Había un comerciante que poseía una joyería en Israel. Un día, una niña de nueve años entró a la tienda y le dijo:

─Estoy aquí para comprar una pulsera.

Miró en los mostradores de cristal y señaló una pulsera que costaba $3.000 dólares. El hombre del otro lado del mostrador le preguntó:

─¿Quieres comprar esa pulsera?

─Sí ─contestó ella.

─¡Huau!, tienes muy buen gusto. ¿Para quién quieres comprarla?

─Para mi hermana mayor.

─¡Qué dulce! ─contestó el vendedor—. ¿Por qué quieres comprarle a tu hermana mayor una pulsera?

─Porque no tengo ni madre ni padre ─respondió la pequeña—, y mi hermana mayor nos cuida. Entonces quiero comprarle un regalo y estoy dispuesta a pagar por él.

Entonces sacó de su bolsillo un puñado de monedas totalizando casi ocho shekels, aproximadamente dos dólares.

El vendedor dijo:

─¡Huau! ¡Ese es exactamente el valor de la pulsera!

Mientras envolvía la pulsera, le dijo a la niña: ─Escríbele una nota a tu hermana mientras envuelvo el regalo.

Terminó de prepararla, se secó las lágrimas y le dio el paquete a la pequeña.

Unas horas después, la hermana mayor entró a la tienda.

─Estoy terriblemente avergonzada ─dijo—. Mi hermana no debería haber venido, no debería habérsela llevado sin pagar.

─¿De qué hablas? ─preguntó el comerciante.

─¿A qué se refiere? Esta pulsera cuesta miles de dólares. Mi hermanita no tiene miles de dólares, ¡ni siquiera tiene diez dólares! Obviamente no pagó por ella.

─Estás muy equivocada ─dijo el comerciante—. Pagó el precio completo. Pagó siete shekels, ochenta centavos y un corazón roto. Quiero contarte algo: soy viudo. Perdí a mi esposa hace unos años. La gente entra a mi negocio todos los días. Vienen y compran joyas muy caras; todos pueden costearlas. Cuando tu hermana entró, por primera vez en mucho tiempo desde que murió mi esposa, sentí nuevamente el significado del amor.

Durante las festividades, vamos donde Dios y queremos comprar algo muy caro. Queremos comprar vida. Pero no podemos costearla. No tenemos suficiente dinero para pagarla; no tenemos los méritos suficientes. Entonces nos dirigimos a Dios y vaciamos nuestros bolsillos, entregándole cualquier mérito que tengamos y algunas promesas para el futuro. “Llamaré a alguien que está solo”, “estudiaré cinco minutos más de Torá”, “seré amable y me cuidaré de no hablar lashón hará (chismes) durante una hora al día”.

Dios dice: “No sabes cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que sentí el significado del amor”. Él ve lo mucho que lo amamos y cuánto queremos mejorar, y dice: “¿Sabes qué? Me conmoviste el corazón. Aquí tienes, está pagada”.

Esta historia fue contada por Rav Goel Elkarif, quien dijo haberla oído de la persona a la que le ocurrió.