Siempre he estado fascinada con la jevrá kadishá, la sociedad de entierro ritual que prepara a los muertos antes de ser ubicados en sus ataúdes. En las comunidades judías, esta tarea – la tahará, como es llamada – era usualmente realizada por los ancianos.

Hacer esta última acción antes de la tumba era considerado el acto de bondad más elevado porque no hay una retribución por parte del muerto. Aun así, había una posibilidad muy pequeña de que yo hiciera esta buena acción, porque a pesar de ser judía, no era exactamente una anciana. Y también era aprensiva.

Después me mudé al área de Passaic/Clifton. En mi nueva sinagoga, quedaban pocos ancianos; la mayoría se había mudado a Florida o a otro lugar. ¿Debería unirme a la jevrá kadishá? O posiblemente tenías que ser invitado. No pensé mucho acerca de eso. Estaba distraída con mi nuevo hijo, mi primera novela que recién había sido publicada, y los requerimientos del trabajo.

Hace un año, me quedé varada con una escena en mi segunda novela. Llevaba ciento veinte páginas escritas del libro: un rabino místico (un cabalista) muere y su asistente, con el corazón partido, hace la tahará. Nunca antes había leído una escena de tahará en una novela, y quería hacerlo bien.

Llamé a unos pocos miembros de la jevrá kadishá y ellos describieron, paso a paso, lo que ocurre. Pero yo sabía que no era suficiente. Tenía que estar allí. Yo nunca antes siquiera había visto a una persona muerta. ¿Pero cómo podría aparecer en un entierro ritual con un cuaderno y una lapicera? Con seguridad yo no querría un escritor de novelas en mi tahará.

Una noche, sin embargo, la jevrá kadishá llamó. No podían avanzar porque les faltaba una cuarta persona. ¿Podría ayudar? Bueno, pensé, ellos me necesitaban. Era legítimo, y yo fui pocas horas después a la capilla judía que está a la salida de Allwood Road en Clifton. Un custodio amigable abrió la puerta y nos dejó entrar.

En realidad habían dos tarot llevándose a cabo al mismo tiempo, en cuartos separados – una noche atípica. Yo sería el "flotador", y me llamarían de cuarto en cuarto cuando se me necesitara. Todos se lavaron y se pusieron batas plásticas amarillas, guantes, máscaras y botines, haciendo que me pregunte que clase de lío sangriento en realidad vería.

Yo desvié mis ojos de uno de los cuerpos que yacían en una tabla y miré a los demás ocuparse. Una mujer estaba rompiendo fragmentos de cerámica, otro estaba rompiendo ropa y llenando baldes de agua, un tercero estaba rellenando una pequeña almohada con paja. Yo era la oradora designada, la que recitaría las plegarias de una tarjeta plastificada, dependiendo de la parte en la que ellos estén. Entre las plegarias, yo ayudé a los demás.

Aquí yace alguien que claramente esperaba estar haciendo otras cosas ese día.

Eventualmente mis ojos fueron hacia uno de los muertos, una anciana delgada de un asilo de ancianos del barrio. La mujer en el segundo cuarto parecía haber estado en sus cuarenta. Yo me maravillé con sus hermosos ojos delineados en azul, la pintura de uñas rosa perfectamente aplicada en sus pies y sus manos. Ella parecía demasiado viva. Aquí yace alguien que claramente esperaba estar haciendo otras cosas ese día.

Yo accidentalmente rocé su piel, y mi propia piel saltó. Aun a través de mis guantes plásticos yo puedo decir que no había energía en esa piel, ninguna fuerza de vida. Yo no hubiese podido saber lo que era la muerte hasta antes de haberla tocado.

Mi mano pasó por encima del cuerpo de la mujer para pasar un trapo, y alguien gentilmente empujó mi mano de vuelta. Oh, me acordé de los folletos: se considera que el alma todavía está merodeando alrededor del cuerpo, y es irrespetuoso pasarse cosas sobre el torso. Yo leí de la carta de oraciones: "Sus manos son como varas de oro con esmeraldas, su abdomen es marfil pulido, revestido de zafiros".

Mientras cada parte del cuerpo era lavada, esa pequeña sección era expuesta, y luego cubierta. Me consoló saber que cuando yo muera mi cuerpo no yacerá expuesto ni siquiera ante estos amables voluntarios, pero al fin de cuentas extraños. "Sus piernas son pilares de mármol, ubicados sobre delicado oro. Su cara es como el Líbano, excelente como los cedros".

Alguien me preguntó cómo estaba. "Bien", dije. Había tenido miedo de desmayarme. En realidad lo único que me llegaba eran las plegarias. "Su boca es lo más dulce, y ella es completamente encantadora. Este es mi amado, y este es mi amigo, O hijas de Jerusalem".

De qué están hablando, yo pensé. La mujer con la pintura de uñas rosa, su boca se ha retorcido, ensangrentado y distorsionado en la muerte. No era "lo más dulce". No podía mirarla. Y respecto a la otra mujer, no vi ningunos ojos hermosos o piernas que sean pilares de oro. ¡En su lugar vi piernas de pollo! ¿Por qué estaban describiendo cuerpos hermosos? ¿Qué es lo que me estaba perdiendo aquí?

Traté de imaginarme las cosas que esta vieja mujer había hecho con sus piernas, las comidas que hizo para su familia mientras sus piernas la soportaban, las veces que persiguió hijos malcriados, los ojos que miraron a un amado con paciencia y ternura, una mano que hizo que cosas sean útiles o lindas, o que sostuvieron a una amiga enferma.

Las plegarias te recordaban el esplendor que tuvo el cuerpo. Aquí en el cuarto, sentí su dolor.

¿Las plegarias decían que el cuerpo es lindo por lo que hiciste con él, por lo que lograste? Puede ser. Pero mirándome a mí misma y a la otra mujer sumamente conmovedora, entendí que cualquier cuerpo que está con vida es hermoso, y que cualquier cuerpo que está muerto ha perdido ese derecho de belleza por siempre. Las plegarias te recordaban el esplendor que tuvo el cuerpo. Aquí en el cuarto, sentí su dolor.

Tomamos baldes de agua y empapamos el cuerpo completamente. Cantamos: "Tú eres pura", tres veces. Vestimos el cuerpo, una tarea nada simple, en ropas absolutamente blancas, las ropas que un sacerdote usaría, atando el nombre de Dios en el cinturón alrededor de la cintura. Después los pedazos de cerámica fueron colocados en varios lugares, y rociaron un poco de tierra de Israel, hicimos un último ajuste para la larga noche y después colocamos la tapa en el ataúd.

Al final de cuentas, me acuerdo lo suficiente (sin un cuaderno) como para escribir la escena para mi novela. Me acuerdo cómo una vela estaba ubicada a la cabeza del ataúd, y cómo nos reunimos todos alrededor.

La líder del grupo se dio vuelta y en voz alta y cálida se dirigió al muerto por su nombre. "Nosotras las mujeres de la jevrá kadishá te pedimos tu perdón si mientras hicimos la tahará hicimos algo que no fue lo suficientemente respetuoso o amable. Nosotras intentamos hacer lo mejor que podemos". Ella dijo su nombre de nuevo, y, "Por favor perdónanos. Nosotras rezamos para que las cosas vayan bien para ti".