Abie Kesserman conoció a su padre sólo por dos años. Lo conoció en el primer año de su vida y lo conoció en el último año de vida de su padre. En el primer año, Abie fue arrullado por su padre y abrazado en su regazo. En el último, él sostuvo la mano de su padre y rezó por su alma. Los dos hechos se desarrollaron con 26 años de diferencia. Su padre falleció en 1999 a la edad de 54 años.

Carol es la hermana de mi padre. Abie es su hijo y mi primer primo. Mi tía es uno de mis grandes héroes. Una persona desinteresada y sensible, ella personifica las cualidades que nuestros sabios alaban en los capítulos de Ética de Nuestros Padres (1:15) “Di poco, haz mucho, y saluda a toda las personas con amabilidad”.

En 1970, se casó con Sam Kesserman. Ella tenía 22 años. Él tenía 27 años. En ese entonces no había ningún indicio de lo que iba a ocurrir. No había ninguna señal del proceso que ya había comenzado.

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Jaim y Turna Kesserman se casaron durante la primavera de 1943, en Pupa, Hungría. Ocho meses después los nazis invadieron el país. Las Fuerzas Armadas Alemanas y los voluntarios de la Cruz de Hierro Húngara evacuaron a la población judía de sus pueblos y los embarcaron hacia Chust, una ciudad cercana, donde fueron colocados en un ghetto por seis meses. Luego fueron enviados a los campos de la muerte en Polonia, incluyendo Auschwitz, Birkenau, y Bergen-Belsen.

En los 18 meses siguientes, la mayoría de sus familiares fueron asesinados. Una familia de 80 almas, ahora eran sólo nueve. Jaim y Turna sobrevivieron – sólo por la voluntad de Dios, ellos dirían después. Luego emigraron a Estados Unidos en 1949 y comenzaron a reconstruir sus vidas.

Sus cuerpos, marcados con cicatrices, cargaban también emociones desgarradoras.

No era una tarea fácil. Ellos no hablaban inglés y no tenían oficio. El estrés en sus vidas diarias era abrumador. Jaim trabajaba en humildes fábricas y ganaba suficiente dinero sólo para mantener un techo sobre la cabeza de sus hijos. Turna se quedaba en casa para criar a sus hijos. La pareja estaba motivada por una sola cosa: la obsesión de reconstruir la familia Kesserman que había sido destruida por los nazis. Soñaban con tener hijos llamados con cada uno de los nombres de los parientes fallecidos.

Sin embargo, una familia debe ser construida sobre bases fuertes. Y sus cuerpos marcados con cicatrices cargaban también emociones desgarradoras. Los dos estaban tan lastimados que el edificio que estaban intentando construir simplemente no podía mantenerse. Dos de sus hijos fueron internados como jóvenes con un gran trauma emocional. Un tercer hijo, un alto joven llamado Sam, tenía problemas emocionales que emergerían posteriormente en su vida – después de casarse con una joven nacida en Brooklyn que no conocía nada sobre los horrores de Hitler.

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Yo pensaba que nuestra familia no había sido afectada por el genocidio alemán de 1939-45. Mis bisabuelos se mudaron de Polonia a Galveston, Texas en 1910 y nuestra familia, en su mayoría, no fue tocada por la guerra. Sin embargo, los tentáculos de esos seis años nos alcanzaron. Nos alcanzaron 25 años después del fin de la guerra.

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La única fotografía que alguna vez vi de Sam fue una fotografía de su casamiento en el álbum de los padres de la novia. Mi abuela, de bendita memoria, había salvado ese álbum y se lo había entregado a Abie cuando adquirió madurez. Sam era apuesto y tenía una barba cuidadosamente recortada. Tenía una sonrisa bondadosa y una amable conducta.

Mi tía no sabía nada de su condición emocional. Ella encontró sus medicamentos después de la boda. Eso no la perturbó. Es cierto, él debió decírselo antes de la boda. Pero Dios le había presentado a Sam un desafío, y a través de él, a ella también. Tenían que enfrentarlo como pareja, y lo superarían.

Después de un año de matrimonio, este comenzó a deteriorarse. Sam dejó de tomar sus medicamentos y su comportamiento se volvió impredecible. Su personalidad comenzó a cambiar.

Entonces, él tuvo un completo colapso nervioso.

Carol estaba determinada a seguir a su lado. Dios había enviado un desafío y ellos debían enfrentarlo como un equipo. Ella lo ayudaría a salir adelante. Ellos emergerían de este desafío fortalecidos. Ellos lo superarían juntos.

