Al igual que la mayoría de los niños judíos creciendo en Toronto, comencé a asistir a la escuela hebrea alrededor de los siete años. La escuela hebrea en la sinagoga conservadora local era dos horas por día después de la escuela pública, de lunes a jueves, y dos horas los domingos a la mañana. No puedes imaginarte la cantidad de grandiosos juegos de hockey en la calle que fueron abruptamente interrumpidos con: “Harvey, prepárate para la escuela hebrea”.

Siendo el menor de cuatro niños, con sólo seis años de diferencia entre yo y mi hermano mayor, yo ya estaba preparado para la experiencia de la escuela hebrea. Había escuchado de mis hermanos sobre las historias de terror, el aburrimiento, los maestros con acento gracioso y los escritorios llenos de goma de mascar. Había sufrido muchos años de: “Odio la escuela hebrea y no voy a volver” de mis hermanos Rubén y Sid. Sí, la escuela hebrea era algo que yo realmente estaba esperando con ansiedad.

Recuerdo el primer día como si fuese ayer. Todavía viene a mi mente la caminata desde el auto de mi padre en el estacionamiento hasta la entrada de la escuela, la misma caminata que un prisionero debe experimentar cuando comienza su sentencia. Mi sentencia duraría hasta mi Bar Mitzvá.

Conocimos al rector, el Sr. Frank*, un hombre bajo y pelado con ojos pequeños y brillantes, y un lunar en su mejilla. Una sonrisa siniestra salió de sus labios cuando fui puesto bajo su tutoría. Me colocaron en la clase de la Sra. Kahanavitch. Cuando llegó mi turno para leer, sin haber visto una palabra en hebreo en mi vida, miré hacia el texto de la misma manera en que lo hubiese hecho si hubiese sido chino y comencé a llorar. Esta reacción generó otra visita al Sr. Frank, que ahora me puso en la clase del Sr. Goodman, que a mi parecer era la clase para los tontos. Me quedé allí hasta que de alguna manera fui ubicado en la clase de primer grado del Sr. Ogman.

Resistí el tortuoso ritual diario de aprender a leer hebreo. Se esperaba que combatiéramos el aburrimiento y que siempre supiéramos el lugar en el que estábamos para poder, en cualquier momento, responder la pregunta más preguntada de la clase: “Nightingale, ¿en dónde estamos?”. Y que Dios te ayude si no sabías el lugar. Luego sufrirías el castigo corporal de la varilla amarilla del Sr. Ogman, un acto que hoy en día, lo habría hecho terminar en la cárcel con una demanda judicial.

Fui al armario en donde guardaba la temida varilla amarrilla y la arrojé por la ventana del segundo piso hacia el callejón nevado de abajo.

Mi logro más grande en ese primer grado fue cuando un domingo a la mañana antes de que llegara el Sr. Ogman. Fui al armario en donde guardaba esa temida varilla amarilla y la arrojé por la ventana del segundo piso hacia el nevado callejón de abajo, en donde fue inmediatamente enterrada en un ataúd blanco de polvo, para no ser vista nunca más. La mirada de confusión cuando fue a buscar su arma es algo que todavía llevo en el corazón. Aún más especial fue la lealtad que exhibió la clase cuando preguntó dónde estaba – ni una persona, ni siquiera los más buenos de los buenos, dijeron una palabra.

En segundo grado fui puesto en la clase del Sr. Jacobson. El Sr. Jacobson era un hombre bajo y dulce, que no tenía control sobre los niños. Era lo opuesto del Sr. Ogman. La charada en la clase del Sr. Jacobson era pedir permiso para ir al baño. “Aní rotzé latzet” —deseo salir [al baño]— era la única frase en hebreo que todo niño sabía. Era el ticket de salida para un corto indulto del absoluto aburrimiento, en el que podías caminar por los pasillos por el máximo tiempo permitido que podía ser considerado como el necesario para hacer realmente tus necesidades.

Y luego llegó el tercer grado, enseñado por el temido Sr. Munk. Había escuchado las historias del Sr. Munk de mis hermanos. Era muy severo. No toleraba ninguna tontería de nadie. Si te salías de la raya en la clase del Sr. Munk él tocaba el piano sobre tus dedos. Mientras que el Sr. Ogman era insultado y el Sr. Jacobson casi compadecido, el Sr. Munk era temido.

