Mi única hermana es tres años mayor que yo. Hasta donde me llega la memoria, competíamos en todo – en la escuela, en la vida social, y principalmente entre nosotras. Nuestro padre, un excelente competidor en deportes y negocios, nos alentó a competir y a tener éxito en lo que fuera que intentáramos.

Al igual que muchas parejas de hermanos del mismo sexo con tres años de diferencia entre ellos, nuestra infancia estuvo cargada con rivalidad y disputas. Yo quería hacer todo lo que ella hacía, pero ella quería ser la hermana mayor, separada de mí.

Con respecto al judaísmo, nuestros padres nos dejaron seguir nuestros propios caminos. Como éramos niñas, la preparación y la celebración del Bat-Mitzvá fue opcional. Yo elegí hacerlo, porque como la escuela era un área en la que tenía excelentes resultados, lo vi como otra oportunidad para tener éxito y satisfacer a mis padres. Mi hermana eligió no hacerlo, pero fue a una colonia de vacaciones judía por dos veranos consecutivos, y volvió cantando las Gracias Después de las Comidas y más identificada con el judaísmo que cualquier otro integrante de nuestra familia.

Yo quería bailar, y cantar, y vestirme como lo hacía ella.

A medida que mi Bat-Mitzvá se acercaba, ella decidió que también quería hacerlo. Su entrenamiento fue condensado en un año para poder celebrar la ceremonia antes que yo. Cuando fue mi turno, utilicé un vestido que hizo mi madre, debido a mi insistencia, idéntico al vestido de mi hermana del año anterior.

Recuerdo a mi padre diciéndole a mi madre “Mira la gracia que tiene”, mientras miraba a mi hermana en una ronda de baile en la recepción de la sinagoga. Me dediqué a aprender a bailar para poder bailar a su lado. Cuando ella mostró un interés por el canto, yo ingresé a un grupo de canto en la universidad.

Durante el verano previo a mi último año en la universidad, mi hermana anunció su compromiso con un hombre que había conocido en la universidad. Para ese entonces, nuestras interacciones consistían principalmente de largas cartas impersonales – largos resúmenes de lo que cada una de nosotras estaba haciendo. Mi hermana una vez comentó que yo era una gran narcisista, señalando que mis cartas nunca incluían el saludo estándar: “¿Cómo estás?”, sino que me lanzaba directamente a jactarme de mis propias actividades. Ella siempre podía encontrar el defecto que me tocaba en lo más profundo.

A medida que se acercaba su boda, me enteré que mi hermana había elegido a una amiga para ser su dama de honor. Yo estaba iracunda. “¡Soy tu única hermana!”, grité por el teléfono. “En toda tu vida sólo tendrás una hermana. Yo debería ser tu dama de honor”. No sugerí que yo era su amiga más cercana, ni siquiera que mi amor y mi lealtad eran más grandes – esas razones nunca se me hubiesen ocurrido (y con certeza yo tampoco la hubiese elegido como mi dama de honor en esa época). Sentí que, habiendo compartido la habitación con ella durante más de doce años, era mi derecho pararme junto a ella en la boda, vistiendo un vestido nuevo. Mi hermana fue persuadida, y se abrió un espacio para que yo fuera la “dama de honor” (la otra amiga, que estaba casada, fue la “segunda dama de honor”. Con eso yo podía vivir).

La Boda de Yaakov

Fui a un viaje a Israel para aprender más sobre judaísmo desde una perspectiva adulta. Durante el viaje aprendí la sección de Génesis que describe a las paradigmáticas hermanas judías, Rajel y Leá, quienes también habían estado enfrentadas como competidoras en otra época. En el momento en el que una estaba a punto de sufrir un daño muy grande, la otra encontraba la manera de renunciar a algo sumamente importante para ayudar a su hermana. Su historia me resultó profundamente conmovedora, pero muy remota desde mi propia experiencia como hermana.

