I. GÉNESIS

En la primavera de 1975, mi hermano Michael, que en ese momento tenía 24 años, estaba volviendo a casa de un viaje por Asia cuando pasó por Israel. Su plan era quedarse unas pocas semanas antes de regresar a Nueva York. El 28 de abril, él le escribió a nuestros padres: "De todas las opciones posibles, estoy viviendo en una ieshivá judía ortodoxa. Cuando llegué a Jerusalem, fui a visitar el Muro de los Lamentos y me invitaron. Ellos merodean por ahí buscando turistas desprevenidos para hacer proselitismo. Son una especie de secta judía dedicada a llevar de regreso al judaísmo a los judíos perdidos. El mensaje no me impresionó especialmente, pero fue una semana realmente interesante". El 4 de junio, él me escribió: "Mi falta de fe ha sido puesta a prueba".

Me gustó la ironía de la frase. Pero entonces comprendí su significado. Seguí leyendo: "Leí y conversé sobre esto lo suficiente como para entender que los argumentos respecto a la existencia de D-os (el hecho de escribirlo de esta forma muestra cuán supersticioso me estoy volviendo), son muy plausibles y son intelectual y emocionalmente convincentes… Es aterrador, porque si bien pude convencerme de la posibilidad e incluso de la probabilidad de la religión, ésta no me gusta para nada: sus 613 mandamientos, su puritanismo, su conservadurismo político y su filosofía de 'los judíos primero'. Por otro lado, si es la verdad, no seguirla implica darle la espalda a la verdad".

Él decidió posponer su regreso hasta fines de julio...

Inmediatamente llamé a mis padres. Mi madre pensó que yo era una alarmista. Mike no podía ser serio respecto a la religión, era algo demasiado alejado de la forma en que había sido educado. "No escribe Dios, sino D-os. Hay una ley religiosa respecto a que no se puede destruir un papel en el cual esté escrita la palabra Dios", les dije.

Dos semanas más tarde, mis padres recibieron otra carta: "No les escribí porque me cuesta describir lo que está ocurriendo. Cada vez me siento más atrapado en una religión cuya verdad no puedo negar… Nunca me dediqué demasiado a pensar sobre la existencia de Dios. Mis experiencias con LSD me dejaron (al igual que a Ellen) con la idea de que hay 'algo' más allá, pero nunca pensé que se lo pudiera conocer o explicar (o si es explicable, obviamente más en términos de experiencias místicas y budismo que como el 'Dios de nuestros Padres' del judaísmo). Pero el tiempo que pasé aquí me obligó a aceptar qué es lo que puede ser ese 'algo'… No me estoy volviendo loco pensando en Jesús, no llegué a esto a través de ningún momento de iluminación ni por el deseo de ser parte de un grupo. Ha sido un proceso intelectual (contra el cual todo el tiempo he luchado emocionalmente), y nada me gustaría más que rechazarlo. Pero simplemente no creo que pueda hacerlo. La última 'sorpresa' de esta carta es que no puedo irme de aquí a fines de julio. Si acepto esto como la verdad, tengo que tomarme un tiempo para estudiarlo".

La "verdad" que Milke se proponía aceptar era el judaísmo en su forma más extrema y absoluta: el Dios del Viejo Testamento existe; Él ha elegido al pueblo judío para cumplir Su voluntad; la Torá (los Cinco Libros de Moshé y la Ley Oral que elabora sobre ellos) es literalmente la palabra de Dios revelada a los judíos en el Monte Sinaí; la creación, los milagros de Egipto y otros eventos bíblicos de hecho ocurrieron; las leyes de la Torá, que se basan en 613 mitzvot (mandamientos) y gobiernan todos los aspectos de la existencia, deben obedecerse en cada detalle; son eternos e inmutables.

Mis padres tuvieron el mismo primer impulso: "Vamos a Israel a buscarlo para traerlo a casa". Mi padre ya estaba por salir a comprar los pasajes de avión cuando se miraron y decidieron que su reacción era exagerada. Mi propia reacción fue una especie de pavor primigenio. En mi universo, las personas inteligentes y sensatas que crecieron en hogares seculares durante la segunda mitad del siglo XX, no aceptaban el fundamentalismo bíblico, mucho menos llegaban a él a través de un "proceso intelectual". Mi hermano era sumamente inteligente, siempre pareció ser una persona sensata. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?

* * *

Mi padre es un teniente de policía jubilado. Mi madre es ama de casa. Ellos se casaron durante la Depresión, y ahora viven en una casa con la hipoteca ya pagada en un barrio de clase media modesta en Queens, Nueva York. Tienen educación universitaria, una mentalidad literaria y políticamente son liberales. Yo soy la mayor de sus tres hijos. La segunda es mi hermana, una estudiante de posgrado de lingüística. Mike es el menor. Mike y yo nacimos en diciembre, con nueve años de diferencia, casi el mismo día. La coincidencia de nuestros cumpleaños es una de las muchas semejanzas que compartimos. Si el prospecto de que Mike se convierta en un judío ortodoxo fue aterrador, no se debió sólo a que él sea mi hermano, alguien a quien amo, sino que siento casi una identificación mística con Mike. Nuestras fotos de cuando éramos bebés son casi idénticas, y aunque ahora Mike es más alto y más delgado que yo, teníamos la misma piel clara, el cabello castaño rizado y ojos verdes astigmáticos y somnolientos. Éramos (no porque yo crea en esas cosas, pero de todos modos…) típicos sagitarianos: analíticos, preocupados por las palabras y las ideas. Teníamos una tendencia a reprimir los sentimientos; nuestra confianza intelectual convivía con la inseguridad emocional y una tendencia a la depresión.

Me fascinaba la idea de que Mike era lo que yo hubiera podido ser de haber sido un hombre, el último en nacer en vez del primero, un niño de los setenta y no de los sesenta. Me preguntaba cuánto nuestras diferencias se debían a nuestras circunstancias más que a nuestras naturalezas básicas. Porque obviamente había diferencias. Mike era mucho más reservado que yo; era muy raro que él hablara de sus sentimientos, de sus problemas o de sus relaciones. Yo era más mundana, más dispuesta a competir y a comprometerme con un sistema hostil. Mis amistades eran fundamentales en mi vida; él era, o parecía ser, un solitario.

