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Hubo momentos, por lo general bien temprano, antes de obligarme a levantarme y enfrentar el día, en los que me inclinaba más a creer que todo era verdad, que sólo me resistía porque no podía soportar el dolor de admitir qué equivocada estaba. Qué pasa con las profecías… y la manera en que la historia moderna casi pareció una conspiración para llevar a los judíos de regreso a Israel… y la Biblia… Mike y yo estuvimos estudiando el Génesis con el comentario de Rashi, y yo tuve una visión repentina, como un flash con ácido, de un Jardín, de una Presencia… y mi personalidad, mi compulsión sagitariana de apuntar directamente al blanco cósmico. "La bendición y la maldición de ser un judío", dijo Rav Nóaj, "es que los judíos están sedientos de Dios, de lo absoluto. Un judío nunca puede tener paz. En cualquier cosa que haga será el mejor, tanto si se trata de ser un radical o un criminal. Todo eso es buscar a Dios en el lugar equivocado. Todo judío es un neurótico…"

Y si me vuelvo religiosa, ¿qué voy a hacer? Locura, decadencia, llámalo como te guste. Yo nunca podré ser una madre judía tradicional. Pero quizás no tengo que serlo. De hecho, sólo los hombres están sujetos a la mitzvá de casarse y tener hijos. Y no todo el mundo sigue la línea dura de los Weinberg respecto a la procreación. De acuerdo con un rabino que conocí, un psicólogo, la Halajá permite la anticoncepción cuando es necesaria para preservar la salud de una mujer, incluso su salud emocional. Tampoco la división de roles en la familia es absoluta, ninguna ley le prohíbe a la mujer trabajar fuera del hogar ni a los hombres compartir las tareas domésticas. Incluso dentro de los límites del judaísmo puedo ser una especie de feminista, luchar por reformas como la igualdad en la educación, quizás impugnar interpretaciones halájicas tendenciosas de los rabinos varones. Y mi experiencia me pondría en una posición única para llegar a mujeres como yo y traerlas de regreso al judaísmo.

En privado podía tener esta fantasía, incluso tomarla con seriedad. Eso no me impedía una hora o un minuto más tarde tener una furiosa discusión con un hombre. Una cosa era considerar la posibilidad abstracta de que el rol de la mujer en el judaísmo no fuera inherentemente opresivo, otra cosa era vivir en una cultura que me hacía sentir oprimida. Una vez, cuando estaba con Mike cenando con otro de sus maestros, me quejé:

—Sabes, me siento como una sirvienta cuando tú estás allí sentado como un bulto mientras yo ayudo a servir y a limpiar la mesa.

—No se acostumbra que los hombres ayuden, y si me levanto voy a provocar que todos se sientan incómodos, incluso las mujeres —me respondió Mike. Tenía un punto a su favor (cuando estés en Roma y todo eso), pero era un punto que a él no le molestaba exponer. El hecho era que para Mike pasar de la sociedad occidental al judaísmo ortodoxo había implicado un incremento de estatus y privilegios, pero para mí implicaba una pérdida.

Una noche, Mike y yo nos reunimos con Dick Berger, uno de sus mejores amigos de la ieshivá. Mike admiraba mucho a Dick, y aseguraba que era una persona inusualmente perceptiva con el don de sentir los bloqueos emocionales de los demás. Él había estado alentando a Mike a conectarse más con sus sentimientos. Me había encontrado una vez con Dick y él me había contado un poco sobre su vida. Había sido periodista gráfico en Pittsburgh, escribió una novela todavía no publicada, había experimentado con psicodélicos y meditación trascendental. Posteriormente le dijo a Mike que sintió que yo sólo lo veía como material para mi artículo. No pensé que fuera cierto, pero de todas maneras me preocupó. Odio cuando alguien proclama conocer mis motivos mejor que yo, pero siempre me preocupa que tenga razón.

La conversación esa noche fue suficientemente placentera hasta que comencé a discutir con Dick respecto a que los hombres compartan el cuidado de los niños. Dick sugirió que no se deberían alterar 3.000 años de tradición, y yo comencé a enojarme de una manera que sabía por experiencia que no llevaba a nada bueno. Entonces él realmente presionó la palanca equivocada.

