Era un glorioso día de otoño al pie de la magnífica cordillera Pikes Peak de Colorado. Cory tenía 23 años, estudiaba para su maestría en educación y liderazgo en la Universidad de Colorado, y había salido con amigos a cazar faisanes.

Allí conoció a Jake*, alto, con una barba desaliñada y los brazos cubiertos de tatuajes. A Jake le cayó bien Cory. Intercambiaron números de teléfono y los meses siguientes se mantuvieorn en contacto. Un día, Cory estaba en el campo de tiro preparándose para la temporada de alces, cuando entró Jake. Saludó afectuosamente a Cory y después de charlar un rato, invitó a Cory a su hogar.

—Ven a conocer a mis amigos. Les conté todo sobre ti. Nos vamos a reunir y realmente quiero que vengas —le dijo Jake.

Cory se negó, pero Jake no se dio por vencido.

—Son un buen grupo, con la misma cabeza —insistió Jake.

—Realmente no tengo tiempo en este momento.

—Oye bien. Soy miembro del Ku Klux Klan y tenemos un evento para reclutar miembros. Quiero que te unas a nosotros —le dijo Jake bajando el tono de voz.

Cory había crecido en Long Island, había estudiado en una escuela pública donde la mayoría de los alumnos eran judíos, y nunca antes se había encontrado con un miembro del KKK. Pero obviamente había escuchado sobre la historia del KKK en los Estados Unidos, en especial en Colorado, donde un siglo atrás el grupo supremacista blanco dominaba todos los niveles del gobierno: controlaban la legislatura del estado, la oficina del gobernador y la Corte Suprema del Estado. El alcalde de Denver y el jefe de policía, así como el senador de Colorado, todos eran miembros del KKK. Cory sabía que, aunque en la actualidad el Klan había pasado a la oscuridad política, los judíos seguían siendo el objetivo de su ideología cargada de odio que buscaba la "purificación" de la sociedad norteamericana.

La reacción de repulsión en el rostro de Cory lo dijo todo.

—No es lo que tú piensas. Hacemos filantropía y eventos sociales. Sólo queremos lo que es mejor para nuestro país.

En estado de shock, la única respuesta de Cory fue: "Yo soy judío".

Jake no podía creerlo.

—Pero los judíos no gastan dinero y yo te vi gastar dinero. Los judíos viven en mansiones, y tú vives en un departamento normal. ¡No tienes una nariz enorme y tampoco tienes cuernos!

Cory le devolvió la mirada con una mezcla de confusión e incredulidad. Entonces las cosas se pusieron feas.

Tanto Jake como Cory tenían armas en la mano, como enemigos enfrentados con la posibilidad de que uno no quedara en pie. Después de lo que pareció una eternidad, Jake se dio vuelta y el enfrentamiento terminó.

Mientras se iba, Jake gruñó: "La próxima vez que te vea, te mataré".

Cory se sintió conmocionado y decidió dejar atrás el extraño episodio.

Algunos meses más tarde, Cory estaba una vez más en el campo de tiro cuando oyó que alguien gritaba su nombre. Al darse vuelta, vio que Jake caminaba hacia él con su arma en la mano.

—Te advertí que la próxima vez que te viera te mataría —le dijo Jake.

Cory se quedó estupefacto.

—No puedo hacerlo ahora en público —gruñó Jake—. No vale el precio de matar a un judío. Pero es mejor que mantengas los ojos bien abiertos y te cuides de mí.

Cory presentó una queja ante el director del campo de tiro. Revisaron las imágenes de video de la cámara de seguridad y se comunicaron con la policía, que arrestó a Jake por blandir un arma de fuego en público.

¿Qué fue lo que Cory aprendió de lo que le ocurrió? No le digas a nadie que eres judío. El antisemitismo está vivo y coleando. Ser judío es algo aterrador que es mejor reprimir y enterrar. Es cierto, él había crecido encendiendo las velas de Janucá y comiendo manzana con miel en Rosh HaShaná. Pero después de su bar mitzvá apenas había vuelto a entrar a una sinagoga. Ser judío era más bien un accidente de nacimiento.