Las cualidades que compartíamos eran más pronunciadas en Mike, las tendencias opuestas más ocultas. A su lado siempre me sentía un poquito irracional y poco sofisticada. Imaginen esta recurrente escena familiar: mi padre y yo sentados en la cocina, manteniendo una apasionada discusión política. Mi hermano escucha, sin decir ni una palabra. De repente, me pongo en su lugar y siento vergüenza. Escucho todas las medias verdades y las exageraciones retóricas que en la emoción del momento dejé salir de mis labios. Me apena comprender que mi padre y yo caímos en lo mismo, y que mi hermano ya escuchó la misma discusión por lo menos una docena de veces. Estoy segura que Mike piensa que somos ridículos.

Me perturba y me desconcierta el cambio que veo en mi hermano de un escepticismo más riguroso que el mío a una credulidad igualmente extrema. ¿Cómo es posible que cualquiera que esté familiarizado con la obra de cierto judío vienés llegue a creer en el Dios Padre? Lo que me desconcertó todavía más fue la insistencia de Mike respecto a que lo estaban convenciendo contra su voluntad con argumentos irresistibles. Me parecía que su inteligencia crítica sólo podía entrometerse en el camino.

* * *

Como escribió Mike, al usar ácido yo había experimentado ese "algo" que los occidentales comúnmente llaman "Dios", la fuente de toda la verdad, la belleza y el bien. A diferencia de Mike, yo sentí que sabía de qué se trataba. "Así que de esto se trata todo", me había maravillado. "Es tan simple. Tan obvio. Y lo supe todo el tiempo. Simplemente no sabía que lo sabía". Pero cuando "bajé", fue menos obvio. El éxtasis —una palabra que no llega a transmitir un sentimiento tan natural como un deshielo primaveral, tan cómodo como volver a casa— gradualmente desapareció. Yo trataba de explicarlo: "Dios es la realidad, la simple y maravillosa realidad detrás de los conceptos abstractos y los hábitos arraigados de percepción que nos impiden realmente experimentarlo". Y sonaba desesperadamente abstracto incluso para mí misma. Muy pronto, lo que nublaba las puertas de la percepción en la vida ordinaria comenzó a invadir también mis viajes con ácido. Traté de luchar contra ese proceso, persiguiendo obstinadamente el estado de ánimo adecuado, la situación adecuada, y sólo empeoré las cosas. Finalmente, frustrada y desmoralizada, dejé de intentarlo. Toda la experiencia tuvo un profundo y permanente efecto en la forma en que me veía a mí misma y al mundo. Sabía que conectarme con la "Realidad" (no podía llamarlo Dios, para mí esa palabra aludía a un anciano con barba blanca), era lo crucial en la vida, la clave para la libertad, la cordura, la felicidad. Sabía que si lograba establecer la conexión, pensaría: "¡Qué tonta por haberlo olvidado!". Pero no sabía cómo proceder.

Por supuesto que este problema no era algo que sólo me ocurría a mí. Durante miles de años había plagado a los buscadores espirituales. Muchos habían intentado, con mayor elocuencia que yo, expresar lo que aceptaban que era inexpresable. Al reconocer lo inadecuado que es el análisis intelectual, las religiones trataron de evocar la crucial conexión a través de mitos, rituales y reglas de conducta. Pero en definitiva la religión, como el lenguaje, trataba de expresar la verdad en una forma concreta e inevitablemente distorsionada. Si todas las religiones estaban inspiradas por una "Realidad" común, cada una reflejaba la particular cultura, política y limitaciones psicológicas de las personas que la inventaron y que la practicaban. Lo cual llevaba a otro problema. Si entiendes que tu religión sólo es un enfoque imperfecto de la verdad, te quedas afuera de ella, un observador, un crítico. Por otro lado, si realmente lo crees (adorando a un Dios omnipotente, aceptando a Jesús como tu salvador o sometiéndote a un gurú), entonces confundes un grupo de metáforas de la realidad con la "Realidad" misma. Y eso te lleva de regreso al primer paso. ¿O no?

En mi segundo viaje con ácido tuve una increíble visión del nacimiento de Cristo. En una parte de mi mente me había convertido en una de las primeras cristianas, experimentando el éxtasis de la gracia, la redención, la disolución del pecado. Pero en un nivel profundo me mantuve alejada, pensando: "Recuerda que eres judía". Por primera vez tuve una nostálgica idea de cómo debe ser estar comprometido con un poderoso mito. Quizás si tienes fe en que Jesús te salvará, él lo hará. Tal vez, el punto simplemente es dejar de escuchar al observador crítico dentro de mi cabeza, ceder a mi voluntad, tener fe. Y en qué tengo fe no es más importante que si tomo un tren o un autobús para llegar a mi destino.

"¿Supón que tuvieras fe en Hitler?", no pudo evitar objetar mi observador/crítico, ese incontenible maniático. Aun así, parte de lo que estropeó mis viajes ácidos era la duda, susurrando como una serpiente: ¿Qué ocurre si el mundo sin drogas es el correcto y lo que tú piensas que es la "Realidad" es una seductiva alucinación? No podía asentir a la experiencia sin reservas, seguir adonde me llevara. Podía llevarme a la locura. Traté de llegar a un compromiso. Quería aprovechar el éxtasis cuando quisiera y el resto del tiempo ser "normal". Supuse que ese era el mismo impulso que llevaba a los pecadores a la iglesia los domingos, en gran medida con el mismo resultado.

Tenía conciencia de la conexión entre mi escepticismo y mi judaísmo. A fin de cuentas, el judío es el escéptico perenne, el arquetipo del forastero que anhela la redención mientras rechaza los argumentos de los posibles redentores como si fueran aceite de serpiente. ¿Pero qué tenía que ver todo esto con la clase de judaísmo de la que hablaba mi hermano?

* * *

Mike había crecido en el pantano económico y cultural de los años setenta. Aunque siempre fue un excelente estudiante, nunca le gustó la escuela. La universidad le había resultado tan aburrida y sin sentido como la escuela secundaria y antes la primaria. Desde su graduación de la Universidad de Michigan en 1970, con un primer título en chino, había pasado casi la mitad de su tiempo viajando. Sufría de asma recurrente y eso evitó que lo enrolaran en el ejército. Entre sus viajes, regresaba a Nueva York y manejaba un taxi para ganar dinero para su siguiente viaje. Nunca había tenido un trabajo que le gustara. Durante su última estadía en Nueva York había comenzado a escribir artículos sobre Asia, y partió con la idea de escribir más. Había publicado algunos artículos en periódicos, pero nada importante. Además, había tenido una gran decepción: hubo un artículo en el que había trabajado mucho y que en un primer momento había sido aceptado por una revista, pero finalmente lo rechazaron.

