Sólo quedaba una hora y media para encender las velas de Shabat el viernes por la tarde en Jerusalem. Los supermercados estaban con los últimos clientes, los trabajadores terminaban de limpiar, y los administradores cerraban las oficinas. La semana había terminado, la reina de Shabat estaba por llegar y ya era tiempo de irse a casa y alistarse para recibirla.

Pero un pequeño hombre calvo de sonrisa rápida pensaba diferente. Corrió hasta la puerta sin aliento, agradeciendo a Dios que la tienda aún estaba abierta. Trato de entrar, pero el guardia de seguridad lo detuvo con el bastón detector de metales. 

"¡Sagur!, le dijo– está cerrado".

"Por favor", dijo el hombre en hebreo fluido. "Solamente necesito un par de cosas para Shabat”.

"¡No!".

"Me tomará solamente dos minutos".

"A mí no me importa, podría perfectamente tomarle una hora. No entrará. ¡Sagur!".

"Por favor señor. Tengo familia. ¡¿Que haremos para Shabat?!”.

"Todos tenemos familia". Dijo el guardia, ya agitado. "Y todos tenemos que llegar a casa para Shabat. Si dejamos entrar a todos…”

El intrépido hombre calvo divisó una oportunidad y no desperdició ni un solo segundo. Se dio vuelta y se escurrió por la ranura de la puerta. El guardia giró y se estiró para agarrarlo, pero el hombre fue muy rápido; ya estaba dentro de la tienda.

Corrió primero a las jalot, sonriendo y tratando de apaciguar al guardia por sobre su hombro. “Sólo me tomará unos minutos. Usted es tan amable en dejarme entrar”.

Tomó un par de jalot, las echó en una bolsa de plástico, y corrió al pescado. “Estoy casi listo. Gracias a Dios, tengo una familia tan grande”.

Corrió a los vegetales, tomó una bolsa de ensalada preparada, algunos tomates, unos cuantos pepinos, unas cebollas. “Solamente un par de cosas más. Que hermoso es el Shabat. Estoy tan orgulloso de ser judío”.

Corrió a la zona de las latas – agarró unas aceitunas y unos pepinillos. “A los niños les encanta. Son una bendición”.

Corrió a los postres – tomó una torta grande y un paquete de dulces. “En honor al Shabat”. Dijo piadosamente y corrió hasta la caja registradora.

Una estoica inmigrante rusa de mediana edad. Ella no aceptaba las payasadas de nadie. Cuando el hombre dejó las cosas en la cinta de la caja, ella simplemente se estiró hacia atrás en su silla, cruzando los brazos por sobre su cinturón y dijo secamente con un duro acento ruso, “Sagur – cerrado”.

"Por favor señorita. Sólo le tomará un minuto cobrar mis cosas".

Ella estaba sentada ahí, con los brazos cruzados, estoica e implacable. Sagur!", dijo ella.

"¡Hágalo por el honor del sagrado Shabat!".

 Sagur!".

"Por la salud de mi esposa y de mis siete hijos".

 Sagur!".

"¡Por el amor de HaKadosh-Baruj-Hu!".

 Sagur!".

"¡Tenga piedad de mí y de mi descendencia!".

 "¡¡¡Sagur!!!".

Estaba claro para todos – para los administradores, para el guardia, las otras cajeras, los trabajadores e incluso para el pequeño hombre calvo – todo había acabado. Ella no cedería. Los hombros del pequeño hombre se fueron hacia adelante. Dirigió su mirada hacia el suelo. Si no podía pagar por la comida no podía tener la comida. Era así de simple. Era insolente, pero no ladrón.

De pronto, se iluminó su rostro.

Él tomo una bolsa de plástico blanca del dispensador y lo puso todo ahí. Preparándose para su rápida escapada, abrió la billetera, sacó suficiente dinero como para pagar más de lo que se llevaba, lo tiró en el mostrador con un “muchas gracias” y salió corriendo de la tienda lo más rápido que pudo. Todos estaban demasiado pasmados como para hacer otra cosa que quedarse mirando. Pero ese no fue el final de la historia. Medio minuto después, su pequeña cabeza calva apareció por el otro lado de la puerta.

"¡Shabat Shalom!", dijo para todos, sonriendo y luego desapareció.

Nuestros sabios nos enseñan: “Nada se interpone al deseo de la persona”.

Cuando la puerta está de alguna manera entreabierta, si nuestro deseo de alcanzarlo es lo suficientemente grande, Dios nos ayudará a lograrlo.

Si ese hombre hubiera llegado solamente cinco minutos antes no habría historia. El guardia lo habría dejado entrar, habría comprado tranquilo y se habría ido a su casa.

Si ese hombre Hubiera llegado sólo cinco minutos después no habría historia. La tienda habría estado cerrada y el hombre se habría ido a su casa con las manos vacías.

Fue sólo cuando la puerta estaba de alguna manera entreabierta – cuando era difícil alcanzar lo que el quería, pero no imposible – que su deseo le dio las agallas, la inteligencia, el fervor y la fuerza para sortear los obstáculos en su camino (a pesar de que lo que hizo estuvo mal).

“Nada se interpone ante el deseo”, es una formula realista para alcanzar nuestros objetivos. Se dice que cuando la puerta está de alguna manera entreabierta, si nuestro deseo de alcanzarlo es lo suficientemente grande, Dios nos ayudará a lograrlo. Tal vez tengamos que presionar más allá de nuestros límites y aventurarnos ante territorio desconocido. Pero cuando sabemos lo que queremos, y sabemos que es lo correcto para nosotros – entonces, nada se interpondrá en nuestro camino.