Cuando yo tenía 19 años, quería salvar al mundo. Y sabía que la manera de lograrlo era a través de movimientos políticos. Entonces en mi primer año en la Universidad de Brandeis, me uní a un grupo radical izquierdista; los Estudiantes para una Sociedad Democrática (conocido en inglés como S.D.S).

Era 1967, y el movimiento en contra de la guerra de Vietnam se estaba creando. Esta era una causa a la que me quería unir con todo mi corazón. Asistí a foros, protestas pacíficas y sostuve pancartas con símbolos de paz en demostraciones anti-guerra. Mi corazón se deshacía en amor y compasión por los pobres Vietnamitas, y se llenaba de odio contra las fuerzas armadas, el Pentágono, el gobierno de U.S.A, Exxon (sus intereses comenzaron la guerra), Dow Chemical (que manufacturó Napalm), el sector Militar-Industrial (que se benefició económicamente con la guerra), todos los republicanos, demócratas que apoyaban a Lyndon B. Johnson, y a cualquiera que estuviera más a la "derecha" que yo (el 95% de la población americana).  

En nuestras reuniones de la S.D.S, nos veíamos a nosotros mismos como los amantes y compasivos en contra de los crueles e insensibles mercenarios de Guerra. La incongruencia entre nuestro amor profesado y nuestro odio nunca se cruzó por mi mente ni por la de mis compañeros de la S.D.S., no fuera a ocurrir que nuestra propia organización se convirtiera en un campo de batalla entre dos alas opuestas de la ideología izquierdista.

La S.D.S estaba co-presidida por Leonard y Phyllis. Me tomó meses entender por qué nunca hablaron una palabra normal entre ellos, y también por qué nuestras reuniones de la S.D.S siempre terminaban en peleas y gritos entre ellos dos. Phyllis era un judío socialista de clase media, era una aguada y benigna versión del comunismo ruso con una buena mezcla de liberalismo civil. Leonard, por otro lado, era miembro del P.L., el Partido Progresivo Laborista, que veía el comunismo chino como un ideal. Él creía en la revuelta proletaria en contra de los dirigentes capitalistas, por esta razón, él quería que nuestra organización se agrupara en las salidas de las fábricas y distribuyera panfletos llamando a la revolución.

¿Cómo puede ser que amemos a los Vietnamitas, a quienes nunca hemos conocido, pero que no podamos soportar a las personas que viven con nosotros?

Personalmente, yo no conocía ningún proletario. Nunca había conocido a un verdadero obrero, a menos que el técnico de televisores sea considerado uno. Una niña de 19 años de edad de un costoso colegio privado, me sentía ridícula tratando de convencer a un obrero de fábrica de mediana edad para que se uniera a la revuelta y que probablemente perdiera su trabajo, cuando en realidad todo lo que el quería era una casa con estacionamiento para dos coches en los suburbios. Nunca fui a las reuniones afuera de las fábricas, yo despreciaba a Leonard.  

En cada reunión, Leonard y Phyllis se atacaban mutuamente con tanta malicia que finalmente me encontré a mi misma preguntándome, ¿Cómo puede ser que amemos a los vietnamitas, a quienes nunca hemos conocido, pero que no podamos soportar a las personas que viven con nosotros?

La sospecha de que yo y mis amigos izquierdistas fuéramos culpables de hipocresía (el pecado de moda en los 60) comenzó a preocuparme seriamente.

Durante esa misma época leí una frase de Alan Watts, un filósofo budista americano, que cambió mi vida para siempre. Watts escribió: “La paz puede lograrse solamente a través de aquellos que son pacíficos”. La innegable lógica de este dicho cayó encima como un balde de agua fría sobre mi sueño marxista de panacea política. Me di cuenta de que las nobles metas de nuestro Movimiento Pacífico nunca podrían ser alcanzadas por gente como Leonard, Phyllis o yo. Primero, tenía que cambiarme a mí misma; luego podría cambiar al mundo.