Mike también estaba deprimido por lo que ocurría en Camboya y Vietnam. En 1973 había pasado casi dos meses en Camboya y volvió convencido de que tanto como la gente odiaba al corrupto gobierno de Lon Nol, tampoco querían que los norteamericanos partieran y permitieran que los comunistas tomaran el poder. De acuerdo a lo que Mike entendió, ellos querían que los dejaran tranquilos cuidando sus granjas mientras el Khmer Rouge los obligaba a tomar partido y disparaba a los que elegían el lado incorrecto. Ellos eran budistas religiosos, mientras que los comunistas eran antirreligiosos y obligarían a los hombres jóvenes a trabajar en vez de convertirse en monjes. En síntesis, querían retornar a su tradicional forma de vida previa a la guerra, lo que los comunistas destruirían permanentemente. Esas premisas llevaron a Mike a lo que parecía ser una conclusión inevitable: los norteamericanos no debían retirarse. Para alguien que había compartido la postura de izquierda norteamericana respecto a la guerra, este era un cambio inquietante. Él pensó que si había estado equivocado respecto a Camboya, quizás también se había equivocado con respecto a Vietnam. El último otoño, un viaje de regreso a Camboya y dos semanas en Vietnam reforzaron sus dudas.

Mike llegó a Jerusalem después de haber estado viajando durante siete meses. Estaba por volver a casa con inciertas perspectivas de escribir, volver a trabajar en un taxi o algo similar; sin amigos cercanos, aislado en una atmósfera política que daba por obvias las suposiciones que él había descartado y un ambiente general de falta de objetivos post-contracultural. No hacía falta mucha intuición para sospechar que lo que ofrecía el judaísmo tradicional (valores absolutos a los que Mike podía dedicar su vida; un nuevo y emocionante tema de estudio; una comunidad religiosa unida; una estructura social estable y segura) era considerablemente más atractivo. De todos modos, yo no creía que las personas alguna vez hicieran profundos cambios espirituales puramente por razones intelectuales. Tenía que haber sentimientos que Mike no reconocía. No es que eso probara algo respecto a la validez del judaísmo. Un creyente podría argumentar que Mike estaba a la deriva porque no había encontrado a Dios, que su infelicidad de hecho era la manera en que Dios lo conducía a la verdad. De todos modos, me preocupaba que estuviera sucumbiendo a una ilusión autoritaria en un intento por resolver sus problemas (o escaparse de ellos).

* * *

Como respuesta a mi pedido de más detalles, Mike envió una carta de siete páginas tipeada a simple espacio. Yo la mastiqué, tomando notas en el margen. Gran parte de la carta se dedicaba a desacreditar la evolución. Su argumento decía que la maravillosa complejidad e interdependencia de todo en el universo, mostraba planificación y propósito y no hubiera podido surgir a través del proceso aleatorio de la selección natural. Las plantas y los animales son máquinas perfectamente construidas. El cerebro se compara con una computadora. Al ver una computadora, tu conclusión obvia es que alguien la construyó de acuerdo con un plan. ("Rampante antropomorfismo", escribí). Cada detalle de la creación tiene un propósito. Por ejemplo, las frutas que están listas para comer (como las manzanas) tienen colores brillantes y tentadores; las verduras que requieren cocción (como las papas), son más monótonas ("¿Qué hay respecto a las setas venenosas?"). Nunca nadie vio una mutación que transformara a una especie en otra. ¿Cómo explica la evolución algo como una serpiente venenosa, cuya supervivencia depende de una combinación de rasgos, cada uno inútil por sí mismo? ¿Primero tuvo lugar el veneno y luego esperó millones de años para tener la capacidad de inyectarlo o viceversa? ¿Y por qué se detuvo la creación; por qué no cobran existencia constantemente cosas nuevas? ("¡Chauvinismo humano!", escribí. "Quién dice que la creación se detuvo, las nuevas formas de vida llevan eones, nosotros ni siquiera podemos ver crecer las plantas").

Respecto a la naturaleza Divina de la Torá, cuando se la estudia en hebreo, junto con los comentarios que fueron escritos virtualmente sobre cada palabra, es difícil creer que semejante profundidad y complejidad pueda haber sido alcanzada por los seres humanos. El judaísmo es una religión con tantas restricciones que los judíos nunca la hubieran aceptado si todo el pueblo no hubiese sido testigo de la revelación. Las profecías bíblicas predijeron el exilio judío, el retorno a Israel y otros eventos históricos. Las profecías eran impresionantes, tenía que admitirlo: "Serán arrancados de la tierra a donde van… y Dios los dispersará entre las naciones… no hallarán tranquilidad y no habrá lugar de descanso para sus pies… Y entonces Dios volverá… y los reunirá…". Y así continuaba. Me empezó a doler la cabeza.

Finalmente, mi hermano llegó al tema que yo había estado esperando y temiendo: las mujeres. El judaísmo ortodoxo ha consagrado como ley divina una ideología supremacista masculina contra la que yo había luchado de una u otra forma durante toda mi vida. Era una religión patriarcal que decretaba funciones separadas para los sexos: los hombres estudiaban, administraban la ley religiosa y ejercían la autoridad pública; las mujeres santificaban el hogar. Que Mike aceptara eso sería una traición (¡enfréntalo!). Ya había tenido el amargo pensamiento: "Tú quieres regresar atrás en el tiempo, encontrar una comunidad donde mamá se siga ocupando de ti. Eres como el resto". Debajo del enojo, estaba el miedo de que mi sensación de una conexión especial con mi hermano fuera una ilusión. Si yo fuera un hombre… si él fuera una mujer… En ese "si..." había una brecha infranqueable.

Mike concedió que, desde un punto de vista secular, el judaísmo le daba al hombre una mejor porción, pero desde una perspectiva religiosa eso no era tan claro. Por un lado, los hombres temerosos de Dios a pesar de tener el poder de oprimir a las mujeres, no lo harían. Y si nuestro propósito en la tierra no es hacer un trabajo interesante o pasar un buen rato, sino acercarnos a Dios, entonces las mujeres tienen ciertas ventajas. Ellas tienen que cumplir menos mandamientos, tienen menos oportunidades de pecar, y al tener hijos pueden entender más fácilmente a Dios.

