Si te contara todo lo que me ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cómo comenzó para mí y cómo terminó, cómo sobreviví y cuántas veces casi morí, los amigos que perdí y los amigos que encontré, llenaría más volúmenes que los años de mi vida. Sin embargo, algunas historias resaltan en mi mente, y esta es una de ellas.

En 1944 yo tenía quince años. Cuando liquidaron el Gueto de Varsovia, me enviaron junto con otros 800 judíos al campo de trabajo Budzyn, en Polonia. En el campo había como 2.000 prisioneros, incluyendo mujeres y niños. La mayoría trabajábamos hasta el agotamiento o la muerte en un complejo industrial militar cercano. Algunos trabajaban como sirvientes en las casas de los polacos locales.

Muy pronto descubrí que el secreto para sobrevivir era conseguir un trabajo “con beneficios”, es decir, donde la carga de trabajo no era tan pesada, donde el supervisor no era tan cruel o donde se podía conseguir comida, incluso si era necesario robarla. Si faltaba alguno de estos factores, la muerte no tardaba en llegar.

Yo trabajaba en la fábrica de armas. Era una labor difícil y agotadora. Un día, el supervisor polaco me hizo señas para que lo siguiera a una nueva ubicación: una espacioso e iluminado depósito. En el centro, apoyada sobre atriles de madera, había un ala enorme de un avión de combate, de 4 metros y medio de largo por 1 metro y medio de ancho. Otras partes de avión estaban alineadas contra las paredes, y por todos lados había latas de pintura gris, verde y marrón. El polaco me mostró lo que debía hacer. Tenía que usar las latas de aerosol presurizado para pintar las alas y el resto de las partes lo más parejo que pudiera, todo de acuerdo a las especificaciones. Estaba encantado, pero no me atreví a mostrarlo en mi rostro. No parecía ser un trabajo pesado, sino algo que una persona podía hacer sola. Le agradecí a Dios por el trabajo.

Lamentablemente, muy pronto mi alegría se convirtió en desesperación. La pintura tenía una fuerte base de acetona y al rociar las alas del avión me encontré envuelto por una nube de vapor nocivo que quemó mis pulmones, me hizo picar los ojos y confundió mis pensamientos. Traté de cubrirme la boca, pero los trapos sucios que había en la habitación, con su intenso olor a trementina, no ofrecían ninguna protección. Mis manos y mi cara se mancharon de pintura y mi cabeza volaba.

Cada mañana, antes de entrar a esa sala, respiraba varias veces profundamente para llenar mis pulmones de aire limpio y fresco, con la esperanza de que fuera suficiente para todo el día. Desde ese momento hasta la noche, trataba de respirar lo menos posible y superficialmente. Por supuesto que eso no ayudaba en absoluto, y al poco tiempo ya estaba inhalando nuevamente los gases tóxicos. Tenía que esforzarme enormemente para concentrarme en el trabajo, pero no me atrevía a parar. Mis pensamientos se confundían y a menudo alucinaba. A veces pensaba que escuchaba voces en la habitación vacía, hasta que me daba cuenta que era mi propia voz. Pensaba que veía personas paradas a mi alrededor, pero desaparecían cuando me daba vuelta para mirarlas. Estaba solo en la habitación, salvo la presencia de un supervisor polaco que se sentaba al fondo del depósito, siempre medio borracho o medio dormido. Él nunca miró en mi dirección.

Esto continuó por dos semanas, sin un descanso. Apenas terminaba un ala, traían otra en su lugar. Llegó un punto en el que ya no podía continuar. Sentí que me iba a morir. Pensé que la cámara de gas era mejor que esa lenta muerte por envenenamiento.

Puedes traerme las joyas de mi madre. Están escondidas en el cementerio de Varsovia.

Uno de esos días, el supervisor se levantó inesperadamente de su silla y se me acercó. Alto, rubio y de ojos azules, el vodka de su aliento se mezclaba con los otros olores químicos de la habitación. Sacudí mi cabeza e intenté concentrarme en lo que él quería de mí. Sentía como si estuviera nadando en medio de un líquido denso y oscuro, luchando para salir a la superficie.

