Cuando estaba en séptimo grado, formaba parte de un grupo de “chicos buenos” de Herzliya. Veníamos de excelentes familias y estudiábamos en una escuela prestigiosa. Una mañana en enero de 1994, nuestra maestra entró al aula conmocionada. Esa mañana incluso cancelaron el examen de matemáticas. Resulta que había dos jóvenes de nuestra ciudad, Arbel Aloni y Moshiko Ben Ivgi, que habían sido arrestados bajo sospecha de haber cometido un asesinato que conmocionó al país entero: el asesinato del taxista Derek Roth. Nosotros los conocíamos de la escuela y del barrio. Todo el mundo los conocía. Eran chicos un tanto rebeldes, a la moda y un poco mayores que nosotros. Antes de eso, la ofensa más grave que les habíamos atribuido era escribir grafitis con sus nombres por toda la ciudad. Pero de repente pasó eso. ¡Bum!

Afuera de nuestra escuela esperaban los equipos de la televisión. En nuestra aula no sólo se canceló la prueba de matemáticas, sino todo el programa del día. Todas las materias se dejaron de lado para dar lugar a clases sobre educación y sociedad. Fue un año en el cual llegaron bastantes psicólogos, educadores y oficiales de la policía para hablar con los jóvenes de Herzliya. Estas lecciones eran mucho más interesantes y significativas que nuestras lecciones habituales. Por primera vez hablamos sobre lo que es la ley, el asesinato, la democracia y la violencia.

Pasó un año. Un sábado a la noche, algunos amigos de la escuela fueron a una gran manifestación de la izquierda en Kikar Maljei Israel, la 'Plaza de los Reyes' de Tel Aviv. Pero yo me quedé en mi casa para estudiar para un gran examen de química que tendríamos el domingo a la mañana (en esa época, a las chicas que eran como yo las llamaban “nerds”). De repente, a las 9:45 p.m. asesinaron al primer ministro Rabin. En unos pocos minutos anunciaron que el asesino era de Herzliya y unos minutos después de eso, los equipos de televisión ya estaban otra vez en mi ciudad.

A la mañana siguiente cancelaron mi examen de química, y una vez más tuvimos discusiones educativas en el aula. Éstas fueron mucho más concretas y dirigidas que el año anterior. Esta vez, toda mi clase no sólo estaba de acuerdo en un llamado amorfo a “terminar con la violencia”, como lo habíamos hecho cuando asesinaron a Derek Roth. Esta vez, nuestra demanda tenía una carga social más pesada: los religiosos y los fanáticos de ultraderecha habían asesinado a nuestro primer ministro.

Siván Rahav (a la izquierda) con Itzjak Rabin en el programa de Dan Shilón en honor al año nuevo judío en setiembre de 1995

Ese sábado a la noche, cuando corrí de mi habitación hacia el televisor de la habitación de mis padres, pasé por el mueble de la entrada que siempre estaba cubierto con una pila de notas y documentos. Encima de la pila había fotos mías con Rabin, sonriendo en el estudio del famoso programa “Círculo” de Dan Shilón en Canal 2. Me había encontrado allí con el primer ministro aproximadamente un mes antes de su asesinato. Me habían invitado al programa para entrevistarlo como una joven periodista. La filmación duró varias horas, y ese fue mi primer y último encuentro con Rabin.

Cuando en mi clase todos hablaban sobre el asesinato del primer ministro, yo pensaba en la persona que poco tiempo atrás había conocido en la vida real.

Lo que más recuerdo era su falta de distancia social. Por un lado estaban los cantantes, estrellas fugaces engreídas a quienes yo había entrevistado para una revista infantil. Por otro lado estaba el primer ministro, cuya conducta carecía de toda pose, una persona absolutamente auténtica. Al día siguiente en la escuela, cuando en mi clase todos hablaban sobre el asesinato del primer ministro, yo pensaba en la persona que poco tiempo atrás había conocido en la vida real y que ya no estaba viva. Me parece que fue la primera vez que falleció alguien que había conocido de forma personal.

Después de ese domingo, la municipalidad, el ministerio de educación y los directores de nuestros movimientos juveniles nos bombardearon con una sobredosis de actividades educativas, quizás debido al deseo secreto de asegurarse que la próxima vez la desgracia no volviera a surgir de Herzliya. A las clases les siguieron talleres; a las conferencias les seguían paneles de discusión. Tenían títulos tales como “Judaísmo y tolerancia”; “No matarás” y “La violencia erosiona las bases de la democracia”.

Recuerdo que una noche fuimos a la Plaza Rabin. Probablemente era el día de los shloshim, 30 días después del asesinato. Allí había miembros de diversos movimientos juveniles, sentados en círculos. Uno de los líderes, un joven con una kipá, empezó a repartir hojas con fuentes de la Torá. Para mí los textos de la página parecían escritos en chino. Me resultaron fascinantes.