"El poder de oprimir es opresivo", escribí en el margen. "El poder corrompe al hombre más santo. La exención de responsabilidades es un insulto implícito". Sin embargo, comprendí que en definitiva mis objeciones eran irrelevantes. Este Dios, si Él realmente existió, había elegido crear una jerarquía de sexos. Sin duda Él tenía algún propósito en mente, alguna prueba espiritual, quizás una lección para conquistar el orgullo. Podía parecer injusto, pero en última instancia debía ser para bien… y yo nunca podría creer en ese Dios, nunca, si violaba mi más segura sensación de lo que era la "Realidad". Cuando te conectabas allí, no había jerarquías, divisiones, roles; todo eso era parte de la cáscara que se caía. "¡Yo soy la vanguardia de la revolución!", había gritado drogada con ácido, mientras escalaba por el sendero de una montaña seguida por dos hombres que verdaderamente eran mis pares, nuestras máscaras de miedo de la batalla de los sexos desechadas en algún lugar del camino. Más tarde habría malentendidos, pero esa era otra historia.

No, yo no podía creer en el Dios judío. Él había sido creado por los hombres que buscaban una racionalización para sus privilegios. Él había sido inventado por personas que querían reducir una "Realidad" inefable a términos que ellos pudieran entender, a un "Creador" casi humano con un "plan" y un "propósito", que se mantenía fuera del universo y lo creaba tal como un carpintero crea una mesa.

* * *

En agosto, mis padres fueron a visitar a Mike a Jerusalem. Él seguía viviendo y estudiando en la Ieshivá Aish HaTorá. Una ieshivá es una escuela donde los judíos estudian Torá. Esta también funcionaba como una pequeña comunidad religiosa. Esta ieshivá ocupaba un modesto edificio (una sala de estudio común, algunas aulas, una biblioteca, una oficina para el rabino) en la sección judía de la Ciudad Vieja. Varios departamentos cercanos servían como dormitorios. Aish HaTorá (el nombre significa "el fuego de la Torá") es una ieshivá para angloparlantes dirigida por Nóaj Weinberg, un rabino de Nueva York. La mayoría de sus estudiantes (en ese momento había alrededor de 25) eran jóvenes norteamericanos; la mayoría habían sido turistas que estaban de paso. Mike tomaba cursos de Jumash (los Cinco Libros de Moshé), Mishná (la codificación escrita de la Ley Oral), halajá (la ley judía), hebreo bíblico y Los 48 caminos a la sabiduría (charlas del rabino Weinberg sobre ideas judías respecto al estudio). En la semana, su cronograma comenzaba a las siete de la mañana con una hora de plegarias antes del desayuno. Por lo general tenía clases y horas de estudio desde las 9:00 hasta las 13:00, luego el almuerzo y 20 minutos de plegaria de la tarde, clases y estudio desde las 15:00 hasta las 19:30, cena, la plegaria nocturna desde las 20:30 hasta las 21:00, y más clases hasta las 22:00. Normalmente él estudiaba hasta las 23:30. Durante la visita de papá y mamá, él se tomó un poco de tiempo libre en la tarde y en la noche.

Mis padres, cada uno a su manera, habían estado luchando para llegar a aceptar la "conversión" de Mike. Mi madre se consideraba a sí misma en cierto sentido religiosa. Ella creía en Dios, incluso creía que Dios había entregado la Torá. Pero no podía ver que Dios esperara que nosotros observáramos todas esas regulaciones. ¿No era suficiente con ser una buena persona? Característicamente, ella estaba concentrada en preocupaciones prácticas. ¿Mike estaba feliz? ¿La religión le daría lo que él tanto necesitaba, algo satisfactorio que hacer con su vida?

Mi padre era el hijo de un rabino ortodoxo, pero durante toda su vida adulta había equiparado el racionalismo y la tolerancia religiosa con el iluminismo. Su héroe intelectual había sido Clarence Darrow, defendiendo a Scopes y la evolución en contra de Bryan y los sabios fundamentalistas. Que su hijo rechazara esos valores era un golpe muy doloroso. Pero su respeto por la mente de Mike, y sin duda también por la lógica de su propia creencia en la tolerancia, llevó a que se viera obligado a reexaminar sus actitudes. Él llegó a Jerusalem dispuesto a escuchar.

El viaje fue reconfortante. Mike parecía más feliz, más relajado, más seguro de sí mismo. Disfrutaba de sus estudios. "Está diferente", me dijo mi padre. "Tiene mayor vibración emocional. Nunca antes lo vi tan entusiasmado". Yo mantenía mi escepticismo. El entusiasmo de Mike podía ser una especie de fachada maniática. Yo seguía trabajando en mi respuesta a su larga carta, debatiendo si debía mencionar mis escrúpulos respecto a sus motivos. Desde un punto de vista, Mike estaba haciendo algo increíblemente valiente, incluso heroico: en su búsqueda de la verdad, se alejaba de los valores y las suposiciones de su familia, de sus compañeros, de la sociedad norteamericana y de todo el Occidente posterior a la Ilustración. Para mí, mencionar la psicología sería agregar cualquier influencia que pudiera tener a la enorme presión de la sabiduría convencional a la que Mike probablemente ya tenía suficientes problemas para resistir. Y también estaba mi vieja pregunta religiosa: incluso si el judaísmo confundía su metáfora central con la verdad absoluta, ¿podía llegar a funcionar para Mike si él lo creía? El judaísmo, me recordé a mí misma, era una disciplina espiritual que había sido practicada durante más de 3.000 años. La psicoterapia había existido menos de cien años, con resultados no conclusivos.

Yo llevaba tres años trabajando con un terapeuta reichiano (psicoterapia corporal). Buscaba aliviarme de problemas emocionales específicos, pero mi mayor problema espiritual seguía acechando desde el fondo de mi mente. A fin de cuentas, ¿qué eran los problemas emocionales sino formas o metáforas de la desconexión? El método reichiano se basa en la premisa de que las tensiones musculares retienen las emociones reprimidas que el terapeuta puede liberar atacando directamente la "coraza" corporal, sin pasar por el intelecto traicionero. Yo creía que este enfoque funcionaba; me había ayudado mucho. Sin embargo, no podía proclamar milagros, sólo que lentamente había llegado a sentirme mejor, a ver con más claridad. Pero en base a lo que sabía, mi hermano podía llegar más lejos con el judaísmo.

