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III. PRIMEROS ENCUENTROS

Partí de Nueva York el 22 de marzo de 1976, en un vuelo nocturno repleto de grupos de turistas judíos. En medio de la multitud vi que había unos pocos hombres religiosos con barbas y kipot. Al amanecer, comenzaron a levantarse para formar un minián (un quórum de 10 hombres), para la plegaria matutina. Las azafatas israelíes los miraron sin mucha simpatía por bloquear los corredores.

Llegamos alrededor del mediodía. Salí y pasé al lado de grupos de soldados adolescentes armados. Buscaba a Mike. Comencé a preguntarme si tal vez no llegaría a buscarme al aeropuerto, cuando de pronto se me acercó un joven alto y delgado con kipá y me preguntó: "¿Tú eres Ellen?".

Jaim era un estudiante de la ieshivá de mi hermano. Él fue a buscarme porque Mike estaba engripado. Me explicó que primero pasaríamos por la casa del Rav y de la Rebetzin Weinberg, donde dejaría mis valijas, y luego iríamos a encontrarnos con Mike. Tomamos un taxi hacia Jerusalem, conversando esquemáticamente sobre las experiencias que nos habían llevado a cada uno hasta allí, y luego tomamos un autobús hacia Kiriat Sanz, un barrio religioso que se encuentra sobre la cima de una montaña. En contraste con el bello paisaje, las hileras de bajos edificios de departamento, todos idénticos, eran lúgubres. Un moderno proyecto de viviendas. En el bloque 5 del edificio 2 vivían los Weinberg y sus nueve hijos.

La Rebetzin nos invitó a entrar a un departamento que transmitía mucha calidez. Estaba repleto de libros y artefactos: menorot, floreros, telas brillantes, fotos de hombres sabios y una lámpara de cristales de colores.

Dina Weinberg es una mujer sorprendente. Delgada, rubia, de ojos azules, de unos treinta y tantos años. Se ve como una postal de la matriarca judía ideal: una parte de fuerza y competencia, una parte de maternidad, una parte de belleza recatada, casi austera, acentuada por el pañuelo que le cubre la cabeza. (Cuando una mujer ortodoxa se casa, su cabello se convierte en algo privado, que sólo puede ver su esposo). De inmediato ansié obtener su aprobación, sin saber muy bien por qué. Nos sentamos en la cocina a charlar sobre mi hermano mientras los niños entraban y salían. Mencioné que deseaba saber más sobre el rol de la mujer en el judaísmo.

—¡Muy bien! A menudo la gente lo entiende mal —dijo la Rebetzin.

—Supongo que no quiero tener hijos —comencé—. De todos modos, no más de uno o dos…

La respuesta de la Sra. Weinberg me dejó sin aliento.

—Si alguien te ofreciera dinero, ¿lo rechazarías?

—No entiendo la comparación.

El dinero te da libertad, los hijos te la quitan. En el instante en que pensé esto, me pareció insoportablemente burdo.

—Los hijos son una bendición —me dijo la Rebetzin con firmeza. La conversación había tomado un giro deprimente. No podía imaginarme tener nueve hijos tal como no podía contemplar la idea de escalar el Monte Everest.

—No quiero dedicar todo mi tiempo a los niños. Quiero escribir —le dije.

—Puedes hacer ambas cosas. Una mujer judía no debe estar todo el tiempo con sus hijos. Podemos hacer mucho más.

—Si tuviera un montón de niños, no me quedaría tiempo ni energía de sobra.

—Dios quiere que usemos nuestros talentos. Él no te castigaría impidiéndote escribir. Encontrarás el tiempo para hacerlo.

Bueno, quizás. A fin de cuentas, yo desperdicio mucho tiempo. Sin lugar a dudas, una persona disciplinada podría criar una docena de niños durante el tiempo que yo paso soñando despierta, leyendo basura y durmiendo hasta muy tarde. Pero yo nunca seré esa persona. Conozco mis limitaciones. ¿O esta es sólo una excusa para mi pereza?

La Rebetzin me dio un beso de despedida y fui con Jaim a tomar un autobús hacia la Ciudad Vieja. El Barrio Judío, que en gran medida fue destruido por los jordanos en 1948, seguía siendo reconstruido. El olor de polvo y el sonido de los taladros eran omnipresentes. Mike salió de su dormitorio. Se lo veía pálido y cansado a causa de su gripe. Caminamos hacia la Ieshivá Aish HaTorá, que estaba en una calle lateral llamada Misgav Ladaj, detrás de un gran sitio en construcción. Hacia el noreste de la ieshivá, se divisaban algunas de las vistas más espectaculares de Jerusalem: el Monte de los Olivos, el Valle de Kidrón y la cúpula dorada de la mezquita de la Roca. Con una breve caminata se llegaba al Muro Occidental ("el Muro de los Lamentos"), el sagrado remanente del Templo del Rey Salomón.

Encontramos al Rabino en su oficina. Al igual que su esposa, Nóaj Weinberg tiene una presencia irresistible. Él tiene alrededor de 40 años, pero su barba blanca, su traje negro y su aire de autoridad lo hacen parecer mayor. Me miró con una sonrisa amistosa y sus ojos sugirieron que, aunque veía claramente quién era, de todos modos le caía bien. Pensé que se veía como el “Dios Padre” en Su aspecto más jovial. Después de que nos presentaran, le dijo a Mike que un joven que estaba en la ieshivá estaba por partir.

—¿Sabes por qué se van? Se van porque tienen miedo de que les guste —me dijo, y sacudió la cabeza—. ¡Una locura! ¿Sabes cómo definen el pecado los judíos? El pecado es una locura temporaria.

Por ejemplo, me explicó, él tenía el mal hábito de perder tiempo. ¿Qué persona cuerda desearía desperdiciar su tiempo?

—¿Qué hay respecto a pecados más grandes? —le pregunté.
Rav Nóaj arqueó las cejas.

—Perder el tiempo es muy grave. Es una especie de suicidio.