—Eres demasiado emocional, ¿No podemos hablar de esto objetivamente?

—Tú no eres nada objetivo. Pensar lo que piensas te conviene como hombre.

—Me resulta indiferente —insistió Dick—. Con esto me refiero a que estoy apegado a mi esencia básica. Tú reaccionas a partir de tu condicionamiento en la cultura occidental.

—Tú reaccionas de acuerdo con tus prejuicios machistas supremacistas, sólo que tienes de tu lado 3.000 años de tradición.

—Pero no soy agresivo ni hostil, ¡tú lo eres!

—¡Puedes darte el lujo de ser "objetivo" e "indiferente"! Estás feliz con el sistema, ¡yo soy quien se ve oprimida! ¿Por qué no debería ser hostil? ¿Qué derecho tienes a exigir que tengamos esta conversación en tus términos…? —mi frase pasó a toda velocidad hacia los inarticulables alcances de una rabia nada divina.

En otra oportunidad, fue con otro amigo de Mike, Harvey, un alto, oscuro e intenso sudafricano. Él dijo:

—Yo no estoy aquí porque lo deseo. Yo quiero libertad, dinero y los placeres del cuerpo. Yo estaba feliz con mi vida no religiosa. La extraño. Pero una vez que sabes que Dios existe…

Comenzamos a discutir sobre el diseño y la evolución. Harvey afirmó:

—Una de dos: o hay un Dios o toda esta armonía y propósito es pura coincidencia.

—Esas no son las únicas posibilidades…

—Y hay grandes probabilidades en contra de la coincidencia. Si tuvieras un blanco para dardos con mucho rojo y sólo un poco de blanco, ¿dónde crees que llegaría tu dardo?

—Esa analogía es muy tonta.

—¿Qué ocurriría si tuvieras que apostar dinero en esto?

—¡No voy a participar de este juego! ¡Es ridículo! ¡Es irrelevante!

—Respóndeme, ¿apostarías al blanco o al rojo? —prosiguió el fiscal.

—¡Yo no soy Pascal! —grité—. ¡Y no voy a cambiar toda mi vida por causa de una abstracta decisión intelectual respecto a que todas las probabilidades apuntan a que Dios existe!

—Sabes, la Torá no es sólo una zanahoria. Es también un palo. Existe el castigo, puedes ser desconectada…

¡Y yo tampoco voy a jugar a tu juego de la culpa! ¡Los hombres no me van a meter en la garganta su religión sexista!

Ahí estaba el pequeño y sucio secreto: yo podía ser persuadida para retornar al judaísmo, pero no por un hombre. Después de uno de nuestros encuentros, Rav Nóaj había declarado: "¡Tú estás emocionalmente comprometida a revelarte contra el sexo masculino!". Él tenía razón, por supuesto, y en principio yo estaba de acuerdo con que hay que desconfiar de esos compromisos a priori. Pero cada vez que chocaba con un hombre parecía terminar con una convicción renovada respecto a que mi rebelión era una simple cuestión de cordura. ¡Los hombres con sus odiosos viajes mentales! ¡Los hombres con su "objetividad"! "Discutamos esto de forma racional: ¿debo dejar de estrangularte o no?".

* * *

V. ÉXODO

"Y sucederá que cuando tu hijo te pregunte el día de mañana diciendo: '¿Qué es esto?', le dirás: 'Con mano fuerte nos sacó el Eterno de Egipto, de casa de esclavos" – Éxodo 13:14

"Sabes, su vida se salvó por el rock and roll" – Velvet Underground

Caminaba con Mike por Mea Shearim conversando sobre la felicidad. La fecha revisada de mi partida era en unas dos semanas, había mucho tiempo para los cambios, pero sabía que no me convertiría en una judía ortodoxa, por lo menos no por el momento. Mi decisión no había implicado ninguna epifanía, ningún momento catártico de la verdad. Mis dudas permanecían y tal vez siempre estarían. Pero decirlo de esta manera era ver todo al revés. El hecho era que sólo un momento de verdad irresistible e ineludible podría haberme vuelto religiosa. Nada menos que eso podía sacudir mi presunción a favor de una vida que me hacía feliz.
Desde el punto de vista de Mike, yo me negaba a aceptar la verdad debido a una fuerte resistencia emocional. Aunque él también se había resistido, su infelicidad con la vida secular hizo que le resultara más fácil ceder. Por otro lado, él seguía sugiriendo que yo podía ser mucho menos feliz de lo que pensaba.

