Diez días después del fallecimiento de mi padre, Rav Jaim Grosz de bendita memoria, recibí un gran sobre de papel manila en el que había una tarjeta de una iglesia católica de Nueva Jersey. En la parte exterior de la tarjeta estaba escrito “María Reina de las Misiones”. En el interior había un formulario impreso de la iglesia informando que iban a decir una misa perpetua por la elevación del alma de Jaim Grosz, con su nombre cuidadosamente escrito a mano.

La tarjeta de María Reina de las Misiones

¿Cómo podía ser que estuvieran dispuestos a decir una misa perpetua por él? Mi padre, un destacado rabino jasídico, nació en enero de 1944 en Hungría. Milagrosamente sobrevivió cuando su familia fue deportada a Bergen Belsen. Cuando los liberaron 18 meses más tarde, en abril de 1945, él apenas pesaba un poco más que un recién nacido. Sus padres y hermanos sobrevivieron los campos, pero estaban física y emocionalmente quebrados. Como la mayoría de los sobrevivientes del Holocausto, no pudieron retornar a sus hogares y mientras esperaban recibir permisos legales para inmigrar fueron enviados a campamentos de refugiados.

La tarjeta con el nombre de mi padre

Antes de viajar a los Estados Unidos, mi padre y su familia estuvieron un tiempo breve en un campamento de refugiados en Italia. El padre de mi padre era un rabino conocido. Como la mayoría de los rabinos jasídicos húngaros, mi abuelo vestía un largo caftán negro, un sombrero redondo de piel de castor y, como era la costumbre de un “hombre de Dios”, caminaba con las manos entrelazadas detrás de su espalda. Las ancianas italianas lo confundían con un sacerdote y en su fervor religioso corrían hacia él y trataban de besarlo.

Mi abuelo se esforzó mucho para evitar esa situación, llegando al grado de cambiar su ropa y hacer todo lo posible para apresurar su emigración de Italia. ¿Qué hubiera pensado él de esa tarjeta que nos informaba sobre la misa perpetua por mi padre, un heredero de una dinastía jasídica?

Como soy su pariente más cercana y la sucesora de su patrimonio, me enviaron a mí la tarjeta. Pero no se lo conté a nadie… ¡No tenía ningún sentido! Llamé a la iglesia buscando una respuesta. La secretaria que respondió no sabía nada al respecto, pero me prometió que el “Padre mismo” me llamaría. ¿Oh Padre que estás en el Cielo? ¿Qué fue lo que hizo mi padre?

Mi padre, de bendita memoria

Diez días más tarde recibí una llamada. El sacerdote me explicó que la iglesia tenía algunos problemas legales y que cuando fueron a la corte utilizaron el caso de mi padre como un precedente legal… ¡y ganaron! "Ah... El famoso caso de mi padre…", pensé.

Se me hizo un nudo en la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas al pensar sobre “el caso”. A mediados de los años 70 mi abuelo sufrió un infarto y no podía caminar hasta la sinagoga. La ley judía prohíbe manejar en Shabat y no había en la zona un eruv, una línea de demarcación que permitiera que lo empujaran en una silla de ruedas. Simplemente no había forma de que pudiera llegar a la sinagoga en el sagrado Shabat. Su llanto era desgarrador.

Entonces mi padre resolvió el problema transformando la sala de la casa en una sinagoga sustituta, un shtibel, lo que en idish significa “habitación”. Un día a la semana, perdíamos la sala que simbolizaba que éramos una linda familia norteamericana. Venían otros sobrevivientes del Holocausto que añoraban las plegarias al estilo jasídico acostumbrado en Slivovitz, y también había arenque. En total quizás había 15 hombres, algunos con números tatuados en los brazos y otros no, pero todos llevaban de alguna forma las cicatrices de la guerra. Ellos venían los viernes a la noche y los sábados a la mañana, no tanto para rezar a Dios como para verse entre ellos, apegarse a los demás con sus reminiscencias sobre una forma de vida que ya no existía.

Pero eso no iba a durar. Después de tres semanas de estas reuniones semanales, los vecinos decidieron ponerles un fin y reclamaron que se cumpliera el código municipal.

Mi abuelo, cortando aravot

La ciudad de Miami Beach quiso clausurar esos grupos de plegarias de los viernes a la noche y los sábados a la mañana. Para los oficiales de la ciudad, se trataba simplemente de un tema de zonificación. Vivíamos en un área residencial y la ley establecía claramente que no podíamos mantener servicios de plegarias en nuestra casa. Caso cerrado.

La audacia que lo impulsó durante toda su vida entro en acción. Él no iba a volverse atrás.

Mi padre, que pasó sus dos primeros años de vida con un trapo dentro de la boca para que nadie lo oyera gritar ni emitir ninguna clase de sonido, una vez que le quitaron el trapo sólo tenía un volumen: aullidos. La audacia que lo había impulsado durante toda su vida entró en acción. Él no iba a volverse atrás. Estaba furioso. ¡Estaban en los Estados Unidos! ¡Y se trataba de su amado padre! ¡Simplemente era una habitación de su casa en la que una vez por semana se reunían a rezar 15 ancianos!