Ese día, en el campo de tiro, Cory se dijo a sí mismo: no le digas a nadie que eres judío. Ser judío no vale la pena.

Un sacudón espiritual

Cory siempre amó la naturaleza. De niño acompañaba a su padre al club local para participar en actividades agrícolas y silvestres. Al crecer se sintió atraído por el Lejano Oeste, y pasaba los fines de semana montando a caballo y haciendo caminatas. Se ofreció como voluntario en un rancho ganadero y varias veces al año participaba en expediciones de caza.

"En el camino hay osos, lobos, coyotes y pumas", cuenta Cory con una sonrisa. "Estar en la naturaleza y escuchar los berridos de un alce, o estar en la cima de una montaña imponente con una vista que se extiende a varios kilómetros, son experiencias impresionantes".

Tras completar sus estudios, Cory viajó a Dakota del Norte, donde comenzó su carrera como director del dormitorio de una pequeña universidad estatal.

Un día, Cory decidió aprovechar el seguro médico de la universidad para hacerse un chequeo general. Lo enviaron a un dermatólogo que notó algunas manchas irregulares en su piel. Le efectuaron unas biopsias que resultaron positivas para melanoma, una clase de cáncer de piel.

Le sacaron las manchas quirúrgicamente, y aunque no precisó quimioterapia, para una persona sana que ama la naturaleza como Cory, la experiencia fue un gran sacudón. Él sintió que en su vida faltaba algo esencial, y sus pensamientos se dirigieron hacia la espiritualidad.

Cory recordó su viaje de Birthright a Israel cinco años antes. Le había encantado Israel y no había querido partir de allí. Pero tenía compromisos en los Estados Unidos e Israel se convirtió en un recuerdo lejano.

Ahora, a los 26 años y con el judaísmo completamente ausente, Cory no sabía qué hacer ni cómo comenzar su despertar espiritual. Cory lo consultó con su madre y ella le sugirió que tratara de estudiar Torá. Algunos años antes su madre había estado en Israel con Momentum, y estaba más involucrada con el judaísmo. Así fue como Cory comenzó a estudiar Torá cada semana con un compañero de estudio de JInspire, lo cual mantuvo fielmente hasta el 2018.

En el otoño del 2020, cuando todas las actividades del campo universitario se cerraron debido al Coronavirus, Cory recibió su carta de despido. Él se puso en contacto con Rav Jaim Sampson de Project Inspire, quien sugirió que fuera a estudiar a Aish HaTorá en Jerusalem. "Una hora por semana está bien, pero eso no se compara con la experiencia de sumergirse en la Torá", le dijo el rabino.

A Cory le gustó la idea y un mes más tarde ya estaba en Israel, estudiando a tiempo completo en la Ieshivá Aish HaTorá.

"Los últimos meses en Aish me cambiaron la vida. Antes de venir yo creía en Dios, pero quería profundizar mi entendimiento de lo que realmente significa ser judío".

Tenemos que entender y valorar por qué vale la pena ser judíos.

"Estoy aprendiendo hebreo, y el hecho de llegar a Israel durante la pandemia, con todos los cierres, me dio una experiencia todavía más especial para entender, desarrollar y conectarme con el judaísmo que lo que hubiera tenido en cualquier otro momento".

"Aish es un lugar impresionante. Es increíble que me puedo sentar en un balcón frente al Monte del Templo y tener la oportunidad de aprender con muchos otros estudiantes llenos de cuestionamientos y con grandes rabinos, todo a mi propio paso. Aquí todo el mundo es muy amable, es un verdadero privilegio considerar que Aish es mi hogar.

"Sí, a veces ser judíos da susto. Pero ahora entiendo y valoro por qué vale la pena".

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*Un seudónimo.