Él fue hospitalizado a mediados de junio luego de una apoplejía. Él tenía más de 80 años, era un hombre alto, delgado y taciturno que tomó sus discapacidades estoicamente. Ella era ocho años más joven que él, delgada y alta también, con el pelo gris, tomado hacia atrás fuertemente con un moño - del modo en que las mujeres mayores solían hacerlo hace varias décadas. Ellos habían estado casados por 62 años. No habían tenido niños.

Ella venía cada día a visitarlo. Se sentaba a su lado desde las 8 de la mañana hasta la noche. Ella lo atendía, enderezaba su cama, cortaba su alimento, lo animaba a comer y le ayudaba a llegar con dificultad al cuarto de baño. Ellos hablaban muy poco, pero ella permanecía atenta durante todo el día. A los doctores les resultaba muy difícil sacarla del cuarto al momento de realizar sus rondas.

Ella no revoloteaba alrededor del personal ni les hacía demandas a las enfermeras. Simplemente estaba allí, mirando con ansias lo que ellos escribían sobre su historia clínica, esperando que uno de los internos le diga brevemente, "No hubo ningún cambio hoy", o "Su presión arterial no es estable". Algunos miembros del personal la encontraban irritante, dando vueltas por ahí todo el día, mirando silenciosamente, y esperando con tensión.

Otros sentían pena por ella, una vieja señora, sentada allí todo el día, en un turno de 12 horas, sin nadie que la reemplazara.

Otros sentían pena por ella, una vieja señora, sentada allí todo el día, en un turno de 12 horas, sin nadie que la reemplazara. No había ningún descendiente, ni vecinos, ni amigos. El trabajador social trató de conseguir que ella hable, y luego hacer algunas sugerencias; tomar ayuda pagada, quedarse menos horas, descansar un poco, todo lo cual ella rechazó rápidamente, "¿Cómo puedo abandonarlo?". Ella estaba claramente ansiosa, en su modo tranquilo de ser, y quizás, incluso con pánico.

La única que la llegó a conocer y tuvo éxito en lograr que ella hablara fue Ayalá la fisioterapeuta. Cada día la anciana acompañó el ayudante que llevaba a su marido a la fisioterapia. La terapeuta rápidamente comprendió que la esposa no lo abandonaría, ni siquiera por un minuto, y que ella estaba tan ligada a cada movimiento de él, que era como si ella misma pasara por los ejercicios rutinarios. Por lo que Ayalá le dio tareas para hacer, "Amarré estas vendas alrededor de su pie, de esta manera", ó "párese al lado de él mientras él camina por las barras".

La fisioterapeuta también compartió con la mujer algunos detalles acerca de por qué ellos hacían ciertos ejercicios y cómo este o aquel músculo estaba siendo reforzado. Ellas conversaron poco, y de un modo muy general, pero gradualmente la mujer se abrió y le mostró un poco de ella misma. Ambos eran sobrevivientes del Holocausto, y habían perdido a toda su familia en Europa - ella vino de Alemania; él era de Polonia. Ellos se conocieron en un campo para personas desplazadas, y se casaron justo antes de hacer aliá a Palestina. Los británicos los internaron en Chipre durante otros pocos meses, pero al final, ellos lograron cumplir su sueño y fueron capaces de comenzar una nueva vida en Israel.

Mientras ella lo conducía por las barras paralelas, la esposa del paciente reveló que él había trabajado muchos años como un empleado del gobierno; mientras ella siempre fue "solamente una ama de casa". No tenían hijos, ni sobrinos, ni sobrinas - sólo se tenían el uno al otro. Ella necesitaba que él se recuperara, y él era completamente dependiente de ella. Lamentablemente su rehabilitación era muy lenta. A menudo, él estaba demasiado cansado como para hacer los ejercicios. Una vez tuvo fiebre y no pudo ir a la fisioterapia durante una semana, y el pánico de ella aumentó. Junio se convirtió en julio, y luego en agosto.

El trabajador social comenzó a abordar el tema de liberarlo del hospital y ponerlo en un asilo de ancianos. La mujer estaba horrorizada. "¡Nunca!", ella dijo con una fuerza y energía poco común. "¡Él nunca será puesto en una institución!".

"¿Pero cómo podrá usted arreglárselas?", le preguntó el trabajador social, tratando de conseguir que ella entre en razón. "Él puede andar sólo unos pasos. No siempre puede controlar sus funciones corporales y apenas come".

Pero la mujer simplemente sacudió su cabeza enérgicamente, "No".

El trabajador social intentó por otro camino, "¿puede usted pagarle a una persona para que le ayude a cuidarlo en su propia casa? (El sabía que con una pensión del gobierno aquello era improbable). ¿Quisiera usted solicitar a un trabajador filipino?".

La mujer otra vez rechazó sus sugerencias y volvió con su marido. Para ella la conversación había terminado.

En la reunión de personal donde los doctores, enfermeras, terapeutas y trabajadores sociales discutían acerca de cada paciente y su plan de liberación, todos sacudieron sus cabezas al hablar sobre las posibilidades del hombre. "Después de todo él ha estado aquí ya tres meses. Es improbable que él pueda mejorar mucho", dijo uno de ellos. "Él tiene casi 90 años, no se olviden", dijo otro. "Estoy preocupado de qué pasará con ella, con su esposa", comentó la trabajadora social. Defendiblemente Ayalá añadió su opinión, "A veces la gente mayor necesita más tiempo para rehabilitarse. Después de todo él tuvo una recaída cuando adquirió aquella infección". La mayor parte del personal sabía todo eso, pero sin embargo, ellos tenían que tener en cuenta que había otros pacientes que esperaban para ser admitidos. Ellos tenían responsabilidades, ellos tenían experiencia.

"Él nunca más será independiente", declaró el Jefe del Departamento.

Era como si por su voluntad escarpada de ella, él comenzó a mejorar.

Pero el desmejorado anciano los engañó a todos. Como si él hubiera oído sus predicciones horribles y hubiese querido negarlas, él comenzó a mejorar, muy gradualmente, con lapsos leves. Él comenzó a caminar, vacilantemente, con su leal esposa a su lado. Era como si por la voluntad escarpada de ella, él comenzó a mejorar; como si la necesidad de su esposa de que él volviera a casa hubiera causado la transformación. Él comenzó a comer, fue capaz de ir al baño solo, e incluso dijo algunas palabras en la terapia.

A principios de septiembre, justo a tiempo para las vacaciones, él fue dado de alta. Los dos octogenarios altos y delgados abandonaron la sala ese día, riendo ligeramente por primera vez. Parecía que ellos caminaban en diagonal, apoyándose, como si se sostuvieran el uno al otro – de hecho estoy seguro que ellos así lo hicieron.

"Nunca subestime el poder de una mujer", dijo uno de mis colegas mientras veíamos como se marchaban, y no pude dejar de pensar en las palabras del Rey Salomón:

Dos pueden más que uno... si uno cayere, el otro levantará a su compañero, pero ¡ay del que está solo cuando cae! No tiene quien lo levante. Y donde uno puede ser atacado, dos resistirán al ataque. (Eclesiastés, 4:9 -12).

Incluso de una seria apoplejía, pensé casi en voz alta, mientras la cariñosa pareja pasó delante nuestro.