—Judío, ¿Qué puedo hacer por ti? —me preguntó.

Yo no entendí a qué se refería y di un paso hacia atrás. Pero él se acercó, sus ojos sanguinarios me observaban como a través de la niebla.

–Judío, ¿Qué puedo hacer por ti? —volvió a decir.

—Sólo déjame morir –le respondí, luchando para contener mis lágrimas.

—No, dime qué puedo hacer por ti. ¿Puedo traerte algo?”

¿Traerme algo? Las palabras cayeron en espiral hacia mi cerebro, como si atravesaran un remolino enlodado. Mi respuesta salió sola de mi boca. Hasta el día de hoy, no sé de dónde salieron las palabras.

—Puedes traerme las joyas de mi madre. Están escondidas en el cementerio de Varsovia.

—¿Dónde? ¿Dónde? —preguntó y me agarró la muñeca con su mano sucia—. ¿¡Dónde puedo encontrarlas?!

Esa noche, mientras regresaba al búnker, repasé lo que había ocurrido ese día. ¿Realmente el polaco me había hablado o fue una alucinación? ¿En verdad le había dicho sobre las joyas de mi madre o lo había imaginado? Y si le había dicho eso a ese ladrón asesino, ¿cómo pude haber sido tan estúpido? Las preciosas joyas de mi madre… Ahora nunca más las volvería a ver.

Al día siguiente regresé al trabajo y fue como si nada hubiese ocurrido. El polaco se sentó en su esquina, borracho y medio consciente, y nunca miró en mi dirección. Me esperaba una nueva ala de avión, sin tiempo que perder. Lo que recordaba de ayer debía haber sido una alucinación. Regresé al sofocante trabajo de pintar las alas.

Pasó como una semana. Yo seguí trabajando en el hangar; la situación no mejoró.

Un día, el polaco se levantó de su asiento y se me volvió a acercar. Dejé de trabajar para enfocarme en él.

—¡Toma judío! —dijo y me puso una pequeña y redonda hogaza de pan negro en la mano. Luego se dio vuelta y regresó a su asiento.

¡Una hogaza de pan! ¡En Budzyn esto era más valioso que el oro! Yo estaba tan hambriento que podría habérmela comido toda de un mordisco. Pero decidí llevarla de regreso al campo para compartirla con mi tío y con mi amigo, Simja Holtzberg.

Al regresar al campo esa noche, escondí la hogaza debajo de mi camisa. Más tarde, al estar acostado en la litera entre mi tío y Simja, saqué el pan y se los mostré. Ellos tampoco podían creerlo. Mi tío quiso tocarlo para asegurarse que era real.

“Quizás ese guardia es el profeta Eliahu”, dijo Simja con una sonrisa, pero yo no respondí. Para ser honesto, a mí también se me había ocurrido esa idea. De las historias infantiles que yo recordaba, él se veía como Eliahu, con sus ojos azules, mandíbula cuadrada y cabello rubio ondulado.

La hogaza estaba hueca. Adentro había algunas de las joyas de mi madre. Ellas salvaron nuestras vidas.

Decidimos que comeríamos toda la hogaza en ese mismo momento, en vez de dividirla en trozos pequeños para que durara varios días. Partí la hogaza haciendo el mínimo ruido posible, para que ninguno de los prisioneros escuchara. Entonces algo pequeño cayó del pan. Lo miré y me di cuenta que la hogaza estaba hueca. Adentro había algunas de las joyas de mi madre. Los tres nos miramos sin poder creerlo. ¿Realmente el polaco había viajado 400 kilómetros hasta Varsovia para desenterrarlas? ¿Y por qué me las entregó? ¿Era él realmente el profeta Eliahu?

Por supuesto, comimos el pan, pero lo más importante es que las joyas salvaron nuestras vidas. Cambiamos algunas por comida, ropa y otros medios de supervivencia. Una vez, cambié una por una rebanada de pan y luego cambié un mordisco de ese pan por la oportunidad de ponerme unos tefilín que alguien había encontrado en el campo. “Tienes una rebanada de pan extra hoy. Puedes cambiar un mordisco para hacer la mitzvá”, me dijo mi tío.