Después de que Yaakov trabajó siete años para casarse con Rajel, esta última se enteró que su padre quería ingresar a su hermana Leá a la jupá, bajo un grueso velo, y casarla con Yaakov en su lugar. Se dice que Rajel y Yaakov estaban predestinados a estar juntos y a dar a luz a los hijos que liderarían al pueblo judío. Leá estaba predestinada para otro, para Esav, el hermano de Yaakov, quien había salido malvado, y como era la mayor, la tradición dictaba que ella debía ser la primera en casarse. Aunque Yaakov y Rajel temían esta trampa, y planearon señas secretas con las que Yaakov confirmaría que tenía a la hermana correcta, Rajel cedió. Ella compartió con Leá las señas secretas para evitarle la inmensa humillación de ser “despreciada en el altar”. Y la boda continuó.

Cada una encontró una manera de renunciar a algo sumamente importante para ayudar a su hermana.

Luego, Yaakov también se casó con Rajel, pero Leá fue bendecida con seis hijos, mientras que Rajel siguió siendo estéril por muchos años. Uno apenas puede imaginar la tensión entre las dos hermanas bajo estas circunstancias, con Rajel teniendo que dejar que su hermana se casara con su prometido, y luego viéndose obligada a verla tener los hijos que ella no podía tener.

Pero estas son nuestras sagradas antepasadas, y sus formas de transitar por estas dolorosas circunstancias establecen el estándar para todas las hermanas. Como lo explica el comentarista Rashi: Cuando Leá se enteró que estaba embarazada de nuevo, le rezó a Dios fervientemente para que el bebé fuera una niña. Consciente de la profecía de que Yaakov tendría 12 hijos, Leá se dio cuenta de que sus seis hijos, sumados a los cuatro hijos que Yaakov tenía con las criadas, dejaban a Rajel con un máximo de dos. Si Leá tenía un séptimo hijo, Rajel terminaría con un solo hijo – es decir, menos que las criadas. Finalmente ella tuvo una niña.

Yo estaba anonadada por el auto-sacrificio de estas dos hermanas la una por la otra, pero lo encontraba muy lejano a cualquier cosa que pudiera decir sobre mi relación con mi propia hermana. Francamente, yo nunca había tenido en cuenta sus sentimientos para nada.

Mientras todavía estaba en Israel, decidí hacer algo bonito por ella, y compré un candelabro de plata para el bebé que estaba esperando. Lejos del nivel de renunciar a un hijo, pero igualmente un regalo mucho más grande que lo que alguna vez pensé que le regalaría. Naturalmente, sentí que estaba siendo increíblemente generosa, y sicológicamente me di una palmada en la espalda. Estaba ansiosa porque naciera el bebé, para poder mostrar el hermoso regalo que había comprado.

Después de su nacimiento, me uní a la nueva “familia” de mi hermana antes del atardecer para recibir el primer Shabat del bebé, y le di el candelabro. Ella lo encendió junto a otro par de candelabros que parecían no tener mucho uso. Cantamos shalom alejem y le dimos la bienvenida a los ángeles a su hogar, y luego me fui a pasar un Shabat “real” con mis amigas.

Esto se convirtió en una rutina que continuó todas las noches de viernes por varios años. Durante esos años me sentí muy orgullosa de mí misma. “Ella no estaría haciendo nada relacionado con el judaísmo si no fuera por mí”, me decía a mí misma. Aunque mi hermana recibió alegremente esta nueva tradición, y la continuó aún cuando yo ya no estaba allí, sentía que todo era gracias a mí. El brit milá de su hijo fue hecho en mi casa, demostrando aún más mi importante contribución.

El punto más alto de nuestra relación seguramente fue el Shabat en el que trajo a su bebé para que estuviera conmigo en la comunidad judía que había convertido en mi hogar en esa época. Mi hermana se había mudado a 1.600 kilómetros seis meses antes, y yo estaba bastante desesperada por ver a mi sobrino de nuevo y pasar tiempo con él. Había esperado esto ansiosamente por meses, confiada de que ella vería mi comunidad y mi estilo de vida judía observante y reconocería el valor de mi elección de vida. Esperanzadoramente, ella también lo querría.

