Nunca voy a olvidar el día en que casi me atropella un autobús. Estaba en Jerusalem, tratando de hacer demasiadas cosas en demasiado poco tiempo. Apresurándome en llegar a una tienda antes de que cerrara, llegué a una pequeña calle que se conectaba con una gran avenida. Mire a ambos costados y crucé. 

Luego escuché el rugir de los motores. Un bus repentinamente dobló en la esquina y se abalanzó sobre mí. Por un momento me paralicé. Yo estaba en la mitad de la calle y este monstruo me estaba acorralando, una tonelada de metal que me aplastaría dentro de un instante. ¿Debía correr hasta el otro lado de la calle? ¿Volver hacia atrás? Estaba congelada por el miedo. Luego mi cerebro comenzó a actuar. Rápidamente retrocedí. El bus pasó a unos centímetros de mi cuerpo, y yo seguí hacia atrás hasta que me estrellé con la pared más cercana.

Varias personas estaban casi tan conmovidas como yo. Una mujer mayor me miraba fijamente y movía su cabeza aliviada. Otra persona anunciaba la profunda irresponsabilidad del conductor. Un hombre se volteó y me dijo “acabas de experimentar un milagro” antes de desaparecer en la multitud. Respiré profundo, luego crucé la calle y caminé hacia la tienda.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera alcanzado a retroceder a tiempo? ¿Cómo le habrían dicho a mi esposo? ¿A mis padres?

Pero las imágenes continuaban apareciendo. ¿Que hubiera pasado si no hubiera alcanzado a retroceder a tiempo? ¿Qué le habrían dicho a mi esposo? ¿A mis padres? Qué hubiera pasado con mis hijos – tal vez no los hubiera visto crecer; hubieran tenido que enfrentar una vida sin madre. Cada pensamiento era más horrible que el anterior.

Durante la semana siguiente sentí una gratitud sobrecogedora hacia Dios. Me había entregado el mejor regalo de todos – ¡la vida!, y la quería utilizar correctamente. Tenía una conexión casi palpable con mi creador. Me había salvado del peligro sin ningún rasguño.

* * *

 Dos días atrás, sin ninguna razón en particular, me acordé de dos de mis novelas favoritas de niña. Las había leído varias veces, y me sentía íntimamente conectada con los personajes. Ahora, mientras pensaba en esos libros, reflexioné en cómo me habría gustado compartirlos con mis propios hijos. Como me gustaría verlos disfrutar de los mismos libros que yo disfruté. Pero me di cuenta de que había una gran probabilidad de que ya no los imprimieran, y que hubieran desaparecido de las tiendas. Me hice una nota mental para comenzar a buscarlos en Internet tan pronto como pudiera. Y luego mi mente paso a otros temas.

A la noche siguiente, me quedé hasta tarde cocinando para Sucot. A la medianoche sonó mi teléfono. Era mi esposo.

Él había ido a comprar un lulav y un etrog. Ahora estaba por volver a casa. Pero se había percatado que al lado del lugar donde compró el etrog había una venta de libros. Había docenas de libros en una mesa afuera de un departamento.

“¡Encontré el libro que mencionaste!”, dijo. “¡y me acordé cuanto lo quieres! ¿Te lo compro?”.

"¡Seguro!", respondí llena de júbilo. “¿Tal vez también tiene el otro libro?".

"Si, claro, seguro tendrá los dos libros...", respondió mi esposo irónicamente. Él revisó pacientemente las repisas, leyéndome los títulos mientras yo elegía. De pronto hubo una pausa.

"¡Bassi!", dijo excitado, "¡No me vas a creer, pero acabo de encontrar tu segundo libro favorito!”.

"¡Cómpralo!", le dije. Él resistió los empujones de la multitud de compradores en esa pequeña venta, y lo hizo. Los compró.

Las manos de Dios eran tan evidentes. Me sentí querida y amada.

Unas horas después él llegó a casa. Estaba emocionada y muy agradecida. ¿Cuál era la probabilidad, de que 24 horas después de que yo haya pensado en mis dos libros favoritos, mi esposo se encontrara con ellos camino a comprar un etrog? Las manos de Dios eran tan evidentes. Como la mujer que recibe de su esposo un bouquet de las flores que más le gustan o una caja de sus chocolates preferidos, me sentí muy querida y amada. Había recibido un beso del cielo.

* * *

 Hay una historia de uno de mis rabinos del seminario relacionada con esto. Uno de los grandes rabinos en la Europa de pre-guerra no quería que su hija fuera a la escuela local. Entonces decidió enseñarle en su casa. Uno de los requisitos del estado era que cualquier estudiante debía escribir un ensayo corto al día. Entonces este rabino le enseñó a su hija a escribir un incidente personal de providencia divina todos los días. Haciendo esto, se sensibilizaría frente a los grandes actos, y también pequeños, de Dios para con nosotros. Nuestro profesor de seminario nos sugirió hacer lo mismo, y muchas de nosotras aceptamos el reto.

Al principio era muy difícil. La vida en el seminario era hermosamente monótona – clases buenísimas todos los días, día tras día; sesiones de estudio, desayuno, almuerzo y supermercado; a veces un paseo a la lavandería o a la farmacia. ¿Cuándo y cómo ocurrirían todos estos incidentes de providencia divina? Pero una vez que comencé a mirar, comencé a ver.

Por ejemplo…

 “Yo realmente necesitaba hablar con Dina, pero llevaba tiempo buscándola y no la encontraba. De pronto, después de que desistí, ella apareció sentada al otro lado de la mesa cuando me senté a almorzar”.

“Tuvimos un charlista invitado que dijo justo lo que yo necesitaba escuchar. Y luego tuve la oportunidad de poner sus palabras en práctica justo ese día”.

Durante los casi dos años que hice esto, me sentí perpetuamente conectada a Dios.

“Estábamos en un paseo y yo no me sentía bien. Justo en ese momento el bus que nos tenía que recoger pasó y dejó subir a algunas niñas. Yo era una de ellas”.

El hecho de saber que esa noche iba a tener que escribir algo en mi pequeña libreta me mantenía alerta a las manifestaciones de amor de mi creador. Durante los dos años que hice esto, me sentí perpetuamente conectada a Dios.

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 Hay momentos en los que Dios nos muestra Su providencia con toda la fuerza, minutos en los que la vida pende de un hilo y somos salvados por la intervención Divina. Pero esperar solamente por esos momentos para sentir el amor de nuestro Padre, es perder nuestra relación del día a día. No siempre sus mensajes vienen en forma dramática; a veces es una palmadita en el hombro, un susurro sutil. Depende de nosotros escucharlo.

Tal vez no hay mejor momento para ese trabajo que inmediatamente después de las grandes fiestas. Después de un mes de espiritualidad de alto voltaje, de estar empapados de cuatro fiestas, una tras otra, es difícil volver a la rutina mundana. La vida parece plana y nos preguntamos como ese sentimiento de concesión intensa puede disiparse tan rápido. Buscando las pequeñas instancias de providencia divina que nos iluminan cada día podemos nutrir y sostener la conexión en el tiempo.

Puede ser la cita que ibas a perder, pero que al final no perdiste porque el doctor también llegó atrasado. Puede ser el comentario que te recordó el cumpleaños que habías olvidado. Puede ser encontrar un estacionamiento inmediatamente en medio de la multitud. En vez de decir “que suerte”, y seguir adelante, detente por un momento y siente el beso del cielo.