Fue la pesadilla de cualquier madre. En un minuto, mi hijo estaba caminando y jugando por todos lados. Al siguiente minuto, sus ojos estaban dando vueltas en su cabeza, su cuerpo convulsionando, luego se puso flácido y sus labios se tornaron azules. Tiré el teléfono, lo levanté y corrí por las escaleras. Era surrealista. Era realmente yo, gritando, “¿¡Ayuda!?” Golpeando en la puerta de la oficina de mi marido. Llamando a la ambulancia.

En cuestión de segundos llegaron los paramédicos y atendieron a mi bebé, que estaba acostado flácido en el piso como una muñeca de trapo. Le pusieron una toalla fría y húmeda en su pecho para bajar la temperatura. La ambulancia avanzó y nos fuimos, rodeados de chillonas sirenas y luces resplandecientes. Mi energía se había ido, así como el alborotador niño de 14 meses de edad que había sido reemplazado por un extraño – pálido y letárgico, apenas consciente. Su respiración era superficial y débil. Luché contra el pánico y el inmenso miedo con rezos.

En un catastrófico instante, todo lo que quería era que mi hijo volviera a respirar.

Mi último viaje en ambulancia había sido hacía poco más de un año cuando había corrido al hospital para traer a este mismo hijo al mundo, infundiéndole vida. ¿Quién sabría lo que el futuro deparaba ahora?

Dios, estamos en Tus manos cariñosas y todopoderosas. Por favor, con Tu misericordia, haz que este niño vuelva a ser hermoso y especial nuevamente.

Todo lo que había querido hacer ese día era deshacerme de unas cuantas tareas con fecha límite para poder respirar nuevamente. Y en un catastrófico instante, todo lo que quería era que mi hijo volviera a respirar, para así poder detener esos golpes espantosos de mi corazón contra mi pecho.

Después de algunas preguntas y exámenes, los doctores llegaron a un diagnóstico categórico: mi hijo había sufrido de una convulsión febril, la respuesta del cuerpo a un alza rápida de temperatura. Altamente terrorífico, pero médicamente benigno. Ellos me aseguraron que él estaría bien. ¿Y yo?

Recorrimos la sala de emergencia pediátrica acariciando a nuestro perturbado hijo, que a esas alturas, se reponía de su anterior estado letárgico y gritaba fuertemente en su camino a través de los pasillos.

“Su llanto es música para mis oídos”, comentó mi marido.

Estuve de acuerdo. Nada como ese atemorizante letargo, esa devastadora falta de fuerza vital que lo había aquejado horas antes.

Tan sólo ayer en la mañana, antes de que esta devastadora prueba destruyera mis esperanzadores planes para ese día, yo había escrito en mi diario un pequeño rezo de agradecimiento. Al releerlo retrospectivamente, las palabras son escalofriantemente premonitorias:

Realmente rezo para lograr mucho hoy. Por favor, Dios, dame hoy el regalo de la productividad. Quiero ser capaz de alivianar mi carga de trabajo.

Gracias Dios, por mi trabajo, por mi familia, por la salud y por la vida misma.

Dios leyó el escrito en mi diario, asintió con entendimiento infinito y luego, le envió las convulsiones a mi bebé para que yo pudiera apreciar realmente a mi familia, la salud y la vida misma.

Cuando le conté a mi hermana lo que había ocurrido, me relató una hermosa historia. Un hombre pobre y afligido fue a comprar un boleto de lotería con la esperanza de que sus difíciles problemas financieros desaparecieran. En un intento por aumentar sus probabilidades de ganar, fue donde un rabino y le pidió que rezara para que su boleto fuera el ganador.

“Que estés sano y bien”, lo bendijo el rabino.

“Pero rabino”, repitió el hombre, “Necesito una bendición para que mi boleto de lotería resulte ganador”.

“Que estés sano y bien”, dijo el rabino nuevamente.

Después de unos cuantos intercambios de palabras similares, el hombre se alejó del estudio del rabino sintiéndose insatisfecho. Había hecho un pedido por su necesidad más urgente y el rabino lo había ignorado.

Al día siguiente, este hombre colapsó por un ataque al corazón y fue llevado al hospital en condición crítica. Los doctores le dijeron a la familia que sus probabilidades de salir adelante eran mínimas. Unas cuantas horas después, se despertó con buena salud, como si nada hubiera pasado. El equipo médico que lo rodeaba estaba asombrado. Fue en ese momento que el hombre recordó la bendición que le había dado el rabino.

Él no recibió lo que había pedido; en cambio, recibió exactamente lo que más necesitaba. Y ese regalo lo dejó con mayor riqueza que si hubiera ganado la lotería.

Acortando la Brecha

Es difícil apreciar realmente la vida y la salud mientras estás ocupado tratando de cumplir con los plazos.

A pesar de que había escrito al final de mi plegaria algunas palabras de agradecimiento, había un inmenso abismo entre mi mente y mi corazón. Es muy difícil apreciar verdaderamente la vida y la salud mientras estás ocupada tratando de cumplir con los plazos. Esto es, hasta que la salud de tu hijo desaparece con una convulsión terrorífica y la vida parece colgar de un hilo.

No se cumplieron los plazos ayer, y hablando objetivamente, mi productividad estuvo cerca de ser nula. Pero hay algunas cosas en la vida que no pueden ser medidas con un contador de palabras, que no pueden ser facturadas o escritas en triplicado. Y no hay nada como la sala de emergencias pediátricas para descubrir esto.

Hoy, mi rezo fue diferente. Decía algo como esto:

Gracias, Dios, por hacer que la catástrofe de ayer terminara bien. Hoy quisiera enfocarme en las cosas realmente importantes – como el amor, los abrazos, etc. - y en apreciar con calma, día a día, la monótona vida. Ah, y si pudieras hacer que tenga la habilidad de cumplir con un par de plazos, sería increíble.