Durante los primeros días me quedé en la casa de uno de los maestros de Mike, Shimon Haskel y su esposa, Jaia. Comencé a relajarme de mi viaje y a asentarme. Me sentía cerca de Mike y hablamos más abiertamente que nunca sobre nuestra familia, nuestra infancia, nuestros miedos y complejos. Mike me dijo que yo parecía tan segura de mí misma que él siempre me había temido. Le dije que yo sentía que él era el Sr. Genial, y que secretamente me menospreciaba. "Pero ahora ya no te temo", me dijo Mike. Me agradó el cambio que había tenido lugar. Él no sólo se tenía más confianza, sino que estaba más dispuesto a enfrentar sus problemas emocionales, la división entre el intelecto y los sentimientos, la distancia de las otras personas, la falta de alegría. Estaba obligado a enfrentar esos temas, porque también eran problemas religiosos. Hay un mandamiento de ser feliz. De hecho, la infelicidad niega el amor de Dios, menosprecia sus regalos.

Mike también estaba absorto en su trabajo. La ieshivá le resultaba completamente diferente a todas las escuelas que había odiado. Tanto los maestros como los estudiantes estaban profundamente involucrados en su estudio: ellos no dudaban de que lo que estaban haciendo era importante. Mike sentía que las universidades estaban muertas. Pero la Ieshivá de Aish HaTorá estaba viva. Durante varias horas cada mañana, él estudiaba Guemará (los voluminosos comentarios rabínicos sobre la Mishná. La Mishná y la Guemará constituyen el Talmud). Por la tarde y en la noche estudiaba el Rambam (Maimónides). De alguna manera encontraba tiempo para conversar con personas nuevas, escuchar sus problemas, responder a sus preguntas, y de todo eso había surgido otro proyecto: estaba escribiendo un grupo de artículos relativos a las diversas pruebas sobre la existencia de Dios y el origen Divino de la Torá. Su capacidad de persuasión y sus habilidades intelectuales lo habían convertido en una especie de estrella en la ieshivá.

Aish HaTorá es una ieshivá para baalei teshuvá, judíos alejados que han "regresado". Es la cuarta ieshivá que Nóaj Weinberg abrió durante la última década. Recientemente, otros siguieron la visión de Rav Nóaj y comenzaron sus propias ieshivot en Jerusalem y en Tel Aviv.

En Norteamérica, los más conspicuos evangelizadores judíos de judíos han sido los jasidim. El jasidismo, una corriente dentro el judaísmo que enfatiza la alegría, la plegaria y la experiencia mística, comenzó en el siglo pasado como una rebelión de los judíos pobres y poco educados contra la elite intelectual de las ieshivot de Europa Oriental, particularmente de Lituania. El movimiento de ieshivot para baalei teshuvá en Israel deriva de esta última tradición, la de los mitnagdim, los racionalistas que se oponen a la jasidut, quienes enfatizan el estudio de la Torá como el valor supremo y como el medio principal para acercarse a Dios. Una ieshivá como Aish HaTorá opera sobre la premisa de que la mejor arma contra la falta de creencia es el argumento racional. Por lo tanto, el primer paso crucial es lograr que la gente escuche. A los jóvenes los invitan a venir por un día, una hora, una comida o una cama. (Nadie tiene que pagar a menos que pueda hacerlo. La escuela se mantiene primordialmente a partir de contribuciones). Hay un programa para principiantes que dura tres meses y luego se repite. Un estudiante puede entrar en cualquier momento. Quienes se quedan pueden avanzar tan rápido como se los permita su habilidad para estudiar el Talmud y los comentarios bíblicos.

Había un gran problema en mi plan de replicar la experiencia de Mike: yo no podía ir a Aish HaTorá. La educación ortodoxa es sexualmente segregada, y las oportunidades para las mujeres son limitadas. Estudiar es una obligación religiosa sólo para los hombres. Entre los judíos de mentalidad tradicional, hay controversia respecto a si las mujeres deben estudiar Torá y Talmud, y si es así, en qué medida. Ninguna de las escuelas para mujeres de Jerusalem ofrece una experiencia intelectual y religiosa completa como la de Aish HaTorá. Tampoco reciben a personas de forma pasajera.  [Nota del editor: Afortunadamente, ya no es así]. De todos modos, decidí probar suerte en un par de escuelas y visitar a una estudiante que Mike conocía.

Lorie Bernstein tiene 19 años y es el producto de un rico suburbio de Long Island. Sus padres divorciados tienen comercios de ropa. Mike la conoció en el aeropuerto al regresar de Nueva York. Durante el viaje en taxi hasta Jerusalem, ella le dijo que durante un tiempo había sido jasídica pero que había cambiado hacia el existencialismo. Mike la alentó a darle otra oportunidad al judaísmo. Desde entonces, ella se había convertido en una ferviente baal teshuvá. Cuando me presenté, Lorie me abrazó emocionada. Era pequeña y vivaz, con el cabello oscuro recogido en un rodete; vestía una blusa de mangas largas, una falda larga y gafas con montura dorada y cristales con un tinte azulado.

Llegué a lo de Lorie justo cuando ella estaba por salir rumbo a Mea Shearim, una comunidad antigua, pobre y fanáticamente devota, famosa por su antisionismo (ellos creen que no puede haber un estado judío legítimo hasta que llegue el Mesías). Sus jasidim visten caftanes medievales y sus carteles demandan que las turistas mujeres respeten las leyes de recato en la vestimenta. Caminamos juntas. Lorie se detuvo varias veces para dar monedas a los mendigos y todo el tiempo mantuvo un apasionado monólogo.

"Dios nos da tanto que uno simplemente tiene que hacer algo a cambio. A mí me encanta hacer mitzvot y ayudar a la gente. Unas pocas agurot para ti no significan nada, pero le estás dando a alguien comida, lo haces feliz. ¿Esta religión es tan bella!". Ella era efervescente, imparable. Su energía surgía en ondas. "Ya sea que haya o no un Dios, la Torá te ayuda a vivir a la altura de tu potencial, es como un viaje en el que tomas consciencia de todo lo que haces. Ahora realmente tengo que pensar sobre la comida que consumo: qué es leche, qué es carne, mi parte de amor maternal y mi parte 'animal'. Cada día tengo que agradecerle a Dios por toda clase de cosas. Dios, gracias por estar despierta. (Piensa en todas las personas que no se despertaron). Dios, gracias por el mandamiento de lavarse las manos. Cada vez que lo hago tomo consciencia de mis manos y cuán maravillosas son. Dios, gracias por vestir al desnudo. ¿Cuántas personas piensan cada día respecto a que tienen ropa para vestirse mientras que otros no la tienen? Incluso hay una plegaria que se dice al salir del baño: Dios, gracias por mis conductos y orificios, gracias porque todos funcionan adecuadamente".

