Yo tenía solamente seis años cuando pasó, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

Era temprano en una mañana de verano. Papi entró a nuestra pieza sin hacer ningún ruido y se sentó al borde de mi cama. No se veía como papi para nada. Se veía tan pequeño y arrugado, como un bollo de papel.

Mis dos hermanas mayores y yo nos sentamos allí en nuestros pijamas por un largo tiempo, mirándonos nerviosas y esperando en silencio a que él hablara.

Finalmente, en un extraño balbuceo ahogado, nos dijo que mi hermano, mi pequeño y dulce Sam, había muerto la noche anterior mientras dormía.

El ruido de los gritos llenó el cuarto. Pero yo… yo me quedé helada. No lloré. No podía llorar. ¡No! Gritaba una voz dentro de mi cabeza. ¡Sam! ¡Sam! ¡Tú no me dejarías! ¡No lo harías!

Por sobre los llantos podía escuchar a papi diciéndonos que Sam se había ido a un lugar mejor en donde ya no estaba enfermo; que allí era feliz. Pero yo me rehusé a creerle. ¡Sam era feliz aquí conmigo! Me amaba y yo lo amaba. Sabía que todo era una horrible pesadilla. Pronto me despertaría y correría directo hasta Sam. Lo vería acostado en su cama y tomaría su mano y besaría sus mejillas y lo amaría por siempre.

A pesar de que Sam tenía sólo cuatro años, casi dos años menos que yo, y a pesar de que tenía una enfermedad llamada Tay Sachs y no podía hablar ni reír ni jugar, era mi mejor amigo en el mundo.

Todos los días cuando yacía en la cama yo me sentaba con él por horas, acariciando sus suaves mejillas y cantándole canciones. Papi decía que era como mi pequeña muñeca. Pero era mucho más que eso - era mi todo.

Él era parte de mí y yo era parte de él. No podía ser que Sam me hubiese dejado sola y que nunca lo vería de nuevo.

Me era difícil respirar. Estaba tan asustada de que este terrible sueño no fuera un sueño después de todo.

Pero podía escuchar la voz de papi diciendo una y otra vez en mi cabeza: “Sam se ha ido. Sam se ha ido”. Las palabras se escuchaban más y más fuerte y mi corazón comenzó a latir más y más rápido y no había ningún lugar en el que esconderse y me resultaba difícil respirar y yo estaba tan asustada de que este terrible sueño no fuera un sueño después de todo.

Miré a papi. Cómo deseaba que me dijera que todo era un grave error. Pero cuando me devolvió la mirada vi una pequeña lágrima escapando del rincón de su ojo, como cera de una vela chorreando lentamente por su cara, y supe que era verdad. Esa palabra cruel, “muerte”, había venido y se había llevado a mi hermano.

Me lancé sobre mi cama y lloré. Sentí que toda la felicidad y la risa dentro de mí de alguna manera… se fue, y un sentimiento negro y feo se deslizó hacia adentro. Se esparció por cada parte de mí, se hundió en mis huesos y gateó hasta dentro de mi corazón. Y yo pensé que nunca volvería a ser feliz.

“¿Todo para bien?”

Después de un rato montones de personas que nunca había visto antes comenzaron a venir a la casa. Uno por uno venían con sus cabezas gachas. Yo quería hablar con mami. Preguntarle qué estaba pasando. ¿Quiénes eran todos estos huéspedes extraños? ¿Por qué todo el mundo estaba tan tranquilo? Era tan desconcertante, tan atemorizante. Todo lo que quería era que mi mami me abrazara, me cuidara, que me dijera lo que estaba ocurriendo, pero ahora estaba rodeada de extraños y parecía estar tan, tan lejos.

Una mujer voluminosa vino hasta mí, me tomó de la mano y me hizo sentar a su lado. “Pobre chiquitita”, dijo, dándome palmadas en la pierna. “Tu hermano estaba muy enfermo”, me dijo, como si no lo hubiera sabido. “Las cosas estarán mucho mejor ahora que tu mami ya no tiene que cuidarlo más. Es todo para bien. Pero tu mami está muy triste ahora. ¿Puedes entender eso?”, preguntó como si yo fuera una pequeña bebé.

Yo la miré fijamente, incapaz de hablar.

“Trata de no molestarla ahora. Quizás puedes ir y encontrar algunos juguetes con los que jugar”, dijo dándome palmadas en la pierna nuevamente antes de levantarse e irse.

Yo quería gritarle a esa mujer con todas mis fuerzas: ¡Sólo porque soy una niña no significa que no tenga sentimientos! ¡Ni te atrevas a decirme que es para bien! ¡Ésta es la peor cosa que podría haber pasado alguna vez en el mundo entero! ¡Mi hermano estaba enfermo pero yo lo amaba con todo mi corazón!

Nadie se fijaba en mí, destrozada en miles de pedazos, en el rincón. Luego, de repente, alguien dijo que era hora de ir a la escuela.

Pero nadie me oía. Nadie se fijaba en mí, sola y destrozada en miles de pedazos, en el rincón.

Y luego, de repente, alguien me dijo que era hora de ir a la escuela. Me ajustaron el cinturón de seguridad en la parte trasera del auto de un vecino y viajamos a la escuela en silencio.

Me paré afuera de las frías puertas verdes, mirando por un ratito a los niños jugar hasta que finalmente me obligué a entrar. Quería huir, estaba tan asustada, tan triste, tan solitaria, pero no había lugar para escapar y tampoco había a quién acudir. Entré, sintiéndome perdida y sola.

A cada paso que daba, otra pequeña cabeza giraba en mi dirección; las miradas, el señalamiento, las risitas, lo vi todo y continué. Para cuando encontré a mis amigas mi cara se sentía como si estuviera en llamas y mi pecho estaba latiendo tan fuertemente que era como si alguien estuviera tocando batería en mi corazón.

