La primera vez que conocí a la Rebetzin Tzipora Heller yo estaba recién casada, recién llegada a Israel y recién empezaba a enfrentarme a los problemas reales de la vida. Yo tenía problemas con mi carrera, tenía problemas con mi identidad como mujer y tenía problemas con mis creencias.

Fui a una serie de clases en busca de respuestas, pero me frustraba rápidamente porque no podía relacionarme con ninguna de las charlas. Acababa de graduarme de la Universidad de Pennsylvania y todas las clases me parecían aburridas y dudosas, a pesar de que quería desesperadamente absorber todas las bellas ideas y valores. Y entonces entré en una clase de la Rebetzin Heller.

Llegué tarde y traté de deslizarme discretamente a un asiento en la parte trasera, pero ella me miró y dejó de hablar por un segundo. "Bienvenida" dijo, y sonrió con su sonrisa característica y con sus ojos verde mar que iluminaban con calidez. Y luego continuó enseñando. Me tomó tan sólo unos minutos darme cuenta de lo brillante que era la Rebetzin. Y no se trataba sólo de la profundidad de su sabiduría; sus valores eran auténticos y poderosos. A veces ella contaba una historia acerca de una persona que había llevado a cabo un increíble acto de bondad y sus ojos se llenaban de lágrimas que ella nunca dejaba fluir.

La seguí de clase a clase como un vagabundo desesperado por agua. Le pregunté cientos de preguntas, ella me animó y me respondió con infinita paciencia y atención. En esos difíciles primeros meses, ella me dio fuerza cuando la mía se había acabado. Ella me dio perspectiva cuando yo no podía ver más allá. Ella me dio contenido cuando yo estaba atrapada en la superficie.

Las palabras de la Rebetzin Heller se abrían paso a través de todas mis excusas y llegaban directo a mi alma.

Recuerdo una increíble mañana en Jerusalem, sentada en la segunda fila de la sala, cuando sus palabras penetraron mi corazón. En esa época mi marido y yo dudábamos sobre si comenzar una familia o no, yo no estaba segura de si quería hijos todavía. Las palabras de la Rebetzin Heller ese día —que posteriormente releí en uno de sus libros titulado Nuestros cuerpos, nuestras almas—, se abrieron paso a través de todas mis excusas y llegaron directo a mi alma: “Si bien se puede aportar a la sociedad de innumerables maneras, el hecho de traer nuevos seres humanos a la existencia y dotarlos con valores espirituales asegura la perpetuación de todo lo que hace que la vida valga la pena. Es la contribución más importante que uno puede hacer al mundo”.

Hasta ese momento yo pensaba que la contribución más importante que podía hacer al mundo era a través de mi carrera. Yo me había definido a mí misma y mis metas en términos de cuán exitosa era profesionalmente. En ese contexto, los niños sólo se interponían en el camino y hacían la vida más difícil. Pero salí de la clase y pensé en las palabras de la Rebetzin. ¿Qué hace que la vida valga realmente la pena? Más tarde ese mismo día leí otra cosa: "La palabra hebrea para niños, banim, viene de la misma raíz que el verbo libnot, construir. La maternidad le permite a una mujer ocuparse directamente y prácticamente de los aspectos que hay en ella relacionados con la Divinidad y así construirse a sí misma... Los judíos religiosos valoran el hecho de que nuevas almas entren al mundo, tanto por el bien de cada alma —que ahora tiene la oportunidad de rectificarse y perfeccionarse— como para el cumplimiento de la misión del pueblo judío, ya que se espera que cada alma haga su contribución propia" (Nuestros cuerpos, nuestras almas, página 134-135).

Yo anhelaba ese tipo de grandeza, quería construir. Quería todo lo que en última instancia hacía que la vida valiera la pena. Y si alguien como la Rebetzin Heller podía criar 14 hijos y convertirse en el centro neurálgico de Torá que es hoy, entonces tal vez mis ideas preconcebidas sobre la maternidad necesitaban ser modificadas. Así, la Rebetzin Heller nos inspiró a tener nuestro primer hijo.

El hogar de los Heller

Pero no terminó ahí. A lo largo de los años siguientes, a medida que fuimos bendecidos con más niños y yo trabajaba para completar mi maestría, yo corría a las clases de la Rebetzin Heller en busca de oxígeno. Seguí preguntando y buscando. Ella continuó enseñando. Yo creo que ella ni siquiera sabía mi nombre.

Un día, mientras escribía un trabajo de investigación y me las arreglaba para alimentar a mi bebé, sonó el teléfono. Contesté distraídamente.

—Hola, ¿Sara? Es Tzipora.

Yo no tenía ninguna amiga llamada Tzipora, no tenía idea de quién estaba llamando.

—Quería saber si a ti y a tu familia les gustaría acompañarnos para la cena de Shabat del viernes.