"Dick te ve como una persona muy poco feliz. Y Rav Nóaj piensa que realmente eres infeliz", dijo Mike.

Sentí una punzada de resentimiento (¿quiénes eran esas personas que apenas me conocían para considerarme infeliz?), mezclada con ansiedad. ¿Me estaba engañando a mí misma? No me parecía. Yo no era perfectamente feliz, ni tan feliz como deseaba ser, pero a pesar de mis problemas no resueltos era más feliz que desdichada. Tener problemas, incluso algunos graves, no era lo mismo que no ser feliz. Yo conocía la diferencia porque lo había experimentado. Durante siete años, desde el año que comencé la universidad, había sufrido de una severa depresión. En el momento no la llamé así, no sabía cómo denominarla. No estaba especialmente triste, simplemente tenía la desconcertante sensación de que nada era del todo real; que mi vida era todo procedimiento y nada de sustancia. La mayoría de mis actividades, aunque teóricamente eran agradables, en secreto me decepcionaban. Leer a mis poetas favoritos, acampar en Yosemite, marchar en las líneas de piquete de CORE (Congreso de Igualdad Racial), hacer el amor, de alguna manera siempre me sentía como una espectadora. Cuando me casé supe que estaba cometiendo un error, pero sentí que no tenía fuerza para actuar de acuerdo con ese entendimiento. Sin importar cuánto te horroriza una película, uno no grita "¡No!" ni destruye el proyector. Tenía consciencia de que nada estaba bien, pero pensé que tal vez todos sentían de esa manera, quizás así era la vida. Al principio, este pensamiento coincidía perfectamente con el espíritu de la época: el fin de los silenciosos años cincuenta.

Mi depresión había comenzado gradualmente, sin ninguna razón obvia, y terminó de la misma forma. Pero con los años, mis recuerdos del descenso y la recuperación habían cristalizado alrededor de unos pocos eventos simbólicos. El primero tuvo lugar cuando era una estudiante de primer año de Barnard, enamorada de un alumno de segundo año de Columbia, un viejo amigo de la escuela secundaria. Un día lo encontré en la calle y le dije como al pasar: "Éramos amigos, ¿verdad?", logrando compartir un momento con él. Él pareció sentirse incómodo y murmuro algo que no fue una respuesta. Para mi sorpresa, casi no sentí dolor. Observé ese hecho con un interés indiferente. Qué sensato, pensé. ¿Por qué llorar por una situación que no tengo forma de cambiar? Cuatro años más tarde, cuando vivía en Berkeley, escuché por primera vez a Bob Dylan y de inmediato me convertí en una de sus admiradoras. La voz de Dylan llegó a lo más profundo de mi ser y lo que él dijo fue: No, esta no es la forma en que es la vida. Entonces un amigo me prestó el clásico de Wilhelm Reich, Análisis del carácter. Nunca había oído hablar de Reich y el libro fue una revelación: entre otras cosas, contenía una descripción precisa de mi estado emocional. ¡Otras personas habían estado en la misma condición y se habían curado! ¡Tenía esperanzas! Me llevó un tiempo captar estos mensajes, pero eventualmente dejé a mi marido, volví a Nueva York, me convertí en periodista, decidí que pensaba que era realmente radical, y me enamoré. En algún momento del camino noté que mi extraña lejanía había desaparecido.

