La vida nunca había estado mejor, la vida nunca había estado peor.

La primera parte le decía a mis amigos; la segunda no me lo admitía ni a mí mismo.

Yo tenía 32 años y escalaba rápidamente en el mundo del éxito material. Poseía y operaba cinco exitosos negocios en el norte del estado de Nueva York, y mis aventuras inmobiliarias parecían siempre ser beneficiosas. Vivía en una finca impresionante de diez hectáreas, que era una de mis compras preciadas y que estaba situada idealmente en proximidad a mis diversas empresas. Era un muchacho popular, tenía muchos amigos, y muchas invitaciones para salir de fiesta.

El hecho de que era judío a duras penas se me venía a la cabeza. En algún lugar en la parte posterior de mi mente persistía un pensamiento de que cuando sea que decidiera casarme - aunque por el momento no estaba ni cerca de esa decisión - solamente me casaría con una mujer judía. De todos modos, esos planes vagos para el futuro lejano no impactaron mis decisiones en el círculo de citas.

Si alguien me preguntaba, yo decía que era muy feliz, y todo pensamiento perdido de que no estaba todo bien con la forma en que vivía mi vida era rápidamente dejado de lado por las demandas de mi ocupada vida. Trabajaba siete días a la semana, 18 horas por día, y cuando no estaba trabajando, estaba de fiesta. Me las arreglaba con unas pocas horas de sueño a la noche, y, a veces, ni siquiera dormía.

Era como un juguete a cuerda yendo rapidísimo, hasta que un día me caí de la mesa.

Cayendo

La caída fue precedida por un tiempo embriagador – estaba a punto de ser más rico que nunca.

Dos de mis negocios, un salón de billar y un video club estaban ubicados en Hyde Park, una ajetreada ciudad universitaria. Después de siete años, los dos negocios eran tan exitosos que estaban atiborrados de clientes, y yo estaba listo para expandirlos. Por un increíble golpe de suerte, una excelente propiedad justo enfrente salió a la venta, y me las ingenié para comprarla por un buen precio. ¡Luego vino otro increíble golpe de suerte! Una propiedad de diez hectáreas en las cercanías, que yo compré solamente como una inversión inmobiliaria especulativa, resultó poder adjuntarse al grupo de uso de suelo comercial. Éste era un paquete comercial extremadamente valioso.

Se corrió la voz sobre mi buena fortuna, y antes de tener la oportunidad de diseñar los planos de arquitectura para mi edificio de ensueños, un agente inmobiliario estaba golpeando a mi puerta con una oferta.

El éxito estaba dándome palmadas en la espalda e inflando mi ego.

Yo escuché de mala gana y traté de quitármelo de encima con: “No compré esta propiedad para revenderla. Quiero desarrollar mi propio negocio aquí”. Pero el agente inmobiliario insistió. Finalmente, le dije: “Está bien, todo tiene su precio. Si me puedes conseguir x”, y le dije un número ridículamente alto. “Lo consideraré, pero no es mi primera oferta. No regatearé, la verdad es que no quiero vender”, respondí.

Dos días después, el agente inmobiliario estaba de vuelta con las palabras mágicas: “Trato hecho”. Parecía que un doctor adinerado quería poner un edificio médico para albergar su ajetreada práctica. Mi conjunto de terrenos se acomodaba perfectamente a sus requisitos.

El éxito estaba dándome palmadas en la espalda e inflando mi ego. Qué bien de mi parte hacer un trato tan bueno y multiplicar mi inversión en tan poco tiempo. El pensamiento de que Dios estaba involucrado en algo de ésto nunca se me pasó por la mente. Pero ya sea que lo piense o no, Dios dirige el mundo, y (como eventualmente aprendería) tenía todo ésto planeado como preámbulo para un llamado de atención que estaba a punto de sacudir mi mundo.

Lunes Negro

Era lunes, 6 de agosto. La firma del contrato por la venta del terreno estaba prevista para el día siguiente a la 1 PM. Anticipándome, había pasado una semana de muchas celebraciones, y como apenas había dormido, decidí guardar la calma el lunes y tener una buena noche de descanso. Quería estar fresco para la firma.

Pero una serie de eventos conspiraron en mi contra, y tuve que estar despierto para cerrar los negocios de Hyde Park. No llegué a casa hasta después de las dos de la mañana. Cuando aceleré mi nueva pick-up Mitsubishi para el viaje de 20 minutos, me di cuenta que el tanque de combustible estaba vacío. “Oh no”, gruñí, necesitaba dormir, y éste era otro retraso. Afortunadamente, la estación de combustible no me desviaba mucho de mi camino; llené el tanque y le pagué al empleado. Eso fue lo último que recuerdo. Lo siguiente que grabé en mi banco de memoria es despertarme, tres días después, en el hospital.