Entonces, en mi último año en la universidad, viajé a la india en una búsqueda espiritual. Mi propósito era obtener claridad como el primer paso para convertirme en un agente efectivo dentro de la guerra política. Pero algo extraño ocurrió en el camino hacia esa meta…

Mi Ampolla

Estaba viajando en la India con mi amiga Mary Lou. En Bombay, compré un par de sandalias. Después de dos horas en el clima cálido y húmedo, comencé a desarrollar una ampolla.

La ampolla comenzó a infectarse. En cada lugar nos deteníamos a buscar primeros auxilios, y me daban una loción y lo último en tecnología médica de occidente: una curita.

Cuando llegamos a Aurangabad, mi pie estaba inflamado como un globo, dos veces su tamaño normal. Comencé a preocuparme de que esta infección produjera un daño irreparable en mi pie. Decidí ir a ver un doctor entrenado en occidente, no a un doctor Aurya-vedic de los que prevalecen en India. ¿Pero donde encontraría uno en Aurangabad?

Un hotel costoso donde se alojaban los turistas de occidente debía tener una lista de doctores entrenados, yo supuse. Abracé a Mary Lou y me subí a una bicicleta que nos llevaría al Garden Hotel, el mejor de Aurangabad. A mi urgente requerimiento, el recepcionista en el mostrador respondió: “No existe tal lista. Pero si tenemos a un huésped en el hotel que podría ayudar. Él es un doctor de Inglaterra, enviado por las naciones unidas”.

 

¿Un doctor de Inglaterra? Yo no podía creer mi suerte. “¿Él esta acá ahora? ¿Lo puedo ver?”, pregunté entusiasmada.

“No, él trabaja en el Hospital de Aurangabad. Pero siempre vuelve al hotel para almorzar”.

Mary Lou y yo nos sentamos a esperar. Un par de horas después, tres personas de tez blanca entraron; una pareja joven y un señor de mediana edad de pelo fino café rojizo y mirada angelical.

Mary Lou saltó para interceptarlo. “El pie de mi amiga esta infectado gravemente. Necesita ayuda médica. ¿La puede ayudar?”.

El hombre se acercó a mí y se presentó como el Dr. Jacobs. Observó mi pie y dijo, “Ven conmigo a mi habitación”.

El Dr. Jacobs nos llevó a su habitación y directo hacia el baño. Después ordenó que me lavara el pie con agua hirviendo. (Agua caliente real que corría a través del grifo, la primera que había visto desde que había llegado a India) Cuando la herida estaba limpia, el Dr. Jacobs me puso una venda y nos invitó a almorzar.

En el almuerzo nos contó todo: Él no era de Inglaterra, sino de Cardiff, en el sur de Gales. Él y los Johnsons, una pareja británica de doctores, habían sido enviados a la India por 7 semanas por la organización mundial de la salud para que trabajas como consultores en varios departamentos de pediatría. Era su segundo viaje de ayuda a India.

Haber sido rescatada por un compañero judío en un lugar remoto de India en el que no planeaba estar fue un encuentro tan extraño, que comencé a preguntarme: ¿Quién había escrito este guión?

La Sala de Pediatría

A la mañana siguiente, el Dr. Jacobs nos escoltó a mí y a Mary Lou a través de un tour por la sala de pediatría en el Hospital de Aurangabad. Pasamos al lado de dos filas largas de camas. En cada cama, yacía un niño de piel oscura con brazos delgados y un estómago inflamado.

“Ellos están sufriendo de desnutrición”, explicó el Dr. Jacobs. Nos detuvimos al borde de una cama y visitamos a su ocupante: una niña, de tal vez dos años de edad, con el estómago del tamaño de una sandía y sus extremidades como palitos cubiertos de carne. Ella estaba desnuda, acostada sobre una sábana blanca, mirando fijamente hacia adelante.

“¿Está conciente?, pregunté preocupada.

“No lo sé”, respondió el Dr. Jacobs suavemente, pensativo, y con sus ojos tristes y compasivos. “Estamos dándole el mejor cuidado médico posible, pero puede que ya sea demasiado tarde”.