Le pregunté qué sentía ella sobre la perspectiva del judaísmo respecto a la mujer.

—Me muero por casarme y tener hijos. En este momento estoy haciendo teshuvá, arrepintiéndome de mis errores. ¿Qué puede ser más importante que tener hijos?
Yo murmuré algo respecto a querer escribir.

—¡Escribir! —dijo Lorie con desdén—. Yo solía escribir, lo usaba para gastar mi energía. ¿Qué es escribir comparado con crear un ser humano, un alma?

—Resulta que es lo que yo quiero hacer.

—¡Lo que tú quieres! Yo también era así. Para mí, lo más importante era ser autentica: hacer lo que realmente quería hacer, incluso si eso dañaba a alguien. Mi ideal era Meursault en El extraño. La vida no tenía ningún significado, por lo tanto, ¿por qué pretender que no era así? De todos modos, la mayoría de las cosas que tú piensas que quieres hacer en verdad no las quieres hacer. Otras personas quieren que tú las hagas. Lo único que realmente extraño es drogarme. ¡Me encantaba volar! Si hay una cosa que me puede sacar de la religión, sería eso.

Del otro lado de la calle (ya estábamos en Mea Shearim), pasaban dos jovencitas que parecían turistas, transgrediendo las leyes de recato al estar vestidas con jeans.

—Si yo fuera tú, iría y les gritaría —dijo Lorie.

—No pienso que ayude demasiado gritarle a la gente —le respondí, sintiendo resentimiento por sus comentarios en contra de la escritura.

—No puedes saberlo. A veces algo pequeño puede cambiarte por completo. Lo que me llevó a unirme a los jasidim fue que alguien me dijo qué baja es su tasa de divorcios. Si sólo te explico respecto al recato, por qué no usar pantalones… Estoy siendo demasiado pesada, ¿verdad? Lo siento. Cuando conozco a una persona nueva me dejo llevar.

Pasamos al lado de puestos que vendían frutas y verduras, por una estrella calle empedrada, para ir a visitar a una amiga de Lorie que podía ayudar a ubicar a algunas estudiantes para comer en Shabat con ciertas familias. Lea, una vivaz mujer jasídica de mediana edad, insistió en servirnos sopa de verduras, pan y queso crema. Ella supervisó el lavado ritual de las manos, mostrándome cómo verter agua de un recipiente con dos asas, cómo colocar mis manos, e hizo que lo repitiera hasta que logré hacerlo de la forma correcta, mientras Lorie saltaba y protestaba: "¡Lea! ¡La vas a desanimar! ¡Uno tiene que empezar de a poco!".

Comencé a visitar la escuela de Lorie, asistí a clases, que en su mayoría se centraban en textos hebreos y me hacían sentir como si hubiera encontrado una película en idioma extranjeros con subtítulos inadecuados. También conversaba con Lorie y con sus amigas. Allí estaba Frida, de Brooklyn, fuerte, contundente, una luchadora, una mujer con una visión. Ella tenía la intención de iniciar una organización para baal teshuvá en los Estados Unidos. También estaba Cindy, quien se había identificado tan intensamente con las personas negras que todavía hablaba con cierto acento pseudo sureño. Ella había decidido convertirse al cristianismo y se había unido a una iglesia negra, pero entonces, baruj Hashem (gracias a Dios), comprendió a dónde pertenecía. También estaba Sara, quien había nacido en una familia protestante de Chicago y se había convertido después de investigar todas las filosofías existentes y de decidir que sólo el judaísmo tenía sentido.

Pero el centro psicológico de mi vida en Jerusalem fueron el Rav y la Rebetzin Weinberg. Nóaj Weinberg, el hijo menor de un jasid, creció en el Lower East Side de Nueva York. Dina era de Long island. Ellos se conocieron y se casaron a finales de los años cincuenta, y emigraron a Israel en 1961. Rav Nóaj estaba decidido a hacer algo para revertir el alejamiento de los judíos de la Torá. Durante seis años estudió con este objetivo en mente, y en 1967 abrió su primera ieshivá. Aish HaTorá funcionaba desde 1973. Rav Nóaj dirige la escuela, enseña y periódicamente viaja a los Estados Unidos para recaudar fondos. La Rebetzin se ocupa de sus hijos, atiende la casa, estudia, enseña, hace obras de caridad y actúa como consejera y amiga de los estudiantes de la ieshivá y de otras personas jóvenes que buscan su consejo. Durante el primer año de Aish HaTorá ella fue su administradora.

Los lunes a la noche, un grupo de mujeres se reúnen con la Rebetzin Weinberg para escuchar su clase sobre las 613 mitzvot. Actualmente la Rebetzin está hablando sobre la mitzvá de hacer lo correcto. En términos judíos, hacer lo correcto involucra una lucha constante entre las dos partes de nuestra naturaleza: el ietzer hatov (la inclinación al bien), que surge del alma y desea servir a Dios, y el ietzer hará (la inclinación al mal), que surge del cuerpo y busca insaciables satisfacciones materiales, sexuales y egoístas.

"¿Cuál es la diferencia entre una guerra contra otras personas y la guerra contra el ietzer hará?", preguntó la Rebetzin. "Una guerra contra otras personas tiene un fin, pero para la guerra contra el ietzer hará no hay fin. Una guerra humana no dura las 24 horas del día. En una guerra humana ganas algo limitado Si le ganas la guerra al ietzer hará, tienes todo. Y si pierdes…"

Era una imagen incongruente para una madre judía de nueve hijos, pero no podía evitar pensar en Juana de Arco.

"Tienes que desarrollar una estrategia. Por ejemplo, supón que sabes que cuando te encuentres con cierta persona vas a hablar lashón hará".