Desde entonces tuve algunos episodios de depresión (el peor me había llevado a mi terapeuta), y en ocasionales momentos de estrés volvía a mi postura de observadora de la película. Pero sentía con certeza que nunca me volvería a perder a mí misma de una forma tan terrible. En retrospectiva, me quedaba claro que lo que me había provocado mis conflictos era crecer como mujer; conflictos que sigo sintiendo. La diferencia era que había decidido enfrentar y luchar con la vida en vez de ensimismarme. Tomar esa decisión, tan a menudo como fuera posible, era de lo que se trataba la felicidad. Estaba de acuerdo con la insistencia judía respecto a que la felicidad es una elección. Sin embargo, cómo tuve la fuerza para elegir sigue siendo un misterio. Parte del misterio mayor que es cómo uno se conecta con la Realidad. Como la inexplicable, inefable liberación que había experimentado al usar ácido, mi emergencia de la desesperación en última instancia había dependido de lo que las personas religiosas llaman la gracia de Dios.

No es que las circunstancias externas fueran irrelevantes. Las cosas hubieran podido ser muy diferentes de no haber sido por los años sesenta, y en especial por el rock and roll. El rock fue un factor primordial en mi recuperación. Él tuvo la fuerza de moverme cuando casi ninguna otra cosa lograba hacerlo. Yo había sido una ardiente fanática del rock and roll cuando estaba en la escuela secundaria. [A veces pienso que por eso mi depresión no llegó sino hasta que llegué a Barnard (esto fue en 1958), donde se suponía que uno tenía que bailar con Lester Lanin]. Pero a comienzos de los sesenta yo ya había abandonado en gran medida el pop a cambio de la música folklórica. Sin embargo, cuando Dylan lanzó su primer álbum de rock me emocioné. Sentí que me llevaba de regreso a casa en más de un sentido. Cuando terminó mi matrimonio en 1965, comencé a escuchar nuevamente radio AM. Había comenzado el renacimiento de los sesenta; las listas de éxitos del pop estaban dominadas por los Beatles y los Stones, por Motown y el rock folclórico. Mi nuevo amor no sólo estaba obsesionado con la música, sino que era consciente de su significado cultural y su influencia en nuestras vidas de una manera que para mí era nueva. Comencé a establecer mis propias conexiones. Mi primer artículo serio fue un largo ensayo sobre Dylan.

Mike en un momento había sido un fanático del rock, pero desde que se volvió religioso considerada al rock como una droga, una distracción escapista. Él también consideraba que mi escritura era una actividad sospechosa; él y Dick Berger estaban de acuerdo en que el periodismo, como los viajes, era una forma de observar la vida en vez de participar en ella.

—¿Piensas que hubieras podido aprovechar más al estar aquí si sólo hubieses venido y te hubieras involucrado sin tener que pensar sobre tu artículo? —me preguntó Mike.

—No lo sé. Pero si no hubiera decidido escribir un artículo probablemente no hubiese venido.

Sin la protección de mi rol de escritora (mi licencia para observar) tal vez no hubiera tenido el coraje de venir. Pero había algo todavía más importante: mi abrumadora necesidad de escribir sobre un tema que tocaba todos los aspectos importantes de mi vida había dado lugar a un poderoso impulso de reprimir, sentarme firme, dejar que la inercia se hiciera cargo. Mi decisión de afrontar mi crisis espiritual era inseparable de mi compulsión por observarla y analizarla, por perseguir hasta la última conexión. De todos modos, escribir no era sólo observar; era compartir tus observaciones, un acto social. También era un trabajo difícil. Como Rav Nóaj había sugerido, era posible que mi identidad como una escritora fuera un apoyo a mi ego, pero también tenía que ver con el hecho de tomar mi trabajo en serio. No había comenzado a pensar en mí misma como "una escritora" hasta que no cambié mi actitud de "en este momento estoy escribiendo, quizás el próximo año estudiaré psicología" a "Voy a dejar de jugar y me comprometeré a ser la mejor escritora que puedo llegar a ser". Ahora, al mirar hacia atrás ese cambio, veo que fue otro paso crucial hacia la felicidad.