Me sorprendió que él trabajara con estos niños todos los días, pero que a pesar de eso no fuera inmune. El sufrimiento de los niños todavía lo conmovía, todavía le causaba angustia.

Continuamos caminando a través de los grotescos cuerpos, esqueléticos, y con los estómagos vacíos. Al final de la sala, llegamos al corredor. Mary Lou colapsó en un asiento de madera.

“No puedo seguir mirando todo esto”, dijo ella, tapándose la cara con su mano.

El Dr. Jacobs me miró y me preguntó. “¿Tú quieres continuar?”.

Yo era adicta a las experiencias fuertes. Si me detenía ahí, ¿Qué experiencia, (no importaba si buena o mala) me estaría perdiendo en la próxima sala?

Yo asentí. El Dr. Jacobs me condujo a la siguiente sala, una sala más pequeña, con una docena de pacientes. Acá los niños, de 10 0 12 años de edad, se veían bien alimentados y saludables. Tan pronto como vieron al Dr. Jacobs, saltaron de sus camas y se abalanzaron sobre él. Ellos gritaban: “¡Dr. Jacobs! ¡Dr.Jacobs!”, algunos lo saludaban otros lo abrazaban, otros saltaban alrededor de él. Para cada uno de ellos él tenía un gesto de amor, una palmadita en la espalda, o un pellizco en la mejilla, mientras los llamaba a cada uno por su nombre.

Exhalé un profundo suspiro. Después de los niños de la sala anterior, fue un tremendo alivio ver a niños saludables. El Dr. Jacobs me presentó, “Ella es Sara Ann”.

Ahora era mi turno. Los niños me rodearon en círculos, me abrazaron, trataron de tomar mis manos. “¡Sara Ann! ¡Sara Ann!”, ellos gritaban. Yo imitaba al Dr. Jacobs, acariciando sus cabezas y mejillas, brindándole a cada uno de ellos una linda sonrisa.

“¿Qué tienen estos niños?”, le pregunté al Dr. Jacobs en inglés, pensando que ellos estaban en el hospital por rubéola, así como yo también había padecido a su misma edad.

“Enfermedades reumáticas cardiacas”, respondió sin dejar de tratarlos con cariño. “Sus corazones son cuatro veces el tamaño normal”.

Mi sonrisa desapareció.

“¿Qué ocurrirá con ellos?, pregunté.

“Lo mismo que ocurrirá con toda la humanidad, sólo que más rápido”.

“¿¡Qué!? ¿¡Estos niños están peor que los esqueletos vivientes de la sala anterior!?” Me alejé a mí misma de sus miradas y salí corriendo al pasillo, llorando descontroladamente.

Luego de algunos minutos, el Dr. Jacobs salió a buscarnos a Mary Lou y a mí, las dos estábamos sentadas en el banco, llorando.

“Lo siento”, dijo él. “Yo no quería traumatizarlas”.

Me sequé las lágrimas y me puse de pie. “Este país necesita un gobierno socialista”, declaré ardientemente. “Un gobierno que distribuya la comida y los bienes equitativamente. India necesita un gobierno que se haga cargo de su gente. Esa es la solución para todo este sufrimiento”.

El Dr. Jacobs movió su cabeza. “Un cambio de gobierno no ayudaría. Lo que India necesita es más amor. Amor es la única solución, para los problemas de India y para los problemas de todo el mundo”.

Era difícil desechar palabras que provenían de la boca de un hombre que llevaba a cabo con sus manos los ideales de su corazón.

Lo miré con consternación. Si un Hippie barbudo, descalzo, lleno de piedras me hubiera dicho eso en Cambridge, lo habría criticado por sus ingenuas ideas políticas. Pero acá estaba el Dr. Jacobs, de pie en el corredor del hospital de Aurangabad, con grandes círculos de sudor bajo los brazos de su camisa blanca, ayudando a niños moribundos en India. Era difícil desechar palabras que provenían de la boca de un hombre que llevaba a cabo con sus manos los ideales de su corazón.

“¿Amor es la solución a los problemas de todo el mundo?”, balbuceé.

