No crecí con lo que llamarían una identidad judía fuerte. Nunca fuimos a la sinagoga cuando yo era niño, ni siquiera en Rosh HaShaná ni Iom Kipur, y ocasionalmente tuvimos un muy abreviado Seder de Pesaj.

Cuando cumplí 13 años, decidí celebrar mi Bar Mitzvá. Mi padre celebró el suyo, y su padre antes que él. No quise ser quien rompiera la cadena, a pesar de que no significaba nada para mí. Finalmente, tuve una clase con un amigo de mi padre, un viejo rabino reconstruccionista. Debe haber sido la época de Purim (una festividad que nunca había escuchado), porque él me explicó que las “Orejas de Hamán” son triangulares porque Hamán utilizaba un sombrero gracioso. Esa fue la amplitud de mi educación judía. Memoricé las bendiciones sobre la Torá y las recité en el sótano de una iglesia un viernes por la noche frente a mi familia inmediata. Estaba demasiado avergonzado como para invitar a mis amigos.

No me atreví a decirle a mi amigo sobre mi Bar Mitzvá. El judaísmo era algo por lo que estar avergonzado.

El padre de mi mejor amigo sostenía que él era Indígena Americano, así que cuando mi amigo cumplió 13, él hizo toda una ceremonia de iniciación tribal en el bosque. Yo también quería algo significativo como eso. No me atreví a decirle a mi amigo sobre mi Bar Mitzvá. El judaísmo era algo por lo que estar avergonzado.

Había solamente una excepción. Como la mayoría de los judíos, la única festividad que observábamos con fervor era Januca. El "espíritu festivo" estaba en el aire y teníamos que mantenernos a la par de nuestros vecinos no judíos – aunque ellos siempre nos superaban. Recuerdo discutir con mi mejor amigo sobre quién recibía más regalos, los judíos o los cristianos. Al final concluimos que todo tenía que ver con cuán ricos eran tus padres. Los míos no eran ricos, pero hacían lo mejor que podían. Por alguna razón siempre recibíamos calcetines.

Cada noche, corríamos a la ventana a encender las velas multicolores de nuestra deslustrada menorá de plata que nunca nadie pensó en pulir. Sentíamos orgullo – orgullo de ser judíos. Aunque nuestros rituales eran vacíos, yo sabía que por lo menos eran más profundos que la cultura de navidad vendida a las masas americanas. Éramos parte del anti-establishment. Éramos una minoría.

Mis padres eran ex-aspirantes a hippie cuyos mejores recuerdos eran de los años sesenta. Bob Dylan y tofu eran cosas básicas en nuestra casa. Nos inculcaron liberalismo, y en varias formas esa era nuestra identidad judía. Los judíos eran demócratas, los judíos apoyaban a los desamparados, los judíos eran liberales y abiertos de mente. Los judíos desafiaban imperios y se enfrentaban a la autoridad establecida. Los judíos desafiaban los prejuicios.

Otra cosa sobre los judíos era que ellos no creían en Dios. Recuerdo negarme a ponerme de pie para el "Juramento a la Bandera" porque mencionaba a Dios, y Dios era una cosa cristiana. Ese fue el mensaje que absorbimos como niños.

Mi madre nunca tuvo ningún problema con las citas interreligiosas. De hecho, manteniendo sus creencias, ella estaba a favor del multiculturalismo. A menos que, por supuesto, yo trajera a casa una novia “protestante de clase alta”. Entonces, ella me hacía saber que estaba descontenta. Yo la acusaba de ser racista pero claramente ese no era el tema – ella hubiera estado feliz si yo hubiera estado saliendo con una chica afro-americana. No era sobre raza, era el hecho de que nosotros los judíos somos una minoría étnica y respetábamos a las culturas minoritarias.

Los Celtas estaban bien. Ellos también eran una minoría reprimida.

Una vez le dije a mi madre que los padres de mi novia “protestante de clase alta” no maldecían en la casa, bastante diferente a nuestra casa. “Eso es porque son protestantes”, respondió ella rápidamente. “¡Nosotros los judíos expresamos nuestras emociones!”. Terminé la discusión diciéndole a mi madre que su familia no era protestante, sino que era escocesa. Los Celtas estaban bien. Ellos también eran una minoría reprimida.

