Después del devastador terremoto y el tsunami en Japón, republicamos este conmovedor artículo relacionado con el horrendo tsunami en el sureste asiático a finales de 2004. Oramos por la seguridad de todos los involucrados.

Josef Stalin estaba equivocado.

Una sola muerte, dijo, es una tragedia, un millón de muertes es una estadística. Pero esa no es la reacción del mundo ante el horrendo y aparentemente interminable desastre que se desarrolla en el sureste asiático después de un destructivo tsunami de proporciones incomparables.

Los números de víctimas fatales, sobre 130,000 mientras escribo esto, están de hecho más allá de la comprensión. Sin embargo nuestra capacidad de acceder a eventos lejanos, mediante la cobertura de los medios de comunicación, nos convierte en espectadores horrorizados de las catástrofes que desafían a la imaginación humana. ¿Hay palabras para describir la angustia de la madre sosteniendo a sus dos hijos –que ha tenido que elegir entre ellos— para poder tener una mano libre para aferrarse a la balsa que le prometía su salvación?

¿Hay algún lenguaje que pueda transmitir adecuadamente el horror de los turistas israelíes que descubrieron que las olas asesinas habían barrido a su bebé de once meses que estaba justo afuera del cuarto del hotel?

El niño que se aferró a un cocotero es la versión contemporánea del arca bíblica.

La mente se tambalea. Las lágrimas fluyen. Se supone que no es esta la forma en la que el mundo funciona. Y sin embargo es nuestra realidad. Al igual que Noé en la Biblia, atestiguamos la devastación de una inundación torrencial –pero esta vez no recibimos ninguna advertencia previa. En el tiempo de Noé un gran porcentaje de la población mundial fue golpeada -mientras que sólo Noé y su familia fueron salvados— pero en lo que se refiere a números la tragedia contemporánea posiblemente se sitúa en una escala más alta. Los sobrevivientes ya están siendo llamados Noé modernos. El niño que se aferró por dos días a un cocotero es la versión contemporánea del arca bíblica.

Pero es precisamente en esta ecuación que percibo un elemento extremadamente preocupante. Y ya ha comenzado a levantar su despreciable cabeza en algunas publicaciones aparentemente “religiosas”. ¿Cómo pudo haber pasado esto? Parece que hay quienes no dudan en asumir el manto del profeta, y afirman públicamente su conocimiento de la voluntad Divina como si Dios les hablara a ellos “cara a cara” como lo hizo con Moisés. En la secuela de la tragedia, los falsos profetas de nuestros tiempos no vacilan ni por un momento mientras dictan sentencia sobre todas las víctimas.

Sin tener en cuenta que en la Biblia fue Dios mismo quien explicó lo que hizo. Esos defensores de la fe creen que es necesario difamar siempre a quienes sufren para preservar la idea de la justicia divina. Pero la mala teología es aún peor que el mal comportamiento. Generalmente podemos recuperarnos de la herida que viene de las acciones de la gente. Pero es mucho más difícil recuperarse de la clase de desfiguraciones que alguna gente vocifera, ostensiblemente en nombre de la religión, que distorsiona nuestro entendimiento correcto de Dios y de Sus Caminos.

Un ejemplo perfecto es la famosa escena en la obra: “Agnes of God”, de John Pielmeier. En quizás el momento más dramático de su trabajo magistral, la psiquiatra asignada por la corte le revela a la madre superiora por qué abandonó su fe. De niña, su mejor amiga acababa de morir en un horrible accidente de tránsito. La monja en su escuela católica explicó por qué pasó: “No dijo sus plegarias matutinas ese día, por lo que Dios la castigó”.

En lugar de inculcar el miedo deseado y el sentimiento religioso que produciría una devoción a las plegarias para toda la vida, la “explicación” creó una repulsión, así como un aborrecimiento, por un Dios que podía ser tan cruel en respuesta al olvido de una pequeña niña.

El Job Bíblico

La verdad, como puede decirte cualquier estudiante serio de la Biblia, es que las catástrofes no siempre indican retribución divina. En ocasiones sí lo hacen, pero a veces no. El paradigma de sufrimiento en la Biblia es Job, un hombre que es bendecido con tener un libro llamado en su honor. Pero cuando los amigos de Job atestiguaron las cosas terribles que le acontecían, sólo llegaron a una conclusión: El hombre que pensaron que era piadoso obviamente tenía que ser un fiasco. Sus “palabras de consuelo” no eran nada más que condenación.

Escúchanos, le dijeron a Job. Te preguntas por qué te encuentras en tal apuro. No puedes entender tu enfermedad, la pérdida de tu fortuna, y la muerte de tus hijos. Pero tú mismo afirmas que sabes que Dios no te afligiría a menos que merecieras Su ira. Entonces dinos qué has hecho mal. Deja de ser un hipócrita. Afirmar que eres piadoso cuando el juicio de Dios claramente te pronuncia como pecador sólo intensifica tu crimen. Admite, acepta, y reconoce la justicia del decreto divino.

