¿Por qué la Torá fue entregada en un desierto árido y no en un terreno civilizado o en un lugar apto para la vida humana y las bendiciones de la naturaleza?

Un error común que cometen los judíos en la era moderna es creer que el judaísmo no impone profundas demandas existenciales en sus creyentes. Piensan que el judaísmo es una religión de "sentirse bien", y su objetivo es que uno se sienta cómodo consigo mismo. Muchas personas prefieren un judaísmo que no los saque de su zona de confort.

"Mi objetivo es estudiar y practicar un judaísmo que no interfiera con mis conveniencias", me dijo alguien. "Yo tengo mi estilo de vida, mi filosofía, mi cronograma, mis hábitos y mis patrones sociales. Mientras el judaísmo encaje con esto, le haré lugar y también lo disfrutaré".

Pero si el judaísmo sólo existe para hacernos sentir bien ¿para qué lo necesitamos? ¿Por qué no encontrar simplemente lo que funciona mejor con nuestras vidas y hacer eso? Terapia, yoga, ejercicios, vida suburbana, meditación, nutrición, deportes, arte, música, etc. Si el judaísmo sólo está aquí para nutrir mi identidad predefinida y satisfacer mis apetitos innatos, ¿para qué tomarme la molestia de prestarle atención?

¿Acaso el judaísmo de "sentirse bien" puede inspirar un futuro? ¿Esa clase de judaísmo pueda echar raíces en el corazón de los jóvenes? ¿Puede atraer a la dimensión idealista del alma humana, llegando a tocar lo Divino?

Una historia de dos imágenes

Pero supongamos que el judaísmo fuera real, el auténtico plano para la vida de un Dios vivo. Entonces la pregunta no debería ser: "¿Cómo encuentro un judaísmo que no me perturbe demasiado?"; sino: "¿Qué es realmente lo que dice el judaísmo respecto a mi misión? ¿Qué cree el judaísmo sobre la vida, la muerte y todo lo que hay en el medio? ¿Qué dice la Torá sobre las preguntas y los dilemas más importantes que enfrenta el alma y el corazón del ser humano?" La cuestión no es cómo puedo moldear el judaísmo a mi imagen, sino cómo puedo moldearme a mí mismo en la imagen de la Torá.

Si la Torá es la verdad, necesito tener el coraje de observar en profundidad mis nociones preconcebidas, mis pensamientos y mis patrones de comportamiento, dispuesto a descubrir una verdad que puede llegar a desafiarme.

Por eso la Torá fue entregada en el desierto árido y vacío, en un terreno no civilizado, donde no había una cultura predefinida con la que pudiera ser comparada. Sólo en el silencio físico y artístico del desierto podemos abrirnos a una búsqueda radical de la verdad. Sólo en un desierto, podemos ir hacia algo con todo nuestro ser, dispuestos a encontrar cualquier cosa.

Si la Torá hubiera sido entregada en una ciudad o en medio de un bello terreno natural, por definición se hubiera conformado con la cultura prevalente en esa área en particular. En el inmenso terreno entre los ríos Tigris-Eufrates y el Nilo, donde comenzó la civilización, el ojo queda cautivado por las cambiantes escenas naturales. En las ciudades, las obras del hombre se apoderan de la vista: el arte y la arquitectura. En esos medios, los israelitas solo hubieran sido capaces de absorber una religión que encajara en sus psiquis, sus patrones y sus sensibilidades, como todas las religiones paganas de la época. Los judíos nunca hubieran podido sintonizarse con la palabra de un Dios que trasciende a la naturaleza.

El Sinaí desafió al pueblo judío a reexaminar la vida y la historia desde su mismo núcleo; ver el mundo no desde la perspectiva humana, sino desde la perspectiva de Dios que no puede ser confinada a las modalidades humanas. Una revolución de esta magnitud no podía tener lugar en un medio habitado, ni siquiera en un medio donde latiera la vida y la naturaleza floreciera. Sólo en el vacío y la desolación del desierto el ego se subyuga a la búsqueda de la verdad. Sólo en el silencio del desierto una persona puede despedirse de todos sus paradigmas y permitirle a su alma absorber una trascendencia radical.

Un pueblo impetuoso

Esto explica un enigmático episodio que ocurrió en el Sinaí.

La Torá cuenta que cuando Moshé presentó el pacto ante los israelitas, ellos respondieron: "Haremos y escucharemos" (Éxodo 24:7). Esta expresión siempre fue una fuente de asombro y sorpresa para los sabios, y una reputación a la descripción antisemita de los judíos como calculadores. "Haremos y escucharemos" implica un compromiso a observar el pacto incluso antes de conocer sus detalles y de entender sus ramificaciones.

El Talmud (Shabat 88b) cuenta una historia sobre un saduceo que vio a Rava, uno de los grandes Sabios del Talmud, tan concentrado en el estudio que no prestaba atención a una herida que tenía en la mano. El saduceo exclamó: "¡Son un pueblo impetuoso! Pusieron sus bocas antes de sus oídos [al decir: "Haremos y escucharemos"], y persisten en su impulsividad. Primero deberían haber escuchado [los detalles del pacto]. Entonces, si estaba dentro de su capacidad, podían aceptarlo. De lo contrario, deberían haberlo rechazado".

Este argumento era lógico. Imagina que alguien te ofrece invertir una gran suma de dinero en una compañía en desarrollo. Tú respondes: "Seguro, aquí tienes el dinero, después escucharé los detalles". Es ridículo. Si no sabes de qué se trata la compañía, ¿por qué arriesgarte a perder tu dinero? Sin embargo, en este caso, los judíos declararon que estaban dispuestos a aceptar un pacto que alteraría su vida, incluso antes de escuchar todos los detalles y de saber de qué se trataba el judaísmo. ¿Por qué? ¿Cómo es posible?

Rava le respondió al saduceo con estas palabras: "Entramos [al pacto] con todo nuestro ser".

Lo que Rava implicó fue esto: por definición, una relación con Dios no puede crearse bajo nuestros términos; debe ser en Sus términos. Si hay algo llamado Verdad, si hay algo llamado Realidad, no podemos definirlo, sino que eso debe definirnos a nosotros. No podemos aceptarlo con la condición de que se adapte a nuestros sentidos y expectativas. Por el contrario, debemos realinear nuestra condición a él. Una vez que el pueblo judío supo que Dios se estaba comunicando con él, no quiso hacer encajar la religión dentro de su imaginación. El pueblo no tuvo condiciones previas para una relación con la verdad. En el desierto, los judíos declararon: "Haremos y escucharemos".

Para volver a recibir la Torá en Shavuot, debemos tener el coraje de caminar hacia el desierto; debemos liberarnos de cualquier identidad predefinida. Necesitamos estar dispuestos a escuchar el sonido por debajo de los sonidos a los que estamos acostumbrados. La Torá no es sólo un documento interesante repleto de rituales para satisfacer la nostalgia o la tradición. La Torá exige que nos abramos con todo nuestro ser y declaremos: "Haremos y escucharemos".


Este articulo fue publicado originalmente en https://www.theyeshiva.net