“Amado es el hombre, porque fue creado a imagen de Dios”, decía en la hoja. “Es especialmente amado, porque se le informó que fue creado a imagen de Dios, como está escrito: ‘Porque el hombre fue creado a imagen de Dios’”. La página atribuía esta enseñanza sobre la imagen divina del hombre a Pirkei Avot, Ética de los Padres. Pero yo no tenía idea qué era Pirkei Avot.

Otra fuente analizaba la gravedad del asesinato: “Es por esta razón que se creó una sola persona en el mundo, para enseñar que cualquiera que provoque el fin de una sola vida es considerado por las Escrituras como si hubiera destruido un mundo entero; y cualquiera que salva una sola vida es considerado por las Escrituras como si hubiera salvado todo un mundo. Porque todas las personas fueron creadas a imagen de Adam, pero nadie se parece a otro. Por lo tanto, todos y cada uno puede decir: el mundo fue creado para mí”. De acuerdo con la página de fuentes bíblicas, este texto había sido tomado de las Leyes del Sanedrín en los escritos de Maimónides. ¿Pero qué era eso? ¿De dónde habían salido esas ideas? ¿Por qué nunca las habíamos estudiado en la escuela? ¿Y cómo podía encontrarlas por mi cuenta para leer más?

Había todavía más: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Así como dice Rabí Akiva: ‘Esta es la regla más importante de la Torá’”, explica el Midrash. ¿Qué es el Midrash? ¿Por qué todos esos textos sonaban tan extraños, ajenos, y al mismo tiempo parecían ser tan míos? ¿Y por qué esas discusiones fascinantes en la plaza eran tan diferentes de las aburridas lecciones de Biblia en mi escuela?

El asesinato de Rabin fue el punto más bajo, eso me permitió embarcarme en una larga travesía y comenzar a tomar responsabilidad por mi judaísmo.

En el autobús camino a casa, leí la hoja con las fuentes de la Torá una y otra vez. Al llegar a casa sabía algunos de los textos de memoria. Y quería saber más. Recuerdo que me estremecí al pensar que Igal Amir sabía todo eso y mucho más. Él sabía cómo encontrar cosas por sí mismo en Pirkei Avot, en los escritos de Maimónides y en el Midrash.

Cuando le preguntan a la gente que retornó a la observancia religiosa cómo comenzó todo, a menudo hablan de “haber visto la luz”. En cierto sentido yo vi la oscuridad. El asesinato de Rabin fue el punto más bajo, eso me permitió embarcarme en una larga travesía y comenzar a tomar responsabilidad por mi judaísmo.

Mientras a mi alrededor todos decían que había que fortalecer la democracia, yo pensaba que lo que había que fortalecer era el judaísmo; que ese asesinato no podía representar al judaísmo. Para mí era inconcebible que cuando los jóvenes seculares ashkenazim y de izquierda de Herzliya escuchaban la palabra “judaísmo”, su asociación inmediata fuera con el asesino que había matado al primer ministro.

En ese momento yo entendí muy bien qué no era el judaísmo, pero no entendía qué sí era. ¿Qué pasaba con nosotros? ¿Qué ocurría con nuestro judaísmo? Sentía que nos comportábamos como un grupo de aficionados deportivos que piensan que su equipo juega mal. Estábamos sentados en las gradas gritando, dando consejos, sintiéndonos agravados. Uno puede pasarse la vida despotricando contra “esos religiosos”, “esos fanáticos” y “esos extremistas”. Pero sentía que cuando se trata de judaísmo, no somos sólo aficionados. Somos parte del equipo. Debíamos bajar de las gradas, entrar al campo y empezar a jugar. Teníamos que tomar responsabilidad.

Cuando se trata del judaísmo, no somos sólo aficionados. Somos parte del equipo. Debíamos empezar a jugar y a tomar responsabilidad.

Se me abrió un mundo completamente nuevo; un estante de libros repleto de pensamientos, una panoplia de actos. Todo estaba tan lejos de lo que había pensado sobre la gente religiosa hasta ese momento. Cuando el secular Tommy Lapid y el ultraortodoxo Israel Eichler se gritaban mutuamente en el popular programa de política, en una discusión que supuestamente se enfocaba en el judaísmo, detrás de ellos había enterrados tesoros completamente diferentes: Shabat, la plegaria judía, Torá y actos de bondad.

Hasta el día de hoy, cuando me piden que cuente mi camino de regreso a la observancia de la Torá y las mitzvot, me siento un poco avergonzada. “Me volví religioso a causa de la guerra de Iom Kipur”, dice un piloto de la Fuerza Aérea Israelí. “Yo regresé a la Torá por Rabí Najman de Breslov”, asegura una modelo. ¿Y yo? ¿Qué pensará la gente si digo: “el asesinato de Rabin fue lo que me hizo retornar al judaísmo”?


Este artículo fue originalmente publicado en hebreo en Iediot Ajaronot.