—Abuelo, conocí al hombre con el que me voy a casar.

Estábamos en la cocina de mi abuelo, en Florida. Él levantó la mirada. Eso era algo inesperado, incluso viniendo de mí. Tratando de sonar tranquilo me preguntó:

—¿En India?

—Sí.

—¿Un hindú? —preguntó sin poder evitar levantar el tono de voz. Su intento de sonar perfectamente calmo no fue nada convincente.

Me reí, disfrutando su obvia irritación. Eso era parte de nuestra relación: irritar al otro. Nos parecíamos demasiado.

—No abuelo, es israelí —le respondí sonriendo.

—¿Israelí? ¿Es judío? —Su tono de voz tomó un tono que no logré entender.

—Sí, es judío. Se llama Moshé.

Silencio total. Mi abuelo empalideció.

—Ese era el nombre de mi padre —susurró.

Yo no quise perderme esa rara oportunidad de descubrir algo sobre el misterioso pasado del que mi abuelo se negaba a hablar. De inmediato y con mucha suavidad le dije:

—Por favor abuelo, cuéntame qué sucedió.

Quizás porque me iba a casar con un hombre que se llamaba Moshé, o porque era su nieta amada, o porque ya tenía 78 años y había mantenido 55 años en silencio, me reveló la historia que su propio hijo (mi padre) nunca había escuchado.

Era una historia triste, con un final amargo.

Me contó sobre una infancia sumergido en la pobreza y las restricciones religiosas. Durante la época de la Gran Depresión, Brooklyn no era un lugar sencillo para crecer, especialmente con padres que no hablaban inglés. Sus padres habían llegado de Chejnov, Polonia, y él era el primer hijo varón de la familia y el primero que nació en los Estados Unidos. A pesar de la pobreza, era un bajur ieshivá prometedor en la Ieshivá Jaim Berlín. Me contó que en su hogar y en su observancia de la Torá sentía una carencia absoluta de calidez y alegría. Se enroló en el ejército, donde la mayoría de sus amigos no eran judíos y eventualmente abandonó el camino de sus antepasados y toda su conexión con el judaísmo.

En el casamiento de uno de sus compañeros del ejército conoció a mi abuela, se enamoraron y se casaron. Hay sólo una foto de mi padre cuando era un bebé sostenido por mis bisabuelos religiosos. Fue la única vez que lo vieron. Nadie sonríe. La vez siguiente que mi abuelo vio a sus padres fue en sus funerales.
Fue un milagro que mi padre sin saberlo se casara con una mujer judía (que ni siquiera sabía que ella era judía). Pero esa es otra historia.

Tres años más tarde, viajé con Moshé y mi pequeño hijo desde Israel para el iortzait de mi madre. Me senté al lado de mi abuelo en la cocina de mi hermano, comiendo la comida kósher que cociné en las ollas kósher que habíamos llevado. Traté de mantener todo en un tono neutro y normal, como si la boina negra que cubría mi cabello fuera algo completamente habitual. Como si usar mangas largas y una falda que cubría mis rodillas en mitad del verano estuviera de moda.

Estábamos sentados en un silencio muy cómodo. De repente mi abuelo me dijo:

—¿Sabes algo, pequeña? Realmente estoy orgulloso de ti.

—¿De veras? ¿Por qué? —exclamé sin poder creerlo. A cada instante de ese viaje había sentido que tenía que pedir perdón por mi existencia.

—Los observo a ti y a Moshé y veo que actúan con todo su corazón. Lo sienten y lo hacen. Durante toda mi vida vi que la gente hacía cosas son sentirlas en su corazón. Realmente estoy orgulloso de ti.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. No había esperado eso. Mi abuelo gruñón estaba orgulloso de mí por ser religiosa. Supongo que podría haberme sentido orgullosa de mi misma para cambiar un poco, en vez de tratar de probar que no era un bicho raro y que Moshé no me había lavado la cabeza. Esa pequeña conversación fue un regalo que guardo en mi corazón, una caja pequeñita que ocasionalmente abro. Y cuando miro adentro, veo un rayo de luz y siento que mi camino vuelve a cobrar sentido.

Tres años y medio más tarde, estábamos esperando que naciera nuestro tercer bebé. Mi padre nos llamó por teléfono.

—El abuelo no se siente bien. Sería bueno que hables con él ahora.

Le pasaron el teléfono y con voz muy débil me pidió:

—Reza por mí.

—Pero abuelo, tú también puedes rezar

—Jovencita, no me sermonees —me advirtió irritado.

Le envié un e-mail y le pedí a mi padre que se lo leyera en voz alta.

Querido abuelo:

Quiero que sepas que te amo y que has sido una gran influencia en mi vida. Sé que me pediste que no te de sermones, pero… ¿podrías hacer un pequeño a favor a tu nieta jutzpanit? ¿Puedes decir sólo una vez el Shemá? Te amo.

Mi abuelo pidió que le leyeran la carta una y otra vez. Pidió que llamaran a un rabino para que lo ayudara a decir el Shemá y conversaron durante un rato a solas.

Quizás incluso dijo vidui, la confesión final que se dice antes de morir.

Unos días más tarde di a luz a nuestro tercer hijo en Jerusalem. Llamé a mi abuelo para decirle mazal tov. Él ya no podía hablar, así que aplaudió. Al día siguiente falleció. Tenía 83 años.

Cada mañana tomo mi sidur y a medida que paso sus hojas gastadas hablo con Dios. Avanzo página tras página, hasta llegar a la página 83, el Shemá. Al decir las palabras, siempre pienso en mi abuelo, en dónde está ahora y en el najat que espero que su alma reciba de su nieta y de sus bisnietos. Y pienso que el círculo finalmente se cerró.