Todos los que tienen veintitantos años y viven a una hora de la casa de sus padres conocen la verdad tácita y universal: cuando necesites tu ropa bien limpia, vuelves a casa. El año pasado, en un frío día de Diciembre, eso fue exactamente lo que hice. Con un cesto repleto de ropa sucia en la mano, fui a tomar el tren que me llevaría a la casa de mis padres.

De pronto, se me detuvo el corazón cuando vi a un grupo de estudiantes de la Ieshivá de Jabad al final de la calle, misioneros judíos con un único objetivo en mente: lograr que la mayor cantidad posible de jóvenes judíos se pongan tefilín. A medida que me acercaba, recé pidiendo que no me vieran.

Pero estaba destinado a pasar por ahí y no pude evadirlos. Me detuvieron y me formularon la primera de sus dos preguntas, la que no tenía ninguna dificultad en responder: ¿Eres judío?

Obviamente no podía decirles que no. Era (y soy) judío. Pero cada hueso de mi cuerpo sabía lo que una respuesta afirmativa despertaría en mis interrogadores. Si respondía que sí, lo que eventualmente dije a regañadientes, eso llevaría a su siguiente pregunta: ¿Te pusiste tefilín hoy?

Yo era el arquetipo del judío de este milenio, ocupado y no observante. Ni siquiera recordaba la última vez que había visto tefilín, sin ni siquiera pensar en ponérmelos.

La pregunta era casi retórica. Obviamente no lo había hecho. Yo soy judío, pero no esa clase de judío. No la clase que se levanta cada mañana y meticulosamente envuelve correas de cuero sobre su brazo y su cabeza. Ellos deberían haberlo sabido. Yo vestía un pantalón de gimnasia, un buzo con capucha, Ray-Bans y AirPods, y estaba apurado para subir al tren con un montón de ropa que era demasiado perezoso como para lavar por mí mismo. En esencia era el arquetipo del judío de este milenio, ocupado y no observante. Ni siquiera recordaba la última vez que había visto un par de tefilín, y menos aún ponérmelos.

Por eso, cuando los estudiantes de Ieshivá (que deben haber tenido mi misma edad), me formularon su segunda pregunta y me invitaron a tomar parte de su sagrado ritual, les respondí que no. Estaba apurado, no tenía tiempo para ellos… No tenía tiempo para Dios.

Amablemente ellos se dirigieron a la siguiente alma descarriada y yo continué rumbo a mi tren. Ahora estaba un poco retrasado. Mi caminata se transformó en un galope, miraba frenéticamente mi reloj mientras corría calle abajo. Sin aliento y helado, llegué a tiempo. Encontré un asiento en el vagón, dejé en el piso mi ropa sucia y traté de relajarme. Pero no lo logré. Por alguna razón me sentí completamente destituido.

Elías Neibart

Comencé a reflexionar sobre mi educación judía. Mi experiencia en la escuela judía desde el jardín de infantes hasta octavo grado, donde comenzábamos cada día no sólo con la plegaria matutina sino también colocándonos tefilín. ¿He caído tan lejos de las bases religiosas? ¿Acaso la escuela secundaria secular, la universidad y la vida profesional me llevaron a perder toda conexión con mi fe? ¿Estaba realmente tan ocupado que no podía dedicar dos minutos para colocarme tefilín y reflexionar sobre su significado e importancia?

En esencia ese era el problema. Alejarme cada vez más de Dios me había llevado cada vez más lejos de la práctica religiosa. A medida que disminuyó mi conexión con el judaísmo, lo mismo ocurrió con mi entendimiento del significado, la importancia y el valor de los tefilín. A medida que había desvanecido mi conocimiento religioso, también había disminuido mi deseo de dedicar parte de mi tiempo a ponerme las filacterias. Al no entender más la práctica, la había descartado por completo.

Sin embargo, a medida que el tren avanzaba, Dios me dio una segunda oportunidad. Otro estudiante de Jabad había acampado en la salida de la estación de trenes, con la misma misión Divina. Él se movía entre los pasajeros, asediando a cada uno con las dos preguntas que tanto temí escuchar unos momentos antes. Cuando se acercó a mí, me pregunté qué saldría de mi boca si me volvía a formular sus peguntas. ¿Debía decirle que sí? ¿Podía decirle que sí?

Aunque mi conexión con Dios y con mi fe judía se había desvanecido, aunque la cuerda que conectaba mi corazón con el de Dios se había deshilachado, no se había desconectado del todo. Cuando el joven me formuló las fatídicas preguntas, respondió la chispa judía menguante pero todavía viva en mi interior. Sí, soy judío; y sí, me gustaría ponerme tefilín.

Con torpeza, participé en el antiguo ritual, buscando en mi maestro del momento no sólo una guía práctica sino también consuelo espiritual. Después de haber envuelto con las correas de cuero mi brazo izquierdo y mi cabeza, rezamos juntos. Por un momento, mientras recitamos el Shemá, nuestras diferencias se evaporaron. Aunque ese estudiante y yo usábamos ropas diferentes, estudiábamos materias diferentes y llevábamos vidas diferentes, ambos éramos hijos de Dios, creados a Su imagen, y le servimos juntos a través de los tefilín. En ese momento, Hashem era nuestro Dios.

Atrapado entre mi deseo de servir y la incapacidad de comprender o comprometerme, enfrenté una parálisis espiritual.

Pero al retirar de mi brazo las correas de cuero y ver partir a mi maestro, volví a estar solo, con la tarea de calmar mi alma tensionada. Los tefilín, al envolver mi brazo y mi frente, despertaron una parte de mi ser que se había dormido, pero me sentía como una persona mareada en la mañana, tratando de comenzar un nuevo día mientras sigue apegada a los últimos restos de sus sueños. Había una tensión entre mi ansia por seguir dormido y mi deseo de comenzar de nuevo. Mi alma judía se había despertado, pero no estaba calibrada. Yo tenía vida, pero todavía no la estaba viviendo.

Durante seis meses viví esta existencia de tensión. Atrapado entre mi deseo de servir y la incapacidad de comprender o comprometerme, enfrenté una parálisis espiritual. No era sólo que seguía sin entender la práctica ritual, sino que la práctica misma me aterrorizaba. El rito requiere consistencia y compromiso, a menudo es una carga agotadora; demanda, pero no te da nada a cambio. Por lo menos eso era lo que yo pensaba.

Eventualmente esa tensión me llevó a un punto de quiebre. Cuando me invadió el sentido de lo inefable y ya no pude eludir una respuesta, supe exactamente a dónde acudir: a los tefilín. Hace un mes que todos los días me envuelvo con esas correas de cuero que Dios ordenó, y siento el compromiso de Dios con el hombre. Unido por Sus tefilín, yo también me conecto con Su amor. Cuando siento el amor de Dios, las filacterias me ayudan a expresar mi propia philia.

Abrumado con la tarea de amar a Dios "con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas", para mí, ponerme los tefilín ha sido un lugar muy bueno para comenzar.