No es fácil ser un botón.

Mi hogar es una fábrica. Es ruidoso, caluroso y superpoblado. La vida para mí y mis amigos botones está dominada sobre todo por la espera de la oportunidad para unirnos a un traje.

Nací hace unos meses atrás en Nueva Delhi. Dicen que Nueva Delhi es linda, pero yo no lo sé. Pasé el 100% de mi tiempo en una caja inmensa, rodeado de “amigos” de la misma clase. Yo simplemente espero… con paciencia o sin ella, para ser puesto en uso. Por lo que no salgo mucho a la calle.

Un día puedes ser la estrella de un ambo Burberry de cachemira y al otro día puedes ser pateado a las vías del tren.

Algunos de mis amigos botones son mucho más viejos que yo. Muchos de ellos ya han aparecido en varias chaquetas, o abrigos, o camisas, y nos guían a nosotros, los novatos, que todavía estamos esperando nuestra primera incursión en el Mundo de las Prendas. Cuando las luces se apagan en la fábrica cada noche, y comienza el cuchicheo de los botones, escucho a los veteranos contar sus “historias de guerra” – perderse después de una dolorosa separación, romperse, o a veces simplemente ser reemplazados de forma repentina. Da miedo cómo un día puedes ser la estrella de un ambo Burberry de cachemira y al otro día ser pateado a las vías del tren.

Yo intento mantener una actitud positiva. La fábrica es ajetreada. Cada mañana los sastres y las costureras llegan y hacen su trabajo. Yo sólo me siento y espero y miro, y tengo esperanza.

¿Será hoy el día? ¿Cuándo seré elegido? ¿Cuánto tiempo deberé esperar, observando a mis amigos ser elegidos y cosidos, cumpliendo su especial propósito en la vida?

¡Wow! ¡Mira eso! Mi amigo acaba de ser cosido a un hermoso vestido de noche de seda color beige. Se ve tan orgulloso. Estoy tan feliz por él. Irá a los mejores lugares y se mezclará con la gente de la “alta sociedad”. Eso es lo que siempre quiso.

¿Yo? Yo sólo soy un botón azul marino. En ocasiones desearía ser un brillante broche de bronce, o una aleación de zinc, o una hebilla de estaño, o quizás uno de esos adorables pasadores rosados. Pero enfrentémoslo. No lo soy. Simplemente no lo soy. Eso no significa que no tenga un rol importante en la vida. Sí, un día de estos mi día va a llegar. Estoy seguro de eso.

Un Mes Después

Ya casi estaba acabando la tarde de un miércoles. Había pasado el día como la mayoría de los otros… esperando. Habían sido seleccionados al menos 30 botones de mi cajón. Treinta son muchas despedidas para un solo día. Decir que no estaba triste sería una mentira. Y de repente ocurrió. ¡Uuooosh! Sentí que era elevado con una explosión repentina de energía, y acunado en la mano más suave que podría imaginar.

Entonces esto es lo que se siente”, musité para mí mismo. Sabía que extrañaría a mis amigos y a mi hogar, pero al menos sería alguien. Tendría un propósito, una misión.

Raj, el sastre, era rápido pero preciso. Acababa de terminar lo que parecía ser un blazer de lana para un niño pequeño, y estaba preparándolo para adornarlo con tres botones al frente. Esperé mi turno al lado de la máquina de coser sin hacer ni un sonido. Miré cómo Raj ubicaba cuidadosamente el primer botón. De no haber sido por la cacofonía de la maquinaria, toda la planta hubiese escuchado el latido de mi corazón.

Raj levantó el botón que estaba a mi lado y lo aseguró gentilmente en la segunda posición – unos cinco centímetros debajo del botón de arriba. La expectación me estaba carcomiendo. Y después… como de la nada… ¡me di cuenta! ¡Iba a ser ubicado en la posición número tres! Después de toda mi espera, después de todos los sueños y esperanzas, de repente había sido designado para la inútil y despreciable posición de la botonería inferior.

En mi excitación de ser finalmente elegido, me había olvidado totalmente de “la maldición”. El botón inferior está ahí sólo para las apariencias. Nunca es cerrado, nunca es utilizado, y usualmente nunca es advertido. Yace durmiente durante toda la vida de la prenda y es botado cuando la prenda muere. ¿Qué clase de vida es esa?

La vida recién había comenzado y ya estaba acabada. Yo simplemente iba a estar puesto en un lugar, no tendría ninguna utilidad.

Raj atravesó mi corazón roto con la aguja y el hilo y me centró perfectamente en mi prisión perpetua. La vida recién había comenzado y ya estaba acabada. Yo simplemente iba a estar puesto en un lugar, no tendría ninguna utilidad.

