Cuando yo era chico, soñaba con transformarme algún día en Superman. Ésto iba más allá de una fantasía infantil normal. Yo estaba seguro que dentro de mí, yacían superpoderes ocultos. Recuerdo que saltaba desde el sofá, absolutamente seguro de que podía volar.

Nunca lo logré, pero eso no quebró mi determinación. Sentía que tenía un regalo para darle al mundo. Sabía que era especial, sólo hacía falta descubrir de qué manera.

Inclusive durante la escuela secundaria pasé por diferentes fases imaginándome como uno u otro superhéroe. Diseñaba disfraces para mí y para mis amigos y desfilábamos por las calles disfrazados como nuestros superhéroes favoritos. Ésto era lo mejor que podía hacer por el momento para llevar una vida heroica.

Eventualmente me conformé con ser periodista. No es que ser periodista no tenga momentos excitantes, ¿pero quién fantaseaba de niño con convertirse en Clark Kent?

Además de talento para la literatura, también heredé el bagaje de mi padre.

Heredé todo talento para la literatura de mi padre. Cuando él estaba en la universidad, escribió una corta historia que ganó un premio que debía ser entregado por Martin Luther King Jr. en la ceremonia de graduación. Sin embargo, mi padre no se presentó. Eran los sesentas, el inconformismo estaba de moda, e ir a la fiesta de graduación era considerado "fuera de onda". La historia se titulaba “Clark Kent y yo”, y era sobre un hombre que se ve exactamente como el sosegado reportero. En todos los lugares adonde iba la gente pensaba por equivocación que era ‘el otro yo’ favorito de todos. A él no le gustaba esto. Era como una plaga. No quería nada más que liberarse de este bagaje que lo perseguía a todos lados como la kriptonita, quería ser aceptado por lo que era, no por cómo se veía. Visitaba sicólogos, cirujanos plásticos y personal trainers; nada funcionaba. Continuaba escuchando comentarios siempre que entraba a una habitación. “¡Hey, ese se ve igualito a Clark Kent!”. Comenzaba a volverse loco. Finalmente, en un ataque de desesperación, el sufrido protagonista se vuelca hacia la auto mutilación con la esperanza de que eso traerá un fin a su dolor. Al final, yace en la cuneta incapaz de moverse o hablar, alcanza a oír a un niño murmurándole a su madre: “¿No es Superman ese que está tirado allá?”.

Después de todo ese odio hacia sí mismo y el escapismo, nunca se dio cuenta del grandioso potencial que poseía. Nunca puso de lado el traje y la personalidad sosegada para ver que realmente poseía el poder más grande del universo.

Mi padre nunca le atribuyó mucho significado a esta historia pero creo que era sobre el deseo de los inmigrantes judíos de escapar de sus raíces. Al igual que el trágico héroe de la historia, mi padre no tuvo éxito en cambiar quien realmente era. Pasó toda su vida huyendo de su judaísmo. Pero el judaísmo no es algo de lo que uno se pueda escapar fácilmente. Eventualmente, sus hijos tendrían que arreglarse con él, aunque él nunca lo hizo. Además de su talento literario, también heredé el bagaje de mi padre y no iba simplemente a dejar esta faceta en la legendaria cabina telefónica.

Un Judío a Escondidas

 

Mi padre nació en 1941 en Presov, Eslovaquia, en el medio de la guerra. Él recuerda haber pasado noches durmiendo sobre papas en el sótano, mientras los rusos y los norteamericanos se turnaban para bombardear la villa. Para él ésto era muy divertido. Durante la guerra, él y su madre permanecieron con una familia gentil que los hizo pasar como parientes. Mi padre tenía tres años y era demasiado peligroso decirle que era judío. Su madre lo vestía como una nena para que nadie ni siquiera sospechara que estaba circuncidado. Lo llamaban Lassie. Una vez unos soldados pasando por la ciudad pensaron que era tan linda que lo llevaron de picnic. Su madre tuvo pánico todo el tiempo que él se ausentó.

