Si hubo alguien en el gueto de Cracovia que tenía la oportunidad de sobrevivir al Holocausto, ese era Abraham Shapiro (el nombre es un seudónimo, el protagonista prefiere mantenerse anónimo). Cuando tenía 22 años, era un inteligente joven lleno de recursos, cuya mente había sido perfeccionada durante años de estudio en una yeshivá. El entendió que los alemanes tenían planeado aniquilar a todo judío, y tomó las precauciones necesarias para salvarse a si mismo y a sus padres. Consiguió papeles expertamente falsificados identificando a los tres miembros de su familia como ciudadanos extranjeros. El construyó y abasteció un bunker en un remoto lugar debajo del gueto. Consiguió un mapa de las alcantarillas y planificó una ruta de escape para el día en que el gueto sería liquidado. Su plan maestro era escapar para ponerse a salvo en Hungría.

Entonces un día, una vecina de 18 años llamada Jaya Rivká tocó la puerta de los Shapiro con un bebé en brazos. El bebé, que tenia 20 meses de edad y que no podía ni pararse ni sentarse por si mismo, era su sobrino Jaim. Sus padres habían sido deportados a Treblinka. Jaya Rivká sabía que los Shapiro tenían papeles de ciudadanía extranjera. Ella calculaba que de todos los judíos condenados del gueto, los Shapiro tenían la mayor posibilidad de escapar. Se había acercado varias veces a la familia Shapiro, pidiéndoles que llevaran al bebé con ellos a un lugar seguro, pero ellos se habían negado. Un bebé seria una carga que pondría en peligro sus propias posibilidades de sobrevivir.

Pero aquel día – 11 de marzo de 1943 – era diferente. Jaya Rivká había recibido noticia de que ella sería deportada a un campo de trabajo forzado. Ella simplemente no podía llevar al bebé. Con llantos que quiebran el corazón, le rogó a Abraham, quien era el único que estaba en casa en ese momento, que tomara al bebé.

"Mi compasión abrumó a mi intelecto, y decidí aceptar al niño".

Abraham – el pensador lógico, el cuidadoso planificador – estaba preparado para superar a los Nazis, pero ese día, él fue más allá de su propio carácter. Como declararía más tarde, "Mi compasión abrumó a mi intelecto, y decidí aceptar al niño".

Cuando sus padres llegaron a casa y vieron a Abraham con el bebé, se horrorizaron. ¿Cómo podía haber puesto en peligro sus tres vidas por tal imprudente acto de compasión? Abraham respondió que el bebé era suyo ahora, y a menos que el bebé escapara con ellos, todos se quedarían en el condenado gueto.

La necesidad inmediata de Abraham fue falsificar un certificado de nacimiento probando que el bebé era suyo. El conocía un rabino que tenía un timbre oficial, ¿pero dónde conseguir un documento? De alguna forma, Abraham consiguió una máquina de escribir. No había escrito a máquina nunca en su vida, pero esa noche se quedó despierto, y para el amanecer había producido un certificado de nacimiento creíble. Corrió donde el rabino para timbrarlo. "En ese momento", escribió Abraham más tarde, "un hijo le nació a Abraham Shapiro".

"¡Todos Nosotros Juntos!"

Dos días más tarde los alemanes liquidaron el gueto de Cracovia. Reunieron a todos los judíos en una gigantesca plaza y los dividieron en grupos para ser deportados: los jóvenes para trabajo forzado, los ancianos para casas de ancianos, y los niños a residencias para niños. Abraham sabía que todo era una farsa. "Nunca le creí a los alemanes y siempre intenté hacer lo opuesto de lo que ellos decían". Cuando alguien intentó quitarle al bebé, Abraham se rehusó a entregarlo gritando, "¡Todos nosotros juntos!"

Ese día, era imposible llegar al bunker que había preparado porque estaba en la otra mitad del gueto, separado por una reja de alambre de púas. Abraham entregó el bebé a su madre y le dijo a sus padres que no se movieran. El encontraría un escondite temporal para ellos y volvería a buscarlos.