Lashón hará, calumnias, es un gran pecado, el tema de un formidable cuerpo de leyes. Está prohibido decir algo despectivo sobre alguien, sea o no cierto, o decir algo que pueda interpretarse como despectivo, o escuchar esa clase de conversaciones. Incluso está prohibido alabar a alguien frente a un enemigo que pueda verse tentado a discutir si eso es cierto. Los Haskel tienen en la cocina un cartel que dice: "¿Es eso lashón hará?".

"Debes tratar de evitar a esa persona", dijo la Rebetzin. "Pero si no puedes hacerlo, entonces debes pensar cómo puedes evitar esa mala conversación. ¿Hay alguna otra forma en que pueda lograr que se sienta bien?"

—¿Por qué no emplear un enfoque directo y simplemente decirle: 'no hablemos lashón hará'? —preguntó una de las mujeres.

—No todo el mundo puede aceptarlo. Quizás sólo lograrás ponerla a la defensiva —respondió la Rebetzin.

La Sra. Weinberg resumió todo diciendo que hacer lo correcto es imitar a Dios, convertirse en una imagen de Él lo más perfecta posible. Ser infinitamente paciente, responder a los insultos con bondad y sin felicitarnos a nosotros mismos. ¿Cómo se logra eso? "Conociendo las 613 mitzvot, No hay otra manera".

Se me ocurrió que si la lógica talmúdica había llevado a Mike a comprender cuán judía era su forma de pensar, la ética judía me permitió comprender cuán judíos eran mis sentimientos. Estaba comenzando a entender la culpa judía. A diferencia de la culpa cristiana, que asume que uno es inherentemente depravado, la perspectiva judía surge de la idea de que uno puede y debe llegar a la perfección. Los judíos que toman seriamente su religión no tienen ninguna necesidad de sentirse culpables. Ellos saben que las 613 mitzvot son el camino, y si tropiezan pueden levantarse y seguir adelante. Para los judíos como yo es diferente. La sabiduría secular es el brebaje que provoca el deseo pero impide la acción. Seguimos anhelando la perfección, y por eso seguimos políticas utópicas, sexo utópico, inocencia utópica. Pero no tenemos ninguna ley que nos guie o nos tranquilice. Con la ley, uno puede tener paciencia con sus propios defectos. Sin ella, si no estamos allí no estamos en ninguna parte. "Para vivir fuera de la ley debes ser honesto", dijo Bob Dylan, un judío.

* * *

Como los Haskel tenían tres niños pequeños y otro huésped en su pequeño departamento, me mudé con la hermanastra de Jaia, Abby Guinsberg, y su compañera de departamento, Sharon Weitz. Ellas compartían un gran departamento que habían heredado de los padres de Abby cuando ellos regresaron a los Estados Unidos. El departamento estaba en la calle Shimoni en Rasco, un atractivo barrio residencial que era predominantemente no religioso. Al igual que los Haskels, ellas eran del medioeste. Abby estaba estudiando en la Universidad Hebrea, Sharon en un seminario. Ambas jóvenes eran más religiosas que sus familias.

De inmediato me sentí cómoda con Sharon y con Abby, en parte debido a que su sentido de identidad femenina no parecía radicalmente diferente al mío. Ellas no habían crecido aisladas de la vida secular. Habían estudiado en una escuela secundaria pública, habían tenido citas con muchachos, usaban pantalones, no se habían casado a los 18 años y eran serias respecto al estudio. El hombre con quien Abby salía ayudaba a cocinar y tocaba blues en la guitarra. A diferencia de Lorie, ellas no reaccionaban en contra de su pasado. Como su compromiso religioso se había ido profundizando gradualmente y no habían pasado por una conversión repentina, no tenían nada de esa intensidad dogmática de los baal teshuvá.

"Por supuesto que yo siento un conflicto entre el judaísmo y el feminismo", dijo Sharon. "Es más difícil aceptarlo cuando estuviste expuesta a las ideas occidentales que cuando creces en Mea Shearim. Pero si te comprometes con el judaísmo, hay otros principios que también tienen que ajustarse. Para mí, una vida judía ofrece muchas satisfacciones…". Ella sonrió y encogió sus hombros. Intelectualmente ella sabía dónde estaba parada, pero emocionalmente todavía seguía luchando. "Lo que realmente me importa es ser capaz de estudiar. Si pensara que la halajá no me permite estudiar, entonces eso podría ser un problema", dijo Abby.

Abby era efervescente; Sharon tenía una calidez más tranquila. Eran diez años más jóvenes que yo, pero a menudo sentía como si nuestras edades fueran inversas. Ellas proyectaban una madurez equilibrada, consciente, que para mí quedaba simbolizada en la manera en que cooperaban para mantener su alegre departamento. El departamento de la calle Shimoni era simplemente un departamento común de clase media, amueblado de forma convencional por los padres ausentes, que servía como una estación de paso para dos jóvenes estudiantes. Pero Abby y Sharon hacían que se sintiera como un hogar. Ambas eran entusiastas cocineras. Casi todas las tardes regresaba y las encontraba en la cocina discutiendo recetas. Como Abby estaba experimentando con el vegetarianismo, siempre estaban probando algo nuevo: soufflé de queso y espinacas, pasteles de verduras, ensalada de frutas.

A menudo estaba allí también el amigo de Abby, Joshua. Él regresaba a los Estados Unidos en unas pocas semanas, justo después de Pésaj. Mientras tanto, él y Abby trataban de descifrar qué sentían por el otro. Los judíos ortodoxos no juegan juegos sexuales: un hombre y una mujer son compatibles o no lo son, y si deciden que lo son entonces se casan. Así es que Josh estaba en la calle Shimoni varias noches a la semana. Él y Abby estudiaban juntos y discutían puntos de la Halajá, y después todos ayudábamos con la cena y comíamos juntos, conversando y bromeando sobre los eventos del día, lo que dijo un profesor, mi última discusión con Lorie. Me iba a la cama y leía o escribía en mi cuaderno, y cuando me levantaba para ir a la cocina o al baño a las 2 o a las 3 de la mañana, por lo general escuchaba el pacífico murmullo de una de las maratones de conversación de Josh y Abby.

