Crecer como hija de un sobreviviente del Holocausto siempre me hizo sentir un poco diferente. Mi padre no era como la mayoría de los padres. Él era mucho más grande y tenía una historia compleja. La incomodidad se veía acentuada por el hecho de que no tenía pares que pudieran relacionarse con mi historia familiar. El Holocausto era algo que mis compañeras de clase habían escuchado a lo sumo de sus abuelos, y no podían comprender cómo era posible que mi padre pudiera ser un sobreviviente.

En mi infancia desarrollé una vaga imagen mental de la familia polaca que puso en peligro su vida para salvar a mi padre y a mis abuelos durante el Holocausto. Al terminar el seminario, cuando viajé a Polonia en un tour de los campos de concentración y los cementerios de los grandes rabinos europeos, pude conocer brevemente (con la ayuda de mi padre) a Stanislaw Wrobel, el hombre que salvó a mi padre. Agradecerle personalmente volvió reales y concretas mis imágenes de la infancia. Aunque el encuentro fue corto e impersonal, despertó el deseo de entender más sobre la infancia de mi padre.

No puedo creer que regreso a Polonia con todos mis hermanos, para reunirnos con el hombre que salvó a la familia de mi padre durante el Holocausto.

Avancemos diez años. Mi hermano mayor, Iaakov nos dijo a mí y a mis otros tres hermanos: “Voy a viajar a Polonia a conocer a Stanislaw Wrobel. ¿Alguien quiere venir?”

Iaakov no sólo iba a conocer a Stanislaw, a sus hijos y nietos, sino que también planeaba ir a ver la granja en donde estuvieron ocultos mi padre y su familia.

A pesar de las dificultades financieras y las ajetreadas vidas de cada uno, reconocemos que esta es una oportunidad única en la vida que no se puede dejar pasar y eventualmente todos decidimos acompañarlo. No puedo creer que regreso a Polonia con todos mis hermanos, para reunirnos con el hombre que salvó a la familia de mi padre durante el Holocausto.

Decido que quiero llevarle un regalo, así que en una noche tranquila dejo de lado mi “lista de tareas” y me siento a pintar. Pinceladas de rojo y negro, un ángel blanco protegiendo a una pequeña familia acurrucada bajo un cielo de fuego y humo, y bajo ellas un futuro dorado-amarillo esparciéndose con pequeños puntitos y remolinos que simbolizan los descendientes que salieron de esa pequeña familia de cuatro miembros, llegando a un total de 28 hijos y nietos.

La reunión en Polonia

Llegué con mis hermanos a Varsovia, a la casa de Krystyna, la hija mayor de Stanislaw Wrobel, en donde nos sirven un precioso desayuno con amplio esfuerzo para proveernos comida kasher. Después del desayuno, el esposo de Krystyna, su hijo y un sobrino, nos llevan a Tomaszów Mazowiecki, un viaje de dos horas en auto, en donde nos encontraremos con Stanislaw en la casa de su hija menor, Bogumila.

Nos reciben afectuosamente con abrazos y besos, como si nos reuniéramos con nuestros primos perdidos. Este es uno de los aspectos más excepcionales del viaje: para ellos, somos su familia. Stanislaw lo dijo directamente: “El mismo milagro que salvó a su familia, salvó a mi familia”. Estoy tanto impactada como fascinada de cuán cercanos se sienten a nosotros. Entonces Java me recuerda que, en hebreo, la palabra ahavá, amor, viene de la raíz hav, dar. Mientras más das, más amas. ¿Quién dio más que Stanislaw mismo, que arriesgó su vida día y noche para proteger a una familia judía que ni siquiera conocía?

¿Quién dio más que Stanislaw mismo, que arriesgó su vida día y noche para proteger a una familia judía que ni siquiera conocía?

Intercambiamos regalos con los Wrobels. Los nuestros incluyen un álbum de fotos en el que aparecen todos los descendientes de las cuatro personas que ellos salvaron, candelabros de Jerusalem, una gran botella de whisky y mi cuadro. Luego nos sentamos a escuchar la historia que escuché de pequeña cada año el día en que mi padre fue liberado de su escondite. Pero esta vez, la oímos del hombre que le salvó la vida.

“Todo comenzó cuando se me rompió la bicicleta y la llevé a Opoczno para repararla”, comenzó a decir Stanislaw. “Un hombre que yo no conocía se me acercó y me preguntó si necesitaba arreglar mi bicicleta, y luego comenzó a hacerme preguntas…”

Dios arregló que tuviera lugar ese improbable encuentro entre Stanislaw y ese hombre (mi padre nos dijo que su nombre era Neiman), que buscaba familias polacas que estuvieran dispuestas a esconder judíos. Stanislaw, de 20 años, y sus ancianos padres, Stanislaw padre y Karolina, accedieron a recibir a la pequeña familia judía con la ayuda de una pariente, Rozalia, quien vivía con ellos y los ayudaba con las tareas domésticas. Mis abuelos les dijeron a los Wrobels que la guerra probablemente terminaría en la primavera, tan sólo unos meses más tarde. Con esa predicción convencieron a los Wrobels para que aceptaran ocultarlos por poco tiempo. Era noviembre de 1942. La guerra estaba lejos de terminar, pero todos tenían esperanzas.

