Hoy ayudé a preparar el cuerpo de un anciano para su funeral.

No estaba seguro de cómo sería. Nunca me han gustado los hospitales. Las agujas y la sangre me dan nauseas. ¿Cómo podría arreglármelas para ver un cadáver? Decidí hacerlo ya que necesitaban mi ayuda.

El día anterior pedí algunos consejos. "Es tan sólo como cambiar el pañal de un bebé". "Es la mitzvá (mandamiento) más grande porque esta persona nunca te recompensará por el favor que le estás haciendo". Finalmente, lo que confirmó mi decisión fue darme cuenta de que yo sería la tercera generación de mi familia que ayudaría en la Jevrá Kadishá (sociedad de entierros).

Nada de discusiones, nada de preguntas, y ninguna posibilidad de retractarme.

No sé si fue intencional, pero llegué un poco tarde. La recepcionista me indicó el cuarto donde el cuerpo estaba siendo preparado y hacia allá me dirigí. Encontré el camino, me asomé y vi a gente que conocía del shul alrededor de un cuerpo encima de una mesa. Respiré hondo y avancé. Me dijeron que me pusiera una bata y guantes, me mostraron que bendiciones tenía que pronunciar, y me dieron el trabajo de llenar el lavatorio para la persona que hacía el baño inicial. Nada de discusiones, nada de preguntas, y ninguna posibilidad de retractarme.

Durante algunos minutos no vi el cuerpo, así que sólo enfoqué mi atención en mi pequeño trabajo. Mi mente parecía entender que no había nada que temer.

Me impresionó cuanto puede cambiar un cuerpo cuando el alma se ha ido. Literalmente parece encogerse, como un globo el día después de una celebración. Ligeramente arrugado, apoyado en el piso – un pobre recordatorio del hermoso globo de vibrante color con el que jugaron el día anterior.

El cuerpo parecía una figura de cera de una película de terror. Trabajar con él era como trabajar con un gran muñeco.

Cada vez que pensaba en eso, intentaba recordarme a mí mismo que éste era un hombre – era el padre de alguien, hermano, tío o esposo. Hicimos lo posible para mantener una atmósfera de respeto y lo mantuvimos cubierto. La conversación durante el proceso era mínima, sólo instrucciones.

Era una experiencia tan extraña que no sabía que esperar, e incluso durante el proceso, aún no estaba seguro acerca de mis propios sentimientos. Únicamente me enfoqué en hacer mi trabajo. Tan sólo un par de veces el olor me molestó, o ver cómo reaccionaba el cuerpo después de moverlo. Después de un tiempo, yo estaba tan involucrado como todos los demás ahí.

Después de vestirlo con un manto y ponerlo en el ataúd, me sorprendió el hecho de que nosotros cuatro, la jevrá kadishá (supongo que ahora tengo que incluirme a mí mismo), éramos los últimos en verlo en su estado actual – un cuerpo sin alma.

Extrañamente, ayer aprendí en el Talmud que el alma no deja completamente el cuerpo hasta que la última palada de tierra es depositada sobre la tumba. Creo que esa es la razón por la que somos tan cuidadosos durante la preparación del cuerpo. Si pareciera que alguien está observando, es porque así es, y es muy personal para ellos.

Para ellos tampoco es fácil. Están experimentando algo nuevo y están en un lugar en el que nunca habían estado antes. En varios casos, pueden no sentir dolor o limitaciones físicas por primera vez en mucho tiempo. Estoy seguro que es similar a la sensación que experimentas cuando estas manejando y te pierdes. Hay temor y desorientación. ¿Sigo manejando y espero que resulte todo bien, o doy media vuelta y busco ayuda? Desafortunadamente, dar media vuelta no es una opción en este caso.

Mientras caminaba detrás del ataúd y me concentraba en cumplir la mitzvá de escoltar al difunto, estaba impresionado por lo que había hecho. He asistido a unos cuantos funerales y he estado entre los dolientes. Ahí, todos se enfocan en los vivos, ya que el funeral es realmente para ellos. Haber sido uno de los que se enfoca en el muerto, y haber escoltado a este hombre, me dio una nueva perspectiva.

No fue fácil, pero me imagino que no tiene por que serlo.

Probablemente voy a repetir esta experiencia en el futuro. No fue fácil, y estoy seguro que tampoco lo será la próxima vez, pero me imagino que no tiene por que serlo. No le puedo recomendar esto a cualquier persona. Es mentalmente, emocionalmente, y en un menor grado, físicamente desafiante. Al mismo tiempo, es una tremenda mitzvá y ciertamente es una de esas cosas que entran en la categoría de "Tienes que hacerlo alguna vez en la vida".

Tengo más respeto que nunca por la gente de la jevrá kadishá y otras organizaciones similares. Ellos no tienen deseos de gloria, reconocimiento, fama o fortuna. Son probablemente las personas que están enfocadas en hacer la mayor cantidad de mitzvot posibles. Te aconsejo que reconozcas la dedicación y el desinterés de estas personas haciendo una donación a tu jevrá kadishá local, ya sea por el merito de ellos o por el de alguien que conozcas que haya tenido beneficio de sus servicios.