Nóaj Hertz nació en 1947 en la ciudad de Afula y creció amando a Israel y con el deseo de luchar por su país. Pero el judaísmo no era algo que alguna vez hubiera considerado seriamente. La Guerra de Iom Kipur cambió todo.

Nóaj se había casado hace poco, tenía una hija de dos años y otro bebé en camino. Él salió del ejército en agosto de 1973, un mes antes de que comenzara la Guerra de Iom Kipur. Con la guerra, el piloto fue convocado para cumplir su servicio de reserva y dejó a su familia en su kibutz en el Néguev.

En Iom Kipur, el 6 de octubre de 1973, Siria y Egipto atacaron sorpresivamente las fronteras del norte y del sur de Israel, con la intención de agarrar al país con la guardia baja ya que la mayoría de los soldados estaban con licencia, ayunando o pasando el día en la sinagoga. Hertz recuerda: “A las dos horas de recibir la llamada ya estaba sentado en mi avión, listo para partir”. La serenidad de Iom Kipur se quebró ante la terrible realidad de una guerra que amenazaba la existencia de Israel.

Nóaj Hertz en la fuerza aérea antes de la Guerra de Iom Kipur.

“Oí por mi auricular que cientos de nuestros aviones estaban en el aire y que muchos habían sido derribados”, dijo Hertz.

Nóaj volaba en su Skyhawk Mirage, y sus órdenes eran dirigirse hacia las Alturas del Golán, donde miles de tanques sirios, apoyados por aviones y baterías antiaéreas, habían logrado penetrar hacia el sur de las Alturas del Golán. Las fuerzas israelíes luchaban valientemente mientras esperaban que llegaran las tropas de reserva. “En los primeros días de la guerra, volé en varias misiones. Al cuarto día de la guerra me derribaron”.

Volar bajo sobre Damasco

Era un jueves. La fuerza aérea había ordenado luchar contra los sirios. La misión de Hertz y de otro piloto era atacar una base en la periferia de Damasco.

“Teníamos que volar a muy baja altitud para evitar que nos captara el radar”.

Cuando volaba a 4.500 metros de altura, y a alrededor de 700 km por hora, su avión recibió el impacto directo de un misil tierra-aire soviético Sa6. “El avión comenzó a caer en picada”, relata con calma, recordando cómo la combinación del ataque y la repentina perdida de altitud provocaron que perdiera el conocimiento. “Me desperté diez segundos antes de que mi avión se estrellara contra el suelo. De inmediato apreté el botón de eyección y se abrió mi paracaídas".

La pareja recién casada

Lo siguiente que Hertz recuerda es que abrió los ojos en un hospital Sirio. Estaba débil, golpeado y con dolores insoportables. Se dio cuenta que le habían amputado una pierna.

“Cuando me desperté, pensé en tres cosas: estaba vivo, el dolor era terrible y lo único que quería era volver a casa, a Israel, con mi esposa y mi familia”.

Nóaj Hertz se despertó en un hospital sirio.

Él estuvo cinco días en el hospital, recibió mínima atención médica tras la amputación, que él calcula que tuvo lugar tras una grave quebradura al caer. “Me visitó una vez un médico que pasó a mi lado. Me dieron calmantes y eso fue todo. Hicieron lo mínimo necesario para mantenerme vivo”.

Esperanzas frustradas

Algunos días más tarde, por un momento Nóaj tuvo la esperanza de que volvía a casa cuando lo sacaron de la cama del hospital y lo subieron a un camión. “Estaba seguro de que el ejército israelí había ganado la guerra. El dolor durante ese viaje fue inimaginable, pero lo que me mantuvo con fuerza fue el hecho de creer que iba a reunirme con mi esposa y mi familia”.

Pero en cambio lo llevaron a una prisión en donde pasó los siguientes cuatro meses y medio en confinamiento solitario. Él era uno de los veinte pilotos y soldados israelíes capturados por los sirios que había en esa prisión, cada uno estaba en una pequeña celda, sin ningún contacto entre ellos.

Ignorando las convenciones de Ginebra, los sirios trataron a los prisioneros de guerra israelíes de una forma espantosa. Cuando las fuerzas israelíes avanzaron, encontraron los cuerpos de 28 soldados israelíes a quienes les vendaron los ojos y los ejecutaron. La mayoría de los soldados que fueron tomados prisioneros por Siria fueron torturados, sufrieron quemaduras, shocks eléctricos y una gama de castigos brutales.

Durante su primera semana en prisión, Hertz recuerda que la mayoría de los prisioneros israelíes fueron interrogados, pero él se salvó. “Yo era un reservista y además estaba gravemente herido. Tal vez por eso me dejaron tranquilo. Lo que los otros soldados vivieron es inimaginable. En el proceso asesinaron a dos de ellos”.

El primer tratamiento médico que Hertz recibió en prisión, fue para detener el sangrado después de que le pegaran en la boca. “El médico ni siquiera miró mi pierna. Yo tuve que cuidarme solo”. Antes de que el médico se fuera, Hertz le pidió algunos suministros médicos que afortunadamente le dieron. “Vertí alcohol sobre la herida, me até un torniquete y la envolví con una venda”.

Varios días más tarde, fue a su celda un médico para revisar su condición y retornó cada cuatro días para cambiarle la venda. “Fue un milagro que no muriera de una infección”.

Confinamiento solitario

“A pesar del miedo terrible de ser torturado o asesinado, lo peor era la soledad y no saber cuándo iba a terminar”. Durante días y noches vivió casi sin ningún contacto humano, sólo con los pensamientos de la vida que había dejado en Israel.

