Recibió la llamada un domingo a la noche en junio del 2003. La ex esposa de Shlomo Dror estaba preocupada por el bienestar emocional de su hijo mayor, Emil. Dror, un psicoanalista en Tennessee, le prometió que se iba a ocupar del tema de inmediato. Al día siguiente llamó por teléfono a Emil desde su oficina, y le quedó claro que estaba muy angustiado. Dror entró en acción. Le dijo a su secretaria que cancelara a todos sus pacientes de esa semana, y tomó el primer avión que había a San Francisco. Él llegó sin anunciarse a la casa de Emil después de la media noche.

Al día siguiente conversaron sinceramente desde la mañana hasta la noche. Emil tenía 34 años, y repitió una queja que había presentado por primera vez años antes, al finalizar la escuela secundaria. Él manifestó el dolor de un niño de 6 años cuyo padre hace un movimiento ganador al enseñarle a jugar al ajedrez.

Dror relata: “Yo tenía esa idea loca de que tenía que enseñarle a Emil cómo arreglárselas en un mundo duro. Y allí estaba, años más tarde, diciéndome que esa fue una de las experiencias más abrumadoras que tuvo y que el resto de su vida sintió que no podía contar con mi ayuda para sentirse mejor”.

Ahora Dror estaba allí para rescatar a su amado hijo y ayudarlo a salir de una terrible depresión. Él llamó a un colega en la Bahía de San Francisco y fijó una cita para los dos al día siguiente. Tener un plan parecía brindar una sensación de calma sobre la situación.

A la mañana siguiente, tras repasar el plan para el día y confirmar que Emil estaba de acuerdo, Dror entró a ducharse y oyó que Emil le gritó alegremente: “Vuelvo en un minuto”. Intuitivamente supo que su hijo no planeaba regresar. Dror temió que Emil estuviera a punto de hacer algo impensable.

Un psiquiatra le preguntó: “¿Llamaste al Puente Golden Gate?”

Con la esperanza de evitar que Emil se dañara a sí mismo, Dror llamó a todas partes de la ciudad, incluso a la policía y a personal de emergencia. Un psiquiatra al que consultó le preguntó: “¿Llamaste al Puente Golden Gate?”.

Más tarde Dror entendería que ya era demasiado tarde.

Después de casi una hora de terribles presentimientos, recibió la llamada de un patrullero que le dijo: “Recuperamos el cuerpo de su hijo en la bahía”.

Dror, angustiado, cayó al suelo, golpeó el piso con sus puños y gritó con todas sus fuerzas: “¡Emil, no saltes! ¡Por favor, por favor, no saltes!” Sabía que no podía cambiar la realidad, pero de todos modos siguió gritando y llorando.

“Me sentía espantado, horrorizado, el dolor era insoportable. Lo estaba expresando con todo mi cuerpo y mi mente. En ningún otro momento de mi vida experimenté algo así”.

La vida después de la muerte

Después de levantarse del suelo, inexplicablemente sintió una gran calma. Ese momento marcó un punto de cambio. “Tuve dos vidas, una antes y otra después del suicidio. Cerré una vida y comencé una vida nueva, casi como un bebé”, reflexiona Dror.

Ahora el foco de su vida era la búsqueda del alma. Mientras agonizaba por su terrible pérdida y se preguntaba qué clase de padre había sido, Dror recibió, entre otros, la guía de su Rabino de Jabad, y con el tiempo se convirtió en un judío observante.

“En ese momento ya estudiábamos todas las semanas”, explica Rav Iosi Wilhem de Knoxville, Tennessee. “Conversamos sobre muchos sucesos de la vida a través de la óptica de la Torá, lo que sin duda mirando hacia atrás fue lo que le dio a Shlomo una base que le permitió salir de su terrible tragedia”.

Rav Wilhem describe cómo Dror luchó con su angustia, su dolor y su arrepentimiento. “Él guardaba duelo por la muerte de Emil, y estoy seguro que lo sigue lamentando, se esforzaba por superar la culpa, y finalmente comprendió que podía elegir aprender de lo que había ocurrido. Aceptó lo que había pasado y buscó cómo podía crecer. Al elegir vivir de una forma satisfactoria, él honra la memoria de su hijo. Yo creo que este es un enfoque muy judío respecto al sufrimiento”.

” Al elegir vivir de una forma satisfactoria, él honra la memoria de su hijo. Yo creo que este es un enfoque muy judío respecto al sufrimiento”.

El lento camino de Dror hacia la observancia judía había comenzado cuando tenía 40 años y se enfermó de cáncer, un año después del trauma de su divorcio. “Intuitivamente sentí que enfermarme de cáncer era algo significativo, aunque pasaron muchos años hasta que llegué a entender su importancia. Esa catástrofe provocó que me dedicara a investigar sobre el alma, algo que a menudo ocurre cuando alguien tiene un encuentro cercano con su mortalidad”, afirmó Dror.