* * *

IV. VERDAD Y CONSECUENCIAS

"El primer mandamiento es saber que hay un Dios", dijo Rav Nóaj. Estábamos resumiendo la conversación que habíamos comenzado unos pocos días antes. Entonces él había dicho: "La enfermedad del pensamiento occidental es: 'no hay una verdad absoluta'. Pero intuitivamente, resulta obvio que algo es verdad o no lo es. Escucha: 'No hay una verdad absoluta'. '¿Estás seguro?' '¡Sí!' '¿Estás absolutamente seguro?'". Podía reírme. Yo creía que algo era verdad o no lo era. "Nos llaman fanáticos. Pero un fanático es alguien que no escucha razones. Yo te digo: vamos a razonar juntos. Encontremos una premisa en la cual ambos podamos estar de acuerdo y razonemos a partir de eso. El propósito de la razón es llevar a alguien al punto donde su intuición le dice: 'Sí, tienes razón'".

"Saber que hay un Dios", repitió Rav Nóaj. "No 'tener fe'. ¡Entendimiento! ¡Razón! Pero la razón sólo puede decirte aquello que ya conoces. Es un siervo, como tu mano". Él extendió su mano. "¡Mano! ¡Toca mi nariz!". La mano no se movió. "¿Qué es esto? ¿Una revolución? ¡Tonterías! No, tu mano actúa de acuerdo con lo que realmente deseas, no a partir de lo que tu dices que deseas. La razón te dirá lo que realmente conoces, cuáles son tus percepciones. No las de otras personas ni las de la sociedad"·

Durante la siguiente hora, Rav Nóaj trató de persuadir a mi intuición. "Si mi padre en su lecho de muerte me pide que diga por él la plegaria por los difuntos, ¿lo haría? Seguro. ¿Si él me pidiera repetir una serie de sílabas sin sentido, ¿lo haría? Probablemente no. ¿Por qué no? ¿Cuál es la diferencia? Bueno, yo pienso que el ritual religioso es significativo, digno de respeto, eso no significa que represente la verdad absoluta. Si alguien corre delante de mi auto y lo piso, ¿no me sentiré culpable incluso si no era posible que llegara a frenar a tiempo? Sí, me sentiría culpable. ¿Qué me dice eso? Incluso si técnicamente no es mi falta, alguien ha sufrido por mi culpa. Es irracional, pero yo pensaría: 'Si tan sólo hubiera hecho algo diferente… viajar en autobús, quedarme en casa…'".

"La razón por la que te sentirías culpable", dijo Rav Nóaj, "es que en verdad sería tu culpa. Si no hubieras hecho algo mal, Dios no te hubiera elegido como el instrumento para que alguien muriera".

Apreciaba la técnica de Rav Nóaj. Comprendí que en ocasiones yo misma la había usado. (¿Acaso tú y tu esposo no trabajan? Supón que vivieras con tu hermana, y que ambas trabajaran, y que ella quisiera que tú cocinaras todas las noches porque ella está cansada. ¿Lo harías? ¿Por qué no? Entonces, ¿cuál es la diferencia con hacerlo por un hombre?). Pero mi intuición no lograba convencerse. Todavía no lograba ver a la máxima Realidad como un ser a quien le importaba, tenía deseos e intervenía en nuestras vidas, ni que decretara funciones separadas para hombres y mujeres.

—¿Tú no piensas que los hombres y las mujeres básicamente somos diferentes?

—Básicamente no. Básicamente, pienso que todos somos seres humanos.

—Una de las ideas más locas de este loco mundo moderno, es que los hombres y las mujeres son iguales. ¡Los hombres y las mujeres son dos especies diferentes! —dijo Rav Nóaj.

Yo insistí que cualquier diferencia (¿y en este punto quién puede decir cuáles diferencias son inherentes y cuáles impuestas por una cultura patriarcal?), no requiere que las mujeres se dediquen a tantos bebés como decidan aparecer en este mundo. Rav Nóaj sacudió la cabeza.

—Los niños son un gran placer, pero hoy la gente se ha degenerado tanto que prefiere su comodidad material antes que tener hijos.

—¡No es sólo el confort material! —protesté—. La gente tiene derecho a tener cierta libertad, un poco de tiempo para sí mismos…

—Es la decadencia, Ellen. Yo tendría 50 hijos, cien. ¡Cada niño es una lección de amor!

—¡Mis padres no son degenerados ni decadentes! Ellos trabajaron duro para criar tres hijos, para educarnos…

De repente me di cuenta que estaba llorando.

—¡Ellen! —La voz de Rav Nóaj vibró a través de mi cuerpo, alarmada, preocupada, suave como una caricia—. ¡Yo no estoy condenando a las personas! ¿Quién puede saber quién es mejor que otro? Hablo de acciones. De errores, Ellen.

No estaba segura por qué lloraba, excepto que si mi familia de clase media, mis padres centrados en la familia, podían de alguna manera llegar a ser acusados de un comportamiento degenerado, entonces yo no tenía ninguna esperanza. Mi falta de control me sorprendió. Supongo que fue mi primer síntoma revelado del choque cultural.

¿Cuánto había pasado desde que aterricé en el aeropuerto? ¿Ocho días? ¿Nueve? Me parecía mucho más. Mi sentido del tiempo había cambiado, junto con mi perspectiva. De una forma crucial, yo era una persona extraña (una reportera) en una cultura ajena. Sin embargo, debido a que era judía, también era parte de la familia. Cualquier cosa que alguien pudiera pensar de mí, fuera o no religiosa, mientras yo vivía en la comunidad ortodoxa en cierto nivel básico era aceptada como parte de ella. Y así fue como comencé, al principio casi imperceptiblemente, a identificarme con esa comunidad y a sentirme extrañamente alejada del mundo secular. Me descubrí pensando de las personas no religiosas como "ellos". Cuando fui a hacer un trámite al centro de Jerusalem, me sentí atacada por su urbanidad frenética, ruidosa y chillona; por la multitud de israelíes que caminaban por la calle Yafo sin preocuparse por las sutilezas de la ley judía. 

