Mi padre se había ido hacía meses. A través de océanos, lo imaginé caminando por playas utilizando sandalias con correas de cuero, bebiendo a sorbos café negro de un vaso, pensando en nosotros cuando pasaba al lado de un teléfono público. Él estaba lejos de todo lo que lo ataba: mi madre, mis hermanos y yo.

Él volvió a Connecticut por una corta visita, y aunque mi madre lo quisiera, él no tenía la voluntad de quedarse. La relación de ellos era como la de un bebé que agarra el cordel de un globo; mientras ella más quería sostenerlo, él más se escabullía. Esta era la sensación que sentíamos, tanto si él estaba con nosotros o no.

La relación de ellos era como la de un bebé que agarra el cordel de un globo; mientras ella más quería sostenerlo, él más se escabullía.

Él tocó la bocina fuera de la casa de mi madre, su casa, mi casa; sus faros no me dejaban ver su cara. Sólo éramos nosotros dos. El coche se deslizó durante la noche; el camino era irritablemente liso y la noche era absolutamente negra, por la niebla, por el frío. Recuerdo gestos: sus yemas de los dedos girando el volante, el cierre de su chaqueta subido hasta la mitad. El silencio entre nosotros me golpeó, una lluvia de ideas sobre lo que debería decir ahora, sobre la escuela, lo que él querría oír, debería yo hablarle sobre su regreso. Y él se sentó allí, seco, su espalda moldeada en el cuero del asiento, limpio afeitado y tranquilo.

Yo habría dado oro por tener algo para decir, pero no había nada para decir. No había nada allí. Había un agujero donde debería haber habido una herida. Él se detuvo en una tienda de juguetes. La emoción de un niño en una juguetería, no estaba allí. Yo era demasiado vieja para eso, pero yo también era demasiado joven.

Yo podría haber agarrado todos los juguetes en los anaqueles, haberlos tirado todos dentro de en un carro y decirle, "Cómprame todos éstos". Yo podría haber tratado de hacer una abolladura en algún sitio, hacerle daño a él y hacerle saber, tú estás en deuda conmigo.

Pero yo sabía esto entonces: el rellenar mi carro con posesiones me dejaría más vacía que antes.

Quedándome sin opciones, no queriendo que él se sintiese mal, tomé una pelota de básquetbol. No lo odié porque esto era lo que esperaba de él. Él era consecuente en su imprevisibilidad. Él era consecuente en su deslealtad, en su no convencionalismo. Él era consecuente en su abandono. El padre en el parque de atracciones que se inclina para atar el zapato de su hija y dice, "Permanece cerca - no quiero perderte", así no era él. Mi padre ofreció una mano, pero yo tenía que ser la que se sostuviera. Y si no lo hacía, él seguía andando. Yo no esperaba nada más de él.

¿Quién Es Dios?

Entonces, ¿quién es Dios cuándo es referido como “Padre"? ¿Él se marcha cuándo pierde el interés? ¿Él se marcha cuándo hay algo mejor en otro lado, lejos de mí? ¿Es que siempre soy yo dando un salto gigantesco hacia Él, Él nunca encontrándome a mitad de camino? ¿Quién es Dios cuándo Él es mi Padre? ¿Una relación basada en necesidad? ¿Ahí sólo cuándo yo Lo necesito? ¿Un proveedor cuándo yo Lo busco?

Esta era mi batalla. Yo creía en Dios, entonces quise aprender más, entender más, y ser más de lo que yo era. Pero yo no estaba segura de Su lealtad. Cuando fui hacia Dios con objetivos prácticos - dinero, entrada a la escuela, un lugar bueno para estacionarme – me sentía tranquila para pedir, igual como lo estaba con mi propio padre.

Cuando llegó el momento de sentir el amor de Dios, yo me encontraría en un breve momento de conexión que luego perdería tan rápido como había llegado.

Pero cuando llegó la proximidad emocional, el sentimiento de la presencia y el amor de Dios, yo me encontraría en un breve momento de conexión que luego perdería tan rápido como había llegado, con el pensamiento, "Dios me había abandonado para estar con otra".

Yo estaba en la escuela de enfermería, viviendo con mi mamá. Sin hogar propio, sin marido para alimentar, comiendo sushi para llevar la mayor parte del tiempo y tomando turnos en la caminadora. Yo intentaba mantener la tranquilidad. Nosotras dos intentábamos acompañarnos pero esto no iba bien. En cada paso de la vida la soledad puede encontrarse. Había mucha soledad aquí.

Aprendiendo que recitar el Cantar de los Cantares durante 40 días podría traerme la persona con la cual estaba destinada a casarme, comencé. El Cantar de los Cantares es una canción de amor entre un hombre y una mujer, una metáfora del amor entre Dios y el pueblo judío. Cada noche leí estas palabras: soy para mi Querido y mi Querido es para mí. En las palabras hay sociedad, hay amor. En las palabras hay presencia, lealtad, y permanencia. Esto era una nueva representación de mi relación con Dios, a diferencia de la relación en la que yo había caído. Este Dios me ama. Este Dios desea una relación conmigo. Si yo sentía una distancia, la distancia era por mi carencia de entendimiento, no por un rechazo de Él.

Aprendí que hacer la voluntad de Dios reforzaría el enlace inherente entre nosotros. Entonces aprendí más sobre judaísmo y los mandamientos (mitzvot). Estudié los rezos. Después de que los 40 días terminaron dejé de leer el Cantar de los Cantares, pero pronto empecé otra vez. Gota a gota, yo era un recipiente resquebrajado que estaba siendo llenado de vino dulce. Había una relación que se estaba formando, más grande que ninguna otra que yo hubiese conocido alguna vez.

Y así, en la melancolía de mis días, en lo mundano y en el miedo, en la felicidad y en la emoción, en las noticias buenas y en las malas, trato de recordar que Dios anhela mientras yo estoy anhelando.

Mi batalla no ha sido ganada, pero se ha hecho más fácil.

Voy hacia Él y separo mis labios. Ya no hay silencio.

Soy para mi Querido y mi Querido es para mí.

Él me acerca cuando estoy lejos. Y Él se queda a mi lado.