Luego de una desesperada búsqueda, encontró un edificio vacío con escaleras que conectaban el salón de entrada con el sótano. En medio del peligro, se arregló para llevar a sus padres y al bebé allí. Abraham sabía que los alemanes revisarían cada edificio y cada sótano, pero la Providencia Divina había proveído una improbable protección para ellos. Alguien en el edificio había tenido problemas con las cañerías, y en las desesperadas circunstancias del gueto, no pudo encontrar un plomero. Así es que habían llenado un enorme barril con los desechos de su inodoro y lo habían puesto bajo las escaleras. Con gran esfuerzo, Abraham logró girar el barril, derramando excremento en todos los escalones que llevaban al sótano. El calculó que los fastidiosos alemanes no estarían dispuestos a ensuciar sus botas para buscar judíos.

Esa noche escucharon a los alemanes entrar al edificio. Para que el bebé no llorara y los delatara, habían planeado darle comida, pero solamente tenían jalá seca y no tenían agua para suavizarla y hacerla comestible. Así que Abraham y sus padres masticaron rápidamente la jalá, la escupieron, y le dieron al bebé los bocados suavizados. Escucharon a los Nazis quejándose por la pestilencia. Abraham estaba en lo cierto; ellos no se dignaron a bajar al sótano.

Esta era la noche, después de la liquidación del gueto, en que Abraham había planeado escapar a través de la alcantarilla al "lado ario" de Cracovia. Sin embargo, mirando al bebé, se enfrentó a un dilema. Él había escuchado de judíos que habían escapado a través de la alcantarilla con sus hijos, y los niños se habían sofocado en el camino. No, decidió él, no arriesgaría la vida del bebé escapando por las alcantarillas. Tendría que diseñar un plan diferente.

Abraham sabía que ellos no podían quedarse por mucho tiempo en el sótano. Tendrían que abrirse camino hacia el bunker que habían preparado, pero una cerca de alambre de púas bloqueaba el camino. Abraham, utilizando una navaja de bolsillo y fuerza sobrehumana, consiguió hacer un hoyo en la cerca. Corriendo a hurtadillas por las calles regadas de cadáveres judíos, la familia Shapiro llegó al bunker.

Abraham había arreglado de antemano una luz eléctrica en el bunker cortando cables eléctricos de la pared de su apartamento y conectándolos en el bunker. Sin embargo, no había ninguna forma de obtener agua. Cada día, Abraham tenía que levantarse para ir a sacar agua del grifo. Un día fue descubierto. A pesar de sus protestas de que ellos eran ciudadanos extranjeros con papeles que lo probaban, los tres y el bebé Jaim fueron enviados a la prisión de la Gestapo.

El Fuego del Amor

Utilizando una cajetilla de cigarrillos dorados de 250 gramos, eventualmente sobornaron al guardia para escapar de la prisión. Huyeron inmediatamente de Cracovia hacia una aldea cercana, donde rentaron una habitación y se escondieron. Era otoño, 1943. Hungría era prácticamente el último país en Europa donde la "Solución Final" no había sido implementada. Ellos contrataron a un guía para que los ayudara a cruzar a través de la frontera a Eslovaquia y de ahí a Hungría.

A lo largo del viaje subsistieron comiendo papas crudas, las cuales Abraham y sus padres masticaban, regurgitaban y se las daban de alimento al bebé Jaim. En shabat por la noche, 28 de octubre, estaban muy adentro en el bosque en el lado polaco de la frontera. La familia estaba cansada, con frío y asustados de ser descubiertos. El guía anunció abruptamente que tendrían que quedarse ahí porque no podrían cruzar la frontera esa noche. Y sin una palabra, el guía desapareció.

Los Shapiro comenzaron a organizarse para dormir. Abraham, quien había estado cargando a Jaim todo el tiempo, repentinamente se dio cuenta de que el bebé estaba húmedo, silencioso y que no se movía. Rápidamente removió su envoltorio y vio que el bebé estaba azul.

Temblando de miedo, Abraham rápidamente juntó madera y ramas y encendió una fogata para calentar y resucitar al bebé.