¡Claridad o muerte! Insistía Rav Nóaj, y si había un poquito de claridad que emergía de toda mi confusión, era la convicción de que mi felicidad no era ilusoria. Al tratar de explicarle esa convicción a Mike, de repente me sentí disgustada con mi funk actual. No era sorprendente que Dick y que Rav Nóaj pensaran que yo era infeliz. Estaba hecha un desastre. Había subido cinco kilos y me había resfriado. Cada vez dormía hasta más tarde. Si tenía con alguien una conversación seria, eso me agotaba tanto que tenía que regresar corriendo a la seguridad de la calle Shimoni para dormir una siesta. "Cuando actuamos por miedo al dolor, elegimos la muerte", decía todo el tiempo Rav Nóaj. "La Torá dice: '¡Escoge la vida!'". Yo había estado corriendo del dolor de la incertidumbre y del conflicto, e incluso pensé: "No puedo soportar más esto, me voy a suicidar". ¡Absolutamente engreída!

Quizás fue sólo mi determinación a demostrar que Mike estaba equivocado, pero mi estado de ánimo comenzó a cambiar lentamente. Finalmente empecé a responder a la belleza de Jerusalem, a las colinas y el peculiar brillo atmosférico que no había notado en ninguna otra parte. Sentí como si me hubieran dejado salir de la cárcel.

* * *

Se acercaba Pésaj. Deliberadamente había planificado mi viaje para estar en Israel durante la semana de la festividad. El Séder de Pésaj, que se supone se debe celebrar en cada una de las dos primeras noches, era el único ritual judío que mi familia observaba de forma regular. La mayoría de los años pasábamos nuestro Séder con la familia de la hermana de mi madre. La ceremonia la presidía mi tío, que era observante aunque no ortodoxo. Para el resto, Pésaj era menos una ocasión religiosa que una fiesta familiar, una versión del día de acción de gracias en la primavera. De todos modos, era imposible volver a relatar la historia del éxodo año tras año sin verse afectado por ella. A fin de cuentas, era una historia sobre el escape de la opresión a la libertad, y a mi me gustaba pensar en ella en términos políticos y psicológicos contemporáneos. Para mí, la declaración al concluir el Séder: "El próximo año en Jerusalem", expresaba esperanza por ambas clases de liberación. Sin embargo, para los judíos ortodoxos, Pésaj implicaba algo muy diferente. Tal como descubrí al asistir a las clases de Lorie, la definición tradicional de la libertad que representaba el Éxodo era una imagen en espejo de lo que yo pensaba.

Pésaj conmemora un evento histórico; la salida del pueblo judío de la esclavitud de Egipto, el preludio a la revelación de la Torá. Pero para el judío religioso esta es también la realidad continua. La Hagadá (el relato del Éxodo que se lee en el Séder) dice: "En cada generación, cada individuo debe verse a sí mismo como si él hubiera salido personalmente de Egipto". De acuerdo con la tradición, Egipto representa el materialismo, el hedonismo, la inmoralidad. Revivir el Éxodo es afirmar nuestra liberación de la esclavitud del Faraón interno (el ietzer hará) y nuestra disposición a vivir una vida de verdadera libertad, es decir, bajo la ley de Dios. Este tema se concretiza en el símbolo central de Pésaj, la matzá, el pan no leudado. Como los judíos al huir no tuvieron tiempo de dejar leudar su pan, en Pésaj está prohibido comer o poseer pan o cualquier alimento con levadura. Simbólicamente, la levadura representa la expansión del ietzer hará.

Rav David, un joven maestro de Aish HaTorá, y su esposa Rut nos habían invitado a Mike y a mí para el primer Séder. En la mañana fuimos a ayudarlos con los preparativos de último momento. Rut me puso a coser el ruedo del pantalón nuevo de su hijo mayor. Después jugué con los niños, a quienes los habían enviado al balcón con un bol de nueces para cascar. Una semana antes, el ruido, el lío y las peleas me hubieran llevado a ensimismarme. Ahora en verdad me estaba divirtiendo.

El Séder comenzó alrededor de las ocho. La idea de la ceremonia es enseñarles a todos, especialmente a los niños presentes, tanto como sea posible sobre el éxodo y su significado. Rav David se detuvo en cada página de la Hagadá, formuló preguntas, discutió la interpretación de diferentes Sabios… Cuando llegamos al final de la primera parte (lo que hay que hacer antes de poder comer), ya era casi la medianoche. Después de la cena seguimos adelante otras dos horas. El Séder terminó con las tradicionales palabras "El próximo año en Jerusalem" (yo ya me había cuestionado esto antes).

