Hace cincuenta años, el 20 de julio de 1969, la Misión Apollo 11 aterrizó en la luna. Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano que caminó en la luna y declaró las palabras inmortales: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la humanidad”. Por un momento, todo el mundo se unió asombrado al contemplar la maravilla de ver al ser humano en la luna. “Por un momento impagable en toda la historia del hombre, todas las personas en esta Tierra realmente fueron una”, les dijo el presidente Richard Nixon a los astronautas cuando todavía estaban en la luna.

La luna juega un rol importante en el judaísmo. Es tanto una metáfora como una medida para nuestros días. Cuando celebramos medio siglo desde que llegamos por primera vez a su superficie, aquí presento siete datos interesantes sobre la luna y el judaísmo.

El calendario lunar judío

El calendario judío se diferencia del calendario gregoriano que muchos usan en la actualidad. El calendario judío regula los meses de acuerdo con la luna. Como dice el Talmud: “Las otras naciones cuentan de acuerdo con el sol, pero Israel cuenta por la luna” (Sucá 29a). El calendario hebreo tiene 12 meses, coordinados para coincidir con cada mes lunar (el tiempo que le lleva a la luna realizar una órbita alrededor de la tierra y regresar al mismo punto en el cielo, tal como se la ve desde la tierra). El mes lunar cuenta con 29,5 días, por lo que los meses hebreos tienen 29 o 30 días.

Dado que el año lunar es más breve que el año solar, si el calendario judío siguiera exclusivamente a la luna cambiaría la época de las estaciones (como ocurre en el calendario musulmán), que caerían más temprano o más tarde cada año. Un calendario puramente lunar tiene 354 días. Sin agregar días, las festividades judías caerían cada año en diferentes estaciones.

Para regular esto, que es esencial porque la Torá nos ordena celebrar Pésaj en la primavera, el calendario judío usa meses “de salto” (año bisiesto). En cada ciclo de 19 años se agregan nueve meses.

Ver la luna nueva

Cuando la luna recorre su órbita alrededor de la tierra, parece que crece (creciente) y que luego se empequeñece (menguante) cada día. Al finalizar su ciclo de 29,5 días, la luna vuelve a emerger como un delgado cuarto creciente. Esto se llama la “luna nueva” e indica que comenzó un nuevo mes judío. En el Talmud, Rabí Iojanán compara a la persona que bendice a la luna nueva en el momento fijado con alguien que saluda a Dios mismo (Sanedrín 42a).

Desde el año 358 EC, los judíos de todo el mundo han calculado la fecha exacta de cada luna nueva (y por lo tanto el primer día de cada nuevo mes judío) y establecieron un calendario. Antes de eso, la luna nueva era proclamada por una corte especial en Jerusalem, el Sanedrín.

El Sanedrín estaba compuesto de 71 Sabios, y ellos esperaban que llegaran por lo menos dos testigos con la noticia de haber visto aparecer la luna nueva. Después de escuchar a estos testigos, el Sanedrín avisaba en toda la Tierra de Israel y fuera de ella que había comenzado el nuevo mes.

Un representante del Sanedrín encendía una gran antorcha en la cima del Monte de los Olivos. Las personas que veían el fuego desde las montañas cercanas encendían sus propias antorchas. De esta manera la noticia de la luna nueva se dispersaba a la distancia. (Esta práctica también explica por qué la mayoría de las festividades judías fuera de la Tierra de Israel se celebran dos días: como podía llevar varias semanas hasta que la noticia de la luna nueva se expandía, las comunidades más alejadas adoptaron la costumbre de celebrar las festividades dos días. Posteriormente, los samaritanos algunas veces trataron de confundir a los judíos encendiendo sus propias fogatas, por lo que el Sanedrín comenzó a avisar que había comenzado un nuevo mes a través de mensajeros.

La festividad judía de la luna nueva: Rosh Jodesh

El primer día de cada mes judío es una mini festividad. El mandamiento de celebrar Rosh Jodesh (literalmente “la cabeza del mes”) fue el primer mandamiento que Dios le dio a todo el pueblo judío. Este se remonta a los días en que nuestros ancestros eran esclavos en el antiguo Egipto: “Dios habló a Moshé y a Aharón en la tierra de Egipto, diciendo: ‘Este mes será para ustedes el comienzo de los meses. Será para ustedes el primero de los meses del año’” (Éxodo 12:1-2).

