Estaba buscando a Dios, y por supuesto que no busqué en el judaísmo. En cambio, me fui a la India. Los años sesenta estaban en su apogeo, y yo estaba estudiando en la Universidad de Brandeis. Encontré a un gurú y comencé a meditar. Casi al finalizar el año, mi gurú me dijo: "Eres judía. ¿Por qué no investigas la mística judía?".

¿Mística judía? Nunca escuché nada de eso en todos mis años (doce para ser exacta) de colegio judío. Ni siquiera durante mi devota asistencia a los servicios de shabat en la sinagoga local. Tampoco durante mi dedicada participación en el grupo juvenil judío, en donde incluso fui presidenta local y miembro del comité nacional.

Varios meses de meditación en la India me convencieron de que había una dimensión espiritual en la realidad; de que la vida tenía riquezas más grandes que las que el mundo físico podía ofrecer, y siguiendo los métodos correctos podría llegar a elevarme hasta un estado óptimo: la conciencia de Dios.

Si el judaísmo pudiera darme esa meta... ¿por qué no? El judaísmo tenía un lugar muy especial en mi corazón. Por lo tanto decidí incluir en mi boleto de avión (con el cual viajaría por todo el mundo) una escala en Israel.

Buscando la Kábala

Como una estudiante universitaria consciente, comencé mi búsqueda en el catálogo de tarjetas de la biblioteca de la Universidad Hebrea. Bajo el título: "Misticismo Judío", todos los libros encontrados estaban escritos por el mismo autor, Gershon Shalom, quién según la introducción de uno de sus libros, vivía justo en Jerusalem.

Intrépidamente, toqué la puerta de su departamento. El profesor Shalom -ya retirado - me dio dos horas de su tiempo en su estudio lleno de libros. Le expliqué en una forma muy ingenua que no estaba interesada en estudiar mística judía como un tema académico, sino que quería vivirlo. Obviamente yo no me había dado cuenta de que el profesor Gershon Shalom era una autoridad académica mundial sobre kábala como un tema de estudio universitario, mas no como un camino de transformación personal. Movió su cabeza en forma de negación y me dijo que no encontraría lo que estaba buscando.

Decepcionada volví a los Estados Unidos, terminé mi último año universitario en Brandeis, y al graduarme con honores les di mucha alegría a mis padres. El día después de mi graduación me incorporé a un ashram, una comunidad espiritual estilo hindú, situada en un bosque en el este de Massachussets.

Me quedé en ese lugar durante quince años.

La Vida en un Ashram

En el ashram meditaba tres veces al día, servía como secretaria personal del gurú, enseñaba meditación y filosofía Vedanta cuando el gurú se ausentaba, estaba a cargo del departamento de publicaciones, cocinaba para la comunidad y para nuestras visitas semanales, y me encargaba de mantener dos campos de flores.

Mi vida, tanto interna como externa, era completa y desafiante.

La parte más difícil de la vida en un ashram era la falta de lo que el gurú llama desdeñosamente "relación de uno con uno".

La parte más difícil de la vida en un ashram era la falta de lo que el gurú llama desdeñosamente "relación de uno con uno". El ideal del camino espiritual oriental es el celibato. Ellos sostienen que las relaciones sexuales disipan la energía espiritual y que los lazos emocionales nos distraen del enfoque exclusivo en Dios. Para nuestro ashram compuesto en su mayoría por hombres y mujeres de aproximadamente veinte años, el celibato era un desafío demasiado grande.

Después, en 1984, durante mi décimo quinto año en el ashram, me desilusioné y me desequilibré por una serie de escándalos que envolvían a los más prestigiosos gurus. Primero el mundo del New Age tembló cuando se reveló que el Zen Roshi, el líder del centro Zen en San Francisco, mantenía una relación amorosa con una de sus alumnas casadas.

Luego, siguieron una serie de reclamos en contra del comportamiento vergonzoso del reverendo Swami Muktananda. Después de esto, un gurú tras otro cayó como piezas de dominó. La revista "Yoga Journal" de julio de 1985 traía en su portada un artículo titulado: "Por Qué los Profesores Van por el Mal Camino: Gurus, Sexo y Espiritualidad", el cual incluía un artículo escrito por el profesor budista, Jack Kornfield, quien reportaba:

"De acuerdo a esta investigación que incluye información sobre 54 profesores, las relaciones sexuales forman parte de la vida de 39 de ellos...".