Que fácil es juzgar a otra persona. Que fácil es asumir que “el castigo es a la medida del crimen”, aún si no tenemos razón para creer que la víctima es culpable.

Lejos de probar la culpa de Job, el sufrimiento era una señal de su estatura singular ante los ojos de Dios.

Pero por supuesto que los “amigos” de Job estaban equivocados. Les faltaba un detalle clave de la información. Lo que Job soportó no tenía nada que ver con el pecado. De hecho, era un santo –tan sagrado que Dios quería probarlo, porque “Dios pone a los santos a prueba”. Él debía demostrarle a Satán la fortaleza de los piadosos, la convicción de lo sagrado, y la valentía de quienes pueden cuestionar pero nunca abandonan su fe. Lejos de probar la culpa de Job, el sufrimiento era una señal de su estatura singular ante los ojos de Dios.

Los teólogos mal informados claramente estaban condenando. “Mi ira se enciende en su contra”, les dijo Dios, “porque no hablaron correctamente sobre Mí, como lo ha hecho Job, mi sirviente” (Job 42:7).

En un giro irónico al final del libro, Dios continúa su reproche a los “amigos” diciéndoles: “Y mi sirviente Job rezará por ustedes. Es sólo por su bien que les mostraré consideración, que no les haré cosas terribles, porque no hablaron correctamente sobre Mí” (Job 42:8).

Error Lógico

Qué extraño es entonces encontrar ecos de las teorías erróneas de los amigos de Job repetidas hoy de diferentes maneras. Algunos predicadores populares americanos afirman que Dios permitió que Estados Unidos fuera atacado en las Torres Gemelas en reacción a elementos inmorales de la sociedad. Por supuesto, esta explicación difícilmente trata con la pregunta de cómo miles de víctimas inocentes fueron elegidas para esta cruel retribución. ¿¡Seguramente Dios pudo haber apuntado sus flechas punitivas con mucha más precisión!?

¿Cómo pueden estos líderes religiosos estar tan equivocados? Son culpables de un error de lógica. Cualquier estudiante de un curso de filosofía sabe que sólo porque A causa a B, eso no significa que B es siempre el resultado de A. los clavos en la autopista causan pinchaduras, pero no todas las pinchaduras son consecuencia de clavos en la autopista. Sí, es verdad que la Biblia enseña que el pecado es seguido por consecuencias trágicas. Pero eso no significa que toda tragedia es el resultado del pecado.

Sí, es verdad que la Biblia enseña que el pecado es seguido por consecuencias trágicas. Pero eso no significa que toda tragedia es el resultado del pecado.

Por qué le pasan cosas malas a la gente buena es un antiguo dilema teológico. Algunos de los eruditos más grandes de todas las épocas han tratado con este tema y han manejado diferentes posibilidades. Hay lugar para muchos enfoques diferentes y una multitud de respuestas diversas. Están aquellos que creen que un hombre finito no puede comprender a un Dios infinito. Para ellos, como lo expresa tan elocuentemente Jaim Greenberg, “Alguien que no puede alabar a Dios mientras se sienta sobre polvo y cenizas y no tiene explicación para su sufrimiento, ni tampoco una señal desde arriba— esta persona es, en el análisis final, un no creyente”.

Otros eligen enfatizar la idea de que el sufrimiento eleva al hombre, que los desafíos son oportunidades para el crecimiento espiritual, y que las tragedias son los estímulos para la creatividad humana y para el desarrollo. Como lo dijo James Bailey: “La pena santifica al corazón, a pesar de que hace envejecer”.

Los místicos prefieren enfatizar la insignificancia de los eventos en esta tierra comparada a la cualidad de la vida después de la muerte. Los maestros de ética judía enseñan que nunca es nuestro deber juzgar a los demás, sino que, en respuesta a la tragedia, deberíamos dirigir la mirada hacia nosotros y examinar cómo podemos mejorar el mundo.

El denominador común de ellos, al igual que cientos de otros esfuerzos por resolver el acertijo de un Dios coexistiendo con un mundo malvado, es la comprensión de que no toda víctima es un criminal. Sí, en ocasiones el pecado causa una retribución Divina. Pero nosotros no somos profetas, y el Talmud nos exhorta: “No actúes como juez tú solo, porque nadie juzga en soledad salvo Dios” (Avot 4:10).

Entonces lamentemos las víctimas del tsunami y reservemos nuestra condena. Mantengamos nuestra fe en Dios no porque podemos justificar Sus caminos, sino porque Sus caminos superan nuestra comprensión. Y dejemos que nuestra pregunta principal tras la tragedia no sea “¿Por que pasó?”, sino “¿Qué puedo hacer para ayudar?”.