Iejezkel, un hombre de 65 años de Chicago, dice que es un comilón compulsivo desde el momento en que nació. Cuando llegó a su peso máximo, 318 kilos, quería morir.

Iejezkel recuerda que cuando tenía 4 años oyó que alguien avergonzaba a sus padres diciéndoles que él era demasiado gordo y que comía mucho. Al mismo tiempo, parientes y amigos que habían sobrevivido al Holocausto pellizcaban sus mejillas regordetas y le imploraban: “Vive hasta que mueras”.

La mayoría de los adultos que conoció de pequeño eran sobrevivientes con números en sus brazos y espíritus quebrados. En retrospectiva, él cree que lo que le estaban diciendo era que viviera al máximo, que fuera productivo, que sirviera a otros y a Dios.

“Me tomó mucho tiempo entender que ‘vive hasta que mueras’ no significaba que tenía que comer tantas barras de chocolate como pudiera conseguir. Eso implicaba que había que maximizar la vida y hacer lo mejor que uno puede para brindar a los demás alegría, recuperación y acercarlos a Dios. No hay mayor alegría que ayudar a otra persona”.

Como el hijo único de una madre norteamericana de 36 años y un padre de 54 años que escapó de los pogromos en la Rusia Blanca en 1914, Iejezkel nunca tendría la vida de cuentos con la que soñaba. Su padre era el único sobreviviente de una familia de 40 personas que fueron exterminadas de la faz de la tierra. “Las imágenes, los sonidos y los gritos lo persiguieron toda su vida. Él nunca se recuperó”.

Desde que tiene memoria, Iejezkel enterró sus penas en la comida. Cuando tenía 6 años la gente le gritaba por lo mucho que estaba engordando y por cuanto comía. Quizás pensaban que de esa manera lo estaban ayudando.

Le decían que los niños gordos nunca pueden jugar en el equipo de béisbol, que no tienen citas con chicas ni consiguen buenos trabajos. Le aseguraban que los niños gordos nunca se ven ni se sienten bien. “Cuando era un niño, creía que existencialmente yo era un error, que era un malvado y que no merecía vivir”.

Cuando llegó a cuarto grado, un médico le dio pastillas para hacer dieta, anfetaminas que mantenían en una carrera constante a su mente y a su cuerpo. “Fue una pesadilla, pero no comí y perdí bastante peso. Sin embargo, cuando se acababa el efecto de esas pastillas, te comías todo el estado de Illinois y la mayoría de Wisconsin”.

Iejezkel pasó de pesar 152 kilos en su último año de escuela secundaria a 273 kilos cuando se graduó de la universidad. Adonde iba era el blanco de las bromas. Los niños se reían de él y los adultos lo señalaban. Personas desconocidas le tocaban el estómago y le preguntaban cuándo iba a nacer el bebé hipopótamo. Él pretendía que los comentarios no le molestaban, pero por dentro se estaba muriendo.

“La enfermedad de comer compulsivamente me desanimó y extinguió cualquier sueño que pudiera tener. Todo me excluía de la normalidad. En mi vida todo era la comida y comer. O comía activamente o no comía" con programas de dietas.  

Todo eso cambió cuando fallecieron sus padres. En 1972, cuando Iejezkel tenía 22 años, su madre, una mujer diabética que también comía en secreto, le dijo: “No puedes vivir como tu padre, lleno de rabia, miedo y odio. Si vives como él, serás como él. Hijo mío, tienes que encontrar una forma de no comer tanto".  

En 1978, cuando Iejezkel tenía 24 años, también su padre le rogó desde su lecho de muerte: “No comas tanto hijo mío. Te estás matando. Ahora vas a estar solo”.

Iejezkel no tenía hermanos, tíos, primos ni abuelos. Pero tenía maravillosos amigos. El 2 de febrero de 1979, la madre de uno de sus amigos lo invitó a una reunión de OA, Obesos Anónimos o Comedores Compulsivos Anónimos

Bienvenido a OA. Bienvenido a casa.

Como Iejezkel descubriría, la comida nunca fue su problema. “Toda mi vida creí que si no comiera tanto y pesara menos, todo se arreglaría, todo sería perfecto y mágico. Pero era una mentira. El problema es que cuando no como me siento inquieto, descontento, celoso, etcétera. Esas emociones salen a la superficie como una bengala”.

Comedores Compulsivos Anónimos (OA) lo ayudó a vivir de otra forma. El programa de 12 pasos que sigue la base de Alcohólicos Anónimos, no se trata sólo de bajar o subir de peso ni de mantenerlo. De acuerdo con un comunicado de prensa, “El programa de OA ofrece recuperación física, emocional y espiritual para quienes son comedores compulsivos. Los miembros que se recuperan a través de los Doce Pasos entienden que las 'dietas yo-yo' son cosa del pasado. Ellos no desean volver a comer compulsivamente”.

OA no está afiliada a ninguna organización pública ni privada, a ningún movimiento político, ideología o doctrina religiosa.

Iejezkel bajó 227 kilos gracias al despertar espiritual que experimentó con los Doce Pasos del programa de OA. Estos pasos incluyen admitir la impotencia frente a la comida y el comportamiento, pedirle ayuda a un Poder Superior, hacer un inventario moral del daño que uno provocó a otras personas, hacer las paces, rezar, meditar y ayudar a otros.

A Iejezkel, el programa le proveyó un hogar con almas gemelas que entienden el rango de los problemas, desde comer de forma compulsiva hasta la bulimia y la anorexia. Él encontró una familia unida por la tragedia, la recuperación y el afecto.

Hoy en día, Iejezkel está agradecido por tener una hermosa relación con Dios y consigo mismo. “OA es 100% responsable de mi percepción de Dios como un Ser amoroso, bondadoso, generoso, servicial, milagroso y compasivo”.

“Tengo una vida que vale la pena vivir”, asegura. “Mis cuentas están saldadas. Camino por las calles como un hombre libre. No tengo que mentir, esconderme o intentar morir, porque Dios sopló en la pequeña brasa que quedaba de mi corazón y la encendió. Cuando caminé hacia Él, Él corrió hacia mí. Pruébalo. Él se encontrará contigo en donde estés. Él te levantará. Tu recuperación será un faro de esperanza para otros”.