Era el segundo colapso nervioso de Sam. El primero había sido cuatro años antes, cuando tenía 23 años.

Sin embargo, algo ocurrió en el hospital donde Sam estaba recuperándose que cambió la visión de Carol. Un día, una joven enfermera trajo una copia de la historia clínica de Sam para revisarla. Extrañamente, era un expediente extenso. No era un archivo nuevo. Era el segundo colapso nervioso de Sam. El primero había sido cuatro años antes, cuando tenía 23 años.

Eso terminó todo. Él había entrado al matrimonio sin contarle acerca de ese episodio tan significante de su vida. Ya no había más relación. Y ese fue el comienzo del final de su matrimonio.

“No juzgues a tus pares hasta estar en su lugar”, aconsejan nuestros sabios (Avot 2:5), y yo prefiero no juzgar a Sam. Él enfrentó un reto más grande que todo lo que yo podré enfrentar. Dos de sus hermanos fueron internados, y él sabía que tenía grandes problemas emocionales también. La opción de la "negación absoluta" apareció brillantemente.

Abie, mi primo nació en 1971. Con el tiempo, él crecería para ser tan alto como su padre, un metro con 80 centímetros. Él tendría un alma especial, un alma con una fuerte tendencia hacia la espiritualidad y el misticismo. Él compondría tantas hermosas melodías y escribiría emotivos poemas. Su trabajo expresaría una intensa búsqueda, anhelo y deseo. Él estaba buscando un padre, buscando paz, y anhelando a Dios.

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Sam desapareció luego del divorcio en 1972. Él simplemente desapareció. Nunca fue a visitar a Abie y nunca envío regalos. Mi tía no lo persiguió. Ella se volvió a casar con un maravilloso caballero y construyeron una nueva y hermosa familia.

¿Por qué tuvo que abandonarlo su padre? Se preguntaba. ¿Por qué no lo amaba?

Creciendo, Abie frecuentemente pensaba sobre su padre. ¿Por qué su padre lo abandonó? Se preguntaba. ¿Por qué no lo amaba? ¿Por qué nunca lo llamó o escribió? ¿Por qué su padre nunca le dijo que pensaba en él, o que lo extrañaba?

El dolor se volvió tristeza. La tristeza se volvió enojo. El enojo se volvió odio. Él lo odiaba por no estar allí para alentarlo cuando hacia algo bien. Él lo odiaba por no estar allí para retarlo cuando hacia algo mal. Él lo odiaba por no ser una inspiración y una autoridad en su vida. Si un buen padre disciplina a su hijo para enseñarle, y un mal padre castiga a su hijo para sacar su frustración, un padre terrible no muestra interés en absoluto.

Carol le contó a Abie sobre su padre, y sobre los problemas en el matrimonio. Le contó sobre las dificultades que él tuvo. Pero para Abie realmente no importaba. Estable o no, su padre era todavía su padre, y él quería una relación con él. Él todavía quería escuchar que su padre lo quería. Él quería una conexión con el hombre que lo engendró. Él desesperadamente quería validación de la fuente de su existencia.

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Hay algo interesante sobre las relaciones con nuestro propio padre. Él no es sólo el hombre que paga nuestra cuenta del dentista y nos lleva a jugar fútbol. Él es mucho más que eso.

Lo colocamos en un estándar increíblemente alto. Esperamos que sepa exactamente que es lo que necesitamos. Esperamos que sepa exactamente cuando disciplinarnos y cuando mostrar su lado suave, que sepa cuando demandarnos que trabajemos fuerte para alcanzar nuestro potencial, y cuando aceptarnos como somos. Que sepa cuando darnos lo que deseamos y cuando no.

Queremos que él sea un modelo perfecto para nosotros. Queremos un padre perfecto.

Queremos que él esté orgulloso de nosotros. Sus críticas son difíciles de aceptar, y sus bendiciones son muy gratificantes. Y no importa cuán buena o tensa nuestra relación pueda ser, estamos profundamente satisfechos cuando escuchamos que presume de nosotros con sus amigos.

Buscamos validación de él, aprobación. Él puede ser viejo y débil, y vivir en un asilo de ancianos, pero cuando aparecemos en la página principal del periódico, o somos citados en la columna de negocios, inmediatamente corremos para mostrarle una copia del periódico a nuestro padre.

Algo ocurre cuando hacemos eso. Se valida nuestra propia existencia.

