que Dios lo creó, pero ha estado andando solo desde entonces. Ahora Dios está ocupado con temas más importantes y seguramente tiene que ocuparse de cosas más grandes que mi orden de pizza.

El entendimiento de que la creación no es como un juguete a cuerda es fundamental en la perspectiva judía del mundo. Es como una bombilla de luz. Mientras la electricidad continúe fluyendo, la bombilla se mantiene encendida. Si la electricidad se cortara, o el circuito se averiara así sea por un instante, la luz se apagaría. La creación es sostenida por un flujo continuo de energía Divina. Cuando se trata de la existencia, no hay algo así como un impulso. Mi existencia en este momento no tiene nada que ver con la continuación de mi existencia un segundo después.

La creación no es un evento de una sola vez; es algo que ocurre continuamente. Yo “soy” simplemente porque la Fuente Infinita de la existencia quiere que yo “sea”. Dios está aquí, está presente, está envuelto íntimamente y está manteniendo en funcionamiento cada aspecto del universo segundo a segundo, desde lo enorme hasta lo microscópico. Dado que Él es infinito, nada existe sin Su continuo sustento.

Mi perspectiva de la “intervención Divina” al salvar a mi hija me permitió permanecer sereno. Fue un evento tan obviamente fuera de lo común que pude ver la inequívoca Mano de la Providencia Divina. Cuando pasan cosas grandes, es evidente que Dios está dirigiendo el show. Pero Dios no nos habla solamente a través de los grandes eventos de nuestras vidas; está susurrando en nuestro oído con cada orden de pizza que se pierde y con cada archivo que desaparece.

Vivir como un judío significa enfocarse en Dios como una presencia en nuestra vida diaria, reconociendo que es responsable por todo lo que ocurre, desde lo que parece ser insignificante hasta lo obviamente trascendental. Dios dirige el mundo. Me ama. Me está cuidando. Siempre está conmigo, empujándome suavemente para que crezca. Entender estas ideas y trabajar para integrarlas es la clave para desarrollar una relación de confianza con Dios y es el principio para enfrentar todos los desafíos de la vida, los grandes y los pequeños, con serenidad.