¿Cómo había perdido tres días?

Aparentemente, volviendo a casa ese lunes a la noche, me dormí al volante y me salí del camino hacia una zona boscosa, en donde choqué contra un árbol. El impacto me hizo salir disparado por la ventana de la camioneta. Eso pasó en algún momento antes de las 3 AM.

A las siete de la mañana, enfermeras yendo a trabajar a un sanatorio en la cercanía (que casualmente era un cliente de mi servicio de tintorería, otro de mis negocios) vieron la camioneta chocada y llamaron a la policía. La policía vino, examinaron el daño, vieron mucha sangre por todos lados, pero no me encontraron. Les resultó fácil determinar quién era el propietario del vehículo porque mi billetera todavía estaba adentro, y llamaron a mi oficina. Mi empleado le dijo a la policía que yo tenía un solo auto, esa pick-up Mitsubishi, y que si yo no estaba en el bosque, tenía que estar cerca.

La policía volvió al bosque, y esta vez me encontraron. A las 7 AM no estaba allí, a las 11 AM estaba exactamente allí.

Los doctores le dijeron a mi madre que si hubieran pasado otros 20 minutos, me hubiese muerto desangrado.

Al ver toda la sangre, ellos habían examinado el sitio cuidadosamente, pero igualmente, la primera vez que lo hicieron, mi cuerpo no pudo ser ubicado. En el segundo intento, me encontraron golpeado y sangrante no lejos de la camioneta, y me llevaron rápidamente al hospital, mientras yo estaba inconsciente.

Eso fue en el momento crucial. 20 minutos más, le dijeron los doctores a mi madre, y hubiese muerto desangrado. Así de cerca estuve.

Los doctores también le dijeron a mi madre que por la pérdida de sangre, y posiblemente por la falta de oxigeno en el cerebro, si yo despertaba del coma podría no ser el mismo de antes.

Una Serie de Shocks

Cuando desperté tres días después, estaba perfectamente normal, recordando todo hasta el accidente con perfecta claridad. Hasta recuerdo algo del período posterior, recuerdo específicamente estar gateando por el bosque (es por eso que la policía no me encontró la primera vez) viendo sangre en todo mi cuerpo y pensando que había sido atacado por animales salvajes.

Luego vinieron una serie de shocks.

Primero, entró el doctor. “¿Sabes quién soy?”, preguntó.

Mirando su bata blanca, le dije: “Usted es un doctor. ¿Por qué me está preguntado esto?”.

“Soy el doctor Stein”.

Éste era el doctor con el que tenía que encontrarme el martes a la 1 PM por la firma del contrato, era uno de los que iban a comprar mi terreno comercial.

Me dijo que a las 11 AM ese martes estaba inspeccionando el lote que estaba a punto de comprar cuando su beeper sonó. Había habido un accidente, y estaba de guardia en el hospital. Miró su reloj, tenía dos horas para ayudar a su víctima. Pero cuando llegó, se dio cuenta de que no había necesidad de apurarse - yo no estaba en condiciones de firmar ningún contrato.

El shock siguiente llegó de la mano del agente inmobiliario que había arreglado el trato entre el doctor y yo. El accidente había pasado justo enfrente de la calle de su oficina. Si hubiese girado a la derecha cuando me quedé dormido, hubiese ido directo hacia la ventana de vidrio laminado de su oficina inmobiliaria. En cambio, giré hacia la izquierda y terminé chocando contra un árbol.

Despertando

Fui dado de alta del hospital poco tiempo después con el consejo de descansar y permitirle a mi sistema recuperarse de las múltiples fracturas de huesos y de la pérdida de sangre.

Mientras mi cuerpo comenzó lentamente a recuperar su fortaleza, comencé a tomar conciencia de lo que había atravesado, y una pregunta reverberaba en mi magullado cerebro:

¿Qué hago ahora?

Las respuestas llegaron cuando visité Israel. Aquí en la tierra impregnada de la historia de mis antepasados, lentamente me encontré a mí mismo. Volcándome hacia textos antiguos que contienen sabiduría eterna, encontré un mapa para un camino consagrado, un camino bien recorrido por mi pueblo.

Y a medida que mi vida se llenó con significado y realización, en todo lo que podía pensar era en el terrible accidente que me dejó tirado y recuperándome por meses. Lo peor que me había pasado en la vida resultó ser lo mejor que me había pasado en la vida.