Incluso la constante tensión política pareció comenzar a ser parte de ese otro mundo. Una profunda creencia en que Dios controla todos los eventos tiende a enfriar el fervor político, y sólo una minoría de los israelíes ortodoxos encajan en el estereotipo del militante religioso nacionalista. Mike y sus amigos tenían una postura crítica hacia el establishment rabínico por lo que consideraban su disposición a relajar la Torá ante las demandas del estado. Yo había llegado a Israel en un momento volátil: los estudiantes palestinos hacían demostraciones en la Ciudad Vieja; los árabes israelíes protestaban por la expropiación de tierras árabes en la Galilea. Leí sobre todo eso en el Jerusalem Post y, absurdamente, sentí que la política israelí me resultaba mucho más vívida cuando estaba en Nueva York.

Me envolvía un universo religioso. Estaba rodeada de personas que creían y, lo más importante, vivían esa creencia a cada minuto. La conversación entre los judíos ortodoxos nunca se alejaba demasiado de temas de ética, puntos de la ley, tus actividades religiosas. Incluso los pequeños intercambios eran inevitablemente religiosos: "Me siento mejor, Baruj Hashem"; "Me encontré con Fulano en Shabat"; "Van a hacer un casamiento jalabí (lácteo)". La vida ortodoxa tiene su ritmo propio y especial. Está el ritmo diario de la plegaria y el ritmo semanal de los preparativos para Shabat: apurarse para limpiar y cocinar antes de la puesta de sol el viernes, cuando se debe dejar de realizar cualquier trabajo; acomodar las luces para que se enciendan y se apaguen automáticamente; hacer turno para bañarse, con la esperanza de que no se acabe el agua caliente; vestirse, encender las velas de Shabat. Está el Shabat mismo: hacer Kidush (bendecir y repartir vino); lavarse las manos, repartir el pan y compartir la tradicional cena judía europea de pollo; los hombres van a la sinagoga el sábado a la mañana, regresan a casa para comer chulent, un guiso que se prepara antes de Shabat y se deja sobre el fuego; estudiar, caminar, visitar a alguien o dormir la siesta: una cena liviana y finalmente la ceremonia de havdalá ("separación") con la que termina el Shabat.

Aunque el proceso fue menos dramático, mi inmersión en la vida judía estaba teniendo un efecto mucho más potente que mi confrontación con las ideas judías. Podía discutir con las ideas, pero no podía negarme a adaptarme en aspectos importantes a las costumbres de mis anfitriones sin ser una molestia corrosiva. En el nivel más superficial esto implicaba no lavar los platos lácteos de Abby y de Sharon en el lavabo de carne, pero también implicaba cambiar de pista mental para participar en conversaciones que daban por sentada una perspectiva religiosa. Vivir con judíos ortodoxos fue como estar limpia en una fiesta en la que todos los demás están drogados. Después de un tiempo, por pura necesidad social, terminas volando sólo por el contacto.

Valga por ejemplo lo que ocurrió una tarde que pasé conversando con Lorie y Frida. Frida había reclutado a Lorie para su organización de baal teshuvá. Ellas planeaban regresar a Nueva York en julio para poner el proyecto en marcha. Yo comencé a darles consejos. Les dije que si querían que las mujeres jóvenes y educadas tomaran el judaísmo seriamente, su organización debería dirigirse a las mentes femeninas de la manera que Aish HaTorá conquistó a Mike. Eso implicaba… y entonces me escuché a mi misma: les estaba diciendo cómo seducirme.

Siempre había pensado que el judaísmo ortodoxo era un refugio para los compulsivos: sus requisitos y prohibiciones omnipresentes no sólo parecen excluir la espontaneidad, sino que dado que la halajá, como cualquier cuerpo de leyes que aplica principios básicos a situaciones específicas, está abierta a la interpretación, eso provee infinitas oportunidades para lo que los que están afuera llamarían "detalles nimios". Por ejemplo, un Shabat Sharon y Abby tuvieron un problema: como siempre, habían dejado una tetera de agua hirviendo sobre una hornalla encendida en la tarde del viernes. Pero en Shabat la llama se apagó. ¿Estaba permitido pasar la tetera a otra hornalla que estaba encendida? Si el agua se había enfriado, volver a calentarla transgrediría la regla de no cocinar en Shabat. Si todavía estaba caliente, no habría ningún problema en moverla. Pero era posible que se hubiera enfriado un poco. ¿Cuán caliente debía estar? Debajo de la tetera, cubriendo las hornallas encendidas, había una placa de metal, como un recordatorio para no incrementar ni disminuir las llamas. ¿acaso eso hace que ambas llamas se consideren como un mismo fuego, lo que implicaría que de todos modos está permitido mover la tetera? Abby, Sharon y Josh debatieron el tema durante media hora. El tema quedó sin resolver y no movieron la tetera.

Ahora entendí que considerar a esta clase de comportamiento compulsivo era asumir que la observancia religiosa es una distracción de la vida, mientras que para los creyentes es el eje mismo de la vida, y las preocupaciones seculares son la distracción. Si hacer mitzvot (todas las mitzvot, no sólo aquellas que entiendes o te agradan) es la manera de servir a Dios, de conectarse con la "Realidad", entonces es crucial cumplirlas de la manera más exacta. Para las personas que me rodeaban la Torá no era un chaleco de fuerza sino una disciplina que daba forma y enfocaba sus energías hacia el único objetivo significativo. Era una disciplina ardua, pero algo que no era inherentemente más compulsivo que mi propia búsqueda por el adjetivo preciso, o la minuciosidad con la cual las feministas analizan los detalles de las relaciones sexuales.

Y de todos modos, ¿qué tenían de sagrado las costumbres arcanas de mi existencia hiperurbana e independiente? A pesar de lo apegada que yo estaba a ellas, tuve que admitir que en el contexto de la historia humana, eran un poco extrañas. A los sociólogos les gustaba hablar sobre lo desarraigados y móviles que eran los norteamericanos, pero la mayoría de ellos por lo menos tenían familias. A pesar de mi renuencia a asumir el peso de la maternidad en una sociedad sexista, me inquietaba pensar que probablemente nunca tendría hijos. Sentía que la crianza de los hijos, tal como trabajar y amar, era una de las actividades que definen a la humanidad. Incluso mi trabajo (mi excusa para tanto de lo que hago o no hago) a veces me parecía ridículo. ¿Qué sentido tenía estar sentada en casa escribiendo símbolos en un papel, añadiendo mis balbuceos a un mundo ya sobrecargado de información? ¿Y qué pasaba con mi creencia en la suprema importancia de conectarse con la Realidad? Los judíos ortodoxos actuaban de acuerdo a su propia versión de esta creencia. ¿Yo lo hacía? Bueno, estaba mi terapia. Eso ocupaba 45 minutos de mi semana, menos tiempo de lo que me llevaba leer el Times los domingos (hablando de rituales compulsivos). ¿Realmente tenía bien acomodadas mis prioridades?