Aún así, ¿supongamos que Mike realmente estaba atrapado, no por argumentos sino por sus emociones? Supongamos que si saco a relucir mis preocupaciones puedo ayudarlo, con lo que me refiero a salvarlo. Porque a pesar de mi convicción teórica de que todos tenemos que buscar la verdad a nuestra manera, esperaba, con una pasión culpable, que Mike se alejara de ese camino en particular, que se despertara una mañana y se preguntara: "¿Qué hago acá?", y regresara a casa. Decidí decir lo que tenía que decir. Para mí, Freud estaba mucho más cerca que Darwin del meollo del asunto.

* * *

II. EL ESPEJO

En Norteamérica, la mayor parte del tiempo me sentía infeliz y aburrido. No podía encontrar lo que quería hacer ni gente con la que quisiera estar. Se suponía que uno debía ser muy moderno y por dentro yo no lo era. No me identificaba con las personas modernas ni disfrutaba estar con ellas. No podía encontrar a dónde pertenecía. Viajar era mi escape. Pasaba por mucha podredumbre y aburrimiento en pos de algunos períodos de felicidad, experiencias que realmente me sacaban de mí mismo, como caminar por el Himalaya.

Cuando llegué de Jordania a Israel, estaba sumamente cansado y quería volver a casa. No me quedaba mucho dinero. Había una jovencita con la que quería volver a encontrarme, aunque no tenía ninguna razón para pensar que ella quisiera verme. Realmente extrañaba volver a casa. Pero sentí la responsabilidad de ver algo nuevo. Fui con la persona de la ieshivá buscando una experiencia interesante. Rav Nóaj me dijo lo habitual: "Quédate aquí por una semana. Si no conociste una ieshivá, no has conocido Israel". Tuvimos una gran discusión política. Yo dije que las cosas se veían mal para Israel y que lo único razonable que podían hacer era devolver las tierras ocupadas y hacer la paz. Hablamos sobre la prueba del imperativo moral respecto a la existencia de Dios. Rav Nóaj me preguntó de dónde adquirí mi concepto de lo que es bueno. "De mis padres", le dije.

Esa semana descubrí que el judaísmo era mucho más interesante de lo que había pensado. Cuando leí filosofía judía entendí que mi mente era judía. Sentí que por primera vez había encontrado personas que pensaban de la forma en que yo pienso, que eran realmente lógicas y consistentes. Pero la idea de Dios me resultaba muy extraña. Entonces leí un panfleto sobre Torá y ciencia. Comencé a leer los argumentos sobre la evolución. De repente tuve un flash: "¡Toda esta teoría es ridícula!". Esto tuvo un efecto tremendo. Sentí que mi mente me había estado jugando malas pasadas. Yo había aceptado esa teoría sin estudiarla realmente, como pasó con Camboya. Lógicamente, cuando tiras abajo la teoría de la evolución te quedas atascado con: "Dios creó el mundo".

Decidí viajar un poco y me fui a Tzfat. Estaba sentado observando un mapa y dos jóvenes ingleses, alumnos de un jasid que había llegado de Tel Aviv por el fin de semana, me invitaron a conocerlo. Fui y comenzamos a conversar. Él tiene mucho carisma. Me relacioné con Rav Nóaj como una buena persona, pero este jasid era alguien con poder. Él dijo que la gente va por todo el mundo buscando esto y lo otro y saben que no es verdad. Entonces encuentran el judaísmo y se van porque tienen miedo de que sea la verdad. Eso me afectó mucho, debido a mi entendimiento respecto a la evolución y porque me pregunté a mí mismo por qué me quería ir. Sabía que tenía miedo de quedarme y comprobarlo.

Los ingleses me dijeron que no hay coincidencias y que no fue un accidente que yo estuviera allí al mismo tiempo que el jasid estaba de visita. Comencé a sentirme asustado. ¿Acaso todo esto realmente es verdad? Me sentí muy mal conmigo mismo. Siempre me enorgullecí de mi mente abierta. Ahora no tenía un razonamiento lógico para irme, sólo un deseo emocional de volver a casa. Me sentí completamente agotado.

Cuando regresé a la ieshivá, comencé a leer la Torá con los comentarios de Hirsch. Hay una clase diaria de Jumash [los Cinco Libros]. Estuve aprendiendo un poco de hebreo y puedo sentir el poder de la Torá mucho más que en una traducción. Y las profecías. Sigo tratando de encontrar argumentos contra las profecías y no puedo encontrar ninguno.

Después de dos o tres semanas, dudaba respecto a qué iba a hacer. Un día, cuando leía las profecías al final de Deuteronomio, sentí un escalofrío. Comprendí que yo realmente creía todo esto. Mi primera reacción fue transigir. Podía volver a casa, leer y luego decidir. O podía tomarme algunos años, viajar y luego regresar. Finalmente comprendí que toda mi vida tendría que cambiar.

La primera vez que viajé al sudeste de Asia, tuve muchos problemas con mi asma. Casi sentía como si estuviera teniendo un ataque cardíaco. A veces mis píldoras no me ayudaban y tenía miedo que simplemente dejaran de funcionar. Cuando entré en esto de la religión comprendí algo: ¿cómo puedo esperar que una píldora funcione? Dios controla lo que ocurre. Tu vida se puede apagar en cualquier instante. Esta idea me mantuvo aquí. No es que haya comenzado a creer en Dios para conquistar el miedo a la muerte. Intelectualmente, creer no ayuda en eso. Pero comprendí que no podía mirar para otro lado y decir que voy a volver en dos años, porque nadie tiene nada asegurado.

Fui y cancelé mi pasaje de avión. Fue doloroso. Temía que mi familia fuera a rechazarme, que pensaran que me volví loco. Mi mente me decía una cosa. Mis emociones seguían queriendo volver a casa.

* * *

Cerca del día de acción de gracias, Mike volvió a Nueva York por un mes. Verlo fue un alivio. Su kipá y la barba recién crecida lo hacían ver menos juvenil, pero todavía usaba jeans. No sentí que hubiera distancia entre nosotros, no sentí que de alguna manera no fuera él mismo. Lo abracé, preguntándome si la prohibición ortodoxa de que los hombres toquen mujeres con las que no están casados aplicaba también a las hermanas.