Me paré allí, enfrentando al Dr. Jacobs, choqueada por su ingenuidad política. Él representaba todo lo que yo había rechazado; él tenía mas de 30 años, burgués, estable, y apolítico. Pero ejecutaba todo lo que yo admiraba; sabiduría, amor, calidez, serenidad. Sentí como si le hubiera pagado a un artista para que hiciera un retrato de mi héroe, y cuando el retrato estaba terminado, en vez de encontrarme con un tipo radical de pelo largo, barba y lentes gruesos, el tipo que aparecía era un doctor judío, calvo, de clase media.

Un doctor Indio se acercó y le dijo al Dr. Jacobs que lo necesitaban en la sala. Nos despedimos y cada uno siguió su camino por separado. Los próximos días, con mi pie casi sano, Mary Lou y yo visitamos la impresionantes cuevas de Ajanta y Ellora. Después de eso, planeábamos tomar un tren al norte de Rajasthan.

Pero yo estaba intrigada con el Dr. Jacobs. Es verdad, había venido a India para aprender de la claridad de los gurús de oriente, no de un doctor judío de Gales. Pero si yo fuera un minero en búsqueda de una mina de oro y en el camino encontrara un collar de oro tirado en el piso, ¿lo dejaría pasar?

La próxima tarea del Dr. Jacobs era en el hospital de Hyderabad, una ciudad en el centro-sur de India. Decidí seguirlo, mientras que Mary Lou viajó hacia el norte.

Un Niño Indigente

El Dr. Jacobs me advirtió que no tenía tiempo para sentarse a conversar. La mañana después de que llegué, él fue a comprar regalitos para su familia y me dijo que lo podía acompañar. Me encontré con él en el hospital local.

Mientras caminábamos juntos, un niño vagabundo, de alrededor de ocho años. Acosó al doctor, con sus manos estiradas, prácticamente encima de la cara del Dr. Jacobs, el niño demandaba, “Bakshis, bakshis”.

El niño estaba descalzo, y vestía solamente un sucio lungi, un pedazo de tela amarrado a su cintura. Su pelo negro tenía manchas amarillas, un tono doble el cual yo pensaba que era la moda del niño indio, cuando el doctor me dijo que era un signo de desnutrición.

"Bakshis! Bakshis!", insistía el niño, cruzándose persistentemente en el camino del doctor.

Cómo responder a los niños indigentes fue el mayor dilema ético de mi vida durante ese año.

Estaba fascinada de ver como el Dr. Jacobs respondería. Esta en verdad era la prueba más difícil. La parte mas dura de vivir en India, mucho más desafiante que el calor, los mosquitos, el choque cultural… definitivamente lo más difícil eran los niños indigentes.

Ellos se paraban al rededor de las líneas del tren y de las calles de las ciudades, delgados, descalzos, vestidos con harapos, genuinamente hambrientos. Nosotros, estudiantes de tez blanca, éramos una presa fácil. En cada parada de bus, montones de niños indigentes nos acorralaban, pasando sus delgados brazos por las ventanas del tren, o si nos atrevíamos a bajar por un snack de papadam, nos rodeaban hasta que no podíamos caminar.

En mi primer viaje en tren a Calcuta, me paré en la plataforma del tren en la primera parada. Inmediatamente había una docena de niños indigentes alrededor mío. Abrí mi billetera y le di a cada uno una moneda. Pero cuando levante la vista había otras dos docenas de niños rodeándome. "Bakshis! Bakshis!". Se me acabaron las monedas. Tenía billetes conmigo, suficientes para mis gastos en Calcuta. Si se los daba, ¿dónde me quedaría? ¿Qué comería? “¡Bakshis! Memsahib ¡Bakshis!”.

Con un sentimiento de culpabilidad, cerré mi billetera y regresé al tren, recorriendo el camino con dificultad, recordando a los niños hambrientos, sus manos temblorosas, sus voces rogando. Solamente el tren saliendo de la estación rápidamente servía de alivio.

Cómo responder a los niños indigentes fue el mayor dilema ético de mi vida durante ese año. La respuesta obvia es darles, pero incluso si les hubiera dado cada moneda que tenía, no habría sido suficiente.

