E. Hernández estaba solo, confinado en una habitación en un refugio para inmigrantes ilegales en Los Ángeles. Sin familia en los Estados Unidos y sin tener a nadie que pudiera pagar los $300 dólares al "coyote" que lo ayudó a cruzar la frontera, no tenía más opción que permanecer allí sentado día tras día, mes tras mes. Un día, la policía efectuó una redada en el barrio buscando inmigrantes ilegales, puerta por puerta, con órdenes de deportar a cualquiera que estuviera en el país de forma ilegal.

La forma en que Hernández obtuvo su libertad y se convirtió en un judío ortodoxo es una historia fascinante. AishLatino.com conversó con Hernández, desde su hogar en California, y con su hijo Iehudá, quien estudió en Aish HaTorá en Jerusalem.

El antiguo país

Hernández nació y creció en Guatemala, donde disfrutaba la modesta vida de un maestro de escuela primaria. Él se consideraba afortunado de no ser uno de los miles de peones de campo que debían soportar trabajos agotadores y miserables condiciones de vida para ganarse unos cuantos pesos al día.

Un día, en 1992, un amigo de Hernández anunció su intención de cruzar la frontera hacia México, donde el peso valía el triple que en Guatemala. “Trabajaremos, ganaremos un poco de dinero y luego regresaremos”, le dijo su amigo.

Iehudá Hernández en Jerusalem. En el balcón de Aish HaTorá

La frontera Guatemala-México tenía mala reputación como un pasadizo para trabajadores migrantes y armas militares, como las RPG preferidas por los carteles de droga mexicanos. Hernández, que en ese momento tenía 20 años, aceptó acompañarlo. “Cruzar la frontera era sencillo, entonces ¿por qué no intentarlo?”, dice Hernández.

En la oscuridad de la noche, Hernández y su amigo se escabulleron por la frontera mexicana. Se dirigieron hacia un pueblo mexicano costero, Pesquería La Gloria, en donde obtuvieron documentos de identificación mexicanos. Después de unos meses, Hernández había ganado suficientes pesos y estaba listo para regresar a su vida en Guatemala. Pero su amigo insistió y se mudaron a Ciudad de México “para ganar más pesos. Fuimos a vivir en un barrio extremadamente peligroso”.

Entonces el amigo de Hernández le reveló su plan original: seguir adelante hacia la tierra de las oportunidades ilimitadas: los Estados Unidos de América.

Hernández estaba contento quedándose en México, pero eventualmente accedió al plan y se encontró en un autobús, viajando 3 días hasta el portal entre Estados Unidos y México: Tijuana. En el camino, dos veces los detuvieron los oficiales mexicanos de inmigración, revisaron sus documentos y los dejaron seguir adelante.

Una vez en Tijuana, Hernández y su amigo les pagaron a “coyotes” para que los ayudaran a pasar ilegalmente al otro lado de la frontera. En un coordinado proceso que involucraba varios operativos, los llevaron a un refugio cerca de la frontera, donde esperaron pacientemente mientras los coyotes monitoreaban los movimientos de la patrulla fronteriza de los Estados Unidos, esperando una oportunidad segura para cruzar.

En medio de los preparativos, el coyote que dirigía el refugio sorprendió a Hernández y a su amigo con una nueva condición: una vez que entraran a los Estados Unidos, cada uno debería pagar $300 dólares por su “libertad”.

“Mi amigo tenía una tía en Estados Unidos”, explica Hernández. “El coyote la llamó y ella prometió pagar la tarifa. Pero yo no tenía a nadie, así que me imaginé que simplemente me quedaría en México”.

A la mañana siguiente, mientras Hernández esperaba en el refugio, un grupo de 10 inmigrantes intentó “correr la playa”: entrar al agua y pasar las barreras de metal que se extienden hacia el Pacifico.

La patrulla fronteriza los envió de regreso a México.

Esa noche volvieron a intentarlo y nuevamente fallaron.

El coyote comenzó a pensar cuál podía ser la causa de esa racha de mala suerte. Después de interrogar al amigo de Hernández, el coyote concluyó: “Es porque tu abandonaste aquí a tu amigo”.

La noche siguiente llevaron con ellos a Hernández y cruzaron la frontera fácilmente.

La tierra prometida

Hernández y su grupo fueron trasladados a Los Ángeles, a un refugio que también era una guarida de drogas.