Mike se quedó en casa con nuestros padres. Para que pudiera observar las leyes dietéticas, mamá le compró sus propios platos, cubiertos y ollas, hirvió sus utensilios de cocina y los llevó a una mikve (un baño ritual), limpió el horno y lo dejó al máximo durante dos horas, le sirvió alimentos kósher, cocinó sus platos de carne y de leche separados en las nuevas ollas. Mike rezaba tres veces al día, decía bendiciones por su comida y agradecía después de comer. Debido a que las complicadas leyes del Shabat sólo podían observarse por completo en un medio ortodoxo, los fines de semana los pasó con familias religiosas.

Él llevaba varias semanas en casa cuando tuvimos la "Charla". Ya habíamos mantenido varias conversaciones, pero esta fue la que dejó una huella. Estábamos almorzando en una cafetería kósher en la calle 47, donde los clientes eran principalmente jasidim y judíos ultraortodoxos que se dedican a la venta de diamantes. Estaba repleto de hombres con sus tradicionales trajes negros. Yo insistía que era imposible probar la existencia o la naturaleza de Dios. Por definición, la razón no podía llegar a captar ni a entender la máxima "Realidad". La creencia de Mike tenía que basarse en la intuición, no en la lógica.

—Son ambas cosas —dijo Mike—. Primero, tienes que tener una intuición de que la lógica es real; esa lógica que te dice algo respecto a la forma del mundo. Luego, si una idea no es lógica, si no es consistente con aquello que tú conoces, intuitivamente sabes que es errónea. Como por ejemplo la complejidad del mundo es inconsistente con la idea de que todo ocurrió al azar, por una selección natural.

—Bueno, mi intuición me dice que el mundo no fue creado en seis días.
Mike me explicó que la duración de los seis días de la creación estaba abierta a cuestionamiento, dado que el sol sólo fue creado al cuarto día. Por lo tanto, no había ningún problema con la idea de una evolución biológica guiada por Dios en vez de una selección natural, o de la existencia de seres con forma humana antes de Adam, siempre y cuando uno acepte que Adam fue el primer hombre verdadero en el sentido espiritual, hecho "a imagen de Dios". Me llamó la atención la forma en que presentaba sus argumentos. Sonaba similar a mis propios argumentos en los primeros días del feminismo, hablándole a las mujeres que no estaban convencidas. Había sido uno de esos pocos momentos en los que me sentí tanto segura sobre lo que estaba diciendo como segura de que convencer a la otra persona para que viera las cosas como yo era en su propio beneficio. Esa confianza me había convertido en una buena organizadora. Ahora, del lado del receptor, me sentía a la defensiva.

No estaba segura por qué. El argumento antievolutivo de Mike no me resultaba persuasivo, pero en todo caso yo no era una evolucionista dogmática. Bajo los efectos del ácido había tenido una fuerte impresión de que de alguna manera la naturaleza de la "Realidad" era ordenarse incesantemente en patrones complejos. Incluso antes de eso me inclinaba a creer que había algún principio desconocido que organizaba el universo. Una vez le confesé a una amiga: "Yo no pienso que el universo es absurdo". "¿No?", me preguntó. "No. Pienso que básicamente es lógico". Hubo una pausa. "Tal vez necesitas ver lógica en él", me respondió. Quizás. De todos modos, no había ninguna necesidad de asumir a Dios con una personalidad, una voluntad o un propósito.

—Pero es posible. Tienes que admitir que lógicamente es posible —dijo Mike.

—Eso se basa en una analogía ingenua: Una silla fue hecha por una persona, por lo tanto, ¿el mundo tiene que haber sido hecho por una súper-persona?

—Tú asumes la visión secular de la realidad: que nosotros creamos a Dios y no a la inversa. La perspectiva judía es como una imagen en un espejo. No es que Dios sea como un ser humano, sino que los seres humanos fuimos creados a imagen de Dios. Nuestra forma de hacer las cosas es en cierto sentido como la forma en que las hace Dios. No es que llegamos a la idea de Dios por tener padres, sino que nuestra relación con nuestros padres es para darnos una idea de cómo relacionarnos con Dios.

—La "Realidad" no es un ser con una personalidad. Es sólo eso, la "Realidad" —le respondí.

—Tuviste una experiencia mística que te mostró que hay una realidad espiritual. El judaísmo dice que por encima de esta experiencia, que comparten todas las religiones, nosotros tenemos una revelación que nos dice qué es esa realidad, qué es lo que ella quiere de nosotros.

—La idea de que "quiera" algo contradice mi experiencia —insistí.

—No tu experiencia. Tu interpretación de ella.

—Pero yo no la interpreté. Simplemente la tuve. Eso es lo que la hace única.

—Por supuesto que la interpretaste. Creciste con una perspectiva completa de la realidad que dice que somos libres, que podemos hacer cualquier cosa que queramos. En consecuencia, naturalmente ves a Dios como algo impersonal, en vez de un Dios que dice: "Tienes que hacer lo que Yo quiero, no lo que tú deseas".

Sacudí la cabeza, pero sentí la presencia de la serpiente. ¿Realmente había experimentado la "Realidad" o se trataba simplemente de otra metáfora engañosa?

—Yo no hago cualquier cosa que quiero. Trato de hacer lo que es correcto.

—Pero tú decides qué es correcto.

—No yo, mi ego. Lo que decide es la parte de mi ser que está sintonizada con la "Realidad". La "Realidad" define qué es bueno. (Bastante insulso, comentó mi observador/crítico interno).

—Muy bien. Pero en la práctica realmente no crees que debes vivir de cierta manera excepto por cosas obvias, como no matar. El judaísmo dice que Dios nos dio una ley, así son las cosas y nosotros tenemos que obedecerla.

Consciente de que entraba a un campo minado de retórica, le dije:

—Yo creo, yo siento, yo sé, a partir de mi experiencia (¿o era eso sólo una interpretación?) que cuando estamos en contacto con la "Realidad", lo que es correcto y lo que realmente queremos son la misma cosa. Amar y ser amado, tener una sociedad justa, decente. Entender cómo hacer que esa verdad funcione en la práctica, luchar por eso. De eso se trata la vida. La libertad no es hacer cualquier cosa que se me ocurra; este es un valor ético básico. Libertad implica tomar responsabilidad por la lucha. No buscar alguna autoridad que me salve.

—Pero eso no funciona. Mira lo que ocurre en el mundo, mira lo que logró el occidente "iluminado". Un caos total, y cada vez se vuelve peor.