Durante la guerra, mi padre llamaba a la gente “judíos sucios”. No tenía idea de que significaba ser judío, todo lo que sabía era que eran desagradables y que los odiaba, una actitud que absorbió de sus vecinos. Una vez le dijo a su madre que cuando creciera, iba a ser piloto para bombardear a todos los judíos. Debe haberla apenado mucho escuchar a su propio hijo hablar de esa manera, pero tenía demasiado miedo como para decirle la verdad.

 

Después de la guerra, mi padre se mudó a Nueva York, con sus padres y sus abuelos maternos. Era finalmente seguro ser judíos de nuevo, y enviaron a mi padre ahora de siete años, a una escuela yeshivá en Manhattan. ¡El único problema era que todavía no le habían dicho que era judío! Nunca se les ocurrió que haría falta decirle. Su nombre pasó de ser Ladislav a Lassie durante la guerra, y ahora en Estados Unidos pasó a ser Leslie, que nadie sabía que era también un nombre de mujer. En la yeshivá le decían Shlomo. Su apellido también cambio de Berggruen, que suena judío, a su equivalente en checo, Horan, en un esfuerzo por ser menos llamativos por si ocurría otro holocausto de nuevo en el futuro. En casa, sus padres habían abandonado casi todas sus prácticas judías, por lo que cuando llegó a la yeshivá no tenía idea de lo que estaba pasando. Para empeorar las cosas, no entendía mucho inglés. Como todo en Estados Unidos le resultaba tan nuevo, nunca se dio cuenta de que era una escuela judía o de que él era un “judío sucio”. Pensó que todas las nuevas costumbres que observaba eran costumbres americanas.

Un día en el que llevó a la escuela un objeto para hablar de él, le dijo a la clase que iba a tener su primera lección de piano el sábado. Luego, uno de los estudiantes se le acercó, preguntándole “¿Shlomo, eres judío?”.

Mi padre permaneció en silencio.

“Bueno, ¿no sabes que los judíos no toman clases de piano los sábados?”.

Era judío, eso mismo que había crecido odiando.   

La idea lo azotó en un instante como una avalancha. Era judío. De repente todo tuvo sentido. Se sintió disgustado, avergonzado y enojado. Quería irse caminando a las rastras avergonzado. Era eso mismo que había crecido odiando. Decidió que en la primera oportunidad que tuviera, él iba a dejar la yeshivá y a tirar su quipá para siempre.

La oportunidad llegó cuando era el momento de aplicar para la secundaria. Mi padre nunca dejó de tomar esas lecciones de piano y se convirtió en un joven músico. La música, eso que lo había llevado a darse cuenta de su identidad, se había convertido en su escape. Fue aceptado en una escuela de música y arte para artistas talentosos. La música se convirtió para él en una forma de revelarse en contra de su identidad judía. Se sacó la quipá y nunca miró hacia atrás. Pudo haber sido el final del judaísmo en nuestra familia, si no hubiese sido por el inexorable giro del destino.

El Superhéroe Que Hay en Mí

 

Crecí indiferente hacia el judaísmo. Mi padre solía decirnos lo obstinado que eran los judíos. Nos explicaba que los judíos de hoy en día eran unos necios que no quisieron sumarse al cristianismo cuando comenzó. Porque los judíos eran tan diferentes a todos los demás y tenían leyes tan extrañas, siempre todos querían matarlos. Esas ideas implantaron en mí un deseo de distanciarme del judaísmo tanto como fuera posible, y eso no era muy difícil de hacer, considerando que nuestro judaísmo era solamente encender la menorá en Janucá y ocasionalmente hacer un Seder de Pesaj, ambas cosas las hacía mi madre. Cuando crecí y comencé a buscar espiritualidad, el judaísmo era lo último en mi lista. Comencé a viajar por el mundo y dejé completamente de decirle a la gente que era judío.