“No puedo creer que elegiste vivir en un mundo que trata a las mujeres como ciudadanas de segunda clase”.

Esa noche, después de la cena de Shabat, se disolvió la paz. Aunque pensé que nuestros anfitriones habían representado a una familia judía perfecta, con la comida deliciosa y hermosamente preparada por la esposa, y las inspiradoras palabras de Torá del marido, ella vio todo de manera diferente. “No puedo creer que tú, de entre todas las personas, hayas elegido vivir en un mundo que trata a las mujeres como ciudadanas de segunda clase”, comenzó. “Si crees que tu educación y experiencia de vida no vale más que preparar una bella cena mientras tu marido se luce… creo que es tu elección”.

Pensé que podría discutir con ella para hacerle ver la belleza de nuestro mundo dirigido por Dios, pero mientras repetíamos versiones de argumentos que habían sido utilizados en muchos hogares, ninguna convenció a la otra. Mi hermana se alteró cada vez más y también comenzó a quejarse de una dolencia física que la había atormentado por años, que yo sabía que aumentaba con el estrés. En lugar de tratar de apaciguar las cosas, yo me aproveché de su incomodidad para seguir adelante: “Al menos mi esposo podrá guiar a mi familia en una discusión de Torá”, yo dije sobre mi aún no existente esposo. Su dolor aumentó, y las dos lo dejamos ahí.

El sábado a la mañana, ella me levantó temprano debido a que su situación física se había deteriorado y sentía un gran dolor, y necesitaba un médico. “Tengo dos amigas religiosas que son mujeres y doctoras que viven a menos de una cuadra. Quizás tienen muestras de lo que necesitas, y te las podrían obsequiar”, dije, preparándome para disfrutar la última estocada. “Pero me imagino que no quieres recibir tratamiento médico de ciudadanas de segunda clase”.

Mientras ella recogía a su hijo medio dormido para ponerlo en sus brazos y se dirigía hacia la puerta —interrumpiendo nuestro Shabat juntas y mi día de ensueño con mi único sobrino— yo no me di cuenta que podría haber tenido mucha más gracia si simplemente hubiese salido y buscado la medicina, y hubiera evitado el comentario. Pero nuestras interacciones nunca fueron conocidas por su delicadeza o generosidad.

Celebrando Su Grandeza

A medida que pasé más tiempo en mi comunidad observante, me fui rodeando de personas con historias como la mía –gente cuya familia se había distanciado de ellos a medida que se comprometían más con vivir de acuerdo a la Torá. Esto me pareció una gran ironía, que la Torá, que predica que deberíamos amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, y que dice que honrar a los padres es uno de los Diez Mandamientos, produzca tanta contienda entre miembros de una familia. Pero yo sentí que el problema era que mi hermana estaba equivocada en no ver la grandiosidad de una vida observante, y por ende, la solución debía provenir de ella.

Fue necesario un viaje a Costa Rica para cambiar mi perspectiva. Allí había un “curador” que se especializaba en una extraña práctica que todo el mundo decía que podía curar los problemas de tu vida en una sesión. Más como investigadora que como paciente, me inscribí. Una vez que terminó de “curar” el problema que yo le había presentado, él dijo: “Queda algo de tiempo. ¿Quieres pasarlo hablando de la relación con tu hermana?”. Yo estaba pasmada. No había mencionado nada sobre mi familia, ni que tenía una hermana, y mucho menos que nuestra relación era tensa.

Aún más, nunca me había imaginado que mi relación con mi hermana era algo que podía ser mejorado por mí.