Si mi traumática conversación con Mike me había estremecido al hacerme entender que el judaísmo era un sistema intelectual plausible; vivir en Jerusalem me estaba llevando a entender que el judaísmo era una forma de vida plausible. Este entendimiento desembocaba implacablemente en el siguiente: que incluso era plausible para mí. Mi relación con Abby y Sharon debilitó mis defensas contra esta idea aterradora. Experimenté la calle Shimoni como una especie de casa de transición. A pesar de lo mucho que admiraba a la Rebetzin, ella era demasiado diferente a mí para ser mi modelo. Lorie, en una forma completamente diferente, también estaba en otro mundo. Pero Abby y Sharon tenían la psicología de las mujeres modernas intelectuales. Si para ellas la vida ortodoxa era elevada y plena de propósito (si ellas habían estado expuestas a las mismas libertades que yo, y a pesar de eso no sentían que se las privaba de algo), quizás yo no necesitaba esas libertades tanto como pensaba.

Sin embargo, tanto como me sentía atraída hacia la subcultura ortodoxa, también me resistía a ella. Mi resistencia adoptó una forma vergonzante. Salió a la superficie como una niñita malcriada gritando: "¡No quiero!". Si había llegado a Israel para experimentar el judaísmo, tenía sentido que tratara de observar la ley judía. Por ejemplo, había decidido que durante mi estadía comería sólo alimentos kasher. Durante un mes, eso apenas llegaría a sentirse como una gran carencia. Yo había hecho dietas para adelgazar que requerían mucha más disciplina. Sin embargo, me resultaba imposible mantenerme alejada de los puestos de comida rápida en la calle Yafo y me atiborré de chocolate de marcas sospechosas. Bajo mis vestidos recatados me iba hinchando a un ritmo inquietante. También estaba el tema de la sinagoga. A pesar de que la plegaria comunitaria no es un requisito para las mujeres, sentí que debía ir por lo menos una vez a los servicios en una sinagoga ortodoxa. Pero tenía miedo de enfrentar lo que me parecía una humillación total al estar sentada arriba, en la sección de mujeres. ¡Vaya periodista!, me burlé de mí misma. Menos mal que nadie te envió a cubrir una guerra.

Empecé a comprender que estaba deprimida. El clima, todavía ventoso y frío, me deprimía. La ciudad misma me deprimía, lo cual fue una sorpresa. En mi primer viaje a Israel había reaccionado de forma completamente diferente. Entonces no pensaba en la religión; estaba preocupada por la política, la historia de la guerra, el trágico choque del nacionalismo. Pero me había sentido maravillada por el brillo de Jerusalem. Quizás fue sólo la combinación de la belleza natural y su antigüedad, pero fuera lo que fuera la santidad, la ciudad la transmitía. Al estar frente a las rocas masivas del Muro Occidental, sumergida en medio de una multitud de personas que rezaban, sentí que pasaba por mi cuerpo el dolor y el éxtasis de millones de peregrinos.

Un amigo había organizado para que varios miembros de nuestro grupo comieran en la noche del viernes con una familia religiosa, y durante toda la noche me sentí de la misma manera que en el Muro. Todo tenía una claridad y un significado fuera de lo natural. Cuando nuestro anfitrión dijo las bendiciones por el pan y por el vino, me maravilló haber sido tan obtusa como para no haberlo visto. Bendecir por nuestra comida, valorar el milagro del alimento… ¿Qué puede ser más adecuado? Toda la idea del Shabat, un día a la semana en el que tienes prohibidas las distracciones habituales y tienes que estar solo contigo mismo y con la realidad… Me imaginé a mí misma de regreso en Nueva York, pasando un sábado sin escribir, sin comer en un restaurante, sin tomar el subterráneo. Un día entero con el teléfono desconectado y el tocadiscos en silencio. Una fantasía, por supuesto, yo nunca podría vivir de esa manera, ni siquiera quería hacerlo. Sin embargo, sentí un retorcijón de dolor: ¿No se trataba todo de eso, la paz ácida, la conexión que dices que deseas, liberarte de todo el ruido?

Ahora, a pesar de recordar esos sentimientos, no podía recrearlos. Fui al Muro, vi piedras gastadas salpicadas con excremento de palomas. Partí rápidamente debido al viento frío. Y Shabat, con todas sus restricciones, simplemente era opresivo, como un cinturón apretado. Mike me dijo: "La primera vez pudiste abrirte a ello porque no pensabas seriamente en esto como una posibilidad".

Mi depresión golpeó con toda su fuerza en Shabat, desde el instante en que llegué. Un amigo de Mike nos había invitado a pasar el fin de semana. Él y su esposa fueron sumamente cálidos y hospitalarios. Me sentí culpable y luché contra mi tristeza. Me sentí sofocada por la vida doméstica, los niños llamando a su madre. Los hombres que se iban a la sinagoga mientras las mujeres se quedaban en casa. Los hombres sentados en la mesa y las mujeres llevándose los platos. Quería sacarme las medias que me apretaban y me picaban. Quería escribir en mi cuaderno, encender las luces, comer sin pasar antes por media hora de rituales.

