Yo crecí pensando que la vida supuestamente tenía que seguir cierto patrón. Llegas a tal y tal edad y te casas, luego vienen los hijos. Cada uno es gestado durante nueve meses y nace en un mundo que está delirando por verlo, en donde crecen con la balanceada paternidad de dos armoniosos compañeros.

A pesar de que al parecer estaba algo equivocada con mi percepción optimista del universo, descubrí también que algunas de estas cosas maravillosas sí le ocurren a algunas personas. Pero es raro encontrar una persona que no tenga ningún tipo de problema.

Es por eso que no me amargué aquel frío noviembre, cuando me encontré a mi misma recostada en el hospital con contracciones prematuras, esperando al hijo número dos. El hijo número uno había llegado en el séptimo mes, y los doctores estaban un poquito nerviosos acerca del resultado de este.

Mi compañera de cuarto era una mujer que había pasado por una larga lucha contra la infertilidad, y ahora que ella estaba llena de nueva vida, los doctores no iban a correr riesgos.

Escuchando el firme "pum, pum", de nuestros hijos no nacidos, había una palpable sensación de que éramos cuatro en esa habitación.

Entablamos una rápida y tierna amistad, como las que se entablan en este tipo de situaciones. Estábamos exactamente en la misma etapa. Estábamos recostadas juntas cada mañana, amarradas con correas de monitoreo, escuchando el firme "pum, pum" de nuestros hijos no nacidos. Nos enamoramos de las señales de vida dentro de nosotras. Había una palpable sensación de que éramos cuatro en esa habitación.

Al final de la semana, ambas fuimos liberadas para continuar nuestra hibernación en nuestros respectivos hogares. Intercambiamos números telefónicos.

Mientras estábamos recostadas en nuestras casas, pasando las vacías horas de reposo, nos llamábamos una a la otra con actualizaciones.

"Pasamos la semana 30 – ¿¡puedes creerlo!?" "Llegamos hasta la 31. ¡Nuestros bebés tienen una buena probabilidad de llegar a término!" "¡32 semanas! ¡Ya pesan más de un kilo!". Las cosas realmente se veían bien.

Nunca tuvimos la conversación de la semana 33. Mi bebé ya estaba afuera y luchando por respirar cada respiro para ese entonces.

El teléfono sonó. Era ella.

"Dile que no puedo atender", le dije a mi marido. Era cierto. No podía ir al teléfono a escuchar acerca de su bebé, pateando y creciendo dentro de su protegido vientre, mientras el mío estaba ahí minúsculo e indefenso en la unidad neo-natal.

Me encontré con ella en el hospital; ella estaba ahí para una visita de rutina. Me vio llevando una botella de leche.

"¡Tuviste el bebé!", ella estaba eufórica. Y luego, "intenté llamarte tantas veces". Yo le mostré una débil sonrisa.

"Es difícil", le dije, mirando su hinchada panza con envidia.

"Entiendo". Me miró con genuina compasión, y yo, sentí genuina pena por mí misma.

Esa noche, di vueltas en la cama. Sentimientos en conflicto rugían dentro de mí.

"¿No crees tú acaso que Dios, en Su infinita sabiduría, le da a cada uno lo que puede manejar? ¿No sabes que esta es la prueba que fue diseñada exclusivamente para ti?

Y luego, "Tú ya tienes un hijo. Basta con la justa indignación. Tú no tienes derecho a nada en este mundo. Todo es un regalo".

Y sin embargo, no encontré paz.

Mis sentimientos crecieron incluyendo a todas las mujeres infértiles que podían gestar a un bebé por nueve meses completos. Ellas habían ganado una insignia simbólica de la feminidad que yo nunca podría tener. Cada amiga que tenía su bebé a tiempo era una amenaza a mi sensación de auto valoración, y estropeaba mi habilidad de estar feliz por ellas.

"La envidia, la codicia y la búsqueda de honor sacan al hombre fuera de este mundo" (Ética de Nuestros Padres, 4:28). ¿No era yo culpable de esos tres pecados? Sentí la verdad tras esas palabras – me había sacado a mí misma de mi vida, y me estaba moviendo hacia un territorio de amargo sabor.

Unas semanas después, estaba en el hospital dejando un poco de leche para mi bebé. Me encontré con ella de nuevo. Ella estaba con otra mujer, quizás su asistente de parto. Ella debe tener fecha de parto para esta fecha supuse.

Ella caminó hacia mí y me miró, sus ojos eran fuertes y claros. Con una voz firme me dijo, "tengo que ser fuerte, todo ha terminado".

Mi corazón se destrozó en mil fragmentos de dolor, cuando ella me informó sutilmente que daría a luz a un niño muerto.

Si ustedes hubieran podido ver la sala de maternidad ese día, hubieran visto a dos mujeres abrazándose. Una de ellas tenía un hijo en la unidad neo-natal, aferrándose a la vida cada día. Su culpabilidad encontró respiro en las lágrimas que corrían por sus mejillas. La otra estaba aceptando la profunda pérdida de lo que nunca podría ser.

Y el plan maestro para mí se hizo claro.

Al ver la bendición de un niño que sobrevivió, estaba más que ampliamente agradecida con mi porción.

Desde ese día en adelante, mi corazón se limpió de la envidia, codicia y búsqueda de honor en cuanto al tema. No pedí por la porción de otros, solamente por lo que estaba destinado para mí. Al ver la bendición de un niño que sobrevivió, estaba más que ampliamente agradecida con mi porción. Tener el gran mérito de traer hijos al mundo era honor suficiente. No quería nada más.

La ecuanimidad con la que mi amiga aceptó su perdida creó un movimiento dentro de mí que nunca olvidaré. Ella estaba agradecida de haber tenido la oportunidad de haber cargado un hijo, y eso le trajo a ella cierta medida de consuelo. Ella era un baluarte de fe al enfrentar la adversidad.

"Encontraremos el mensaje en esto", dijo ella.

Cualquier fortaleza de carácter que haya resultado de la experiencia ciertamente fue sacada de su pozo, y luego, fue vertida en el mío – y por eso estoy eternamente agradecida.

Unos cuantos años después escuché de un pajarito que ella había dado a luz a gemelos. Yo había recién dado a luz a mi tercer bebé prematuro. La llamé, y al escuchar su voz, una delicia tan pura y real fluyó a través de mí. Supe sin ninguna duda que esta vez, mis lágrimas – lágrimas de alegría – eran por ella, y por nadie más.