El Sr. Munk no enseñaba como si hubiese sido el cuidador, por dos horas, de niños de mal comportamiento en un zoológico. Enseñaba como si fuese a hacer una impresión en nosotros.

Y fue en este momento cuando cambió todo lo referente a la escuela hebrea. El Sr. Munk era bien temido. Era alto, tenía acento alemán, dientes de oro que brillaban cuando hablaba, tenía mucho orgullo y se paraba recto. Pero había algo diferente. En la clase del Sr. Munk el judaísmo no era aburrido. Él enseñaba con pasión, con amor y con intensidad. No enseñaba como si hubiese sido el cuidador, por dos horas, de niños de mal comportamiento en un zoológico. Enseñaba como si fuese a hacer una impresión en nosotros. Y lo hizo.

Llegué a amar y a esperar ansiosamente sus clases. Todavía puedo escucharlo decir que si Dios pudo redimir al pueblo judío de Egipto, ¿realmente teníamos que temer al ejército egipcio? Recuerdo aprender el Libro de Yehoshua, y recuerdo como él nos enseñaba Rashi. Recuerdo lo orgulloso que me sentí cuando fui premiado por ir al shul (sinagoga), o por saber la mayoría de las respuestas de una tarea. Todavía puedo cantar las canciones de Halel que nos enseñó, canciones que dijo que cantaban los soldados israelíes cuando se preparaban para la batalla.

El Sr. Munk amaba ser judío, estaba orgulloso de ser judío, y transmitía ese amor y ese orgullo. Se convirtió en mi primer rebe (mentor) verdadero. Gracias a él comencé a ir al shul todas las semanas.

Esto pasó cuando yo tenía 11 años. Continué yendo a la sinagoga hasta bastante después de mi Bar Mitzvá. Cuando tenía 15 comencé a leer novelas de Jaim Potok, y eso me inspiró a aprender judaísmo aún más. Potok describía una imagen de estudio de Torá y de vivir una vida judía que yo sabía que todos mis abuelos conocían muy bien, pero que yo había omitido. Por cien generaciones los judíos habían vivido como Potok estaba describiendo y yo no iba a dejar que eso terminara conmigo. Conocí a un estudiante secundario en un shul ortodoxo al que comencé a asistir, que me invitó a estudiar a la Ieshivá Ner Israel en Toronto. Allí empecé una relación con unos rabinos que me enseñaron mucho, hasta que escuché de Aish HaTorá en Jerusalem, en donde estudié desde el verano del´79, recibí ordenación rabínica, y terminé en Florida, en donde soy el director de Aish South Florida.

Googleando Al Sr. Munk

A través de los años se me había pasado por la cabeza tratar de contactar al Sr. Munk y decirle lo que había pasado conmigo. No tenía idea dónde podría estar, o si seguía con vida. Sin embargo nunca hice nada, hasta que un día encontré un libro traducido por un Eliahu Munk. Leí la contratapa sobre el traductor y mencionaba que estaba viviendo en Israel y que había sido un educador en Toronto por muchos años. No estaba seguro si era el mismo hombre, nunca supe su nombre de pila – siempre fue el Sr. Munk.

Tampoco continué la búsqueda hasta que un día, hace unos cuatro meses, uno de mis estudiantes dijo que debería tratar de localizarlo. Por lo que fui a mi recurso favorito para comenzar mi investigación – Google. Googleé al Sr. Munk, encontré al Eliahu Munk que hizo las traducciones y hasta encontré una dirección de email en su editorial. Envié un email y recibí una contestación diciendo que le enviarían mi email a Eliahu Munk.

Unas dos semanas antes del último Rosh HaShaná recibí el siguiente email:

    Estimado Rav Nightingale

    Me emocionó mucho escuchar de usted. Soy la persona que estaba buscando. Durante los últimos 25 años mi esposa y yo hemos residido en Jerusalem. Hemos sido bendecidos con 20 nietos y 15 bisnietos. No hace falta decir que todos ellos, al igual que nuestros cuatro hijos, están todos en Israel. Acabamos de celebrar nuestro aniversario número 60 rodeados por todos ellos.

    Mi carrera “literaria” comenzó cuando hice aliá, uno de los motivos fue esparcir Torá a una audiencia más grande que a un aula de clases llena de niños, que para empezar no estaban buscando Torá, en las horas después de la escuela pública. Me encantaría escuchar más sobre usted o, mejor aún, encontrarme con usted en su próximo viaje a Israel.