Seguí trabajando en la fábrica de aviones. El supervisor nunca me volvió a mirar ni a hablar, ni yo a él. Algunas semanas después me transfirieron a otra tarea. Puede respirar profundo… por un tiempo.

Sería lindo terminar aquí la historia. Dejarla como un misterio, tan incomprensible como toda mi supervivencia durante esos años amargos. Pero hay una segunda parte. Ocurrió años después, cuando ya me había asentado y formado una familia en Israel.

Fue en la noche de un sábado, después del Bar Mitzvá de nuestros gemelos, Betzalel y Menashé. Durante todo el día nuestra casa estuvo repleta de invitados, comida y regalos. Finalmente, mi esposa y yo estábamos ordenando y limpiando. Ella acomodaba la sala y yo lavaba los platos en la cocina.

"Suficiente Avraham, es bastante por hoy. El trabajo no se va a ir a ninguna parte, puede esperar hasta mañana. En el centro comunitario hay una charla interesante. Vamos a escucharla", me dijo mi esposa.

Viajamos al centro comunitario y nos sentamos. No puedo decir si el orador era interesante o no; estaba tan cansado que me quedé dormido casi apenas me senté. De repente, me desperté sobresaltado por un comentario de alguien que estaba sentado detrás nuestro. “Si, él estuvo en el cementerio en Varsovia”.

“¿Qué? ¿De qué habla?”, pensé. Cuando estalló la guerra, yo también había buscado refugio en el cementerio de Varsovia. Me incorporé en la silla y observé atentamente al disertante. ¡Lo reconocí! Era Yorek, que se había escondido conmigo en el cementerio. Obviamente habían pasado los años y ahora era un erudito distinguido. Incluso había escrito un libro sobre el Holocausto, el tema de su charla. Cuando terminó de hablar, me acerqué.

—¿No eres tú Avraham Carmi? —me preguntó.

—¡Sí, soy yo!

Se rio y me abrazó. Entonces, antes de que pudiera decir nada, él susurró en mi oído:

—Sabes, Lieberman robó las joyas de tu madre.

—¿Lieberman? ¿Quién es Lieberman?

—¿No lo recuerdas? Alto, rubio, con ojos azul claro. Él vino al cementerio y dijo que tú lo habías enviado. Le pidió a alguien que lo ayudara a encontrar el mausoleo rojo en la sección judía.

Ese polaco borracho, que dormía todo el día en un rincón de la fábrica de aviones, en verdad era un judío, disfrazado para sobrevivir la guerra.

De repente entendí todo. Ese polaco borracho, que dormía todo el día en un rincón de la fábrica de aviones, en verdad era un judío, disfrazado para sobrevivir la guerra.

—¡Él no era un ladrón! ¡Era el profeta Eliahu! —dije temblando de emoción.

—Lo fue para ti —respondió Yorek, con una irónica sonrisa.

Para hacer la historia corta, este Lieberman también sobrevivió la guerra y logró llegar a Tel Aviv, donde dirigía una pequeña fábrica. Yorek me dio su dirección y varios días después fui a verlo. Apenas entré lo reconocí, aunque ya no olía a alcohol. Me saludó con naturalidad, como si nos hubiéramos visto el día anterior. “Ven, tengo algo para ti”, dijo y me llevó a su oficina. Abrió un cajón y sacó una pequeña lata de metal: el joyero de mi madre. Estaba vacío, pero eso no importaba. Lo que importaba era que los dos estábamos vivos, sentados cara a cara en una oficina en Tel Aviv.

Mi Eliahu era un hombre de carne y hueso… ¡y judío! Sin embargo, él salvó mi vida. Para mí, él fue y será siempre un ángel disfrazado.


Esta historia apareció originalmente en My Portion in the Land of the Living: The Story of Avraham Carmi, de Efrat Hiba. Fue traducida y adaptada por R. Eliezer Shore en su libro Meeting Elijah: true tales of Eliyahu Hanavi.