Cuando tenía 8 años decidí que los San Francisco 49ers serían mi equipo de fútbol americano. En un viaje a San Francisco, mi familia y yo visitamos el estadio de los 49ers – Candlestick Park. Vi los posters gigantes del mariscal de campo Joe Montana y del receptor estrella Jerry Rice, y la camiseta del corredor Roger Craig. Como un niño judío canadiense normal, la persona más fuerte que había visto en mi vida era mi profesor de gimnasia/computación. Para mí, estos hombres eran gigantes. En un instante se convirtieron en mis ídolos, y este equipo se convirtió en mi equipo.

Comencé a seguir a los San Francisco 49ers con vigor. Cada domingo o lunes que jugaran, la TV estaba prohibida para todo el que no vistiera rojo y blanco, y si se te pasaba por la cabeza tomar el control remoto recibías un tackle o un empujón hacia el costado proveniente de un profesional en camino – incluso si eras mi hermana (perdón Jessica).

Cada triunfo no era sólo un triunfo para los 49ers, también era un triunfo para mí.

Con el pasar de los años, mi sensación de ser parte del equipo creció hasta el punto en el que sentía que mis acciones de alguna manera podían influenciar el éxito de mis 49ers. Si no podía mirar todo el partido y los 49ers perdían, quizás era porque no había estado mirando. Si un amigo llamaba y el equipo contrario anotaba, este amigo estaba obviamente maldecido y por lo tanto se le prohibía llamar durante el partido.

Hasta tuve el extraño ritual de comer una malteada después del tercer cuarto y de masticar la pequeña cucharita de madera durante los primeros minutos del último cuarto. Si no lo hacía, pensaba que el entrenador llamaría a Joe Montana y le diría: “Ese niño canadiense de nuevo no masticó su cuchara de madera. Pon la pelota en el suelo, nos vamos”.

Nuestra racha llegó a un abrupto final cuando fui a la universidad y como que perdí el interés en el fútbol americano.

Aunque suene loco –alarmantemente loco— la prueba estaba en la malteada. Los San Francisco 49ers ganaron cuatro Súper Bowls en la década del 80 y 13 títulos de la división entre los 80s y los 90s combinados. Éramos prácticamente imparables.

Nuestra racha llegó a un abrupto final en 1994, cuando fui a la universidad y como que perdí el interés en el fútbol americano, que casualmente fue el mismo año en que los 49ers ganaron su último Súper Bowl (si piensas que sólo es una coincidencia, es obvio que nunca has comido una malteada en tu vida). No es que haya tenido algo en contra del fútbol americano – jugaba todos los domingos. Algo había cambiado, ya no me sentía un 49er.

En esa misma época, viajé a Israel y fui reintroducido a mis raíces judías. Cuanto más estudiaba y crecía en mi relación con el judaísmo, más me daba cuenta que era miembro de un equipo, un equipo muy sagrado. Lo llamé: Equipo Judío.

Me di cuenta de que mi intensa relación con los San Francisco 49ers me había enseñado cómo sentirme parte del pueblo judío. Al igual que sentí que yo mismo ganaba cuando los 49ers tenían una victoria, cuando escuchaba sobre un equipo judío de rescate salvando personas en África o sobre un judío haciendo un acto de bondad y un kidush Hashem (una santificación del nombre de Dios), sentía como si sus acciones eran una victoria para mí también, porque ellos estaban en mi equipo.

También me di cuenta que mis acciones, sin importar lo insignificantes que parecieran, podían tener un impacto en mi equipo. Si hacía un acto de bondad, podía inspirar a otra persona a hacer lo mismo. Si hacía una mitzvá como estudiar Torá, la onda espiritual generada podía hacer una poderosa mella en un miembro del equipo del otro lado del mundo. Observar estos mandamientos no sabía a chocolate como una malteada, pero su impacto en el pueblo judío era más genuino y eterno.

Los domingos me reúno con un grupo de chicos de mi sinagoga y jugamos una variante más amistosa del fútbol americano – más precisamente, el 10% del tiempo jugamos y el resto del tiempo discutimos acerca de las decisiones de los árbitros. Sin embargo, el domingo del Súper Bowl, puede ser que terminemos sentados en la banca y cancelemos nuestro juego, por respeto a la santidad del día.

Y si este año terminamos mirando el gran juego en lugar de jugar nosotros, no estoy muy preocupado por qué equipo voy a apoyar, porque realmente no importa. Hay sólo un equipo que es verdaderamente mi equipo, y ese es el Equipo Judío.