“Todos tenían a alguien que pagara los $300 dólares, así que los liberaron rápidamente. Pero como yo no tenía a nadie que pagara por mí, quedé confinado a una habitación del refugio. Estuve allí sentado en condiciones escuálidas, día tras día, durante muchas semanas, básicamente encarcelado”.

Como consecuencia de los disturbios raciales de 1992 en Los Ángeles (tras el veredicto de Rodney King), el presidente George H.W. Bush ordenó una redada de inmigración en el barrio donde estaba Hernández. Cuando la policía revisaba casa por casa, Hernández pensó que sería deportado de regreso a México. Sin embargo, las redadas resultaron ser una bendición oculta: los coyotes quisieron vaciar el refugio y se vieron presionados a dejarlo salir.

“Yo no tenía dinero ni familia, así que los coyotes llamaron a la tía de mi amigo y la presionaron para que me ayudara. Eventualmente, su esposo ofreció $175 dólares para liberarme. Él les dijo a los coyotes: ‘O reciben el dinero o lo llevan de regreso a México. En verdad a mí no me importa’”.

Hernández se ríe. "Eso es todo lo que valía mi vida, $175 dólares”.

Una vez libre, Hernández se asentó en un vecindario altamente poblado por inmigrantes guatemaltecos. “Cada mañana, salía y esperaba cerca de la tienda Home Depot. Allí llegaba gente y me contrataban por algunas horas”.

La oportunidad de un futuro mejor llegó cuando la familia de su amigo en Orange County, 60 minutos al sur de Los Ángeles, les ofreció que podían quedarse con ellos. Allí, al asistir a clases de inglés, conoció a una mujer mexicana que había cruzado la frontera caminando en 1989. Ellos se casaron, tuvieron dos hijos y se conectaron con una iglesia mesiánica cristiana que incorporaba varias tradiciones judías.

Conexiones de Torá

En 1999, esperaban a su tercer hijo. Inspirado por las enseñanzas judías que había escuchado en la iglesia, Hernández le prometió a Dios: “Si es un niño, lo voy a circuncidar”.

De hecho, fue un niño, y en el año 2000 Hernández fue a una tienda de judaica en Pico Boulevard en Los Ángeles y vio la publicidad de un mohel, Rav Iehudá Lebovics. “Lo llamé y le dije que no teníamos suficiente dinero, pero él accedió a hacerlo por lo que yo pudiera pagar”, recuerda Hernández. “Cuando el Rav llegó a hacer el brit y se dio cuenta que no éramos judíos, lo hizo de todos modos, sin decir las bendiciones”.

El brit de Iehudá Hernández, 2000. Ezra con el mohel de Los Ángeles, Rav Iehudá Lebovics

Hernández se sintió tan conmovido por la generosidad y la compasión del mohel, que le dio a su nuevo hijo el nombre del mohel: Iehudá.

En Orange County, Hernández encontró un trabajo estable como soldador. Pasó el tiempo y alguien le regaló un sidur sefaradí. De ese sidur, Hernández aprendió a leer hebreo solo. “Descubrí las hermosas bendiciones matutinas. Con cada rezo, me sentía más cerca de Dios”.

Hernández les enseñó a sus tres hijos a leer hebreo y juntos compartieron un incipiente interés en el judaísmo como un camino para conectarse con Dios. En la iglesia, ellos formularon muchas preguntas y recibieron respuestas insatisfactorias.

En el 2009, un amigo a quien conocían de la iglesia mesiánica cristiana (que se había convertido al judaísmo ortodoxo), invitó a la familia Hernández a asistir a una celebración de Simjat Torá en Beth Jacob de Irvine, dirigida por Rav Israel Ciner.

“Me conmovieron los bailes increíblemente alegres. Me llamaron para una aliá a la Torá, pero les dije que no era judío. Le pedí a Rav Ciner que nos diera la oportunidad de aprender más y él nos ayudó con paciencia y bondad”.

Beth Jacob, conocida como un crisol de inmigrantes de Sudáfrica, Argentina, Turquía, México, China, Marruecos, etc., recibió en la comunidad a la familia Hernández.

El problema de ser un inmigrante ilegal

La familia decidió convertirse al judaísmo, pero surgió un gran obstáculo en su búsqueda por encontrar su lugar en el mundo: Hernández era un inmigrante ilegal.