Me di cuenta de que estaba asustada. Después de eso, cada vez que daba vueltas por mi comunidad para hacer tal o cual acto de jesed, el pensamiento que entraba en mi cabeza era ¿Me apresuraría para hacer esto por mi propia hermana? Mientras digería un comentario sarcástico a expensas de alguien en una mesa de Shabat, pensaba: ¿Me hubiera tragado el comentario si hubiese estado con mi hermana? Mientras regalaba libros de sabiduría de Torá a la gente que conocía en cualquier tipo de circunstancias, me preguntaba si quizás mi hermana también los consideraría interesantes. Después de todo, mi hermana es una lectora voraz. ¿Acaso era yo una mejor amiga y una mejor compañía para todos excepto para mi propia hermana?

Me di cuenta que estaba asustada. Actuar con mi hermana de manera diferente cambiaría todo. Tratarla como mi amiga más querida y especial me haría aún más vulnerable a su criticismo. Reconocer su belleza divina requeriría celebrar su grandeza en lugar de atacar su debilidad. No sabía cómo hacer eso.

La Torá enseña que uno ama a medida que da. Entonces, en contra de todas las previsiones, comencé a dar. Llamando más a menudo. Escuchando con más paciencia. Volando para visitarla más a menudo. Llevándole libros interesantes, y hablando hasta tarde en la noche. Enviando emails. Celebrando sus logros laborales. Animándola constantemente. Se me fue haciendo cada vez más fácil, y eventualmente pasó a ser normal.

Lo que nunca me esperé fue su respuesta, de buena manera, como si hubiese estado esperando que se abriera esa puerta. Un manantial de apoyo y orgullo por ser mi hermana mayor fluyó hacia mí. Pronto estábamos hablando frecuentemente, y reuniéndonos para las festividades. (Resultó ser que) ella me amaba y apreciaba mucho nuestra creciente relación. Estábamos en el camino para convertirnos en hermanas como debe ser.

Mientras tanto, la brecha entre mi observancia de Torá y el estilo de vida no observante de ella todavía estaba allí, justo bajo la superficie de nuestra relación en desarrollo. Con el tiempo, sólo me convencí aún más de mi elección de ser observante. Puede que haya fallado en inspirarla, pero igualmente la puedo amar.

Años después vi los esfuerzos que hizo mi hermana para asegurar que su hijo supiera que era judío y para que desarrollara una relación con Dios. Esta preocupación la llevó a insistir para que la comunidad judía local fortaleciera su inestable programa de estudios judaicos dominicales. En una comunidad compuesta por una mayoría de matrimonios mixtos, no había mucho apoyo parental ni conocimiento. Como en la mayoría de los casos, la persona que sugiere el proyecto termina con la responsabilidad de asegurar que se realice. Y eso pasó con mi hermana, que se convirtió en la directora del programa de estudios de la escuela dominical, a cargo de los programas de estudios de todos los grados. Un dormitorio completo en su casa fue dedicado a materiales para enseñanza del judaísmo, que reunió con avidez de muchas fuentes y que conservó con mucho amor para el futuro de la escuela. Y ahora que su hijo es más grande, ella toma un ferry y un autobús de ida y de vuelta dos veces por semana, para que su hijo de 10 años pueda ir a una escuela judía.

En algunos aspectos, la enormidad de la tarea que ella asumió, hace parecer minúsculos los esfuerzos que yo hago por llevar una vida judía, acomodada en mi comunidad con mercados casher por todos lados, docenas de sinagogas, clases de Torá todas las noches y amigos alentadores en todos lados.

A medida que fue adquiriendo más material sobre judaísmo para la escuela, se fue abriendo cada vez más a los libros que yo proveía, con mucha felicidad, de la librería local. Se entusiasmó con un libro en particular, sobre el matrimonio judío, y lo estudió como si fuese una estudiante de secundaria, marcando las páginas, subrayando algunos párrafos, remarcando otros, y también citaba el libro en conversaciones. Le envié otros, incluyendo uno del rabino Irwin Najum Katsof, y La Biblia para los Ingenuos pero Curiosos. Los devoró. Había nacido otra similitud.