Otro día de la misma semana, Mike y yo estuvimos invitados en la casa de los Weinberg con varios otros estudiantes de ambos sexos que estaban de vacaciones en Israel. Yo prestaba atención a la Rebetzin, que parecía estar constantemente ocupada (aunque sus admiradoras femeninas competían entre sí para ayudarla, siempre había más que hacer), y a pesar de todo continuamente estaba serena. De vez en cuando, uno de los niños la hacía pasar un mal momento y se negaba a cumplir alguna pequeña tarea. Mucho después de lo que cualquier padre promedio ya estaría gritando de frustración, la Rebetzin repetía tranquilamente su solicitud o, de lo contrario, sin resentimiento visible, hacía ella misma la tarea.

Sintiéndome culpable por mi propia falta de paciencia y egoísmo, un defecto que estaba segura que era obvio para todos, traté de pasar desapercibida. Finalmente, la Rebetzin me arrinconó.

—Me parece que tú piensas que tienes que esconder tu femineidad para ser tomada en serio.

Por un momento me quedé muda.

—¿Por qué piensa eso?

—Bueno, por ejemplo, por la forma en que te vistes, la manera en que te arreglas el cabello.

Bueno, si eso es todo a lo que ella se refiere… pensé. Ella no se da cuenta que sólo me veo de esta manera porque estuve deprimida. Sabía que había descuidado mi apariencia. La mayoría de los días escondía mi largo cabello debajo de un pañuelo para no tener que tomarme la molestia de arreglarlo, y no podía usar nada que marcara la cintura porque había subido mucho de peso. Por otro lado, el vestido holgado que usaba estaba bastante de moda en Nueva York. Además, dado que mi guardarropa normal de jeans y camisetas era halájicamente inaceptable, ¿qué se suponía que debía usar? Asimismo, ¿no era este el viejo asunto de juzgar siempre a una mujer por su apariencia…? Buen intento, pero no sirvió de nada, pensé. Enfréntalo: ella tiene razón.

La gran mentira de la supremacía masculina es que las mujeres son algo menos que completamente humanas. La tarea básica del feminismo es exponer esa mentira y luchar contra ella en todos los niveles. Sin embargo, a pesar de toda mi militancia feminista, al parecer secretamente yo temía que la mentira fuera cierta, que mi humanidad se opusiera indefectiblemente con mi ineludible sexualidad femenina; mientras que la Rebetzin, apóstol acérrimo de la femineidad tradicional, no parecía dudar ni por un instante que podía ser a la vez una mujer y una persona seria. Lo cual sólo era paradójico superficialmente, porque si alguien está absolutamente convencido de que el rol de la mujer judía fue ordenado por Dios, y que es tan importante como el del hombre, ¿cómo podría creer la mentira?

Yo también era demasiado un producto de los valores libertarios occidentales para poder seguir la ruta de las Rebetzins hacia la autoaceptación, y hasta ese momento no había logrado encontrar mi propio camino…

* * *

En mi última noche en Jerusalem, regresé para una visita final a los Weinberg. Rav Nóaj estaba conversando con un joven visitante llamado Ron. Ron le explicaba que había llegado a Israel para levantar la cabeza y entender qué hacer de su vida. ¿Quería hacerse cargo del negocio de su padre puliendo diamantes o qué era lo que deseaba?

—Ven a la ieshivá. Descubre qué dice el judaísmo respecto a esas preguntas. Por ejemplo: ¿por qué estamos aquí? ¿Para qué estamos aquí?

—¿Para servir a Dios?

—No. El mundo fue creado para darle placer al hombre. La Torá nos dice cómo obtenerlo. Dios no quiso que diéramos vueltas como una gallina a la que le cortaron la cabeza.

Obviamente Ron estaba interesado y Rav Nóaj comenzó a alentarlo para que fuera a Aish HaTorá durante una semana.

—No puedo. Me comprometí a trabajar en mi kibutz hasta fines de julio. Y allí está mi novia.

—No te preocupes por el kibutz. Ellos puedes encontrar a alguien que ocupe tu lugar. ¿Qué eres para ellos? No encontrarás las respuestas a tus preguntas en un kibutz.