Ningún abogado quiso aceptar el caso. Era algo que se oponía a las leyes de zonificación de la ciudad de Miami Beach y al parecer el viejo dicho: “No puedes luchar contra la municipalidad”, era cierto. Excepto que Jaim Grosz no entendió el mensaje.

Como era el hijo de un rabino, mi padre no estudió más allá de cuarto grado en inglés y estudios seculares. A los 17 años reconocieron su brillantez y recibió su ordenación rabínica de uno de los más reverenciados rabinos jasídicos del mundo. Con su audacia habitual, mi padre decidió que si ningún abogado tomaba el caso, él mismo se haría cargo y confiaría en su prodigioso conocimiento de la ley talmúdica.

Compramos una máquina de escribir IBM Selectric, tres paquetes de papel tamaño legal, y me convertí en la asistente legal de mi padre. Aprendí palabras como “demandante”, “demandado”, cómo escribir con márgenes justificados y confiamos en un diccionario legal para dar una sensación de autoridad.

Mi padre iba a enfrentarse a Janet Reno en la Corte Suprema del Estado de Florida.

Mi padre perdió la primera ronda debido a las leyes de zonificación que prohibían que hubiera una sinagoga en un área residencial. Furioso ante lo que percibía como un acto contrario a Dios y antijudío, provocó al juez y recibió una sentencia suspendida de 60 días.

Janet Reno, la fiscal del estado que se convirtió en fiscal general de los Estados Unidos

En 1979, representándose a sí mismo y armado con convicción, dos libros religiosos (un masivo Código de la Ley Judía y un volumen del Talmud), su sobrino Heshy y mis resúmenes cuidadosamente tipiados, mi padre se enfrentó a Janet Reno en la Corte Suprema del Estado de Florida. A los abogados no les agrada que las “personas comunes” se representen a sí mismas. Mi padre llegó preparado a la alta corte vestido con traje y corbata, prendas que normalmente no usaba. Él era un hombre bajo, no medía más de un metro sesenta, con pantalones negros con el ruedo mal cosido. Parecía un niño al lado del metro ochenta de Janet Reno.

El Estado afirmó que mi padre había creada una casa de culto en un área en la que estaba prohibido hacerlo de acuerdo con el código de zonificación, una mera ordenanza. En respuesta, él decidió enfrentarlos con la ley constitucional. Comenzó su estrategia declarando que la Primera Enmienda habla tanto de la libertad religiosa como del derecho de reunirse pacíficamente. Luego citó la decimocuarta Enmienda, que ratifica a los Estados la obligación de permitir asambleas pacíficas. El Estado llamó a su testigo experto para que explicara ante la corte cómo se ve una sinagoga.

Cuando llegó el turno de mi padre de interrogar a los testigos, él colocó los dos grandes libros hebreos sobre el estrado de los testigos y le pidió al experto que leyera en hebreo los requerimientos para una sinagoga, pero el experto no podía leer en hebreo.

Entonces mi padre le dijo al juez: “Su Excelencia, no es posible que este sea un experto en sinagogas judías. Él no puede leer en hebreo, el lenguaje original del pueblo judío. ¡Incluso los Padres Fundadores hablaban en hebreo! ¡En Harvard hablan hebreo! ¿Cómo puede ser que un judío experto en la ley judía no conozca el lenguaje original?”.

Quizás al juez le agradó que le dijeran “Su Excelencia”, porque pese a las vigorosas objeciones de la Fiscal del Estado, no aceptó la opinión del experto. Mi padre explicó cómo opera una sinagoga a diferencia del encuentro de un grupo de plegarias: no había cuotas, él no ganaba dinero, sólo tenía lugar los fines de semana. Además, nadie manejaba porque era en el sagrado Shabat, por lo que no había autos obstruyendo el camino. Finalmente, nunca había más de 15 hombres. Era una reunión religiosa, pura y simple, protegida tanto por la primera como por la decimocuarta enmienda.

Ganó la apelación y apareció en los principales canales de noticias.

Mi padre no sólo ganó la apelación, sino que apareció en el Miami Herald y en los tres canales de noticias que existían en ese momento (ABC, NBC y CBS). Fue una enorme victoria. Mi padre se enfrentó a la Municipalidad, al Estado de Florida, a la Fiscal del Estado que se convirtió en fiscal general de los Estados Unidos y a la Corte Suprema de Florida.

Su caso sentó un precedente, y esa iglesia católica de Nueva Jersey, un templo coreano en Hawaii, una iglesia santeria en Hialeah y cientos más, usaron el caso como un argumento para luchar sus propias batallas religiosas y de zonificación.

Todavía guardo la tarjeta de la misa perpetua junto con sus documentos y su billetera en mi caja de seguridad. Es el testamento de un hombre que cuando nació no le permitieron hablar, que construyó una pequeña sinagoga para dar placer a su padre y terminó llevando a Dios a todas partes.