Siempre Te Quise

En un determinado momento, ella quiso tener más hijos, pero ella y su marido encontraron tener “infertilidad secundaria”, un fenómeno normal en donde una pareja fértil descubre que no puede tener un segundo hijo. Mi hermana sufrió muchísimo por esto, quejándose con lágrimas en sus ojos de que “hay un hueco en mi familia en donde debería haber otro niño”.

Con el corazón destrozado, se prepararon para adoptar y/o custodiar a uno o más niños, reconfigurando toda la casa para el niño esperado (como es requerido por las regulaciones para custodia), anunciando que buscaban adoptar, y utilizando cada recurso que tenían para esta búsqueda. Su interminable miseria me resultaba agotadora, pero intenté ser comprensiva escuchando y contribuyendo financieramente con el proyecto (finalmente me di cuenta que la caridad comienza por casa).

Por 40 días consecutivos ella había caminado con pesadez hasta el bosque, con lluvia o con sol, y había rezado hasta que las lágrimas corrían por sus mejillas.

Eventualmente, fueron bendecidos con la adopción de un niño saludable. Mi hermana explicó cómo ocurrió. Había leído una enseñanza de Rabí Najman de Breslov: “Vierte tu corazón a Dios en el bosque”. Mi hermana pensó que, como vivía cerca de un parque nacional, debía hacer eso. Por 40 días consecutivos ella había caminado con pesadez hasta el bosque, con lluvia o con sol, y había rezado hasta que las lágrimas corrían por sus mejillas. Fue poco después de terminar ese esfuerzo, sin haber perdido un día, y a veces en la oscuridad, que encontró a una mujer joven, cuyo bebé se transformaría en el segundo hijo de mi hermana.

Mi hermana rezó sola en el bosque hasta las lágrimas, por 40 días. No sé si yo lloré un total de 40 veces, durante la plegaria, en la última década.

Más de un año después de la adopción, mi hermana me llamó con un tono sombrío. “He perdido un embarazo”, dijo con tranquilidad. “Ha sido muy doloroso, y muy complicado”, dijo, como uno podría imaginar después de derramar tantas lágrimas y de escuchar tantas veces que le era imposible quedar embarazada. “No le voy a decir a mamá y a papá”, dijo.

En las semanas previas a la pérdida del embarazo, habían sentido que quizás Dios los estaba recompensando por haber adoptado un hijo. Estaban devastados por la pérdida. “Pero”, agregó, “pensé que querrías saberlo”.

En el momento de su mayor dolor, mi hermana pudo trascender su dolor para transmitir, lo que de alguna manera eran, noticias maravillosas para mí. Su supuesta “infertilidad” durante los últimos años había tirado mi ánimo bastante abajo. Como ella bien sabía, mi salud siempre había seguido a la de ella. Tres años después de que ella comenzó a tener asma, yo también lo tuve, sus problemas de estómago presagiaron problemas similares para mí. Su “infertilidad” a los treinta y pico había sido triste para ella siendo la madre de un niño, pero para mí fue devastador: amenazando el final de mis esperanzas de alguna vez concebir.

Entonces, mi querida hermana quería hacerme saber que ella todavía podía concebir – por lo que yo también.

“Sé que fue difícil para ti”, le dije después. Luego le conté la historia de Rajel y Leá, de asumir una pérdida para darle alegría a su hermana. “Siento que tengo una hermana”, dije.

“Yo siento lo mismo”, dijo ella. “Recuerdo el día que te trajeron a casa del hospital”, compartió conmigo por primera vez.

“Siempre pensé que te molestó que yo ingresara en tu mundo”, dije.

“¿Estás bromeando?”, rió. “Estaba tan excitada, te amé desde el primer momento”.

Yo no lo sabía.

Puede que mi hermana y yo no estemos de acuerdo en cómo Dios quiere que vivamos como judías. Pero, gracias a Dios, finalmente hemos aprendido cómo Dios quiere que vivamos como hermanas.