Máximo Acto de Rebeldía

Cuando estaba en la universidad, comencé a experimentar con otras religiones, buscando un camino espiritual propio, para satisfacer mi anhelante corazón. En un momento, mientras estaba viajando por Escocia, comencé a leer el Nuevo Testamento años antes de haber abierto el "Viejo". Lo encontré sorprendentemente interesante, y muchos aspectos calzaron con la filosofía new-age que yo estaba construyendo para mí. Fui capaz de omitir todas las partes que no me gustaban – todo el fuego y el azufre – catalogándolas como "adiciones posteriores hechas por charlatanes". Sin embargo, las enseñanzas principales, eran hermosas – como "ama a tu vecino".

Fui y me compré una cruz de plata – una cruz celta, por supuesto. No creía en el Cristianismo, pero sentía que las enseñanzas de Jesús eran ciertas, junto con las enseñanzas de los profetas de todas las religiones del mundo. Cuando me puse la cruz, sentí que había superado un prejuicio familiar que había durado un milenio. Esta era un área en la que mi madre carecía de una mente abierta. Esta fue la máxima expresión de mi judaísmo – romper barreras, liberarme de grilletes intolerantes. ¡Los judíos eran abiertos de mente y desafiaban el status quo! Y yo había realizado el máximo acto de rebeldía.

Poco después de bajarme del avión de regreso a casa, me di cuenta de mi error. Cuando vi la expresión en el rostro de mi madre, me quité la cruz de alrededor de mi cuello y nunca más la usé. Aunque intenté explicar que no la estaba usando por Cristianismo, sino por las enseñanzas de amor universal que representaba, no funcionó. Había ciertas barreras que uno simplemente no podía cruzar. Los judíos no usan cruces.

Abraham y el Pensamiento Libre

Cuando eventualmente estudie más sobre judaísmo en una Ieshivá años más tarde, me sorprendió ver cuanto difería con mi infancia. El impacto más grande fue cuando comencé a leer un libro sobre misticismo judío. En ese momento de mi vida, creía firmemente en Un Creador – una fuente ilimitada de amor y luz que llenaba y rodeaba toda la creación. No “Uno” como “opuesto de dos”, sino “Uno” porque Él es todo lo que hay. Mis creencias estaban basadas firmemente en religiones orientales, donde una vez más, leí sólo las partes que me gustaron. El Budismo hablaba de la unicidad de todo. Yo concluí que esto significaba la creencia en Un solo Dios. Hacer reverencia a ídolos fue solamente un agregado posterior.

Me impactó descubrir que los judíos también creían en Un Dios.

Sin embargo, mientras leía este libro judío, me impactó descubrir que los judíos también creían en Un Dios. La historia dice que Abraham fue el primero en promulgar el monoteísmo, pero yo siempre entendí que eso significaba “un anciano vengativo con barba que se sienta en el cielo y golpea a las personas”. Leer este libro abrió mis ojos a toda una nueva perspectiva sobre el judaísmo. Los judíos también creen en Un Dios – un Creador compasivo, amoroso e infinito quien es la Fuente de todo.

Cuando miro atrás en retrospectiva, me asombra cuanto de mi educación liberal judía realmente provino de valores judíos: igualdad de derechos, respeto por las mujeres, preocupación por el medio ambiente. Y me asombra que conocidas enseñanzas “Cristianas” como “ama a tu vecino” son sacadas directamente de la Torá (Levítico, 19:18).

Abraham fue llamado el ivri (hebreo) que significa “el que cruzó”, porque él se paró en un lado del mundo mientras el resto de la humanidad estaba en el otro.

Él se opuso a los más grandiosos gobernantes, imperios y filósofos de su época para defender sus creencias. Él fue el máximo libre pensador, desafiando el status quo, en contra del establishment.

Nosotros los judíos siempre hemos sido una minoría, pero nuestra voz ha sido alta y hemos tenido el valor de defendernos frente a los poderosos y los muchos. Mantuvimos nuestras pequeñas llamas frente a sus imponentes antorchas. Puede que no siempre sepamos que significa ser judíos, pero sabemos que somos diferentes a las personas comunes. Somos una minoría. Estamos orgullosos de ser judíos.