Estaba devastada. Acá me encontraba yo, restringiendo cada nervio, cada músculo para poder seguir la idea del celibato, ¡mientras los más altos y venerados representantes de este camino no podían mantener este voto! ¿Y qué pasa con el asunto llamado verdad? Casi todos estos profesores proclamaban públicamente el asunto del celibato y pretendían llevarlo a cabo también.

Kornfield concluía su artículo diciendo: "Necesitamos descubrir cómo unir la sexualidad, el conocimiento consciente y el amor; y cómo integrar todas estas partes que están dentro nuestro a nuestra vida espiritual".

Su artículo estaba admitiendo lo que yo comenzaba a descubrir sola: los caminos orientales no tenían una fórmula para lograr esto.

Una Nueva Visión del Judaísmo

Ese mismo año, celebramos el centésimo aniversario del nacimiento de Swami Paramananda, el fundador del ashram, invitando a oradores de todas las religiones del mundo. Esta vez el orador judío fue un rabino ortodoxo.

El Rabino Iosef Polak conmovió a la gran cantidad de gente reunida en el salón. El tema de su discurso fue "Amar a Dios incluso hasta la locura" - basado en las enseñanzas del filósofo racionalista del siglo XII, Maimónides.

"¿Esto es judaísmo?" - me quedé maravillada, rara vez yo escuché mencionar a Dios, y menos aún el amor a Dios.

"¿Esto es judaísmo?" - me quedé maravillada. En todos mis años en la sinagoga local, rara vez yo escuché mencionar a Dios, y menos aún el amor a Dios. "¿Puede ser ésta la misma religión?".

El Rabino Polak y su señora me invitaron a su casa en Brooklyn para pasar Shabat con ellos. Me resistí. Dos meses pasaron, pero guardé el pedazo de papel con su número telefónico.

Mientras tanto, "Un puente de sueños", el libro que había estado escribiendo por cinco años, una biografía de Swami Paramananda, fue publicado. El libro fue bien recibido por el mundo del New Age. Ram Dass escribió una buena recomendación en el "New Age Journal", y el "Yoga Journal" lo anunció en su portada.

A pesar de esta buena racha, fui a la casa de los Polak para un Shabat. Y después para otro Shabat más.

Después de esto me empezaron a ocurrir cosas extrañas. Mientras dirigía una sección de meditación en la capilla, el santuario interno del ashram, me sentí de repente como si me estaba sofocando. Respirar se me dificultaba, comencé a sudar y miré mi reloj, esperando el primer momento para escapar de ese lugar, que anteriormente era mi lugar favorito en el mundo. Nunca más entré al santuario.

Nuestro gurú decidió que estaba sufriendo de intenso agotamiento en vista de la publicación de mi libro. Me ofreció $2000 dólares para ir donde quisiera en el mundo por 2 meses. Fui a una agencia de viajes y tomé unos panfletos para ir a Bora-Bora.

Unos días después, a través de los Polak, fui a una clase dictada por el Rabino David Din de Nueva York, quien estaba visitando Boston. Habló sobre el judaísmo como un yoga. Explicó que el mundo de la ley judía - la halajá - literalmente significa caminar. El judaísmo era un camino con una meta: tener conciencia de Dios.

Explicó los rituales de comer casher y respetar el shabat como prácticas espirituales. Dijo que aquellos que se burlan del casher no tienen problemas para hacerse vegetarianos. Dijo también que hay muchas personas que llaman a las costumbres judías "rituales sin sentido", pero devotamente tienden a entregarse a las prácticas hinduistas. Me sonrojé.

El Próximo Año en Jerusalem

Los Polak me contaron sobre otro Rabino en Nueva York: el Rabino Meir Fund, que enseñaba clases de kábala en Manhattan y Brooklyn. Estudié con él intensivamente durante un mes. Después de esto el Rab Fund me dijo: "Si realmente quieres estudiar judaísmo tienes que irte a Jerusalem". Me olvidé de Bora-Bora, compré un pasaje por dos meses a Israel, e hice los contactos para estudiar en Nevé Ierushalaim, un seminario para mujeres con poco o ningún conocimiento sobre el judaísmo.