La voz sonaba tan familiar. ¿Quién era? Y entonces me di cuenta.

—¿¡Rebetzin Heller!? ¿¡Es usted!?

—Sí. ¿Pueden venir?

Después de colgar el teléfono llamé a mi marido, que estaba igualmente sorprendido. —¿Dónde obtuvo nuestro número?

Ese viernes por la noche, caminamos por las calles de Har Nof a la luz de la luna con nuestras tres pequeñas en sus cochecitos y una botella de vino. Cuando la Rebetzin Heller abrió la puerta, el aroma a sopa de pollo y a jalot recién horneadas nos cautivó. Sus hijos reían en el sofá con su marido, el Rav David Heller. El apartamento estaba vacío a excepción del sofá, la hermosa mesa de Shabat, las velas y los armarios llenos de libros de Torá. En la cocina había una antigua urna de agua caliente y una antigua plata de Shabat, pero la calidez en el ambiente se sentía a pesar de la simplicidad.

Cuando el rabino Heller se puso de pie para recitar Kidush, miré el reflejo de las velas de Shabat en la ventana y pensé: “Este es el hogar más hermoso en el que he estado”. Durante toda la comida, el Rav y la Rebetzin permanecieron sentados uno junto al otro en la cabecera de la mesa, mientras los niños servían la comida. La sonrisa del Rav iluminaba la habitación mientras hablaba suavemente con su Rebetzin, sus hijos y mi marido. Yo estaba segura de que el Rav o la Rebetzin darían un Dvar Torá (discurso de Torá) de algún tipo y esperé toda la velada, pero nunca llegó. En cambio, la Rebetzin Heller sostuvo a mi bebé durante casi toda la comida, el Rav le preguntó a mi esposo acerca de su trabajo y sus raíces, y relató historias a sus hijos que impartían sabiduría judía.

Nunca más atestigüe un matrimonio tan extraordinario. La paz y el amor entre el Rav y la Rebetzin literalmente se podían sentir en el ambiente. Ninguno de ellos interrumpía u opacaba al otro. Los niños los miraban y se reunían alrededor como vasijas a la espera de ser llenadas con el desbordamiento de la pura conexión que había entre ellos.

En el camino de vuelta a casa le pregunté a mi marido si sabía dónde trabajaba el Rav. Me dijo que no, haciendo un gesto con su cabeza.

—Él no habló en absoluto de sí mismo. Pero me pareció una persona brillante. Me pregunto si enseña en alguna Ieshivá.

El Rav Heller huía del honor. Su motivación principal era servir a Dios con humildad y modestia.

Nunca supe a qué se dedicaba el Rav David Heller zt'l sino hasta hace unos días atrás, cuando falleció repentinamente de un infarto cerebral. Nunca supe que fue el administrador de la Ieshivá Pájad Itzjak por más de 20 años. Nunca me enteré, sino hasta hace unos días atrás, que él era reconocido en su barrio como un hombre que perseguía los actos de bondad así como otros persiguen la riqueza, cuyo rostro gentil y sabiduría cambiaron la vida no sólo de los cientos de estudiantes de la Ieshivá Pájad Itzjak, sino de todos los que lo conocieron. Pero no estoy sorprendida. Yo vi su extraordinaria modestia y la profundidad de su carácter cuando se sentó en la cabecera de la mesa al lado de su amada Rebetzin. Cuando rió con sus hijos en el sofá de su sala. En la pureza de su voz cuando recitó Kidush. Fue claro para mí que se trataba de un hombre que huía lejos del honor, cuya principal motivación era hacer la voluntad de Dios, con humildad y modestia.

Cuando me enteré de que el rabino Heller falleció hace unos días atrás, yo estaba sentada en la mesa con mis hijos. Me acerqué a la ventana de la cocina y miré cómo el sol se ponía entre los árboles en un horizonte que parecía en llamas. Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas al pensar en mi maestra, mi mentora, mi heroína. La terrible pérdida que debía sentir en este mismo instante mientras la otra mitad de su alma pasaba al otro mundo.

Volví a mirar a mis hijos con sus ojos inquisitivos y pensé: "Rebetzin, no puedo imaginar lo que está atravesando en este momento, pero rezo por usted, al igual que usted rezó por mí y por todas sus estudiantes. Todos estos hermosos niños alrededor de mi mesa están aquí gracias a usted. Todo el bien y la verdad que llenan mi casa están aquí gracias a usted. Su matrimonio extraordinario, sus hijos y sus nietos continuarán iluminando el mundo de maneras que usted no se imagina. Que Dios le de consuelo entre los demás dolientes de Sión y Jerusalem. Que el alma pura y noble de su marido suba alto y más alto a través de todo lo que ustedes construyeron juntos en este mundo".