Ezra Hernández con su primer sidur, que recibió de un amigo en el 2004

Hernández escuchó que había un programa federal que les permitía a los inmigrantes de Guatemala y Centroamérica pedir asilo político y recibir estatus de residencia permanente en la forma de un Green Card. El proceso de aplicación tardaba años y en muchos casos era denegado.

Con la esperanza de resolver su estatus, Hernández visitó a un abogado que ingresó en la computadora la información del permiso de trabajo mexicano original. El resultado le dio a Hernández un shock: 20 años antes se había emitido una orden para su deportación.

“Ese fue uno de los días más difíciles de mi vida. Durante todos esos años ignoré que las autoridades de inmigración me estaban buscando. Tuve suerte, porque no había sido cuidadoso”.

Hernández contrató por $10.000 dólares a un abogado que le dio una probabilidad de 50/50 de convertirse en un ciudadano legal. “La situación era extremadamente estresante y le rogué a Dios que me ayudara. Yo tenía una familia de seis personas y estaba en riesgo de deportación”.

Una oportunidad positiva se presentó cuando el abogado encontró la orden de deportación original enviada a Hernández en 1993. Se supone que el receptor debe firmar la carta verificando la recepción, pero Hernández nunca la firmó. El abogado fue a la corte y convenció al juez para que anulara la orden de deportación, despejando el camino para pedir asilo político.

Hernández tenía el apoyo y la carta de recomendación del rabino y de otros miembros de la sinagoga. Pero el proceso legal se hacía eterno, con jueces que deferían una decisión sobre su estatus, lo que provocaba desesperación a la familia Hernández.

Una noche, Hernández soñó que la corte había firmado los papeles concediéndole residencia permanente. “Una semana más tarde aprobaron mi Green Card. Milagrosamente, ahora era un ciudadano legal en los Estados Unidos”.

Una de las primeras cosas que hizo Hernández fue viajar a Guatemala para visitar a su padre, a quien no había visto durante casi 25 años. En el aeropuerto, la policía fronteriza revisó sus huellas digitales y lo llevaron a un costado. “Entendí que algo estaba mal. El sistema mostraba que yo había sido deportado. Afortunadamente, tenía los documentos que probaban lo contrario”.

Mientras tanto, el camino de la familia hacia el judaísmo había quedado postergado. Todo el dinero que la familia Hernández tenía se usó para pagarles a los abogados para resolver su estatus de inmigración. Estados Unidos estaba en una recesión y las finanzas estaban apretadas. Mudarse a Irvine (el barrio judío ortodoxo), lo cual era un requisito previo para la conversión, no era una opción.

Hernández siguió conectado, conduciendo a la sinagoga cada Shabat, leyendo libros judíos y rezando del sidur. Pero no era suficiente. Él recuerda lo que ocurrió un sábado, al conducir después de la sinagoga hacia su casa: “Ahí mismo, en la autopista, le lloré a Dios: ‘¡No puedo seguir haciendo esto!’ En mi interior ardía un fuego y quería convertirme".

En el año 2017, las circunstancias económicas mejoraron y la familia Hernández se mudó al barrio judío. De inmediato comenzaron el proceso de conversión con el Beit Din de Rav Moshé Hafuta. Cada domingo viajaban a tomar clases en Los Ángeles. (Los dos hijos mayores optaron por no convertirse).

En la primavera del 2018, unos pocos días antes de Pésaj, viajaron a Los Ángeles para una reunión final con el Beit Din. Respondieron una ronda de preguntas y se sumergieron en la mikve. Ahora Hernández era Ezra y su esposa, Jana Lea… Iehudá fue un raro converso que no necesitó un nuevo nombre.

Un nuevo casamiento, 2018 (I-D): Jana Lea, Ezra, Rav Ciner y Aviva Hernández

Al regresar a Orange County, Ezra y Jana Lea se volvieron a casar, esta vez bajo la jupá. Rav Ciner organizó un banquete de celebración, entre lágrimas de alegría.

El próximo año en Jerusalem

En enero del 2020, después de completar su segundo año de universidad, Iehudá Hernández llegó a Israel a estudiar en la Ieshivá Aish HaTorá. Iehudá disfruta al estar profundamente sumergido en el mundo del Talmud y la ley judía, así como de un ulpán de hebreo.

Su plan es regresar a los Estados Unidos y completar su título en administración de negocios, pero, en esta increíble historia verídica, nadie sabe las sorpresas que traerá el próximo capítulo...