Esa era la clásica línea conservadora. Tus sueños utópicos son irreales, contrarios a la naturaleza humana. Mira la evidencia. Guerras sangrientas, gobiernos represivos; amenazas nucleares, destrucción ecológica. ¿Y qué revolución —ahora sé honesto— qué revolución realmente tuvo éxito de acuerdo con tus estándares? Yo ya conocía los términos de esa letanía. Aunque me consideraba a mí misma una radical, y había sido izquierdista y activista feminista, perpetuamente luchaba con mis dudas (nuevamente). Y si yo creía, finalmente, en mi obligación de desafiar un pesimismo que equivalía a una profecía autocumplida, ¿qué era eso sino un acto de fe?

Mike seguía hablando:

—En una comunidad de Torá no hay crimen, la familia no se está desmoronando. La gente se toma en serio el hecho de ser buenas personas porque viven para Dios, no sólo para ellas mismas.

—Intuitivamente, no puedo verlo. Esta idea de Dios como un dictador cósmico. Simplemente no lo veo.

—Pero tienes que preguntarte por qué. Hay poderosas razones emocionales para no verlo. Tienes que admitir que Dios controla tu vida, que no eres libre. Has tenido que someterte a una cantidad de restricciones que no te gustan. Tuviste que cambiar. A nadie le gusta cambiar.

Verdad.

—Tienes un universo increíblemente complejo y organizado. Todo en él funciona perfectamente. La explicación más obvia es que un Creador lo planeó de esa manera. Intuitivamente todos lo veían, todos creían en Dios, hasta que la evolución les dio una excusa para dejar de hacerlo. O toma las profecías por ejemplo. Puedes explicarlas como un grupo de coincidencias improbables. Pero por qué resistirte a la respuesta obvia: que vienen de Dios, quien conoce el futuro.

—En primer lugar, la Biblia prediciendo el "retorno" fue lo que les dio la idea a los sionistas —objeté.

—Pero eso nunca hubiera ocurrido de no ser por los nazis. ¿Otra coincidencia?

No tenía una respuesta. Las profecías me habían molestado desde el comienzo. Y Mike tenía un punto a su favor: ¿Por qué para mí era tan importante explicarlas? Durante mi primera sesión de terapia Reichiana, mi terapeuta tocó los músculos de mi mandíbula y me preguntó directamente: "¿Alguna vez pierdes una discusión?". Me sorprendió ver que esta vez no estaba ganando. Las premisas de Mike eran no sólo mucho más sofisticadas de lo que yo había pensado, sino que eran la base de una perspectiva del mundo formidablemente abarcadora y coherente. ¿Cómo explicaba yo la creación del mundo? ¿Cómo explicaba yo la extraña historia de los judíos, su incesante persecución y su improbable supervivencia, su conspicuo papel en todos los asuntos mundiales? ¿Cómo explicaba la Torá misma, con su extraordinaria complejidad verbal, el origen de los significados que los rabinos habían encontrado en frases, palabras, incluso en letras? ¿La consistencia con la que sus análisis se mantuvieron después de más de 1500 años dedicados a buscarles contradicciones? Sabía que "abarcador y coherente" no significa necesariamente "verdadero". "No lo sé" era una respuesta honorable. Pero no podía ganar la discusión.

Estaba sufriendo de un agudo vértigo mental. Había sido una farsante al asegurarle a Mike con ligereza que su transformación tenía que estar basada en la intuición y no en un mero argumento, mientras que mi confianza en mi propia intuición se había basado en la suposición de que yo tenía los mejores argumentos. Lo último que quería era quedarme con una intuición frágil y falible como un escudo contra un sistema de ideas que revertía prolijamente todo lo que yo creía. Como la imagen en un espejo.

Ahora entendí a qué se había referido Mike al decir que se sintió atrapado, entendí cómo su escepticismo pudo volverse en su contra. Mi propio escepticismo me decía que por más segura que pudiera estar de mis propias percepciones, podía estar equivocada. Por lo tanto, dado que no podía probar que el judaísmo era falso, tenía que admitir que podía llegar a ser verdadero. La idea de admitir eso me llenaba de pánico. Lo cual por supuesto era la mejor evidencia posible para la sugerencia de Mike respecto a que yo rechazaba el judaísmo simplemente porque no tenía ganas de aceptarlo. No había nada que quisiera más que olvidar todo el tema, y por esa misma razón me veía obligada a seguir adelante por todos mis estándares de honestidad intelectual y coraje.

Estaba abrumada por una paranoia supersticiosa. Esa era exactamente la forma en que Mike había sido atraído, porque él se parecía mucho a mí. Mike era la única persona en el mundo que podría haberme hecho escuchar seriamente ese argumento. Y se había detenido en Israel principalmente por mi causa. Yo había estado allí a principios de ese año con un grupo de periodistas y había escrito que era interesante. Desde su punto de vista, nada de eso era una coincidencia.

Durante los días siguientes mi pánico se intensificó. El único aspecto de mi vida del que nunca había dudado seriamente era mi obligación de tomar mis propias decisiones y cometer mis propios errores y si era necesario sufrir las consecuencias. Dado que la única certeza era que el camino a la "Realidad" era incierto, no tenía otra alternativa. Ahora veía que esta certeza era tan incierta como cualquier otra. Y por primera vez enfrentaba una elección que era verdadera, absoluta, que no incluía ningún derecho tácito a equivocarse, porque eso era el equivalente espiritual a una decisión de vida o muerte en una guerra. Si el Dios judío existía y yo lo rechazaba voluntariamente, estaría cometiendo el máximo error, algo irreparable. En forma contraria a la impresión común, la teología judía incluía un sistema de recompensa y castigo que operaba tanto en esta vida como en la siguiente. El castigo eterno por rechazar la Torá se llamaba karet (desconexión), lo cual yo asumí que significaba que estaría totalmente alienada de la "Realidad". Sólo que esto era mucho más vívido y aterrador cuando lo veías como un castigo y no como una consecuencia impersonal, como perder el amor o provocar el enojo del padre supremo.

¿Y qué ocurriría si cedía a mi valiosa libertad, una renuncia que parecía similar a la muerte, a cambio de lo que consideraba una existencia alienígena, triste y encadenada, y en definitiva resultaba que la serpiente me había vuelto a traicionar, que a fin de cuentas no existía un Dios de Ira y un Dios de Amor? ¿Cómo podría llegar a estar segura en algún momento? Me parecía que sin importar lo que hiciera estaba en problemas.

