Eran las 5:30 de la tarde de la víspera de Iom Kipur y estaba con mi esposo en la sala de emergencias después de diez horas de exámenes de sangre, ecografías, suero y antibióticos. El médico de la sala de emergencias pasó a nuestro lado y nos dijo: “Finalmente descubrimos lo que ocurre: necesita que le saquen el apéndice. Muy pronto vendrá el cirujano a hablar con ustedes”.

—¿Me tienen que sacar el apéndice? —le pregunté sorprendida.

—Sí, a menos que desee que estalle y le provoque mayores problemas. El cirujano vendrá muy pronto. —Y tal como llegó, desapareció.

Nos quedamos sorprendidos, confundidos y asustados. Mientras las lágrimas caían sin control, le dije a mi esposo: “¿Me van a operar en Iom Kipur? No tengo ningún dolor, ¿cómo puede ser mi apéndice?”. No podía evitar pensar quién estaría conmigo y quién se quedaría en casa con nuestros tres hijos.

Después de llamar a Bikur Jolim y a nuestros padres, decidimos que mi esposo regresara a casa y que se quedara con los niños con la ayuda de mi suegra, mientras que mi madre permanecía conmigo en el hospital. Como faltaba poco para el horario de encender las velas, mi esposo regresó a casa antes de que supiéramos si tendrían o no que operarme.

Vinieron a verme dos médicos, me formularon cantidades de preguntas y presionaron mi abdomen en donde se encuentra el apéndice.

—¿Le duele aquí?

—No.

Presionaron en otro sector

—¿Aquí le duele?

—No.

Los cirujanos no estaban convencidos de que se tratara de mi apéndice y recomendaron efectuar una tomografía para estar seguros.

Por eso estaba allí, en la sala de emergencias, en Iom Kipur. Vi un rostro conocido, era una enfermera que había estado tanto tiempo como yo, y le pregunté:

—¿De casualidad tendrán algún libro de plegarias?

—¿Algo en especial?

—¿Uno judío?

Mirando hacia atrás, sin dudas este fue mi Iom Kipur más sagrado hasta la fecha.

Unos minutos más tarde ella regresó con un sidur Artscroll. Rápidamente revisé el índice y ante mi sorpresa encontré la plegaria Al Jet. Así que sentada en la sala de emergencias comencé a golpear mi pecho, pidiéndole a Dios que no tuviera que pasar una cirugía.

Después de estar dos días en la sala de emergencias, de análisis de sangre, suero intravenoso, ecografías, antibióticos y una tomografía que fue cancelada y vuelta a programar, gracias a Dios resultó que no necesitaba que me sacaran el apéndice. (Antes de ir al hospital había pasado cinco días en cama con fiebre y todo se debió a un desagradable virus gastrointestinal). Mirando hacia atrás, sin dudas este fue mi Iom Kipur más sagrado hasta la fecha. No sólo sentí que Dios me estaba protegiendo en la sala de emergencias, sino que descubrí que la sala de emergencias provee innumerables oportunidades para imitar a Dios, la principal manera de acercarse a Él.

Durante mis muchas caminatas por los corredores de la sala de emergencias, gracias a un pie de suero con rueditas, algunos pacientes que no podían levantarse de la cama me veían y me pedían que les diera una manta o un poco de agua. Trajeron a mi lado a una mujer de 91 años a quien la acompañó en la ambulancia su nieta. Yo escuché cuando los médicos sutilmente trataban de alentar a la nieta a firmar un formulario de “no resucitación” si su abuela llegaba a tener un paro cardíaco. Le pregunté a la nieta si entendía lo que el médico le estaba pidiendo y me dijo que en verdad no lo entendía.

Después de conversar un rato, ella me contó que su familia había llegado como refugiados de Kosovo y se refirió a todas las dificultades que tuvieron que enfrentar. Me explicó que no podía quedarse con su abuela porque debía regresar a su hogar con sus cuatro hijos.

—¿No puedes llamar a alguien para que te ayude con los niños? —le pregunté.

—No, todo el mundo está ocupado con su propia vida.

Se me quebró el corazón al ver ante mis ojos una situación imposible. Esa nieta no tenía más opción que dejar sola en la sala de emergencias a su abuela ciega de 91 años, que no hablaba ni una palabra del idioma local. Antes de partir, me pidió si me resultaría posible cuidar a su abuela, quizás llevarle un poco de agua si necesitaba beber y asegurarme de que la enfermera la atendiera.

—Haré todo lo que pueda para ayudarla —le respondí. Observé a la abuela esforzarse para abrir un paquete de galletas, y esperé para ver si lograba hacerlo por sí misma. Un minuto más tarde gentilmente le ofrecí abrirle el paquete y coloqué su mano sobre el asa de la taza con agua que tenía al lado de su cama. Me aseguré que estuviera cubierta con la manta, y cuando finalmente vino la enfermera, le expliqué que ella necesitaba insulina.

Unas pocas horas más tarde, se me acercó otra mujer que acompañaba a su anciano esposo en la cama a mi derecha.

—Perdón, tengo que salir por media hora. ¿Podría cuidar que mi esposo esté bien?

Me quedé boquiabierta. Sin poder creerlo y riéndome le respondí:

—¡Pídale a la enfermera, yo ya tengo un paciente!

En silencio le supliqué a Dios que enviara una refuá shelemá a todas esas personas.

Antes de que me pasaran a mi habitación, le pedí a mi esposo (que después de Iom Kipur había vuelto a acompañarme) que me diera una hoja de papel y un lápiz. Le escribí una nota a la nieta de la mujer, diciéndole que había hecho todo lo que estuvo a mi alcance para ayudar y que las enfermeras habían atendido a su abuela. Las bendije a ambas para que tuvieran buena salud y coloqué la nota en la bolsa de su abuela.

Durante mi experiencia en la sala de emergencias me quedaron claras algunas cosas. Comprendí el valor de tener una comunidad y personas en quienes puedes confiar. Me siento sumamente agradecida de ser parte de una increíble comunidad judía que enseguida acudió a ayudar a mi familia mientras yo estaba en el hospital. Cuando atravesamos momentos difíciles, todos necesitamos una familia, amigos y una relación con Dios para poder seguir adelante. Aunque no hubiera elegido pasar Iom Kipur en la sala de emergencias, Dios nos coloca en donde tenemos que estar. Y estar allí me permitió tomar consciencia de una enseñanza que compartí muchas veces: no podemos controlar lo que nos sucede, pero podemos controlar cómo respondemos. Realmente traté de vivir de acuerdo con estas palabras.

La sala de emergencia es el mayor ecualizador en el que por un lado todos nos sentimos indefensos, y por otro lado podemos experimentar la fuerza de ayudarnos mutuamente.