Nuestro padre es un símbolo de autoridad. Él es lo más importante. Él es un reflejo de Dios.

Esperamos todo de nuestros padres, porque esperamos todo de Dios. Esperamos que sean perfectos porque sabemos que Dios es perfecto.

La experiencia más dolorosa que un ser humano puede sentir es que sus padres no lo amen. Es tan doloroso porque inherentemente sabemos que nuestros padres deben amarnos.

La cosa mas dolorosa que un ser humano puede experimentar es el sentimiento de que Dios no se relaciona con él y lo ama. Porque sabemos que Dios lo hace.

No importa cuán tensa sea tu relación, tú siempre quieres amar a tu padre y oír que él está orgulloso de ti. No importa cuan distante sea tu relación con Dios, tú quieres amarlo, y quieres saber que él está orgulloso de tus buenos actos. Puedes estar enojado con tu padre, pero, finalmente, quieres estar cerca. Tú puedes estar enojado con Dios, pero finalmente, desesperadamente quieres estar cerca.

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A la edad de 27 años, Abie investigó acerca de su padre. Encontró el nombre de la hermana de su padre en la guía telefónica de Brooklyn y la llamó.

Luego de una breve conversación, ella le habló de Sam. Él no estaba bien, y vivía en un asilo.

Ellos arreglaron una reunión en su apartamento. Abie llegó con un amigo, un maravilloso hombre que lo había ayudado con muchos momentos difíciles a través de los años. Sam llegó solo y se sentó al lado de su hermana. Sam le dio a Abie un regalo, una copa de plata, para expresar su amor hacia él. Se disculpó por no haber sido parte de su vida. Él explicó que ocultando su estado emocional, esperaba que su hijo pudiera vivir una vida sin problemas.

Llorando, le dijo a Abie que siempre lo había amado y que sólo quería lo mejor para él.

Luego le dijo más. Le dijo que se había casado dos veces y que había tenido tres hijos. Los hermanos y la hermana de Abie vivían con padres sustitutos, porque sus madres habían fallecido y él no era capaz de cuidarlos. Sam lloró mucho, lloró por sus sueños destrozados de haber tenido una vida normal, y por el dolor que le causó a sus hijos. Y, llorando, le dijo a Abie que siempre lo había amado y que sólo quería lo mejor para él.

A pesar del dolor y el enojo que había sentido Abie a través de todos los años, él apreciaba escuchar eso. Había algo extremadamente validante en el hecho de saber que su padre siempre lo había querido. Se encontraron decenas de veces en los meses siguientes. En una ocasión, su padre lo llevó a una tienda de zapatos y le compró un par. Era una experiencia profundamente conmovedora. En otra ocasión, se sentaron juntos en la estación y le desearon un buen día a la gente que pasaba. Abie vio la bondad de su padre, su lado bueno.

Sam no era un hombre sano. Un año después de que Abie conoció a su padre, él ingresó en un hospital con una infección interna, y falleció pocas semanas después.

Abie escucho de la muerte de su padre una mañana mientras trabajaba en Manhattan. Le dijeron que el funeral sería en Brooklyn, justo antes del anochecer. Él dejó su trabajo, corrió tres cuadras y alcanzó el autobús que circula regularmente entre los dos distritos.

Sentado en el autobús al lado de la ventana, Abie comenzó a tararear. Era una nueva melodía. Una melodía de anhelo, de esperanza, de deseo. A medida que el autobús comenzaba a moverse, tomo un bolígrafo y empezó a escribir en una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Las palabras fluían mientras la melodía expresaba sus sentimientos más profundos.

Sí, es de noche,

Es un triste momento para mí,

Que decreto,

Papá está muerto,

De pronto, yo estoy solo otra vez,

En cierto sentido,

Sé que ha vuelto a casa,

Ángeles lo saludan allí,

Ahora ellos lo cuidarán,

Qué vida difícil,

Grande y pequeña su recompensa al final

Dios, envía paz al mundo.

Luego vinieron las lágrimas. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, guardó el bolígrafo y puso su libreta en el bolsillo de su chaqueta, de pronto, una sensación lo sobrecogió. Finalmente lo había aceptado. Él sabía que su padre siempre lo había amado. Sabia que su padre trató de hacer lo que era mejor para él, y simplemente cometió un error. Y sabía que había un propósito para todo lo que le había ocurrido a ambos, a él y a su padre… y Dios lo sabía.

Él amaba a su padre. Profundamente.

Él amaba a Dios. Profundamente.

Y él sabía que ellos lo amaban también a él.

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