La primera vez que escuché hablar a Rav Nóaj Weinberg zt''l, me atrapó. Su tono, su lenguaje, la manera de referirse a un tema: sentí que me hablaba directamente a mí y que respondía los temas que yo enfrentaba y experimentaba.

Crecí en una familia observante de Torá, pero me alejé del judaísmo debido a lo que percibí en mi infancia como perspectivas sexistas en el judaísmo.

Eventualmente me volví una judía tan laica como es posible serlo. Tres veces al año sacudía mi judaísmo y lo sacaba a la luz para que todos lo vieran. Luego rápidamente lo volvía a ocultar hasta el próximo año.

Sin embargo, cuando nacieron mis hijos decidí que les brindaría un hogar y una educación judía. Incluso los envié a la escuela judía Salomón Schechter. Nos asociamos al Templo y en 1989 celebramos juntos nuestros Benei Mitzvá: la madre y dos hijos.

Pero algo sucedió cuando falleció mi madre, en 1995. Todo mi mundo se derrumbó. Uno de mis hijos se convirtió al cristianismo y el otro se alejó por completo de cualquier conexión religiosa. Sólo gracias a la ayuda del cantor de mi sinagoga comencé a reconectarme con mis raíces, con mi propia herencia, y a salir del abismo.

En el año 2005 celebraba cada semana Shabat, trataba de no mezclar carne y leche, definitivamente no comía cerdo y leía la Torá de forma regular. Aunque no aceptaba las elecciones de ninguno de mis hijos, ellos eran adultos y yo tenía que concentrarme en mí misma. Mis amigos y mi familia pensaron que me iba de un extremo al otro, pero no iba a dejar que me detuvieran. Aunque sabía que todavía me quedaba un largo camino para recobrar mi judaísmo, también sabía que debía seguir adelante.

Ese año estaba buscando en Internet algo que me permitiera pasar al siguiente nivel en mi camino espiritual… y entonces encontré a Rav Nóaj Weinberg, de bendita memoria. Inspirada por sus charlas, comencé a buscar todo lo que había con su nombre.

Descubrí que él había atravesado un largo y a veces sinuoso camino para llegar a fundar Aish HaTorá. Su sabiduría y su amor por cada judío le permitían llegar a personas de todas las edades y de diferentes antecedentes religiosos.

En el momento en que encontré la gran obra de Rav Weinberg zt''l, era una judía bastante confundida y perdida. Devoré Los 48 caminos a la sabiduría y comencé a escuchar sus clases en audio. Leí sus artículos en numerosos sitios judíos y eventualmente me convertí en una lectora fija de Aish.com. Sus conceptos respecto a que la vida es bella y repleta de alegría fueron una revelación en comparación a la solemne enseñanza religiosa que yo había experimentado. ¡Era realmente algo liberador!

Pero el punto clave fue ver sus videos. Encontré un nuevo nivel de entendimiento. Sólo ver al Rav hablar; su habilidad natural para conectarse con cada persona, la manera en que se movía mientras analizaba temas profundos, su estilo que transformaba un tema serio en una broma cuestionadora y la sonrisa que venía a continuación, su presencia que simplemente exigía tu atención.

Rav Nóaj veía potencial en cada uno, incluso cuando ellos mismos no podían verlo.

Él enseñó que el judaísmo no es “todo o nada”… Está bien dar pasos pequeños. Él veía potencial en cada uno, incluso cuando ellos mismos no podían verlo. ¡Eso también fue lo que me conectó! Habían pasado tantos años y me encontraba en un lugar tan terrible. ¿Realmente podía abrirme camino y conectarme con la "mejor versión de mí misma" que Rav Weinberg había ayudado a revelar?

Sólo observar su rostro me dio esperanzas. Había una luz brillando en sus ojos; su sonrisa exudaba una gracia y una calidez que decía: “¡Presta atención, Él sabe lo que tú necesitas!”. Incluso hoy, diez años después de su fallecimiento, puedo ver su rostro y transportarme a un lugar que me inspira a ser mejor y a seguir adelante.

Continúo leyendo y escuchando la vasta obra de Rav Weinberg y utilizo el libro Sabiduría para la vida – Ensayos sobre la parashá semanal, como una fuente para mi estudio profundo de la porción semanal de la Torá.

En el décimo yortzait de Rav Nóaj Weinberg zt''l, yo soy tan sólo una más de los tantos que se han beneficiado y se siguen beneficiando de su sabiduría, dedicación y amor por el judaísmo y por sus hermanos judíos. Se lo extraña enormemente, pero su recuerdo es realmente una bendición.