Cómo respondería el Dr. Jacobs frente a niños indigentes, me preguntaba, mientras el niño bloqueaba su camino. ¿Cuánto le daría?

El Dr. Jacobs ni siquiera buscó su billetera. En cambio, lo miró fijamente, le dio una palmadita en la espalda y le sonrió. Luego siguió caminando. El niño continúo. “¡Bakshis!” gritó. El Dr. Jacobs, sin tragar saliva, lo acarició en la mejilla y le sonrió nuevamente. El niño se apartó de su lado.

Paramos en unas tiendas y fuimos de compras. Cuando salimos, una media hora después, el niño estaba esperándonos.

El Dr. Jacoobs lo miró nuevamente con una sonrisa y acarició su cabeza. “Bakshis”, repitió el niño. ¿Acaso el niño realmente pensaba que el doctor cedería y le entregaría una suma de dinero que hiciera valer su tiempo de espera?

Continuamos por la calle, el niño al lado del doctor. Ahora estaban involucrados en un intercambio; el niño estiraba su mano. El Dr. Jacobs estiraba la suya y le daba un apretón bien fuerte. El niño gritaba “¡Bakshis!”. El Dr. Jacobs lo miraba con una sonrisa profunda.

Entramos a la segunda tienda de la lista. Cuando salimos, encontramos al niño afuera de la tienda.

El Dr. Jacobs le dio un gran abrazo. El niño lo miró. No hubo más gritos de "¡Bakshis!". Observándolo y riendo constantemente, el siguió al Dr. Jacobs por el resto del día, sin recibir ni cinco centavos a cambio.

Ese niño estaba más hambriento de amor que de comida.

Karl Marx pensó que la economía era la fuerza que guiaba al ser humano. El Dr. Jacobs mantenía que el amor guiaba al ser humano. El niño indigente confirmó la convicción del Dr. Jacobs. Claramente, ese niño estaba más hambriento de amor que de comida.

Ese día en Hyderabad llegué a entender algo que revirtió la rotación de mi mundo. Yo me relacionaba con el mundo como si el mundo fuera una máquina que necesitaba ser arreglada mecánicamente – con herramientas tales como legislación progresiva y programas sociales. El Dr. Jacobs me enseñó que el mundo es orgánico. No necesita ser arreglado; necesita ser sanado. Y los medios son el amor, la compasión, y la generosidad. Ser una persona que ama, que tiene compasión y que se entrega no es un preludio para hacer del mundo un lugar mejor. Es la cura misma. El mundo es un lugar mejor sólo porque personas como el Dr. Jacobs viven en el.

¿Por Qué el Amor Sana?  

Dos décadas después, cuando empecé a estudiar las enseñanzas de la Torá, entendí por qué esto era verdad. Si los seres humanos fueran primordialmente cuerpos, entonces se podría satisfacer su sentido de bienestar otorgándoles algo físico, como el dinero. Pero los seres humanos son primordialmente almas. Y aunque las necesidades básicas de comida y refugio tienen que ser suplidas (como dice el Talmud, sin harina no hay Torá), las almas se alimentan de amor.

Si Marx hubiera estado en lo correcto, entonces, todas las personas ricas serían felices. En cambio el judaísmo esta en lo correcto: todas las personas amadas son felices.

Mientras que la historia judía esta llena de líderes políticos y sociales, los dos héroes judíos que más profundamente impactaron al mundo fueron Abraham y Moisés. Abraham el padre del pueblo judío, le dio al mundo el paradigma del amor y de la entrega. Moisés calificó para el puesto de líder de la nación debido a su compasión. De acuerdo con el midrash, mientras que Moisés estaba trabajando, un cordero se escapó de su rebaño. Moisés lo siguió a través de una distancia muy larga hasta que lo encontró tomando agua debajo del arrollo de una colina. Moisés dijo, si hubiera sabido que te escapaste porque estabas sediento, te habría traído hasta acá en mis brazos.

El Dr. Jacobs era un verdadero retoño de aquella tradición judía.

*Los nombres han sido cambiados.