Nunca me convencieron los preciados objetivos de la sociedad occidental de buscar éxito económico y fama. Me sentía extrañamente fuera de lugar, como si hubiese estado viviendo en un mundo en blanco y negro pero sabiendo que el color existía en algún lado, sólo era cuestión de encontrarlo. Cuando descubrí el mensaje interior del judaísmo, vino de sorpresa. Fue como tropezar con una caja vieja que estuvo en el camino durante años y descubrir que contenía un gran tesoro. ¿Era esta la vida de súper héroe que siempre estuve buscando?

El judaísmo me mostró que no fue coincidencia que me haya sentido especial y diferente toda mi vida. Descubrí que, por ser judío, poseía un alma divina, una pieza de santidad misma. Había heredado una misión espiritual de mis antepasados y poseía el poder de cambiar al mundo. Yo formaba parte de una misión nacional para ayudar a combatir las fuerzas del mal en el mundo mediante la lucha por perfeccionarme a mí mismo y la búsqueda de hacer el bien. No es sorprendente que nunca haya estado satisfecho con una existencia mundana. Había querido vivir por sobre la naturaleza, ser sobrenatural. No habría estado contento hasta haber maximizado todo mi potencial y sacado todo el asombroso poder que había en mí. Descubrí el camino para encontrar al superhéroe que hay en mí.

Él sólo veía el traje negro y los anteojos, no veía el traje azul y rojo escondido debajo de la superficie.

Cuando le dije a mi padre que había comenzado a interesarme en judaísmo, no se puso feliz. Aunque trató de respetar mis elecciones y hasta estuvo dispuesto a leer los libros que ocasionalmente le recomendaba, todavía se molestaba conmigo de vez en cuando: “¡Odio la idea de que mi hijo se convierta en uno de ellos!” gritaba. “¿Qué ganas siguiendo un montón de leyes arcaicas?”. Él sólo veía el traje negro y los anteojos, no veía el traje azul y rojo escondido debajo de la superficie. Yo estaba volando por las nubes, pero él estaba varado en los prejuicios del pasado. ¿Quién podía culparlo?

Najas

 

A medida que el tiempo fue pasando, se ablandó un poquito. Cuando mi hermana se graduó de la universidad, ella quiso viajar por el mundo siguiendo mis pasos. Decidió comenzar su tour mundial visitándome en Israel. Mi padre estaba furioso. “¿¡Qué acaso tú también!?”. Le dijo que se podía quedar en Israel dos semanas como máximo, pero no más. Estaba dispuesto a dejarla viajar por el mundo indefinidamente, pero se rehusó a dejarla estar en Israel por demasiado tiempo. Argumentaba tener miedo del terrorismo árabe, pero creo que en realidad tenía miedo del judaísmo; temía subconscientemente que pudiera encenderse una chispa dentro de ella como me había pasado a mí.

Su preocupación no era en vano. Ni una semana después de haber bajado del avión ya había algo agitándose dentro de ella, algo que nunca antes había sentido. Rompió en llanto en su primer Shabat, después de salir de una comida. “Quiero saber quién soy”, dijo llorando. “Quiero estudiar sobre lo que trata la vida”. Sin embargo tenía miedo de cambiar su modo de vida por un mundo que le parecía completamente extraño y diferente. Mientras estaba llorando a mi lado en el banco de un parque, las hijas de la familia con la que recién habíamos comido salieron y comenzaron a bailar riendo. Tenían entre dos y siete años y eran todas adorables. Mientras las pequeñas se nos tiraban encima riendo, mi hermana eventualmente dejó bajar su guardia. El judaísmo ya no le pareció temerario; era humano y vivo. Quiso convertirse en parte de la cadena de continuidad judía.

“¿Qué significa najas?”, preguntó él.

Najas es el sentimiento que tienes cuando miras a tus hijos y sientes que has tenido éxito en criar adultos maduros y responsables. Es el sentimiento de orgullo y alegría que viene de saber que has transmitido todo lo que has aprendido a la generación siguiente. Najas es un suspiro profundo de alivio y contención. ¿Tú tienes najas, papá?”, pregunté de nuevo.

Mi padre no respondió. No necesitó hacerlo. La sonrisa en su cara y las lágrimas brotando de sus ojos fueron suficiente.