—No puedo venir ahora, pero le prometo que regresaré en tres meses.

—Ven ahora —insistió Rav Nóaj—. ¿Quién sabe qué puede pasar en tres meses? La persona nunca debe decir: "Cuando tenga tiempo voy a estudiar".

—No puedo —dijo Ron—. Pero realmente me impresiona su preocupación.

Yo me despedí. Rav Nóaj me dio su consejo de despedida: "Los judíos dicen: sin importar lo que hagas, sé feliz. Incluso si transgredes otras leyes, simplemente cumple ese mandamiento".

Por la mañana, Mike me acompañó al aeropuerto. Nos sentíamos incómodos, incapaces de decir la mayor parte de lo que sentíamos. Por primera vez desde el comienzo de este largo viaje, tuve la vieja sensación de que él era mi imagen masculina en el espejo.

El judaísmo enseña la idea patriarcal convencional de que los hombres tienen más una tendencia al razonamiento abstracto, y las mujeres al entendimiento intuitivo. Yo creo que esta división es social, no biológica, que en una sociedad en la que los hombres gobiernan y las mujeres nutren, tiene sentido que los hombres desarrollen su intelecto a costa de sus emociones y que las mujeres hagan lo opuesto. De todos modos, estoy de acuerdo en que la diferencia existe, a pesar de que probablemente no es innata, y por cierto no absoluta (por ejemplo, yo soy más cerebral que la mayoría de los hombres que conozco). En ese momento, Mike y yo éramos un estudio del contraste entre las sensibilidades masculinas y femeninas. Yo partía de Israel, con todas las preguntas intelectuales sin resolver, porque en definitiva confiaba en mis sentimientos y creía en actuar de acuerdo con ellos. Aunque hubiera podido usar la lógica como un arma contra la incertidumbre, en definitiva no tenía la fe de Mike respecto a que eso me llevaría a la verdad.

Mike tenía 24 años cuando se volvió religioso. Yo tenía 23 cuando salí de mi mortal depresión. Me parecía que ambos desafíos representaban la misma decisión básica de ser felices. Pero la mía había sido una decisión puramente intuitiva, para permitirme sentir. La suya se había presentado como una decisión intelectual, ir a donde lo llevaba su lógica. Quizás nuestros caminos eran igualmente válidos. Tal vez no. Al darle a mi hermano un beso de despedida todavía no sabía si mi negación a creer era una sana autoafirmación o un obstinado egoísmo. La Torá nos dice que los judíos somos un puedo obstinado.

Llegué al aeropuerto Kennedy exhausta, retiré mi equipaje, pasé por la aduana y salí a esperar que mis padres llegaran a buscarme. Sólo entonces me permití sentir un enorme alivio. Lo había logrado, después de todo. No hubo accidentes, bombas, secuestradores ni inexplicables demoras. Estaba en Nueva York, con mi cuerpo y mi alma intactos. ¿Y qué hay con eso?, pensé. De repente me resultaba imposible comprender por qué había estado tan ansiosa por volver. El aeropuerto estaba desolado y estéril. El clima era inusualmente frío y una extraña tormenta de viento hacía que todos corrieran a cubrirse. Me acurruqué en la puerta de la terminal y observé pasar los autos como una procesión interminable de clichés antiamericanos. Cuando llegaron mis padres sentí una oleada de alivio, pero en el camino de regreso a casa mi confusión volvió. ¿A dónde pertenezco? ¿Qué es lo que quiero?

La noche siguiente mi padre me llevó a mi casa en Manhattan. La tormenta de viento había despejado el smog, y desde la autopista teníamos una vista inusualmente clara del puerto y del horizonte. Anochecía, las luces de la ciudad comenzaban a parpadear y me embargó una ternura casi religiosa por Nueva York y su especial belleza. Pero al mismo tiempo, al mirar esas luces brillantes, vi algo más: las tentaciones de Egipto. Se me llenaron los ojos de lágrimas y pensé, buscando una ironía que no pude alcanzar…   

¿Cómo se siente?
¿Cómo se siente estar por tu cuenta,
sin un rumbo a casa,
como una completa desconocida?

 


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