Temblando de miedo, Abraham rápidamente juntó madera y ramas y encendió una fogata para calentar y resucitar al bebé. Fue un acto de infinita irracionalidad. El fuego era un audaz anuncio de su paradero, pero la compasión de Abraham nuevamente conquistó a su intelecto. Sostuvo al bebé tan cerca al fuego como podía, volteándolo de un lado para otro, mientras la Sra. Shapiro estaba al otro lado de la fogata secando y calentado las ropas del bebé.

Jaim revivió. Recobró su color y comenzó a moverse. Y Abraham, que había enfrentado y enfrentaría peligro para su propia vida repetidas veces durante el Holocausto, recordaría aquellos minutos de angustia por la vida del bebé como lo más traumático de la guerra.

Durante todo el shabat esperaron, preguntándose si el guía regresaría. Mientras caía la oscuridad de la noche del sábado, el guía apareció. Cuando vio las cenizas del fuego, se indignó por su descuido.

Era tiempo de proceder hacia la frontera. Para prevenir una repetición de la calamidad, Abraham tomó una sabana y ató el bebé a su pecho, mirando hacia él. Esto le daba una constante vista del bienestar de Jaim, pero bloqueaba totalmente su visión del suelo. Pisando sobre rocas y terreno difícil, todo invisible para él, Abraham en un punto se tropezó, rompiendo la suela de su zapato. Ató algunos trapos alrededor de su zapato y continuó. Horas después cruzaron la frontera hacia Eslovaquia.

"Por El Bien Del Niño"

Eventualmente los fugitivos llegaron a Budapest. Fueron puestos en cuartos para refugiados. Un trabajador social judío, al escuchar que ellos tenían un bebé huérfano que no era de ellos, sugirió que entregaran el bebé a los Schonbrun, una pareja religiosa judía, sin hijos y de buena situación.

Esta vez el intelecto y la compasión de Abraham convergieron. El pequeño Jaim, ahora de dos años, estaba desnutrido y enfermo, y todavía no podía sentarse por si mismo. Abraham sabía que el bienestar de su bebé requería un hogar estable, donde pudieran darle tres comidas al día y donde pudiera estar a salvo del peligro que aún colgaba sobre la familia Shapiro. A pesar de las virulentas protestas de su madre, quien se había apegado al bebé, Abraham llevó a Jaim a la casa de los Schonbrun. Se impresionó no solamente por los fastuosos muebles sino por las amplias estanterías llenas de libros sagrados. Confiado en que estaba haciendo lo que era mejor para Jaim, Abraham entregó a su hijo a los Schonbrun.

Cuando Abraham se encontraba ocasionalmente con el Sr. Schonbrun en la sinagoga y preguntaba acerca de Jaim, recibía solamente respuestas superficiales. Abraham dedujo que los Schonbrun no querían que Jaim supiera nada acerca de su pasado. "Me distancié de la familia Schonbrun", escribió Abraham, "por el bien del niño".

El 19 de marzo de 1944, los alemanes tomaron Hungría. En una noche de Shabat dos meses después, Abraham y su padre fueron detenidos en la sinagoga. Fueron transferidos de lugar en lugar hasta que finalmente fueron cargados en un furgón camino a Auschwitz. Con un cuchillo que había conseguido de un viejo zapatero, Abraham pudo agrandar una pequeña ventana del furgón. Mientras el tren corría por Eslovaquia, camino hacia el campo de la muerte, Abraham y su padre saltaron fuera de él.

Pasaron el resto de la guerra en Eslovaquia, enmascarados como gentiles. Tan pronto como los rusos liberaron Eslovaquia, Abraham y su padre regresaron a Budapest, a la casa en la que habían dejado a la señora Shapiro hace casi un año atrás. Cuando abrieron la puerta, encontraron a la señora Shapiro sentada en la mesa comiendo un pedazo de matzá. Era el primer día de Pesaj, la festividad de la libertad.