Me había desprendido de otra capa de inocencia. Nunca volvería a sentirme mejor que Patty Hearst, Ronnie Davis, o las legiones de fanáticos del post-ácido que se habían unido a los cultos místicos. Ahora entendía. Eso también podía pasarme a mí. Por primera vez deseé no haber probado nunca las drogas, no haber visto nunca más allá del racionalismo científico que puede ser estrecho, pero que sin dudas es más seguro. Envidié la fe de mi padre en la evolución. Envidié a todos los que me rodeaban, que seguían adelante perfectamente con sus vidas, dando por sentado (si es que llegaban a pensar en eso) que el estilo de religión de Mike era un fanatismo excéntrico, que no tenía nada que ver con ellos. Especialmente envidié a los no judíos. Las 613 mitzvot estaban reservadas para el Pueblo Elegido. Los demás sólo tenían que obedecer ciertas leyes morales básicas, la mayoría cosas obvias, como no matar.

Tuve conversaciones frustrantes con amigos a quienes les resultaba difícil creer que una persona tan sensata e inteligente pudiera cuestionarse si debía volverse una judía ortodoxa.

—Quizás eso está bien para él, pero eso no significa que sea adecuado para ti.

—Si es la verdad, entonces tiene que ser adecuado para mí.

—Tú no podrías vivir de esa forma.

—Ese no es el punto. El punto es si es la verdad.

—Quizás es la verdad para él.

—No lo entiendes. El judaísmo proclama ser la verdad absoluta. O es verdad para todo el mundo o no es verdad en absoluto.

—Nadie tiene el monopolio de la verdad.

—Esa es una perspectiva secular… Desde la perspectiva judía hay una verdad absoluta. Yo puedo entenderlo, simplemente no quiero aceptarlo.

—Bueno, ¿por qué deberías aceptarlo si no quieres hacerlo?

—Porque si es la verdad, entonces todas mis ideas están equivocadas, estoy viviendo de la forma incorrecta, lo estoy arruinando por completo.

—¿Quién dice que hay sólo una forma de vida?

—¿No puedes verlo? Tú dices: "Somos libres de decidir cómo vivir". Los judíos religiosos dicen: "No, no eres libre". Entonces tú dices: "Somos libres de rechazar ese argumento". ¡Es un razonamiento circular!

—¿Por qué te enojas tanto?

Entonces hablé con una mujer que me entendió. Ella había crecido como católica y había perdido su fe. Aparentemente, perder la fe y perder tu falta de fe tienen mucho en común. En algún punto quedas suspendida entre dos realidades auto consistentes opuestas, sabes que tienes que regresar o seguir adelante, sin que nadie pueda ayudarte y sin una red. Una vez que estuviste ahí, comprendes que el escéptico y el creyente eran imágenes espejo, que reflejan una visión de la lógica del universo.

* * *

El judaísmo enseña que la recompensa y el castigo de Dios opera sobre el principio de midá kenegued midá, 'medida por medida'. Por ejemplo, un amigo de Mike le pidió que le prestara 100 shekels israelíes. Mike le prestó el dinero a regañadientes. Poco después le robaron de su billetera 100 shekels, aunque allí había más dinero.

Durante mi pánico, me obsesionó el pensamiento de que este principio pudiera explicar una ironía central en mi propia vida. Yo crecí en una época en la que la liberación sexual todavía no implicaba groupies y salones de masajes, pero ya era una potente metáfora de la liberación en general. En el centro de mi feminismo se encontraba la rabia por la supresión de la sexualidad femenina y una visión romántica de la libertad sexual como una aceptación placentera y sin reservas de mi cuerpo, de mi femineidad, de mi pareja enamorada. Aunque odiaba la formas en que esta visión había sido pervertida, apropiada y vuelta en contra de las mujeres, no creía mucho en la visión misma.

La ironía, por supuesto, era el contraste entre el ideal y la realidad. Parte de esa realidad era histórica: el feminismo había transformado la conciencia de las mujeres, pero hasta el momento no había transformado a la sociedad, dejando una brecha entre lo que muchas demandábamos de una relación y lo que la mayoría de los hombres estaban dispuestos a dar. Sin embargo, había formas de sacar el máximo provecho de esta situación, aunque yo tendía a sacar lo peor de ella. A los 34 años, con un matrimonio y dos cuasi-matrimonios a mis espaldas, me sentía con demasiada frecuencia como una adolescente incómoda. Mi desconfianza hacia los hombres alimentó una punzada que provocaba un rechazo que confirmaba mi desconfianza. Lo que es peor, en algún nivel, todavía me afligía la idea adolescente de que ceder al placer sexual era perder una lucha de poder (sin duda como resultado de todas esas peleas reales y simbólicas que habían sido colocadas en el asiento trasero). En general, me consideraba bastante cuerda, pero mis conflictos respecto al sexo y los hombres parecían estar fuera de control. Indudablemente, pensar en esos términos era parte del problema. Porque el dilema sexual era el mismo que el espiritual: esforzarme más no sólo era inútil sino también contraproducente.

Había llegado a ver mi predicamento como una especie de burla cósmica que desinflaba mis pretensiones utópicas. Pero desde el punto de vista judío, ¿cuál podría ser un castigo más prolijo y 'medida por medida' por rechazar mi rol como esposa y madre? La simetría era perfecta: la conciencia feminista había inspirado tanto mis aspiraciones sexuales como la defensiva que las socavaba. Ese era el mensaje que uno podría esperar de un Dios freudiano, conservador y malhumorado, que quería mostrarme que el feminismo era el problema más que la solución, que todas esas tonterías de la emancipación violaban mi verdadera naturaleza y me negaban la satisfacción femenina que realmente ansiaba.

Otra imagen espejo, más poderosa que el resto, que exponía mi dolor más privado, mis dudas y mi vulnerabilidad. Sabía que tenía que ir a Israel y enfrentar la fuente de mi terror, colocarme en el lugar de mi hermano y ver si llegaba a las mismas conclusiones. También sabía que tenía que escribir sobre el proceso. No estaba segura si estos imperativos eran compatibles. Cuando decidí no sólo escribir sobre mi viaje, sino escribir como una tarea, lo que implicaba comprometerme a volver a casa y entregar un manuscrito, me sentí un poco como Ulises atándose al mástil. La diferencia, por supuesto, era que si quería podía soltarme. Y de una manera perversa, mi misma necesidad de protegerme era una prueba de mi buena fe. Por lo menos eso tendría que ser suficiente.

Continuará...

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