Después de mi primer día, me sentí como volando. La intensidad de la ambición espiritual de las doce personas que conocí ese día en Jerusalem me sorprendió y me inspiró, "¿Acaso esto es judaísmo?" - me dije a mí misma.

Durante las semanas siguientes, fui a clases en Neve y en otros lugares de la ciudad. Participé de clases que trataban grandes temas controversiales con el judaísmo: feminismo, universalismo, etc., etc. En cada clase estuve sentada junto a los profesores más brillantes que podría haber conocido, incluyendo a los de la universidad. Me sentía desafiada, debatía y discutía.

Las respuestas siempre llegaban cuando entendía los conceptos disputados en un plano más profundo. Muchas de mis objeciones eran en un plano sociológico y las respuestas eran siempre en un nivel espiritual.

El elemento más atractivo del camino espiritual judío es la santificación del matrimonio. En otras religiones el matrimonio es considerado una concesión a la debilidad humana. El judaísmo, por el contrario, afirma que el matrimonio es el estado más elevado; que la sagrada unión entre el marido y su mujer inciden místicamente en los mundos más elevados.

Consideré esto como lo mejor de los dos mundos, estaba asombrada de que la fórmula para integrar todas las partes de nuestro ser en nuestra vida espiritual la podía encontrar en el judaísmo, mientras que en otras religiones orientales faltaba.

Durante todos mis años en el ashram, estuve luchando para trascender el mundo material. En el judaísmo se lucha para santificarlo. Como judía podía utilizar lo físico para elevarme, a mi misma y podía elevar el mundo físico en el proceso.

"¿Cómo puede ser que el judaísmo es la religión más oculta del mundo?" - me preguntaba.

El judaísmo - con sus edificios de vidrio cortado, sus mil y un organizaciones nacionales, sus cientos de periódicos comunitarios, sus líderes como vocalistas y vanguardistas de cualquier causa - ha estado más oculto que el budismo perdido del Tíbet.

Lo que estaba ahora descubriendo era una religión totalmente diferente. No una estructura, sino una gran mina de diamantes. Mientras más profundo cavaba, más piedras preciosas descubría. Pero estaba todo muy oculto, invisible a los ojos de los transeúntes.

Una Decisión Para la Vida

Le había prometido a mi gurú que estaría de regreso para llevarlo a una conferencia que tenía que dar el 26 de agosto. Cada día, a altas horas de la noche, iba al Cotel (el Muro de los Lamentos, el sitio judío más sagrado) a meditar. En la intensa atmósfera del Cotel podía meditar profundamente. Mi voz interna me decía que debía quedarme en Jerusalem y poner en práctica la Torá.

Mi propia conciencia hacía que me resista a esto. Tenía treinta siete años. No tenía ni dinero ni perspectivas de trabajo (imagínense mi curriculum: desde 1970 hasta 1985, secretaria de un ashram). No tenía ni familia, ni amigos en Israel. Toda mi vida -mi camino espiritual, mi gurú, mis amigos, mi sustento -estaba en el ashram. Pero había dedicado toda mi vida adulta a aprender cómo dirigirme para hacer la voluntad de Dios, tal como la percibiera. Ahora mi intuición me decía que la voluntad de Dios era que me quedara en Jerusalem y que comenzara a cumplir con la Torá.

Me quedé 16 meses más, y me casé con un músico de California que estoy segura que es mi alma gemela. Mi primer hijo nació justo después de mi cumpleaños número 40, mi segundo hijo seis años después. Vivimos en una casa de 900 años de antigüedad en la ciudad vieja de Jerusalem, a cinco minutos del Cotel.

Todavía lucho con mis desafíos espirituales, que son todo el propósito de la existencia de los seres humanos aquí en este mundo, pero el judaísmo me ha acercado a Dios más que cualquier otra experiencia en mi vida.

Sí. Esto es judaísmo.