    Sinceramente, Eliahu Munk.

Yo le respondí inmediatamente y le conté lo que había ocurrido conmigo, y el impacto que había tenido en mis elecciones de vida y en mi carrera. Estuvo bastante contento, y dijo que le había hecho el día, y hasta su semana. Me informó que estaría en Miami en enero por un par de semanas.

De Nuevo en el Rincón

Estacioné frente al Best Western Hotel en Surfside y subí los escalones del motel amarillo, estilo años 60s, que todavía no había sido destruido para hacerle lugar a un rascacielos como los que estaban construyendo a lo largo de toda esa zona. Afuera del cuarto 426 había una mujer anciana leyendo al sol. Me acerqué a ella, pero antes de decir una palabra, miró hacia arriba y me preguntó: “¿Rav Nightingale?”.

“Sí, y usted debe ser la Sra. Munk”.

Me hizo entrar al cuarto del motel y el Sr. Munk apareció viéndose un poco casual, con una remera polo. Después de 33 años el Sr. Munk no era tan alto, ni tan imponente, ni tan severo. Charlamos e intercambiamos fotos familiares. Fuimos a almorzar a un café de la zona y hablamos un poco más. Le dije lo que estaba haciendo, los tipos de programas que dirigimos, cómo conducimos el servicio de Shabat para principiantes y sobre otras innovaciones que Aish HaTorá había creado en la educación judía. Hablamos sobre la vieja escuela hebrea, durante cuánto tiempo había estado allí, de su carrera como maestro en Israel en los últimos años, de sus clases y de sus libros.

La conversación giró hacia la Torá y el Sr. Munk comenzó a citar halajá (ley judía), citando comentarios medievales y versículos de Torá. Mencionó sus ideas y originales entendimientos de todos los tipos de temas, incluyendo el pecado del becerro de oro.

Su rostro se encendió de nuevo, sus ojos penetrantes, su boca llena con palabras de Torá – todo era igual a aquellos días en la escuela hebrea hace tantos años. Yo me senté, otra vez, extasiado por todo.

Mientras estaba sentado allí escuchándolo, pasó algo extraño. Sus palabras se desvanecieron en el entorno. El tiempo se había detenido y comenzó a ir hacia atrás. Ahí estaba de nuevo. Su pasión, su amor, su orgullo – por la Torá, por el judaísmo, por ser judío. Estaba ahí de nuevo, delante de mis ojos. Esa misma energía que tenía cuando se paraba frente a nosotros en esas frías tardes de invierno en Toronto estaba frente a mí, 33 años después, en un café en la soleada Miami Beach. Su rostro nuevamente encendido, sus ojos penetrantes, su boca llena con palabras de Torá – todo era igual a aquellos días en la escuela hebrea hace tanto tiempo. Y yo me senté, otra vez, extasiado por todo.

Su esposa indicó que quizás se estaba extendiendo demasiado, pero yo dije: “No, no, no…”.

No pude retener las lágrimas. Era demasiado conmovedor… ser un niño de 10 años y un hombre de 43 al mismo tiempo.

Dejamos el café, volvimos al motel y nos despedimos. Les dije que traería a mi familia el domingo antes de que se fueran, y lo hice. Ese domingo, antes de ir a almorzar, me dieron un regalo que puse en mi auto. Lo abrí después de haber salido del motel. Era una Hermosa artesanía de vidrio y metal con Birkat HaBait – la Bendición para el Hogar.

¿Fue intencional el regalo? ¿Acaso él no sabía que ya me había dado ese regalo anteriormente? De no haber sido por el Sr. Munk, no hubiese tenido el hogar judío que tengo ahora. Un hogar con mi esposa y seis hijos, respetando Shabat, manteniendo cashrut, hablando sobre la porción semanal de la Torá con las hojas de la parashá de los niños. Una casa con huéspedes en Shabat todas las semanas, quienes nunca o rara vez han experimentado la belleza, la sabiduría y la grandeza del judaísmo. Un hogar donde tratamos de transmitir el amor y la pasión por el judaísmo a los demás, así como el Sr. Munk me lo transmitió a mí.

* Todos los nombres, a excepción del Sr. Munk, han sido cambiados para proteger a los involucrados.