Soporté varias semanas de almacenamiento y transporte y eventualmente llegué a un estante en un negocio de ropa para niños en Caracas. Los clientes eran amables, las probabilidades de encontrar un hogar cálido y afectivo parecían razonables. Hice las paces con mi “posición” en la vida, pero entendí que la verdadera realización sería, lamentablemente, inalcanzable.

Un día llegaron a la tienda una madre y su hijo, y pidieron ver un blazer que cuadraba perfectamente con mi descripción. La señora lucía joyas lujosas y zapatos costosos, y el niño caminaba con un pavoneo que lo hacía parecer más grande de lo que probablemente era. Comencé a imaginarme una vida que podía ser cómoda, hasta suntuosa, aunque no realizada. Dije una plegaria silente, con la esperanza de que me hicieran parte de su familia. Mami examinó el pasillo y hasta me sacó de la percha.

“Pruébate este, David”, ofreció. Mi corazón estaba latiendo de nuevo con mucha fuerza. Me gustaba el nombre David, y estaba desesperado por encontrar un lugar al que podría llamar hogar. Pero desgraciadamente yo no era de la medida adecuada. A David le deben gustar mucho las hamburguesas y los panqueques. Incluso los botones uno y dos estuvieron en peligro de saltar. Yo, por supuesto, ni siquiera estuve cerca de que intentaran cerrarme. Desafortunadamente retorné a mi percha.

Más tarde esa tarde advertí otra dupla madre/hijo entrando a la tienda. Esta mujer se veía bastante simple. Sus ropas eran prolijas pero casuales, y yo no sabía con seguridad qué pensar sobre su hijo. Sus características eran diferentes a las de la mayoría de los niños. Sus ojos estaban un poco inclinados hacia arriba y su nariz parecía pequeña, casi chata. Sus orejas también eran demasiado pequeñas. Pero su sonrisa era hermosa. No hablaba mucho, y cuando lo hacía, sus palabras eran un poco confusas.

El señor Rabinowitz los guió en mi dirección. Mis esperanzas subieron de nuevo, pero estaban llenas de conflictos. No estaba seguro de si este era el puerto al que siempre había soñado arribar.

Mami estaba chequeando las etiquetas del precio en las chaquetas del rincón, pero el niño parecía estar mirándome fijamente.

“Quédate cerca de mami, querido. Te perderás por allí”, gesticuló.

Pero Querido no prestó atención. Caminó justo hasta mi sección y con iniciativa bastante propia, me agarró a mí y a mi chaqueta y nos tiró torpemente al piso.

“Estás haciendo un lío”, dijo Mami, tomándolo de la mano y acercándolo a ella.

Me sentí mal por Querido. No estaba tratando de portarse mal. Sólo estaba tratando de ser independiente. Mientras tanto, yo yacía en el piso esperando ser recuperado. El señor Rabinowitz no estaba en ningún lado a la vista. Me pregunté por cuánto tiempo debería permanecer sobre el frío piso, pero no fue por mucho. Aquí estaba Querido, soltándose del agarre de su madre y corriendo nuevamente hacia mí. Esta vez tomó con éxito la chaqueta en sus suaves manos y comenzó a poner sus brazos dentro de las mangas.

Habiendo completado su misión, apareció una inmensa sonrisa en su rostro. Se veía absolutamente adorable. Con el orgullo de un embajador extranjero, Querido se dirigió hacia un espejo que estaba cerca. Mami lo vio desde el otro lado y con una resignación familiar se acercó hasta él. Cerró los botones uno y dos y consideró seriamente la posibilidad de comprar la chaqueta. Como siempre, yo simplemente esperé.

Tomó unos segundos, pero finalmente pasó. Me cerró. ¡A mí! Al botón número tres, ¡al inútil!

Ella giró para encontrar al señor Rabinowitz y nos dejó solos por un instante. Era todo lo que Querido necesitaba. Se miró confiadamente en el espejo y acercó su mano hasta mí. Yo pensé que estallaría de alborozo. Querido me tomó con sus palmas sudadas. Pensé que me iba a dar un tirón hasta el otro lado de la sala. Tomó unos cuantos segundos, pero finalmente pasó. Me cerró. ¡A mí! Al botón número tres, ¡al inútil!

El señor Rabinowitz vino y trató de enseñarle a Querido estilo y etiqueta como corresponde. Me abrió una vez… dos… pero Querido no estaba recibiendo el mensaje. Mami también intentó unas veces, pero mi nuevo amigo ya había tomado una decisión. Yo no iba a ser dejado de lado. Nunca.

Fuimos hasta el mostrador de la caja, pero Querido y yo no nos separaríamos. Insistió en utilizar la chaqueta para ir a casa – abotonada: uno, dos y tres.

Querido amó a esa chaqueta y la utilizó cada vez que pudo. Y cuando le quedó chica… la siguió utilizando – tanto como pudo.

Sí, Querido amaba esa chaqueta.

Y yo amaba a Querido.