En la antigüedad, los judíos celebraban Rosh Jodesh llevando ofrendas especiales al Templo en Jerusalem. Hoy recordamos el día con bellas plegarias, cantamos Salmos en la Sinagoga y agregamos bendiciones especiales en nuestras plegarias.

Las ofrendas de Rosh Jodesh tienen un significado más profundo, directamente conectado con las singulares cualidades de la luna. Al crecer y menguar, la luna nos recuerda que la fuerza por lo general no es estática: hay momentos en que las naciones y las personas son fuertes y momentos en que son débiles. Estos cambios nos recuerdan que incluso cuando parece que estamos abajo y sin esperanzas el cambio está a la vuelta de la esquina. Celebrar la luna nueva nos recuerda que nuestra tarea en beneficio de quienes son más débiles que nosotros nunca se acaba.

Santificar la luna

Cada mes, los judíos de todo el mundo recitan una bella plegaria al comienzo del ciclo de la luna nueva, cuando ella aparece en el cielo. Por lo general se la dice el primer Shabat después de Rosh Jodesh. El Kidush HaLevaná, o la plegaria de santificación de la luna, es una de las más bellas plegarias de la liturgia judía. La plegaria compara al pueblo judío con la luna nueva, que se renueva cada mes.

Es muy poética. En una parte, nos paramos en puntas de pie mirando la luna y decimos: “Así como yo bailo ante ti pero no puedo tocarte, así también ninguno de mis enemigos será capaz de tocarme para mal”. Bajo la luz de la luna, nos deseamos mutuamente “Shalom alejem”, “que la paz sea contigo”. Es un poderoso momento que nos recuerda la belleza de la luna y nos ayuda a apreciar nuevamente el mundo que Dios creó.

La prohibición de celebrar la luna nueva

En los días del malvado rey Antíoco, quien gobernó la Tierra de Israel como vasallo del antiguo imperio griego, se prohibieron tres prácticas judías: la circuncisión, el Shabat y Rosh Jodesh. El malvado rey comprendió que todo el calendario judío dependía de observar la luna y llevar la cuenta de los días y las festividades judías. Él prohibió que los judíos observaran la luna nueva. Su objetivo fue socavar todo el calendario judío y de esta manera debilitar al pueblo.

Pero un valiente grupo de guerreros judíos se negó a ceder. Dirigidos por los Macabeos, los judíos lucharon contra los griegos y les ganaron, manteniendo nuestra práctica de seguir el ritmo de las fases de la luna y con ello el calendario judío. Este triunfo lo celebramos cada año con la festividad de Jánuca.

Las mujeres y Rosh Jodesh

En la tradición mística judía, se considera que las mujeres tienen una conexión especial con la luna. Cuando los judíos pecaron con el becerro de oro después del éxodo de Egipto, las mujeres judías se resistieron a hacer idolatría y mantuvieron su fe en Dios. Como recompensa, las mujeres recibieron una festividad adicional cada mes: Rosh Jodesh, cuando muchas mujeres judías evitan realizar ciertas clases de labores.

Tradicionalmente, las mujeres judías no lavan la ropa ni cosen en Rosh Jodesh. Hoy en día, algunas mujeres se reúnen en Rosh Jodesh para estudiar Torá o recitar juntas plegarias en honor a su conexión especial con este día.

El simbolismo de la luna

La luna es un símbolo central en el pensamiento judío y muchas de las cualidades que destacan al pueblo judío se reflejan en la luna.

Por ejemplo, tomemos en cuenta el brillo luminoso de la luna en el cielo oscuro. La luna no tiene una fuente de luz propia, su brillo es un reflejo del resplandor del sol. Así también ocurre con el pueblo judío, que como la luna refleja una importante fuente de luz: a Dios y Su Torá. Reflejar esta maravillosa luz es un honor: al igual que la luna, recibimos belleza y la devolvemos al mundo a través de nuestros actos y nuestra propia existencia.

Cuando la luna crece y mengua, sabemos que a pesar de que parece que desapareció volverá a emerger con todo su brillo. Lo mismo ocurre con el pueblo judío: incluso en los momentos más oscuros confiamos en la promesa de Dios respecto a que los judíos nunca van a desaparecer y que un día nuestro poder será restaurado con todo su resplandor.