“El Dr.Dick Felder, z”l, un amigo personal, me visitó en el hospital cuando me estaba recuperando de una segunda cirugía. Él me dijo que había leído toda la literatura médica sobre las características psicológicas de los enfermos de cáncer (una de sus especialidades eran las enfermedades psicosomáticas), y que sólo había encontrado una cosa significativa. Él me dijo: ‘Si quieres sobrevivir a esto, es mejor que te conectes con alguien’.

“En ese momento no supe qué hacer con lo que me dijo, pero después de que me dieran el alta tras cuatro meses de radioterapia intensiva, viajé a España a presentar un estudio en una conferencia profesional internacional. Por ‘coincidencia’, en una galería de arte en Madrid me encontré con Ruth Dayán, la viuda de Moshé Dayán. Al oír que yo era de Knoxville, me preguntó a qué sinagoga pertenecía, y nombró a las dos sinagogas del lugar. Avergonzado le dije que nunca había estado en ninguna de ellas.

“La recomendación de Dick de ‘conectarme’ combinada con el hecho de que Ruth mencionara las congregaciones de mi pueblo, me influyeron para que decidiera investigar las oportunidades. Después de comparar las posibilidades, me convertí en miembro del templo reformista, mi primer acto de afiliación judía. También fue el comienzo de una experiencia de conexión que culminó en una conexión que nunca había imaginado”.

Durante los servicios de Rosh Hashaná en el segundo año de su asistencia a la sinagoga, tuvo una serie de experiencias sin precedentes. “Primero comprendí que el lenguaje de las plegarias, en su mayoría en inglés, tal como es la costumbre reformista, era muy bello; de hecho, era poético. Luego comprendí que era más que el lenguaje: las palabras del majzor transmitían ideas con las que yo estaba profundamente de acuerdo. Tuve una de las revelaciones más impresionantes de mi vida.

“Yo había sido un defensor radical de la contracultura de los años 60, y sostenía la presunción equivocada de que mi sistema de valores se había formado a través de mi esfuerzo individual para desarrollar una filosofía de vida. Fue una gran conmoción descubrir que todos los valores que imaginé que yo había seleccionado independientemente provenían de mis padres, quienes los aprendieron de sus propios padres. Mis valores eran valores judíos transmitidos de generación en generación desde el Monte Sinaí miles de años antes. En ese momento, el concepto ‘yo soy judío’ cambió de ser una fórmula verbal casi vacía a una existencia diferente. Con este nuevo entendimiento, ‘yo soy judío’ se convirtió en la característica que definía mi vida. Esa fue la primera vez que mi identidad como judío obtuvo gravedad existencial y sustancia intelectual”.

Construir una vida espiritual

Cuando Dror era pequeño, su familia era la única familia judía en la pequeña comunidad agrícola de Moultrie, y Dror no recibió un nombre hebreo. Después de la muerte de Emil, él cambió su nombre de Stephen a Shlomo Iaakov. Su camino espiritual se intensificó e hizo aliá, convirtiéndose en ciudadano de Israel cuando tenía 60 años. Al estudiar Torá con nuevos maestros, decidió hacerse un brit tradicional, la ceremonia ritual judía de la circuncisión.

Su vida cambió dramáticamente. Dror, ahora de 75 años, dice que había cambiado el foco materialista de la vida ya antes de la muerte de Emil. Él se siente inclinado a contribuir a la sociedad buscando oportunidades para dar caridad, brindando asesoría gratuita a quienes lo necesitan y transmitiendo sus enseñanzas. Él dedica su corazón a su relación con su hijo menor, Jesse, 47, su nuera y sus tres nietos.

 

“Fui un mal padre cuando mis hijos eran chicos”, confiesa. “Tenía mal carácter incluso cuando no gritaba, No puedo cambiar lo que ocurrió en el pasado, pero me dedico a reconocer el daño que causé y a hacer todo lo que está a mi alcance para rectificar las cosas y hacer un tikún (reparación)”.

Tras la muerte de Emil, Dror no podía sacarse de la cabeza un pasaje del Salmo 34: “Dios está cerca de los de corazón quebrantado y salva a los de espíritu abatido”. Él asegura que estas palabras expresan perfectamente su entendimiento respecto a que la pérdida puede ser transformativa.

“Tras la muerte de Emil, ya no me concentré exclusivamente en el concepto de ser un mejor padre. Eso abrió todo mi mundo. Todo el tiempo analizo mi comportamiento, tanto lo bueno como lo malo”, dice Dror.

“Cedí a la pretensión de ser mejor que otras personas. Dejé atrás gran parte de mi ego. Si tengo ciertos puntos fuertes que otras personas no tienen, eso no me vuelve una mejor persona. Si fui a los servicios en Shabat y otras personas no lo hicieron, eso no me vuelve una mejor persona. Desde entonces, mi mayor preocupación es hacer teshuvá, lograr un cambio genuino. No importa cuánto tiempo Dios me permita seguir en este mundo, nada podrá sacarme de este camino”.