Mi padre estaba en terapia intensiva en Toronto, su salud seguía deteriorándose. Diez días antes de Pésaj, en medio del cierre completo a causa del Covid, mi hermano y yo logramos llegar a Canadá para visitarlo. Pensamos que esa sería la última vez.

Fue un viaje difícil. Durante los últimos 4 días de nuestra visita, cuando teníamos programado el vuelo de regreso a Israel, mi padre ya no podía comunicarse como en los días previos. Sus niveles de oxígeno caían y no estaba realmente con nosotros. Partimos apesadumbrados, tristes de verlo en ese estado, y desilusionados por no haber tenido la oportunidad de despedirnos adecuadamente.

Nos despedimos de nuestro cuñado que nos llevó al aeropuerto, presentamos nuestros documentos corroborando que estábamos vacunados y nuestras tarjetas de embarque al representante de Air Canadá, y entonces todo se nubló.

Partimos apesadumbrados, tristes de verlo en ese estado, y desilusionados por no haber tenido la oportunidad de despedirnos adecuadamente.

—Para que puedan viajar a Israel necesito ver una prueba nueva de Covid y el permiso de entrada para israelíes que retornan al país —dijo la empelada como si fuera algo obvio.

—Nos hicimos la prueba en el aeropuerto de Toronto hace unos pocos días y no tenemos idea de qué permiso está hablando. Tenemos ciudadanía israelí y un certificado de que estamos vacunados.

—Lo siento señor. Necesitamos ver una prueba de Covid de las últimas 72 horas y el permiso de entrada para los israelíes. De lo contrario no podemos dejarlos subir al vuelo.

Rápidamente saqué mi laptop para encontrar los resultados de las pruebas de Covid que habíamos hecho cuatro días antes, cuando aterrizamos. Los resultados llegaron al día siguiente, lo cual nos dejaba dentro el período de 72 horas. Estábamos estresados. Nuestro padre yacía moribundo y necesitábamos regresar con nuestras familias antes de Pésaj. Habíamos estado tan preocupados por llegar a Toronto que erróneamente pensamos que todo lo que necesitábamos para regresar a Israel era el pasaporte verde, y no teníamos idea qué era ese permiso de entrada.

Le mostré los resultados de las pruebas de Covid.

Lo siento señor. Su prueba tiene 20 minutos más del período de 72 horas. No podemos dejarlo subir al vuelo.

—Lo siento señor. Su prueba tiene 20 minutos más del período de 72 horas. No podemos aceptarla. El test de su hermano entra justo en el límite.

Cuando aterrizamos, a mí me hicieron el hisopado antes que a mi hermano. Eso marcaba toda la diferencia.

—También necesito su permiso de entrada.

Yo sudaba, tenía un nudo en el estómago y lentamente comenzaba a entender que no me iban a dejar subir al avión. Ni siquiera podía imaginar la posibilidad de llamar a mi esposa y decirle que estaba atascado en Toronto.

—¡Esto es absurdo! —gritó mi hermano—. ¿No lo va a dejar regresar a su hogar y a su familia sólo porque su test tiene 20 minutos más que el límite de tiempo? ¡Por favor!

Ella no estaba dispuesta a ceder. Reglas son reglas.

Mientras tanto, teníamos que completar en línea el permiso de entrada de mi hermano para que por lo menos él pudiera regresar a casa.

La tensión incrementaba y la mujer del mostrador nos decía que estaban por cerrar la puerta de embarque, pero por alguna inexplicable razón el permiso en línea no era aprobado.

—Lo siento señor —le dijo a mi hermano—. No puedo permitirle subir al vuelo y estamos cerrando la puerta de embarque.

De esta forma nos dejó a ambos estancados en el aeropuerto. Estábamos desconcertados.

Obviamente Dios orquestaba algo, pero no entendíamos de qué se trataba.

A la mañana siguiente ya habíamos logrado reservar pasajes en un vuelo para el día siguiente, lo que nos daba suficiente tiempo para hacer una nueva prueba de Covid y llenar adecuadamente los permisos de entrada por internet. También nos daba la oportunidad de visitar a nuestro padre una vez más.

Esta resultó ser la visita más importante de nuestro viaje.

Mi padre estaba alerta. Su médico convocó a todo el equipo al lado de su cama para discutir decisiones médicas cruciales respecto a su caso. A pesar de que mi padre declaró en su testamento que deseaba que todas las decisiones relativas a su caso médico fueran tomadas de acuerdo con la ley judía, el médico a cargo se mostraba escéptico de que realmente ese fuera su deseo y quería aclarar los temas directamente con mi padre.

—Si sus niveles de oxígeno descienden, ¿desea ser intubado?

Mi padre afirmó con la cabeza, y con la ayuda de una gran hoja de papel que tenía impreso el alfabeto, señaló la letra "s".

—Si es necesario, ¿quiere que le hagamos una traqueotomía? Probablemente eso será permanente y nunca podrá volver a hablar.

Mi padre respondió que sí.

—Y si sufre un paro cardíaco, ¿quiere ser resucitado? Eso requerirá que le rompamos las costillas, lo cual será insoportablemente doloroso. Y no hay ninguna garantía de que prolongue su vida.

Mi padre nos miró a los ojos y respondió con un claro "sí". No cabían dudas: no se iba a dar por vencido sin luchar. Aunque el equipo médico no estaba completamente de acuerdo con las decisiones de mi padre, había quedado abundantemente claro que ese era el curso de acción que él deseaba. Iban a respetar sus deseos.

No todos tenemos una segunda oportunidad para decir lo que siempre quisimos decirles a quienes amamos. No esperen. Háganlo ahora mismo.

Llegó el momento en que mi hermano y yo debíamos partir. Esta vez mi padre estaba despierto y alerta, y tuvimos la oportunidad de despedirnos adecuadamente. A través de las lágrimas le dije que lo amaba y que me sentía afortunado de haberlo tenido como padre. Al haber crecido en una familia que no tiende a manifestar abiertamente las emociones, estas eran palabras que yo había guardado por mucho tiempo en mi corazón y me sentí aliviado de poder expresarlas.

Fue triste y doloroso, pero no me sentí desilusionado. Dios nos dio otra oportunidad de lograr cierto "cierre", y partí sintiendo una profunda conexión con mi padre, algo que siempre voy a valorar.

El año judío llega a su fin. Nuestras vidas son evaluadas y nadie tiene garantizado que continuará existiendo. Dios aprieta el botón de reinicio y toda la vida está en juego.

No todos tenemos una segunda oportunidad para decir lo que siempre quisimos decirles a quienes amamos. No esperen. Háganlo ahora mismo. No se van a arrepentir.