Al principio, los “huéspedes” de los Wrobels eran mi padre, Hershel, llamado “Heniek”, que tenía sólo siete años, y sus padres Iaakov y Sara Frankiel. Muy pronto se sumó también la hermana de mi abuela, Bella, tras escapar de la última deportación.

Stanislaw nos explicó qué pasó después: “Probamos muchos escondites. Al principio los escondimos en el ático, pero eso era un problema porque había una escalera para subir. Cualquiera podía subir y encontrarlos escondidos allí. Luego cavé un pozo bajo las tablas del piso, como un sótano, pero esa solución tampoco fue buena porque el polvo cuando caminábamos por arriba de las tablas hacía toser al niño, lo cual revelaría el escondite. Luego cavé un pozo en el establo, pero la familia tenía miedo de que los caballos cayeran y los aplastaran. El último y final escondite fue un pozo que cavé afuera del granero”. Stanislaw cubrió el pozo con placas de madera, una capa de paja y luego tierra para ocultarlo, y colocó alrededor las herramientas de cultivo para ocultar el lugar.

Cada noche, durante más de dos años, Stanislaw fue al granero y les bajaba alimentos por una vara que estaba conectada al pozo. Él también sacaba los desechos, mientras otra persona de la familia hacía guardia para asegurarse que ninguno de los vecinos lo viera. Pero el pozo estaba apenas a nueve metros de distancia del río en donde el resto de la aldea llevaba a beber a sus animales, y el camino hacia el río pasaba a pocos metros del escondite. Esto implicaba que cada día la mayoría de los aldeanos pasaban cerca del escondite subterráneo. Otro problema era que, debido a su proximidad al río, el pozo se llenaba de agua que se filtraba por el suelo, y cada noche Stanislaw sacaba cubetas de agua del hoyo. En el verano era insoportablemente caluroso y estaba repleto de insectos, aunque él dijo que en el invierno las condiciones eran “mejores”, a pesar del frío congelante ellos se calentaban mutuamente con el calor corporal y la paja del piso proveía cierta aislación.

Otro obstáculo era conseguir comida para otras cuatro personas. El dinero era escaso y el oro que los Frankiel ofrecieron no servía de nada: si alguien tenía oro, enseguida sospechaban que estaba escondiendo judíos. Una vez a la semana, Stanislaw viajaba diez kilómetros con su caballo y su carreta a un molino en otro pueblo, donde no sospecharían de la cantidad de pan que compraba.

Una vez, los alemanes llegaron a buscar judíos. Les habían informado que una familia estaba escondiendo judíos.

Una vez, los alemanes llegaron a buscar judíos. Les habían informado que una familia de nombre Wrobel estaba escondiendo judíos. Dios, en Su infinita bondad, protegió a mi padre y a su familia. Los alemanes buscaron y cavaron en el jardín de otra familia Wrobel que vivía cerca del rio, tan sólo a un par de puertas de distancia. Los Wrobel sabían demasiado bien el precio que tendrían que pagar si los alemanes los descubrían. Cualquier polaco que escondía judíos era asesinado de inmediato. Stanislaw describió el constante miedo en que vivían. “Cada noche, por más de dos años, dormí vestido, para poder correr por mi vida”.

Ahora había llegado el momento de ver con nuestros propios ojos el lugar en donde nuestro padre estuvo escondido. Después de un viaje de 30 minutos en auto, llegamos a Opoczno y nos dirigimos a la pequeña aldea granjera y la propiedad de los Wrobel en donde estas valientes y dedicadas personas escondieron a mi familia durante la guerra. Mientras caminamos, Stanislaw, de 90 años, parece estar lleno de una vitalidad que no tenía antes. Su nieto Andrew comenta que cada vez que su abuelo viene a este lugar, se llena de una nueva energía. Hay algo del lugar que lo rejuvenece.

De pronto estamos parados ante una casa en ruinas en una pequeña propiedad con un granero. La granja es mucho más pequeña de lo que yo imaginaba. El lugar en donde estuvieron escondidos está mucho más cerca del camino. El milagro de su supervivencia es mucho más real. Estoy impactada. Es como si Stanislaw hubiera sido la mano derecha de Dios: él les proveyó el sustento y Dios proveyó la protección. Caminamos alrededor de la propiedad por un rato, maravillándonos de la providencia Divina, tratando de imaginar a nuestro padre y abuelos viviendo en ese pozo embarrado durante dos años.

Le debemos a Stanislaw nuestra eterna gratitud por salvar a nuestro padre, porque si no hubiera sido por él y por los milagros que Dios hizo a través de él, no estaríamos vivos. Somos el resultado de esos milagros.

Uno por uno, saltamos por una grieta en la cerca de ese pedazo de tierra abandonado y decimos la bendición agradeciendo y alabando al Gran Director: “Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del universo, quien realizó un milagro para mi padre en este lugar”.


Este artículo fue adaptado de una historia que apareció originalmente en la revista Mishpacha.