Al principio nadie me hablaba, sólo miraban. Pero yo estaba contenta. No quería hablar con nadie. Luego una niña de mi clase comenzó a caminar hacia mí. No me hables. ¡Por favor no digas nada! Recé.

Pero parecía que mis plegarias no estaban siendo respondidas ese día. “¡La maestra nos dijo que falleció tu hermano!”, anunció para que todos oyeran. “¿Es cierto?”.

Nadie dijo ni una palabra. Sólo me miraron como si fuese alguna especie de extraterrestre y esperaron desesperadamente por mi respuesta. En ese momento supe que nunca iba a dejar que ninguna de ellas me viera llorar. Y nunca lo hice.

Barricada

Al poco tiempo la muerte de mi hermano se convirtió en una noticia vieja; mis amigas siguieron adelante y olvidaron que alguna vez había tenido un hermano.

Pero yo no me olvidé.

Pensaba en Sam todos los días, lo extrañaba tanto. Muchas veces, volvía a casa de la escuela, corría directo hasta los brazos de mami y estallaba en inconsolables lágrimas. Ella me sujetaba fuerte, acariciaba mi cabello y me decía que me amaba. Siempre estaba ahí para mí. Pero igualmente, el terrible dolor adentro nunca me dejaba. Sentía como una gran herida dentro de mi corazón que dolía y nunca se iría.

Sin Sam yo no estaba completa. Faltaba una parte de mí.

Noche tras noche apretaba mi cara contra la almohada para que nadie me escuchara y lloraba. Le clamaba a Dios con todas mis fuerzas, una y otra vez. Realmente pensaba que si suplicaba lo suficiente traería a Sam de regreso a mí.

Y luego le murmuraría a Sam: “Te extraño. Te amo. ¿Tú me extrañas a mí? Quiero que vengas a casa. Estoy muy sola sin ti. Por favor vuelve”.

Y sólo cuando ya estaba demasiado cansada como para seguir llorando me podía dormir.

Por siete largos años solitarios supliqué, tuve esperanza, esperé. Pero Él nunca lo trajo de regreso a mí.

Los años pasaron y eventualmente todo lo que me quedaba eran algunos recuerdos borrosos y un corazón roto.

Encarcelada en el mundo de mi propio silencio, mi corazón parecía estar bloqueado detrás de puertas cerradas.

Después de años de estar encarcelada en el mundo de mi propio silencio, mi corazón ahora parecía estar bloqueado detrás de puertas cerradas. Mi garganta obstruida y mi lengua pegada a mi paladar cada vez que trataba de hablar sobre mi pasado.

Alrededor de mi corazón se erigieron altas paredes invisibles, y aunque tenía muchas amigas, no podía expresar ninguno de mis pensamientos o sentimientos más profundos con ellas. No podía dejar que nadie se acercara realmente, sin importar lo mucho que yo intentara.

Deliciosos jardines con hermosas rosas rodeaban las paredes, dando la ilusión de una niña feliz y alegre, siempre sonriendo. Pero en el interior, estaba llorando.

No fue hasta que conocí a mi marido que finalmente pude convertirme en mí misma. Él vio las paredes detrás de las rosas, y ladrillo a ladrillo, me ayudó a derrumbarlas. Y por primera vez en mi vida me pude abrir. Y después de mucha persistencia de su parte, y mucho llanto de la mía, poco a poco pude por fin compartir una parte de mi alma con la otra mitad de mi alma. Él escuchó, fue compasivo, lloró, y me ayudó a ver que aunque mi hermano ya no estaba conmigo, siempre iba a ser una parte de mí.

Dios siempre estuvo allí

Un año después di a luz a nuestro primer hijo. Era un varón. Era el niño más hermoso, con sus suaves mejillas y sus ojos azules. Lo llamamos en memoria de mi hermano.

Y ahora miro hacia atrás con más sabiduría. Por tantos años le clamé a Dios. Puse toda mi esperanza en Él. Pero entonces, a medida que el tiempo fue pasando y yo fui creciendo, vi que Dios nunca iba a traer a mi hermano de regreso, por lo que dejé de pedirle. Dejé de hablarle a Dios completamente. Parecía que me había abandonado, así que yo lo abandone también.

Mi clamor a Dios era lo que me mantenía de pie.

Fue doce años después cuando comencé a reconstruir mi conexión con Dios. Fue entonces que me di cuenta que los cimientos de mi relación con Él fueron en realidad formados durante esos dolorosos años. Todo el tiempo me había sentido tan sola en el mundo, pero estaba equivocada. Dios estuvo siempre conmigo. Era mi última esperanza. Mi sustento. Era mi clamor a Dios lo que me mantenía de pie. Porque ahora veo que siempre estuvo ahí, sosteniéndome en sus brazos amorosos y besando mis interminables lágrimas mientras lloraba hasta dormirme.

Aunque puede que nunca entienda porqué esto tuvo que pasar, eso no significa que tengo que darle la espalda a Dios. Puede que no entienda Sus caminos pero hay una cosa que sí sé: Él ama a mi hermano, nos ama a todos.

Sólo pareció que me había abandonado cuando yo renuncié a Él.

No respondió a mis plegarias como yo quería, pero nunca dejó de estar a mi lado. Nunca me abandonó. Acarició mis mejillas, sostuvo mi mano y contuvo mis lágrimas. Fue mi consuelo. Le abrí mi corazón. Me aferré a Él y Él se aferró a mí. Nunca me soltó, y mientras yo siga aferrada, nunca lo hará.

Escrito en la memoria de mi hermano, Arie Leib.