Al día siguiente fui a El Al a confirmar mi reserva para regresar a casa. El vuelo que tenía reservado partía el 22 de abril, pero si lo deseaba, mi pasaje podía extenderse dos semanas. Pensé que había llegado el momento de decidirlo. Siempre fui supersticiosa respecto a cambiar de vuelo. Ahora, al observar el cronograma de vuelo, sentí irracionalmente la certeza de que si cambiaba mis planes terminaría quedándome en Israel. Algo me atraparía aquí. Cuando Lorie llegó por primera vez a Israel, soñó que estaba en prisión, supervisada por una mujer malvada. Ella quiso irse, pero para el momento en que estuvieron dispuestos a dejar que se marchara, un mes más tarde, ella lo amaba y quiso quedarse. A partir de ese sueño, Lorie había decidido quedarse un mes y, efectivamente, todavía estaba aquí… Esto es ridículo, me sermonee. Si quieres irte, te irás. Si quieres quedarte, te quedarás. Y si Dios realmente controla tu vida, es inutil cuestionarlo. Debatí la posibilidad de quedarme al menos unos días más, pero eso implicaría pasar otro Shabat. Decidí volver con mi vuelo original.

Apenas salí de la oficina me atacó otra ola de paranoia: Dios me iba a castigar por mi mala actitud hacia el Shabat. Mi avión se estrellaría o sería atacado por terroristas. Midá kenegued midá ‘medida por media’. Más tarde, ese mismo día, comprendí que no podría partir el 22 de abril: era el último día de Pésaj y estaba invitada a lo de Rav Nóaj. El prospecto de tener que cambiar mi reserva a pesar de todo solidificó mi convicción de que nunca regresaría a los Estados Unidos. Había recibido una señal. No existen las coincidencias.

Cuando le conté a Mike que me había equivocado con la fecha del vuelo, me miró como si le hubiera pegado una bofetada en la mandíbula.

—Te irás temprano. Pensé que tenías seis semanas.

—Había planeado quedarme un mes. Sólo estoy haciendo lo que iba a hacer todo el tiempo.

—No es sólo eso. Quieres irte porque estás deprimida. Estás reaccionando exactamente de la misma forma que yo lo hice.
Mis entrañas se retorcieron.

—Mike, yo no soy tú. Podemos parecernos en muchas cosas, pero somos dos personas diferentes —Sentí pánico, tenía que recordar eso, aferrarme a eso—. Si quiero volver a casa, vuelvo a casa, y no me voy a sentir culpable por eso.

—Pero no puedes posponer esas preguntas… Cuando llegaste por primera vez, te sentiste realmente identificada con lo que pasaba. Ahora siento que te has ensimismado.

* * *

—¿Realmente quieres regresar? —me preguntó la Rebetzin. Había llegado para otra charla con Rab Nóaj.

—Teóricamente podría tirar por la borda toda mi vida y quedarme. Pero no quiero hacerlo.

—¿Piensas que es importante descubrir si Dios existe?

—Bueno… ¡Déjenme tranquila! ¡Bajen de mi espalda!

—Si Dios existe y nosotros no lo encontramos, ¿somos culpables?

¡No tengo que escuchar esto! ¡Se trata de un lavado de cerebro, eso es lo que es!

—Puedo descubrirlo en Nueva York —le dije.

—Si te ofreciera un negocio de $200.000 no dirías: "Puedo hacer el mismo negocio en Norteamérica". Dirías: "Vamos a hablar del tema" —me dijo Rav Nóaj.

—Tengo una vida entera a la cual regresar —insistí—. Me gusta mi vida.

—Entonces realmente no intentarás descubrirlo —dijo la Rebetzin.

—No dije eso.

—Bueno, ¿lo harás?

—No lo sé —respondí, sintiéndome miserable.

No estaba de mi mejor humor para enfrentar a Rav Nóaj. Durante nuestras charlas, él había revisado una por una las pruebas de la existencia de Dios. Esta vez su tema era: "un diseño debe tener un diseñador". Para ese momento, ya había tenido esa discusión con varias personas. Todavía no me convencía. Finalmente, Rav Nóaj dijo:

—Ellen, piensa por un minuto: ¿hay alguna razón por la que no quieres creer en las pruebas?

—Bueno, no puedo negar eso. No quiero cambiar toda mi perspectiva de vida. Pero…

—¡Míralo objetivamente! ¡Si aceptas una prueba, eso no implica cambiar toda tu perspectiva del mundo!

—Pero yo no lo acepto. No veo que el orden del universo tenga que haber sido creado por un Dios personal.

—Parece que aquí hay una muralla. No quiero empujar esto a menos que tú desees hacerlo —dijo Rav Nóaj.

Entonces comenzó por otra dirección.

—¿Por qué fue creado el mundo? Para nuestro placer. ¿Qué es lo único que somos capaces de hacer? Buscar placer. Entonces, ¿cómo podemos equivocarnos? ¡Es una locura! Dime, ¿qué es lo opuesto al placer?

—El dolor.

—¡No! ¡No! Lo opuesto al placer es la comodidad. El placer involucra dolor. La decadencia es optar por la comodidad. Por ejemplo, ¿qué es más importante, la sabiduría o el dinero? La mayoría de la gente te dirá: "la sabiduría". "Muy bien, quédate aquí seis meses y te daré tu sabiduría". "No puedo. Tengo un trabajo, una novia, se supone que me iba a ir de vacaciones a las islas griegas". "Quédate seis meses y te daré $200.000". "¡De acuerdo!" "¿Qué pasó con tu trabajo, con tu novia?" "Me van a esperar".

El alma desea sabiduría; el cuerpo desea dinero. El alma quiere placer, el cuerpo quiere comodidad. ¿Y cuál es el placer más elevado? ¿El objetivo del alma? Dios, Ellen. ¡Esa es la verdara felicidad, el éxtasis, Ellen! ¡Encuentra la razón por la cual vives! Acepta el dolor, el placer sólo llega con mucho dolor. Yo soy tu amigo, estoy contigo. Cede a tu vida de luchar por tener éxito, por la identidad, llámalo como quieras…

¡Injusto!

—¿Realmente piensa que sólo escribo para ver impreso mi nombre?

—Pienso que lo haces para tener una identidad. Para ser "una escritora".

—Me gusta hacerlo. Pero puede creer que escribo principalmente porque lo disfruto, porque soy buena en eso y porque pienso que es un trabajo útil —agregué desafiante.

—No hay ningún problema con Shakespeare —dijo Rav Nóaj—, pero a menos que sepas el verdadero significado de la vida, eres un zombi, un muerto que camina. Descubre por qué vives, Ellen. ¡Claridad o muerte!


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