La Caja

Solamente una vez en Budapest de la post-guerra Abraham vio al pequeño Jaim. El niño estaba caminando (¡sí, caminando!) por la calle con su niñera. "Lágrimas brotaron de mis ojos", escribió Abraham en sus memorias, "pero nunca me acerqué al niño".

La Hungría comunista no era un buen lugar para los judíos religiosos. Poco después de la guerra los Schonbrun se mudaron a Bélgica, luego a Montreal, Canadá, en donde Jaim creció y eventualmente se casó. En 1950, Abraham Shapiro se casó y se mudó a Israel.

Unos cuantos años después de su matrimonio, le dijeron a Jaim, "Hay un judío en Israel que te llevó desde Polonia a Hungría, y salvó tu vida".

Pero la amenaza de sus vidas, anudada con una compasión más fuerte que la lógica o incluso que el amor por la vida, no fue cortada. Abraham mantuvo a Jaim continuamente controlado, y la Providencia Divina conspiró para que la tía de la esposa de Jaim, que vivía en Haifa, fuera una amiga cercana de la señora Shapiro.

Unos cuantos años después de su matrimonio, su tío en Bélgica le dijo a Jaim, "Hay un judío en Israel que te llevó desde Polonia a Hungría, y salvó tu vida". Jaim sin embargo, no tenía idea de la identidad de su benefactor, quien continuaba observándolo a la distancia.

En 1980, a la edad de 39 años, Jaim trajo a su familia a Israel para el Bar Mitzvá de su hijo. La tía de su esposa le envió un mensaje de que el judío que había salvado su vida se llamaba Abraham Shapiro. El señor Shapiro, ahora de 60 años, vivía en Haifa y finalmente estaba listo para encontrarse con Jaim.

Ese mismo día, Jaim tomó un taxi desde Jerusalem hasta Haifa. "Nuestro encuentro fue muy emocional", recuerda Jaim. "Ambos lloramos y lloramos, y hablamos durante horas".

Fue el comienzo de un cercano lazo entre sus dos familias. Durante los siguientes 27 años, Abraham ha asistido a las bodas de todos los hijos de Jaim, y Jaim ha asistido a las bodas de todos los nietos de Jaim. "Somos muy, muy cercanos", atestigua Jaim. "Yo lo considero como un padre, y él me considera como un hijo".

¿Pero por qué Abraham no tuvo contacto con Jaim antes? ¿Por qué le había tomado 35 años reconectarse?

La respuesta estaba quizás guardada en una caja. Antes de que se separaran ese día en 1980, Abraham le dijo a Jaim, "Tengo algo para ti". Le entregó una caja diciendo, "He esperado 35 años para entregarte esto".

Jaim abrió la caja y vio que estaba llena de piezas de oro. Abraham explicó que antes de que la madre de Jaim fuera deportada a Treblinka, ella le había entregado esta caja llena de oro a su hermana menor Jaya Rivká, y le encargó utilizarla para salvar la vida de su único hijo. Cuando Abraham accedió a quedarse con el bebé, Jaya Rivká le transfirió la caja a él.

Durante su escape de Polonia, la familia Shapiro agotó su propio suministro de oro. Abraham se vio forzado, a su pesar, a utilizar el oro del pequeño Jaim. Para el momento en que llegaron a Budapest, no quedaba nada. Esto le molestaba profundamente a Abraham. "Había hecho la mitzvá de salvar una vida", explicó Abraham a Jaim, "y no quería vender esta mitzvá por ninguna cantidad de oro".

Al concluir la guerra, tan pronto como Abraham había comenzado a trabajar, había separado parte de sus salarios cada semana para comprar oro. Le había tomado 35 años, pero finalmente había reunido la exacta cantidad de oro que contenía la caja de la madre de Jaim. Le entregó la caja a Jaim, contento de que no había tomado ninguna ganancia de la enorme mitzvá de salvar una vida. Jaim se rehusó a aceptar el oro. Abraham lo donó a una variedad de organizaciones de caridad en Israel a nombre de Jaim Schonbrun.

En el gueto de Cracovia, la compasión superó al intelecto de Abraham Shapiro. Nunca nada superó su integridad.