Nóaj Hertz con su hija.

“Hubo momentos muy difíciles que nunca olvidaré, en los que sentí que no podía más”. Uno de esos momentos fue durante el frío de un duro invierno cuando desarrolló una infección. “Estaba débil, sumamente adolorido, tenía fiebre y mi herida sangraba. Temblaba y no tenía ni siquiera una manta. Repetía una y otra vez: ‘No puedo más, no puedo más’. Temía dormirme porque pensaba que no me volvería a despertar.

“Comencé a pensar en mi hogar, mi esposa y mi familia, todo lo que solía tener en mi vida y comencé a llorar. Había dejado en Israel a mi esposa, que estaba por dar a luz. Lloré, lloré y lloré”.

Desde lo más profundo de su ser, algo comenzó a luchar. “Cuando lo necesitas, Dios te da cierta fuerza. Las palabras del Shemá Israel salieron desde lo más profundo de mi estómago. Esas fueron mis primeras palabras de plegaria. ‘¡Shemá Israel, Dios ayúdame, ayúdame!’, grité una y otra vez”.

Hertz se quedó dormido diciendo esas palabras. Al despertar vio que entraban a su celda dos guardias árabes con un colchón, una manta y una camisa. Al recordarlo, él cita una línea de Tehilim: “Cuando llamas a Dios con sinceridad, Él te escucha”.

“Pensé en muchas cosas. Una vez, uno de los guardias, un árabe que había huido de Israel a Siria, me dijo que los judíos no tenían derecho a la tierra, que según su opinión esa tierra le pertenecía a él”. Ese breve intercambio carcomió a Hertz durante las largas horas que pasó a solas.

“Comencé a pensar: ¿Cuál es mi conexión con la Tierra de Israel? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi derecho a la Tierra? Mi familia había llegado de Rusia, de Polonia, pero ese árabe me decía que él estuvo allí antes que nosotros. Eso me sacudió. No tenía las respuestas”.

Ese resultó ser un momento clave. “Desde mi pequeña celda comencé a buscar respuestas. Empecé a pensar en la historia más allá de la generación de mis padres, comencé a pensar en nuetsro patriarca Abraham, en cómo le dijeron que dejara su lugar de nacimiento y en el hecho de que se le prometió la Tierra de Israel. Mientras más lo pensaba más entendía que la educación que recibí no era suficiente. Era como un huérfano en historia”.

El despertar al judaísmo

Después de cuatro meses y medio, Nóaj Hertz fue llevado con otros prisioneros de guerra israelíes. “Era difícil, pero mucho más fácil que estar solo”. Entre el grupo había varios otros pilotos que se habían eyectado de sus aviones, incluyendo otros tres que sufrieron amputaciones.

Hablando a soldados israelíes.

“Muchos habíamos tenido un despertar respecto al judaísmo”. Muchos habían rezado por primera vez en sus vidas y sentían gratitud por haberse salvado. Los soldados se unieron, tratando de darse fuerza mutuamente.

“Logramos encender velas con la grasa de la sopa”, afirmó Hertz y recordó que por esa época finalmente les permitieron recibir visitas de la Cruz Roja. “Cuando se aproximaba la noche del Séder, pedimos matzá y ante nuestra sorpresa recibimos un poco de matzot”.

Con la Cruz Roja esforzándose para asegurar los derechos religiosos de los prisioneros, los soldados recibieron algunos libros de plegarias. “Hacíamos dos servicios diarios con minián, en la mañana y a la tarde. Algunos venían de familias tradicionales, pero ninguno había sido religioso”.

“Una vez que te quitan el rango, el uniforme y estás en pijama, el alma comienza a hablar. En el interior hay pequeñas chispas que conocen la dirección y cuando esas chispas crecen, logran salir al exterior”.

Una semana antes de ser liberados, las condiciones de los soldados comenzaron a mejorar. Hertz recibió ropa nueva e incluso una prótesis básica para la pierna.

Nóaj Hertz

Los prisioneros de guerra heridos fueron liberados primero. “Era Shabat. Sentí una enorme alegría. Me reuní con mi esposa y conocí al bebé que nació mientras yo estaba cautivo. Es difícil ponerlo en palabras”.

Tras el júbilo de volver a casa, Hertz y su esposa continuaron el camino que él comenzó en su celda. “Comenzamos a formularnos preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Qué valores queremos transmitirles a nuestros hijos? Empezamos a pensar y a formular grandes preguntas, por qué pasan ciertas cosas, guerras, el Holocausto… Buscábamos respuestas”.

Hertz se unió al ejército como ingeniero y retornó a los cielos como co-piloto. Él y su esposa comenzaron a asistir a clases sobre judaísmo. Uno de los primeros cursos que tomaron fue sobre filosofía judía basado en El Kuzari, que explora las creencias fundamentales del judaísmo. “Era muy profundo. Ansiaba saber lo que estaba escrito en todos esos otros libros que había en los estantes”, agrega Hertz con una sonrisa.

Pasaron cuarenta y seis años desde que Hertz fue liberado. “Ser parte del pueblo judío es increíble. Lo que hay adentro es una herencia impresionante”. Después de dedicar décadas a hablar con soldados, estudiantes y comunidades por todo Israel, Hertz recibió un premio de distinción por su servicio a Israel y a las Fuerzas de Defensa.

“Mientras más pienso en mi historia, más veo cómo Dios me regaló dos veces la vida. Una vez cuando nací y la segunda cuando me tomaron cautivo. Sin duda esa es otra clase de cumpleaños”.